Capítulo Diecisiete
Fredericka
—¿ESTÁS SEGURA DE QUE no necesitas que te acompañe?
—preguntó Sergei mientras me seguía fuera de la casa.
Ahora que estaba en mi segundo trimestre, las náuseas habían disminuido, pero en su lugar aparecieron mareos persistentes y dolores corporales ocasionales.
El multimillonario estaba tan paranoico que había pedido una licencia en el trabajo en contra de mis deseos.
Por desgracia, su jefe —es decir, su padre, Fyodor— había aprobado la solicitud encantado, también en contra de mis deseos.
Alcé la vista hacia Sergei e intenté sonar despreocupada.
—Es solo una tonta reunión.
La voz me salió chillona al final. Eso solía pasarme cuando mentía, que era justo lo que estaba haciendo.
—Entonces al menos déjame llevarte.
—Voy a estar bien, Sergei. Deja de preocuparte —para cambiar de tema, pregunté a toda prisa—: ¿Cómo me veo, por cierto?
El multimillonario frunció el ceño.
—¿Desde cuándo te importa tu apariencia?
—Desde, umm, ¿últimamente? —notaba cómo palidecía mientras luchaba por no perder el hilo del lío de mentiras que tenía en la cabeza.
—Te has puesto blanca —gruñó el multimillonario—. ¿Te sientes mareada otra vez?
Horrorizada por haberlo preocupado innecesariamente, negué con la cabeza con firmeza.
—Estoy bien. Es solo que no quiero, eh, llegar tarde —le dediqué una sonrisa tímida—. Te llevaría conmigo si pudiera, pero no quiero que te sientas incómodo cuando empiecen a revolotear a tu alrededor. Me temo que en cuanto vean esa cara tan bonita que tienes...
Cuando el multimillonario sonrió, me di cuenta de lo que acababa de decir y cerré la boca.
—Ahora lo entiendo —murmuró Sergei con voz sedosa—. Te da vergüenza que te hagan preguntas sobre tu futuro marido trofeo, y no vas a poder ocultar cuánto me quieres.
Se me escapó un gemido de vergüenza.
—Su Egoencia, por favor —lo miré suplicante—. ¿ Por favor , podrías mostrar un poco más de amor propio y dejar de referirte a ti mismo como un trofeo...? ¡Mmph!
De repente, la boca de Sergei cubrió la mía y me cortó en seco.
Pero antes de que pudiera devolverle el beso, ya había dejado de besarme, y cuando abrí los ojos, me encontré con un brillo burlón en su oscura mirada.
—Me encantaría seguir besándote, pchelka , pero no quiero que llegues tarde.
—Oh. Umm —sin apartar los ojos de sus labios, me oí decir—: En realidad no voy a llegar tan tarde... —pero ya me estaba empujando con suavidad hacia mi coche y ayudándome a sentarme al volante.
Maldición. Yo y mi bocota.
—Una última cosa —murmuró el multimillonario mientras se incorporaba.
Lo miré esperanzada.
—Me preguntaste cómo te ves y... —una sonrisa devastadora se dibujó en sus labios—. Pareces una mujer que sabe que la quieren.
Oooooh. Conducir con los dedos de los pies enroscados dentro de los zapatos era todo un desafío, pero ya me había acostumbrado.
Últimamente, cada pequeña cosa que el multimillonario decía o hacía me afectaba de una manera brutal, aunque todavía no estaba segura de que admitir mis sentimientos por él hubiera sido lo correcto.
Habían pasado tres días desde entonces, y vaya, esos tres días habían sido toda una montaña rusa emocional.
En el lado bueno, saber que nos queríamos hacía que vivir juntos fuera cien —no, mil, un billón de veces mejor. Nunca me había dado cuenta de lo liberador que podía ser el amor, pero de repente Sergei y yo podíamos contárnoslo todo, hablar de cualquier cosa.
Y, ay, el sexo era increíblemente bueno.
Ahora era más dominante que nunca, y me encantaba.
El otro día, sin previo aviso, me había ordenado que me pusiera de rodillas y se la chupara mientras atendía una llamada de negocios.
Lo había hecho, por supuesto, y él me había devuelto el favor cuando menos lo esperaba: me hizo un oral justo cuando estaba en una videollamada con Alyx y Anneke por FaceTime.
Pero también estaba el lado negativo. Anoche tuve una pesadilla en la que Sergei me engañaba, y me desperté temblando y llorando. Si una traición imaginaria podía hacerme tanto daño, ¿cuánto peor sería si ocurriera de verdad?
A veces, el miedo a que el multimillonario me hiciera daño se volvía tan intenso que me entraban ganas de subirme al coche y largarme sin más.
Y no ayudaba que justo esta mañana hubiera oído al padre de Sergei advertirle sobre Elsa Nilsson y sobre cómo las mentiras siempre acababan saliendo a la luz.
Me está engañando había sido mi primer pensamiento, pero de algún modo había conseguido controlarme y no volverme loca. Me había dicho que era solo una típica charla de padre a hijo, y que si dejaba que me afectara estaría cayendo en el autosabotaje otra vez, justo como Alyx me había advertido.
Y aquí estoy , pensé, a punto de demostrarme que no voy a huir de mi final feliz, aunque eso sea exactamente lo que quiero hacer.
Después de entregar las llaves al aparcacoches, entré a toda prisa en el centro comercial y me dirigí directamente a la joyería a la que había llamado antes. Una morena de mediana edad vino a recibirme de inmediato y me dijo con alegría:
—Bienvenida, Srta. Spears. Hablamos antes por teléfono.
—Therese, ¿verdad? —le estreché la mano—. Gracias por atenderme con tan poca antelación.
—Todo el mundo se desvive por complacer a un Grachyov —respondió Therese con franqueza.
—No soy una Grachyov —sentí la obligación de dejarlo claro mientras le entregaba a la mujer la caja de joyas que había «tomado prestada» del multimillonario.
—Pero lo serás —Therese miró su reloj—. Lo tendré listo en aproximadamente una hora.
—Perfecto —le hice un gesto de aprobación con el pulgar. Después de salir de la joyería, elegí una cafetería al azar para matar el tiempo, y la primera persona que vi al entrar fue nada menos que el profesor. Estaba sentado solo en una de las mesas, con una taza de café delante.
Me quedé muda por un momento, y el profesor también parecía atónito.
Pero se recuperó mucho antes que yo: su rostro, aún apuesto, se iluminó con una sonrisa mientras se ponía de pie.
—He oído que habías vuelto. —Se acercó, y caí en la cuenta de que era mucho más alto de lo que recordaba.
Y ridículamente guapo , no pude evitar fijarme, sintiéndome culpable.
Y ahora empezaba a recordar por qué había deseado que este hombre fuera mi primer novio.
¡Fredericka Spears, eres una mujer superficial de remate!
Y entonces Julian se inclinó de repente para besarme la mejilla, y me aparté, sobresaltada. —Estás radiante —murmuró el profesor con una sonrisa, con total naturalidad—. Acompáñame a tomar algo, por favor.
—No puedo tomar café. — Mierda. ¿Por qué había dicho eso? Tendría que haber dicho que no, sin más.
Julian sonrió. —Entonces, ¿qué tal una limonada? ¿Te vale?
Me mordí el labio, intentando encontrar la manera de rechazarlo con educación.
—Si me acompañas, puedo contarte historias de Sergei Grachyov de cuando fui su mentor.
Se me iluminó la cara. —Sí, por favor.
El profesor se rio. —Me alegra ver que no has cambiado —murmuró mientras me retiraba una silla.
—Eso no parece un cumplido —le dije, haciendo una mueca. Mientras el profesor volvía a su asiento, mi teléfono empezó a sonar de repente y di un respingo al ver que era Sergei. Contesté rápidamente, tartamudeando: —¿H-Hola?
—¿Cómo van las cosas por ahí, pchelka ?
Mi mente se quedó completamente en blanco.
—Genial. —Miré al profesor y dije con voz débil—: La reunión está.
.. genial. —Quería darme de cabezazos contra la mesa en cuanto las palabras salieron de mi boca.
Sabía que no debería haber mentido, pero me había entrado el pánico pensando que, si descubría que en realidad no había ninguna reunión, también descubriría que le había robado, digamos, mi anillo de compromiso.
—Suenas rara. ¿Seguro que todo va bien?
—Da. —Y añadí rápidamente—: Lo siento, tengo que dejarte. Alguien me está llamando, creo que vamos a, mmm, jugar a algo. Te llamo luego, adiós.
Julian enarcó una ceja cuando dejé el teléfono en la mesa. —Corrígeme si me equivoco, pero ¿acabas de mentirle a Sergei sobre dónde estás o con quién estás?
—¿Algo así?
—Espero que tengas una buena razón para ello. —El tono de Julian era cauteloso—. Lo conozco desde hace años, y no es de los que perdonan a quienes le mienten.