Tiempo Presente #11
Su voz era cruelmente amable en su cortesía, la de alguien que es cruel para ser bondadoso.
— Ya lo sabes.
Ah.
«Eres tan idiota, Fawn Cornwall».
Ella negó con la cabeza.
—No lo sé.
No le importaba un carajo si estaba siendo una idiota. Quería, necesitaba, seguir siendo una idiota.
—Llevas aquí cuatro días.
Y sin embargo, él no había venido.
Dijo con desesperación:
—Grant dijo que mi madre te había prohibido...
El príncipe arqueó una ceja.
—¿Y crees que eso solo podría impedirme visitarte?
Ya lo sabes .
Ella tartamudeó:
—Los padres de Grant son poderosos...
El labio del príncipe se curvó.
—¿Y yo no?
«Ya lo sabes».
Y así, volvían al punto de partida.
Su corazón llorando...
Y al príncipe sin importarle un carajo.
Una risa enloquecida escapó de ella, al tiempo que empezaba a llorar...
—¿De verdad me estás haciendo esto ahora ?
El rostro del príncipe se endureció.
—No hay nada que odie más que a alguien que usa las lágrimas para salirse con la suya.
Ah.
No podía dejar de reír y llorar. Por fin, por fin . Había logrado que el príncipe mostrara algún tipo de emoción, pero por supuesto tenía que ser disgusto e irritación.
Como la risa y las lágrimas no cesaban, el príncipe dijo:
—Esto no va a ninguna parte.
Lo vio alejarse.
Quería gritarle.
Quería decirle que lo amaba, que lo amaba tanto, tanto, que lo amaba para siempre—
Pero no podía dejar de reír.
No podía dejar de llorar.
Presentía que si paraba—
La puerta se cerró tras el príncipe.
Y aun así la risa seguía brotando, las lágrimas seguían cayendo.
Grant irrumpió de nuevo en la habitación, tambaleándose hacia ella.
Sus miradas se cruzaron—
Grant se detuvo en seco.
No.
Oh, Dios.
NO.
Pero sabía que, por mucho que lo deseara, la verdad no iba a desaparecer.
Ya no había esperanza en sus ojos.
Y ya no estaba entera.
—Lo siento.
Había fallado.
—Lo s-siento mucho.
Grant cayó de rodillas junto a su cama.
—Lo s-siento mucho.
Le tomó las manos, y se le heló la sangre al sentir lo fuerte que temblaba el cuerpo de Fawn.
— Lo siento .
—Oh, G-Grant.
Y aun así reía, aun así lloraba.
—Tengo miedo. T-tengo miedo de que si paro—
Levantó hacia Grant unos ojos enloquecidos de terror.
—No c-creo que sepa respirar s-sin él, Grant. D-de verdad no creo que pueda, y ¿no es e-eso una locura?
Más risas.
Más lágrimas.
Era el sonido más doloroso que Grant había escuchado en toda su vida—
Y también lo era para el príncipe.
De pie fuera de la habitación, el sonido lo alcanzó, lo desolló vivo, lo abrasó hasta cegarlo, y poco a poco se tambaleó mientras sus fuerzas lo abandonaban, incapaz de acercarse a la mujer que sabía que siempre, siempre amaría.
Mi Fawn.
Mi ángel.
Mi amor.
Pero sabía que era mejor así, sabía que mientras creyera que su destino era ser el Príncipe de la Oscuridad—
También era su destino amarla desde la distancia.
—GRACIAS POR ACCEDER a hablar conmigo, señorita Cornwall.
La joven en la cama del hospital asintió.
—Gracias a usted también por aceptar mi petición.
Fredericka Spears, de treinta años, se tomó su tiempo para estudiar a su testigo estrella.
Según sus archivos, Fawn Cornwall había sacado sobresalientes toda su vida y nunca había sido amonestada por una sola falta, ni dentro ni fuera de la escuela.
También había sabido compaginar las exigencias académicas de su beca, trabajos a media jornada y todas las responsabilidades que conllevaba ser la novia del hijo de un político, Grant Bennett.
Una buena chica en todos los sentidos , reflexionó Fredericka, pero había bastado un solo error – uno que tomó la forma de un playboy medio griego de más de metro ochenta, tristemente célebre como el Príncipe de la Oscuridad – para que el descenso al infierno de la vida de Fawn fuera inevitable.
Y sin embargo, aquí estaba esta chica, con el rostro vendado, el cuerpo lleno de moratones, pero en lugar de culpar al hombre responsable de su implicación en el caso de alto perfil de Fredericka—
Fawn estaba pidiendo algo que era por el bien de ese hombre.
Fredericka se aclaró la garganta y dijo finalmente:
—He hablado con mis clientes, y me han dado permiso para hablar con usted sobre su petición.
Fawn apretó sin darse cuenta los bordes de las sábanas.
—¿Y-y?
—En primer lugar, me gustaría que supiera que lo que ha solicitado no afecta a mi caso. O si lo afecta, por desgracia estoy segura de que solo hará las cosas más sensacionalistas, y eso beneficia a mis clientes.
Fredericka hizo una pausa.
—Por eso... me gustaría hablar con usted, de mujer a mujer.
Ah. Los labios de Fawn esbozaron una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Lo pregunta por qué lo quiero así, ¿verdad?
—Si puedo ser franca—
Esta vez, la sonrisa de Fawn fue un poco más sincera.
—¿Podré detenerla?
Fredericka dijo en tono de disculpa:
—Me temo que no, señorita Cornwall.
—Entonces... adelante.
Esto era tan difícil, pensó Fredericka con pesar. Los asesinos en serie eran mucho más fáciles de tratar. Al menos con ellos no había que preocuparse por herir sentimientos.
Respiró hondo y finalmente decidió soltarlo de una vez.
—¿Ha hecho su petición con la esperanza de que Reid Chalkias se compadezca y retome la relación donde la dejó con usted?
Fredericka apenas había terminado de hablar cuando su testigo estrella empezó a negar con la cabeza.
—No.
Ante la expresión escéptica de la abogada, Fawn insistió:
—De verdad que no es así.
—Puede ser honesta conmigo—
—Oh, abogada, lo soy.
Una risa suave y dolorosa brotó de ella, y Fawn pensó distraídamente: Aquí vamos de nuevo. Para no hundirse en la histeria, se aclaró la garganta varias veces, esforzándose por controlarse.
—Y lo digo en serio cuando digo que no necesito su compasión.
Al ver que Fawn hablaba en serio, Fredericka espetó: —Entonces, ¿para qué es todo esto?
—Por amor —respondió Fawn sin más—. Sé que no me cree.
Se le escapó otra risa temblorosa y apretó las sábanas con más fuerza.
—Sé que el mundo no me creerá, y Dios sabe que ni siquiera el príncipe me cree, pero yo lo sé.
Se tocó el corazón.
—Lo sé aquí .
Su voz se redujo a un susurro.
—Sé que me ama, y siento... siento que esta es la única esperanza que me queda para hacerle ver que soy lo bastante f-fuerte para corresponderle.
Fredericka se recostó lentamente en la silla.
—Tú ganas.
Tampoco es que hubiera tenido otra opción, desde el momento en que vio las emociones en los ojos de Fawn. Después de todo lo que había pasado esa mujer, lo mínimo que podía hacer era darle a Fawn una oportunidad real de conseguir su propio final feliz.
Cuando Fawn sonrió aliviada y empezó a darle las gracias, Fredericka se vio en la obligación de advertirle con inquietud: —Pero ¿estás segura de que no quieres verlo primero?
La sonrisa se desvaneció.
—No.
—No es un vídeo agradable.
La chica se tocó la cara vendada y dijo con sorna: —Lo sé.
Fredericka hizo una mueca.
—Lo siento.
Mierda, mierda, mierda , por eso le iba mejor interrogando a asesinos en serie.
—Está bien —se apresuró Fawn a tranquilizar a la mujer mayor—. De verdad que no me importa.
Fredericka negó con la cabeza, murmurando: —De verdad creo que deberías verlo primero. Tu médico me dijo que el trauma te ha hecho olvidar casi todo lo que pasó, lo cual supongo que es bueno, pero...
—Es bueno —dijo Fawn en voz baja—, y quiero que...
La voz de Fawn titubeó.
Sintió una opresión en el pecho.
¿Por qué, por qué, por qué le dolía el corazón cada vez que casi recordaba lo que había pasado?
¿Acaso se habría... enamorado de su secuestrador en cuestión de horas? ¿Habría hecho algo tan vergonzoso que recordarlo le partiría el corazón?
—¿Señorita Cornwall? —preguntó Fredericka preocupada, al notar la repentina palidez de la joven.
El dolor desapareció.
Fawn forzó una sonrisa.
—Solo... por favor, asegúrese de que él v-venga, y con eso basta.
CUANDO SE PRODUJO UN PEQUEÑO REVUELO detrás de Nick y Jason Christakos, los gemelos se volvieron a la vez, justo a tiempo para ver a Reid Chalkias entrar en la sala del tribunal.
Vestido con un impecable traje negro y con sus famosos ojos verdes ocultos tras unas gafas oscuras, el príncipe caminó directo hacia el frente y tomó asiento en la primera fila junto a sus amigos.
—Gracias por venir —murmuró Nick mientras le estrechaba la mano a Reid.
—Te lo agradecemos mucho —añadió Jason en voz queda.
El príncipe se limitó a asentir, reacio a mentir. Si Fawn no hubiera puesto como condición para presentar su testimonio que él estuviera presente en el tribunal, no habría venido en absoluto.
La audiencia comenzó un minuto después, y la joven pero combativa abogada pelirroja de los gemelos Christakos lanzó su primer ataque contra Abraxas Davos. La expresión tensa del magnate griego no cambió en todo el discurso de Fredericka, ni siquiera cuando empezó a hablar de Fawn.
Esforzándose por mantener el rostro inexpresivo, el príncipe apretaba y aflojaba el puño mientras contenía el impulso de estampárselo en la cara al otro hombre.
La presentación que hizo la abogada de Fawn fue breve y concisa, destacando sus numerosas cualidades positivas, antes de pasar a explicar la relevancia de la testigo para el caso.
Tras resumir los hechos del secuestro de Fawn y su posterior rescate, Fredericka dijo en voz baja: —Me estremece pensar qué clase de persona podría orquestar un ataque así...
La abogada se volvió hacia Davos mientras hablaba.
—...y contra alguien como Fawn, cuya única implicación en el caso es su inocente decisión de amar a Reid Chalkias.
El príncipe apretó los labios.
—Tras el rescate, una investigación posterior reveló que alguien estaba viendo y grabando el secuestro de la señorita Cornwall de forma remota.
¿Habían grabado un vídeo... de su tortura? El príncipe no sabía nada de aquello, y miró a Derek, exigiendo saber: —¿Alguno de vosotros lo sabía?