Tiempo Presente #13
Fawn negó con la cabeza.
—No. Solía pensar... solía pensar que era f-frígida.
—Ya veo, ya veo.
Meredith volvió a afilar el cuchillo.
—¿Crees que por eso te dejó?
—Ya te lo d-dije.
Los labios de Fawn temblaban.
—Es porque me está protegiendo. No quiere que me involucre porque su vida es peligrosa——
—¿Así que lo hace porque se preocupa por ti?
—Sí——
—Quiero creerte —dijo Meredith con fingida sinceridad—, pero primero debes explicarme algo. ¿Por qué este hombre te mantiene a distancia cuando ha tenido a sus padres y amigos con él todos estos años? ¿Significa eso que no los ama tanto como te ama a ti?
—¿Es eso lo que estás diciendo, Fawn? ¿Que te ama más que a los amigos que conoce desde hace años? ¿Que te ama más que a su familia?
Fawn susurró:
—No.
—Entonces, ¿por qué ellos pueden quedarse en su vida y tú no?
—N-no lo sé.
—Pobre Fawn, incapaz de enfrentarse a la verdad.
Meredith le sujetó la barbilla a Fawn.
—Pero tienes que enfrentarte a ella. Así es como te vuelves realmente fuerte, así que déjame decírtelo sin rodeos.
—Por favor——
—Ellos le importan. Esa es la verdad. Su familia, sus amigos, son las personas que importan. Son las personas por las que merece la pena luchar para que sigan en su vida. Pero tú——
Meredith soltó la cara de Fawn con una exclamación de asco.
—¿Lo entiendes ahora? Eres un maldito lastre para él, algo que no quiere—
A Fawn se le escapó un grito.
Meredith dijo con voz cantarina:
—Lo sabes. LO SABES.
En la sala del tribunal, todos observaron cómo las palabras de Meredith lograron lo que no había conseguido que le tallaran casi media cara—
Las lágrimas empezaron a caer, mezclándose con la sangre, y los ojos del príncipe comenzaron a arder.
El rojo se mezcló con el blanco, y el lado derecho del rostro de Fawn adquirió un tono espantoso de rosa.
Lo sabes.
LO SABES.
La voz de Meredith resonó en la cabeza del príncipe como un recordatorio burlón de cómo él prácticamente le había dicho lo mismo a Fawn—
—¿Por qué nada de lo que hago es suficiente? Solo dime—
Y él se lo había dicho—
Joder, él se lo había dicho—
—Sabes por qué, Fawn.
YA LO SABES.
No, Dios, no.
No era así, maldita sea.
Se inclinó hacia adelante, con la cabeza dándole vueltas ante lo que las palabras de Meredith le obligaban a ver.
Oh Dios, ¿por qué Fawn tenía que sufrir para que él se diera cuenta de la verdad?
La había apartado una y otra vez, pensando que lo había estado haciendo por su bien, pero—
En el vídeo, Meredith se volvía hacia Fawn con una mirada demencialmente dulce en el rostro.
—¿Ya ves que estás sufriendo para nada? Así que renuncia a él.
Pero Fawn se negó, y el cuchillo fue directo al centro de su frente.
Dos cortes.
El número 5 se iluminó en la pantalla, volviéndose azul.
—Sabes que te estoy diciendo la verdad. Su familia importa.
Sus amigos importan. Pero tú no. Se divirtió contigo, tal vez incluso le importabas, te tenía cariño, no sé cómo piensan los ricachones de mierda como él.
Pero lo que sí sé es que cuando llegó el momento de la verdad, te dejó tirada.
Así que te lo voy a preguntar una vez más. Dime dónde está Beatrice Crichton.
Y aun así Fawn susurró:
— No .
—¡Estúpida perra!
Un sonido desgarrador se le escapó de los labios al príncipe cuando vio a Meredith abofetear a Fawn con fuerza justo antes de agarrarla del pelo, tirándole la cabeza hacia atrás mientras le tallaba furiosamente la barbilla.
Las líneas irregulares formaron una X.
El número seis se iluminó en la pantalla, volviéndose azul.
—No sé si estás llevando la cuenta de tu propia cara, perra —gruñó Meredith—, pero solo necesito una X o un maldito círculo, da igual, el siguiente será un maldito tres en raya, y de cualquier forma, eso significa que podré cortarte un trozo de la nariz y haré que mis hombres te follen mientras te desangras hasta morir.
Risas mezcladas con maldiciones y gritos obscenos acogieron las palabras de Meredith.
—Voy a reventarle ese coño.
—Su culo es mío.
—¿Oyes eso? —exigió Meredith—. Están deseando follarte mientras—¡JODER!
El grito de Fawn salió de los altavoces, un sonido de agonía que nadie en la sala del tribunal olvidaría jamás.
Pero fue su rostro—
Fue su rostro mientras se orinaba de miedo—
El líquido amarillento goteando por sus piernas desnudas hasta formar un charco junto a sus pies—
Ah Dios, Fawn.
Lo siento muchísimo.
El príncipe se levantó torpemente y tocó el hombro de Nick para hacerle saber a su amigo que tenía que irse.
—Lo siento —dijo con voz ronca—. Tengo que irme.
Se dio la vuelta, sin esperar respuesta, sin querer perder ni un momento más.
Tenía que ir con Fawn—
Los reporteros entre la multitud también comenzaron a levantarse, incapaces de resistir la oportunidad de fotografiar la expresión desgarrada del rostro del príncipe.
La jueza comenzó a golpear su mazo, exigiendo orden.
El vídeo continuó reproduciéndose.
—Oh Dios mío —gritó alguien entre la multitud.
El príncipe estaba a medio camino de la puerta cuando un escalofrío lo recorrió, como si alguien caminara sobre su tumba, y supo—
Lo supo.
Había algo más que tenía que ver.
Se dio la vuelta lentamente y vio a Meredith patear las espinillas de Fawn en un arrebato de asco furioso.
—Dios, qué asco das. Nadie había hecho eso antes.
El vídeo mostraba a Fawn desplomándose en el suelo, con la cara hundida en su propio meado—
—Bébete tu propio meado, pequeña mierda, bébetelo o te mato ahora mismo—
Y lo había hecho.
¡LO HABÍA HECHO!
Oh Dios, no.
El príncipe corrió hacia la puerta.
Estalló el caos, los paparazzi entre la multitud de espectadores corrieron a bloquearle el paso—
—Quitaos de mi puta cara —gruñó el príncipe.
La jueza golpeó su mazo con fuerza.
—¡Orden en la sala!
Un reportero le plantó un micrófono inalámbrico en la cara, preguntando:
—¿Qué opina de que Fawn Cornwall se bebiera su propio—
El príncipe ni siquiera pensó.
Le soltó un puñetazo con todas sus fuerzas, mandando al reportero al suelo, y rugió:
—Ni se te ocurra pronunciar su puto nombre—
A sus espaldas, la jueza volvió a golpear con el mazo. —Reid Chalkias, queda usted en desacato.
Abucheos y vítores se alzaron entre la multitud, los espectadores divididos mientras los agentes se apresuraban a detenerlo. Con un arrebato de fuerza nacido de la angustia, el príncipe logró quitárselos de encima a todos.
Solo tenía un pensamiento—
Tenía que llegar hasta Fawn.
Tenía que llegar hasta Fawn.
Tenía que llegar hasta Fawn.
Pero más hombres lo persiguieron, y no había escapatoria.
La TRANSMISIÓN EN TIEMPO REAL en la pantalla mostraba a los agentes obligando al príncipe a arrodillarse mientras otro conseguía esposarle las manos a la espalda. Una vez inmovilizado, lo pusieron en pie—
Fawn susurró: —Ya he visto suficiente.
A su lado, Grant cogió el mando y apagó el televisor.
Su madre estaba llorando, y Fawn pensó aturdida: «Lo siento, mamá». Durante toda su vida, Dana solo había pensado en mantener a su hija, y había trabajado sin descanso y con alegría para conseguirlo.
Dana no merecía una hija tan asquerosamente estúpida como ella.
Al otro lado de la habitación, la madre de Grant también lloraba, con el rostro hundido en el pecho de su marido.
También eran buenas personas , pensó Fawn con dolor. Buenas personas que no le debían nada y, sin embargo, la habían apoyado desde el principio.
Gente buena como ellos no debería dejarse ver con alguien como ella.
Oyó a Grant hablar con sus padres en voz baja, ininteligible, y los vio marcharse en silencio—
Se le cerró la garganta.
Fawn sabía que debería decir algo.
Gracias.
Lo siento.
Pero no podía.
La vergüenza la había engullido, y era lo único que podía sentir y saborear. La vergüenza la definía, y tenía el miedo más absurdo y aterrador de que, si hablaba, su vergüenza también los alcanzaría a ellos.
La puerta se cerró tras los padres de Grant.
Una sombra cayó sobre ella.
Era Dana, y Fawn no pudo evitar tensarse al ver que su madre alargaba la mano hacia ella—
— No —se le escapó antes de poder contenerse.
El brazo de Dana volvió a caer a un costado mientras ahogaba un sollozo. —Oh, cariño.
El odio hacia sí misma convirtió su vergüenza en algo más insoportable cuando Fawn se dio cuenta de cuánto estaba hiriendo a su madre. Dijo entrecortadamente: —Lo siento. Yo... lo siento.
—¿Por qué ibas a pensar que tienes que disculparte por algo, cariño? —el tono de Dana era angustiado—. Fuiste valiente . La chica más valiente del mundo, y estoy tan orgullosa de que seas mi hija.
Cuando Fawn no habló, Dana levantó una mano, vaciló, y luego posó los dedos con infinita suavidad sobre la cabeza de su hija, temiendo que el más mínimo roce hiciera que su niña se quebrara.
—Te quiero.
Fawn no respondió, pero fue encogiendo las rodillas poco a poco, y a Dana se le partió el corazón al ver cómo su niña escondía el rostro entre los brazos.
Deseaba tener algo más que decir, algo que pudiera aliviar el dolor de su niña, pero Dana no sabía qué hacer.
Lo que Fawn había sufrido superaba incluso su peor pesadilla, y al final lo único que pudo hacer fue volverse hacia Grant, con los ojos expresando con más elocuencia lo que no podía decir con palabras.
«Por favor, ayúdala».
Y entonces solo quedaron Fawn y Grant.
Lo oyó sentarse junto a su cama. Todavía no era el mismo Grant de antes, pero iba recuperándose, y ella se alegraba por él. En la medida en que su corazón aún podía latir, en la medida en que podía recordar lo que era no sentirse vacía, se alegraba por él.
Pasaron los minutos.
Grant dijo con dificultad: —Es justo... como... los v-viejos tiempos.
Ah.
—¿N-no vas a l-levantar la vista?
Fawn negó con la cabeza.
—¿Porque eres f-fea?
—No. —Esperó echarse a reír, pero no pasó nada. Esperó llorar, pero las lágrimas se negaban a salir.
Estaba completamente vacía.
Lentamente, levantó la cabeza y se volvió hacia Grant.