Capítulo Dieciocho
Sergei y Fredericka
EL MULTIMILLONARIO ESTABA sentado a solas en el dormitorio que compartía con Fredericka, con la mirada perdida en el teléfono que sostenía entre las manos.
Le había dado la oportunidad de explicarse y demostrarle que estaba equivocado en sus suposiciones.
Le había dado otra oportunidad cuando cualquier otro no le habría dado ninguna.
Pero ella había mentido, y eso lo había dejado vacío.
Sin que Fredericka lo supiera, guardaespaldas encubiertos la seguían a todas partes. Así había sido desde la primera vez que se conocieron, una precaución que él siempre tomaba con todos sus seres queridos.
Queriendo sorprenderla, había llamado a uno de sus guardaespaldas para preguntar dónde estaba y poder ir a buscarla, pero el sorprendido fue él. No había ninguna maldita reunión. Solo estaban ella — y el profesor.
Si esto hubiera sucedido tan solo un mes antes, o incluso una semana antes, el multimillonario no se habría dejado convencer tan fácilmente de su traición. Pero como las heridas dejadas por las palabras frías y crueles de su madre aún estaban frescas en su mente—
Vosotros, chicos, solo erais mis pólizas de seguro.
En cuanto el recuerdo se apoderó de él, tiñó todo lo que el multimillonario recordaba.
No creía, no podía creer, y no iba a creer que estuviera completamente equivocado sobre Fredericka.
Era una mujer que merecía ser amada, y no se arrepentía de amarla.
Aun sabiendo que le había mentido sobre su paradero ese día, no lo veía como razón para cuestionar la paternidad de su hijo.
Pero lo que sí sabía que había entendido completamente mal era que ella también lo amaba.
Quizá ni siquiera había mentido sobre sus sentimientos, quizá de verdad lo había amado.
Pero lo que ese día había quedado demostrado era que no lo amaba lo suficiente como para haber olvidado por completo al profesor. Quizá nunca lo haría, y quizá no estaba bien que él esperara y deseara que así fuera.
Cuando Fredericka llegó a casa, estaban cargando en el maletero de la limusina las últimas de sus pertenencias. Él la vio aminorar la marcha, y su rostro se volvió inescrutable mientras ella salía corriendo del coche, con los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas.
—¿Vamos a algún sitio? —soltó Fredericka.
Con un gesto seco indicó a su personal que saliera, y solo cuando estuvieron solos el multimillonario se volvió por fin hacia ella y dijo en voz baja:
—Te vas.
Fredericka parpadeó.
—¿Adónde voy?
—Tienes una suite de hotel pagada. Mañana se pondrá en contacto contigo un agente inmobiliario con opciones de vivienda.
Mientras lo escuchaba, sentía que su mundo empezaba a girar cada vez más rápido. Entendía lo que decía, pero al mismo tiempo no lo entendía. ¿Qué estaba diciendo?
—Puedes comprar la casa que quieras, siempre que esté en Rockton.
El miedo le recorrió la espalda con sus garras, y la paranoia empezó a llenarle la mente de los pensamientos más insidiosos.
Tendrías que habértelo esperado—
—¿Sergei? —susurró con voz temblorosa. Sin darse cuenta, se llevó la mano al pecho, que había empezado a dolerle.
—Mi abogado también se reunirá contigo.
Ay, dolía tanto. Tanto. Por favor, Dios. Por favor, que esto fuera una pesadilla de la que pudiera despertar.
—Todos los acuerdos serán a tu favor: pensión alimenticia, derechos de visita, la custodia principal de nuestro hijo será tuya. Te lo digo ahora para que no pienses que vas a estar sola criando al niño.
Fredericka contuvo una oleada de mareo y se llevó la mano al vientre. Estoy bien, bebé. Estamos bien.
El multimillonario hundió las manos en los bolsillos.
—Eso es todo lo que tenía que decir.
Y entonces se miraron.
No, él la miraba, solo la miraba, como si no le hubiera destrozado el mundo, y ese pensamiento la hizo... estallar.
Fredericka no supo cómo llegó hasta él. Solo supo que de repente estaba justo delante de él, golpeándole el pecho.
¿Quería que se fuera?
¿Quería que eligiera una casa?
¿Ya no la quería?
Las lágrimas le corrían por el rostro, y ni siquiera tuvo fuerzas para contenerlas. Quería dejar de golpearle el pecho el tiempo suficiente para pedirle que por favor, por favor, le dijera que todo aquello era una broma cruel, pero no podía.
Fredericka alzó la vista hacia él, suplicándole con la mirada que le dijera lo que quería oír, pero él solo la miraba, y a ella se le cerró la garganta.
—No puedes hacer esto.
Se le quebró la voz.
—No puedes.
Sus puños le golpearon el pecho una vez más, pero el multimillonario ni siquiera se inmutó. Simplemente lo encajó todo en silencio, sin moverse, y de algún modo eso la hirió aún más.
Era como si hubiera perdido por completo la capacidad de llegar a él.
Los brazos le cayeron lánguidos a los costados.
—Al menos ten la cortesía de decirme por qué.
Cuando se le quebró la voz, se apretó el vientre con la mano. Está bien, bebé. Estamos bien.
—Porque esto no tiene sentido.
Miró al multimillonario, incapaz de dejar de suplicarle con los ojos. Por favor, Sergei, por favor.
—Esta mañana estábamos bien, ¿no?
Sergei apretó los puños dentro de los bolsillos.
—¿No?
Él empezó a darse la vuelta.
Un dolor lacerante le atravesó el pecho, y dijo ahogándose:
—Sergei, por favor. Solo dime qué hice mal...
—No hiciste nada malo —masculló él.
—Entonces, ¿por qué? —exigió con voz dolida. ¿Por qué hacerme confiar en ti? ¿Por qué hacerme amarte?
El multimillonario casi sintió ganas de reír, sabiendo que él también podría haberle hecho la misma pregunta. ¿Por qué no podía ser suficiente para ella? ¿Por qué? Recordó cómo lo había mirado antes de irse, preguntándole: ¿Cómo me veo, por cierto?
¿Cómo coño había podido preguntarle eso, sabiendo que iba a reunirse con Julian Alexeyev a sus espaldas?
El dolor de su traición lo desgarró, y dijo con dureza:
—No te debo ninguna explicación.
Y esta vez, no le dio oportunidad de decir ni una palabra más. Hizo un gesto al chófer para que saliera del coche y le ordenó que escoltara a Fredericka hasta el vehículo y la llevara al hotel.
Mirando a Fredericka, dijo con frialdad:
—No voy a dejarte conducir en el estado en que estás.
Fredericka no respondió, solo se apartó de él, y él se obligó a verla marcharse para que le quedara claro hasta la última fibra de su ser que todo había terminado.
Había terminado.
Cuando el chófer abrió la puerta del coche para Fredericka, ella se detuvo de repente y se volvió para mirarlo, y el multimillonario se quedó helado ante la sonrisa de su rostro. Era dolorosa, desgarradoramente hermosa.
—Lo entiendo —susurró—. Sí lo entiendo, y n-no te culpo.
—No entiendo...
Pero la opresión en su pecho le decía que debería haberlo entendido.
Los labios de ella se movieron, su voz inaudible, y la angustia estalló dentro de él, gritándole que debería entender lo que estaba diciendo.
Ella desapareció en la limusina, y pronto el coche se la llevaba.
Por orden suya , pensó con tensión. Porque esto era lo que quería. Esto era lo correcto.
Al darse la vuelta, su mirada se posó en el coche de ella y caminó hacia él sin pensar, abriendo la puerta.
No sabía qué estaba haciendo, no sabía qué esperaba encontrar.
¿Más pruebas de que había hecho lo correcto?
¿O quizás lo que quería eran más pruebas de su traición y de su amor por Julian Alexeyev?
Pero lo que encontró fue algo que no esperaba en absoluto.
En el asiento del copiloto había una caja que le resultaba familiar, y el corazón se le encogió al verla.
¿Por qué? ¿Por qué tenía esto?
Vagamente, oyó otro coche que aceleraba por el camino de entrada, las voces de su familia que acababa de regresar. Pero no les prestó atención, toda su concentración fija en la caja que había cogido del asiento.
Al enderezarse, con la caja aún en las manos, vio a su familia que se apresuraba hacia él.
— Blyad —maldijo Misha al ver lo que su hermano mayor sostenía—. ¿Entonces llegamos tarde?
Seri gimió.
—Lo sabía, te dije que llegaríamos tarde.
—Espero que Fredericka haya grabado su propuesta —murmuró Vassi, y miró a Sergei—. ¿Lo hizo?
Sergei no respondió; solo abrió la caja con dedos temblorosos.
Era el mismo anillo que había comprado, pero al sacarlo de la caja, vislumbró las palabras grabadas en el interior.
Lyubov maya.
Mi amor.
Misha fue el primero en notar la palidez en el rostro de Sergei.
—¿Qué ha pasado? ¿Es Fredericka?
—Me mintió —dijo el multimillonario con voz ronca—. ¿Por qué haría esto para luego mentirme sobre su reunión con Julian Alexeyev?
—Oh, Sergei.
A Seri se le encogió el corazón por su hermano mayor.
—Fredericka nos llamó hace media hora para decirnos que volviéramos porque iba a pedirte matrimonio. ¿Acaso ella...?
—No —dijo Sergei con voz inexpresiva—. No le di la oportunidad. Le dije que se fuera.
Seri negó con la cabeza, confundida.
—¿Por qué hiciste eso?
—Porque pensé...
Tragó con dificultad.
—Pensé que quería a Julian Alexeyev, y que estaba... que solo estaba conmigo por el bebé.
—Eso no es posible —dijo Vassi en voz baja—. Ella te quiere, Sergei. No sé por qué mintió, pero sé lo que vi y sé que te quiere.
Ah.
—Yo también la quiero —se oyó decir—. La quiero.
Pero ahora estaba empezando a temer que no tuviera derecho a hacerlo.
Tardó apenas seis minutos en llamar a Alexeyev y sacarle la verdad sobre la reunión, quince minutos saltándose semáforos en rojo y ganándose una multa por exceso de velocidad para llegar al hotel donde había obligado a Fredericka a alojarse.
Pero cuando llegó, ella ya se había ido, dejando solo una nota.
No te culpo por esto. Debería haberlo visto venir, así que si alguien tiene la culpa, soy yo, por pensar que podríamos ser diferentes.
Sé que te reuniste con Elsa en secreto, y quiero que sepas que si ella es quien puede hacerte feliz, entonces yo también seré feliz. No tienes que casarte conmigo por nuestro bebé, Sergei.
Prometo que mantendré a nuestro bebé a salvo, y prometo, prometo que no te alejaré de nuestro hijo.
Solo necesito tiempo y espacio. Por favor, concédeme esto, y te prometo que cuando vuelva, todo estará bien.
Y podremos volver a ser amigos.
El multimillonario cerró los ojos.
En su mente, la vio pálida y destrozada, con las palabras apenas audibles.
Lo entiendo. Sí lo entiendo, y n-no te culpo.
Vio sus labios moverse, y esta vez estaba tan jodidamente claro lo que decía que se sintió como un maldito idiota por no haberse dado cuenta antes de cuáles eran esas palabras.
Eres demasiado joven.
Porque había dejado que su pasado y sus miedos se apoderaran de él, la había destruido sin saberlo al hacer realidad su peor pesadilla. Sin querer, se había convertido en lo que el padre de ella había sido para su madre.
Alguien demasiado joven para darse cuenta de lo que tenía hasta que fue demasiado tarde, y que había tirado por la borda lo que debería haber aferrado con todas sus fuerzas.