Tiempo Presente #3
Al otro lado del teléfono, oyó débilmente a Lilac soltar un pequeño chillido de sorpresa, seguido de la risa profunda y cómplice de un hombre.
¡Oh, Dios mío, Nick y Lilac lo sabían! ¡Tenían que haberse dado cuenta de lo que ella y el príncipe estaban haciendo!
Pero ya era demasiado tarde.
Ya no podía escapar del príncipe, no cuando todavía temblaba por las oleadas de placer que la recorrían, y desde luego no cuando el príncipe también había empezado a correrse, dejando escapar un gruñido mientras la llenaba de semen, hasta el borde, hasta que este empezó a escurrirse por sus piernas.
Cuando todo terminó, susurró débilmente:
—¿Lilac?
Al teléfono, oyeron a Lilac tartamudear incoherentemente antes de que su prometido interviniera. Se le notaba la sonrisa en la voz con acento griego cuando dijo: —Desde luego que seguimos aquí.
¡Santo Dios!
Mientras se tapaba la cara con las manos, Fawn oyó al príncipe decir arrastrando las palabras: —Os llamaremos mañana. Estamos ocupados ahora mismo.
Nick Christakos se rio entre dientes. —Sí, probablemente lo estéis. Hasta mañana entonces. —Cuando la llamada terminó con un clic, el príncipe se quitó la camisa por la cabeza, y Fawn olvidó temporalmente la vergüenza al contemplar la exquisita visión del torso duro del príncipe—
La camisa cayó al suelo, y el príncipe pilló a Fawn mirándolo.
¡Ups!
Él sonrió y ella apartó la mirada, ruborizada.
—No te avergüences —ronroneó él—. Puedes mirar todo lo que quieras, pero primero... —Le puso la camisa, que era lo bastante grande como para cubrirla hasta las rodillas. La levantó en brazos y dijo con voz ronca—: Continuaremos esto en el dormitorio.
—Umm. —¿Cómo se suponía que debía fingir que no estaba emocionada ? ¡Incluso después de todo este tiempo, no conseguía averiguarlo!
El príncipe se rio. —No te molestes.
—N-no sé de qué estás hablando —tartamudeó Fawn.
—Por supuesto que no. —Mientras el príncipe la sacaba del estudio y subía las escaleras, le susurró seductoramente al oído—: ¿Quieres otra promesa?
¡Oh!
Sin esperar su respuesta, el príncipe dijo: —No habrá un solo segundo en que no te imagines que te estoy follando.
Y tenía razón.
Las dos semanas siguientes fueron los días más felices de su vida, aunque también fue como si su vida se hubiera convertido en un interminable tramo de cuerda floja sobre el que debía mantener constantemente el equilibrio.
Cada vez se enamoraba más de él, y precisamente por eso—
No hubo un solo día en que no se reuniera con Grant, ni un solo día en que no llevara el anillo en el collar, ni un solo día en que no ignorara las palabras del príncipe sobre ser solo suya.
Como si fuera tan estúpida , pensó Fawn con dolor. Los celos podían hacer que el príncipe dijera esas palabras a medias en serio, pero la verdad estaba en su mirada calculadora y sombría.
Si cometía el error de mostrar que lo amaba—
Si cometía un desliz y revelaba que todo entre Grant y ella era solo una mentira—
Él se iría.
ERA RARO QUE EL príncipe mostrara algún atisbo de ingenuidad, pero pronto le quedó claro que había sido ingenuo en lo referente a Fawn Cornwall.
Había esperado que, ahora que había probado el dulce cuerpo de Fawn, una vez sería suficiente.
Desaparecidas la novedad y el desafío, había esperado, ingenuamente según se demostró después, que su obsesión con ella disminuiría o incluso desaparecería.
El príncipe se lo había comentado una vez a Derek Christopoulos, y su amigo se había reído a carcajadas antes de decir: —Solo empeorará, Chalkias. Mucho, mucho peor de lo que puedes imaginar.
Y resultó que Derek había acertado de pleno.
Cada día de su vida era ahora el cielo y el infierno, y no era ninguna exageración.
Despertar junto a Fawn era una de las cosas que siempre esperaba con ansias, y el placer que sentía al ver su rostro inocente y dormido junto al suyo solo parecía crecer cada día.
Lo que venía después también era de sus momentos favoritos, ya que el príncipe nunca desperdiciaba la oportunidad de compartir una ducha con Fawn y acompañarla abajo a desayunar.
Entre bocados de tostada y sorbos de café, el príncipe y su cervatilla hablaban, y no había momento en que no estuvieran tocándose.
Ella le apartaba el cabello de los ojos, él le limpiaba una miga de la comisura del labio.
Pequeñas cosas simples que el príncipe había pensado durante mucho tiempo que serían imposibles para él, pero con su cervatilla, las hacía sin siquiera pensarlo.
Lo peor del día era cuando ella no estaba, y cada día el príncipe tenía que obligarse a no ir tras ella.
Era extraño, pero ahora se reunía con Bennett más a menudo que cuando aún no sabía que el otro hombre le había sido infiel.
Reflexionaba sobre esto más de lo que le gustaba admitir, y en los momentos en que su posesividad se apoderaba de él—
Una sonrisa amarga asomó a los labios del príncipe mientras los recuerdos inundaban su mente.
Recordó la primera vez que le había prohibido expresamente reunirse con Grant, recordó la indignación que sintió cuando ella se limitó a negar con la cabeza e insistir obstinadamente en que no estaba haciendo nada malo.
—¿Por qué es tan importante para ti reunirte con el hombre que te está engañando? —le espetó.
—¡Porque me necesita! —respondió ella con tal sentimiento que el príncipe supo que decía la verdad, pero era precisamente eso lo que le irritaba y hacía que le ardieran las entrañas de celos.
Siguió a Fawn hasta su suite contigua y la observó elegir el vestido con cuidado; cada segundo que pasaba alimentaba su ira. ¿Por qué demonios le importaría lo que llevaba puesto con Bennett? Cuando la vio sentarse frente al tocador, atreviéndose incluso a arreglarse para otro hombre delante de él—
Perdió el control, y de una zancada la alcanzó, le arrebató el pintalabios de la mano y lo lanzó lejos.
Fawn gritó cuando el pintalabios se partió en dos al chocar contra la pared, dejando una raya roja en las paredes color crema de su vestidor.
—¿Por qué has hecho eso? —gritó horrorizada.
—¿Por qué demonios no iba a hacerlo —espetó el príncipe— cuando te estás esforzando tanto en ponerte guapa para un imbécil? —La agarró por los hombros y la levantó, gruñendo—: ¡Y encima tienes las malditas agallas de hacerlo delante de mí!
Incluso con la rabia nublándole el juicio, una parte del príncipe sabía que estaba siendo irracional, y esa parte de él ya esperaba que Fawn se lo echara en cara, que le recordara que él había sido quien le dijo que solo podían estar juntos a espaldas de Bennett.
Pero en lugar de gritar o forcejear para alejarse, Fawn hizo lo que el príncipe menos esperaba. Sus manos se deslizaron hacia arriba y le enmarcaron el rostro, y con una sonrisa que apenas se sostenía en sus labios, susurró: —Estoy haciendo esto por nosotros.
El príncipe se quedó inmóvil.
Las manos de ella cayeron, y cuando se dio la vuelta, él la dejó ir; sus propios brazos cayeron a los costados.
—Es demasiado fácil estar contigo —la oyó decir con voz entrecortada, de espaldas a él—.
Es demasiado adictivo, y necesito estar con él para r-recordar por qué me metí en esto en p-primer lugar.
Girándose para enfrentarlo, alzó hacia él unos ojos nublados por el dolor, y él contuvo el aliento al verla así.
—Fawn...
Y fue en ese momento cuando se dio cuenta de que no tenía nada que decir, nada salvo una mentira que pudiera consolarla.
Porque ella tenía razón. Estaba haciendo lo correcto, y en ese aspecto resultó que ella era la más fuerte de los dos.
—No p-puedo permitirme olvidar, príncipe. Lo entiendes, ¿verdad? —Su voz se quebró al final.
—Lo entiendo. —Sus puños se apretaron con fuerza—. Pero eso no significa que tengas que llegar tan lejos, maldita sea. Es casi como si estuvieras... —Se las arregló para detenerse a tiempo, pero la sonrisa tensa en los labios de Fawn le dijo que ella sabía lo que casi había dicho.
—¿Prostituyéndome por un hombre que me engañó? —Su voz tenía un deje de amarga diversión—. Eso parece, ¿verdad?
—Si sabes cómo queda eso —dijo el príncipe en tono tenso—, entonces ¿por qué diablos sigues haciéndolo? ¿Por qué mierda te reúnes con él todos los días?
Ella respondió con cansancio: —Ya te dije por qué. Si no lo hago, terminaré siendo demasiado dependiente...
—¡Pues entonces agárrate a mí, joder! —se oyó rugir el príncipe.
Y en cuanto las palabras salieron de su boca, se miraron, ambos atónitos. Pero mientras la conmoción de Fawn era visible, el príncipe logró mantener el rostro inescrutable aunque su mente daba vueltas por lo que acababa de decir.
—Al diablo con esto —murmuró—. Ve con él, vete, haz lo que te dé la maldita gana.
Y se había marchado a grandes zancadas hacia su estudio, obligándose a ver a Fawn alejarse en su coche.
Ella había llegado a casa unos minutos después de medianoche y había gritado despavorida cuando él salió de la oscuridad en el salón.
—Dios mío, me asustaste... —mmph. Sus dedos se habían deslizado en la boca de ella mientras la empujaba contra la pared, le subía la falda del vestido y la follaba con fuerza, su polla embistiéndola sin parar hasta que llegaron al mismo tiempo.
Cuando por fin llegaron a la cama, ella se había acurrucado contra él, y él solo le había preguntado una cosa.
—¿Lo besaste?
Tomándole la mano, ella se la colocó sobre el pecho, y mientras él escuchaba los latidos constantes de su corazón, susurró: —Nunca.
Esa noche había sentado un precedente, y aunque el príncipe y su cervatilla seguían teniendo discusiones acaloradas cada vez que ella lo dejaba por Bennett, ambos sabían que cuando regresara, todo se resolvería de la mejor manera posible...
Y a veces, reflexionó el príncipe, era casi como si ella lo provocara a propósito por pequeñeces, solo para poder tener sexo de reconciliación ardiente y furioso.