Tiempo Presente #2
El príncipe se había puesto ropa informal, una camiseta blanca con cuello de pico y vaqueros negros, y estaba magnífico.
Fawn tragó saliva.
También parecía furiosísimo, y cuando el príncipe se puso de pie para acercarse a ella, Fawn no pudo evitar tragar saliva de nuevo. ¿Por qué estaba tan enfadado?
Cuando la alcanzó, la aprensión de Fawn le ganó la partida y soltó: — ¡Lo siento! —No importaba que no tuviera ni idea de qué había hecho mal. No le costaba nada disculparse si con eso conseguía que dejara de mirarla con esos fríos ojos verdes.
Cuando llegó hasta ella, deteniéndose a menos de treinta centímetros, preguntó con voz sedosa: —¿Qué es lo que sientes? —Antes de que ella pudiera siquiera pensar en responder, continuó—: ¿Sientes haberte escabullido de mi cama para ir a una cita con tu novio?
Oh.
Dicho así, la verdad es que sonaba bastante mal , pensó mientras tragaba saliva de nuevo. Alzó la mirada hacia él y dijo con un hilo de voz: —¿Lo siento?
Los ojos verdes la fulminaron con la mirada.
—¿D-de verdad lo siento?
La mirada de él bajó, y cuando Fawn la siguió, se quedó atónita y desconcertada al ver que miraba fijamente su anillo de compromiso.
—Deshazte de él.
Se le abrieron los ojos como platos.
— Ahora , maldita sea.
Su tono la hizo dar un respingo y se quitó el anillo de compromiso a toda prisa. Llevó las manos a la espalda y se apresuró a desabrocharse el collar para meter el anillo en la cadena...
—No. —El príncipe le atrapó las manos por detrás y se las bajó a la fuerza. Al ver su expresión de desconcierto, dijo con voz tensa—: No quiero verlo cuando estés conmigo. —Cuando ella abrió la boca, él la silenció con una mirada dura—. Deshazte de él .
—Pero...
—Lo digo en serio, Fawn. —La sola visión de ese anillo atrapado en su puño le repugnaba, y aunque sabía que estaba siendo irracional, le daba igual—. Pasaste la noche en mi cama —escupió con rabia— y cuando me desperté ya no estabas, te habías ido con Bennett...
—Habíamos quedado anoche —murmuró ella, impotente—. ¿Q-qué se supone que tengo que hacer?
—Plantarlo —gruñó él—. ¿Por qué demonios tienes que preguntar eso siquiera?
¡Porque!
¡Yo!
¡Sé!
¡Que!
¡Solo!
¡Me!
¡Quieres!
¡Cuando!
¡Estoy!
¡Con!
¡Otro!
El príncipe la miró fijamente. —Por un momento, casi parecía que me estabas gritando... —Hizo una pausa—. Si es que los gritos pudieran no tener sonido.
—Bueno... —Fawn respiraba con dificultad—. Te lo estabas i-imaginando. —Abrió el puño y miró el anillo de compromiso de Grant; el diamante le guiñó un ojo, perfecto de un modo en que su vida no podía serlo...
Todavía no , se recordó Fawn con obstinación. Su vida no podía ser perfecta todavía, pero lo sería.
—¿Qué haces? —preguntó el príncipe con frialdad al ver que Fawn volvía a desabrocharse el collar.
—Te prometo —murmuró Fawn sin mirarlo a los ojos— que nunca sabrás que está ahí. —Pasó el anillo por la cadena del collar y se lo abrochó alrededor del cuello. Después de esconderlo bajo la camisa, por fin se permitió volver a mirar al príncipe...
El príncipe le sostuvo la mirada, con el rostro hermoso e inexpresivo.
Ella dijo con un hilo de voz: —¿Voilà?
El príncipe esbozó una sonrisa afilada, enseñando los dientes. —¿Te crees graciosa?
—Mmm... ¿sí? —La sonrisa de él se volvió aún más afilada—. ¿O... no?
Él dio un paso hacia ella, y ella retrocedió.
—Sabes —ronroneó el príncipe— que te haré pagar por lo que has hecho, ¿verdad? —Siguió avanzando hacia ella como un depredador, y ella siguió retrocediendo.
—Pero sabes que no p-pude evitarlo...
—Lo sé —reconoció el príncipe con suavidad.
A ella se le iluminó el rostro.
—Pero da igual.
La sonrisa de Fawn se esfumó, su espalda chocó contra la puerta y se encogió al darse cuenta de que estaba atrapada.
El príncipe acortó la distancia entre ellos y estampó los brazos contra la puerta, acorralándola. Ella se tensó.
—Tú... —Empezó a inclinar la cabeza hacia ella, y oh, la forma en que la miraba hizo que el corazón le diera un vuelco por mil razones distintas.
—¿P-príncipe?
Él no respondió, y eso la aterrorizó, pero, oh, para qué negarlo, también la emocionaba y excitaba, hacía que todo su cuerpo temblara y que esa parte de ella se humedeciera poco a poco...
Ella le agarró la camisa. —Príncipe... —Intentó apartarlo, pero él no se movió ni un milímetro.
Sus ojos se encontraron una última vez.
Ella soltó:
— ¿Cariño?
El príncipe se quedó paralizado.
—P-por favor, no te enfades, ¿cariño?
Un rubor oscureció las mejillas del príncipe, y Fawn casi saltó de alegría. Oh, gracias a Dios, gracias a Dios que al príncipe todavía le iba el juego, fuera por lo que fuera.
—¿P-podemos, eh, saltarnos la parte en la que, eh, te dedicas a asustarme de muerte, y pasar, eh, directamente a la parte en la que, eh, lo pasamos bien—
Fawn acabó sin aliento cuando el príncipe la levantó en brazos, y aunque el corazón le latía desbocado, se aferró a él automáticamente, rodeándole el cuello con los brazos y la cintura con las piernas.
Se dio la vuelta, la llevó de regreso a su mesa y, con un fuerte movimiento del brazo, barrió casi todos los objetos del escritorio.
Solo quedó el teléfono; todo lo demás cayó y se estrelló contra el suelo.
Fawn solo pudo gemir de la impresión, porque las acciones del príncipe le parecían a la vez tremendamente aterradoras y sexys—
Pero no hubo tiempo para pensar en eso.
En cuanto el príncipe la tuvo tumbada boca arriba sobre el escritorio, le agarró la camisa y se la arrancó, e hizo lo mismo con el sujetador. Quedó desnuda de cintura para arriba en cuestión de segundos, con la mente dándole vueltas, aturdida por la rapidez con que todo estaba sucediendo.
Para ser justos con el príncipe, dijo una voz con sorna en su interior, tú lo pediste.
Ya lo sé, pero no me refería a que fuera con tanta prisa—¡aah!
El príncipe había logrado desabrochar los botones y la cremallera de sus vaqueros y ahora se los arrancaba de las piernas. Para cuando se dio cuenta de que le había lanzado los vaqueros por encima del hombro, él ya iba a por sus bragas—
—¡Espera!
Pero desaparecieron en un segundo, rasgadas en dos, y fueron a parar al suelo junto al resto de su ropa.
Las manos del príncipe se dirigieron a sus propios pantalones, y ella logró incorporarse sobre los codos.
—E-espera, esto va demasiado ráp—
Tragó saliva cuando el príncipe se liberó la erección, y su polla hinchada quedó al descubierto.
Oh, Dios.
Y entonces él se deslizó dentro de ella, cada centímetro de su polla palpitante hundiéndose en su coño, y ella gimió mientras su cuerpo se arqueaba bruscamente sobre el escritorio al sentirse poseída.
Mientras el príncipe le levantaba las piernas para formar una V amplia en el aire, su mirada capturó la de ella, exigiéndole toda su atención—
Y en cuanto se la dio, él empezó a embestirla.
Fuerte. Rápido. Profundo.
Sujetándole las piernas, la embistió sin parar, sin apartar la mirada de la suya ni un instante, como si quisiera que nunca olvidara a quién pertenecía.
—P-príncipe... oh, Dios...
La fuerza de sus embestidas y la posición vulnerable de su cuerpo la dejaron indefensa; lo único que pudo hacer fue aferrarse a los bordes del escritorio mientras el príncipe seguía follándola como si quisiera grabar la sensación de poseerla en cada parte de su ser.
De repente, el teléfono empezó a sonar, pero el príncipe no le hizo caso, y ella tampoco pudo. Su polla la estaba haciendo ver las estrellas otra vez, de esas que la hacían sentirse flotar mientras le retorcían el estómago en nudos dolorosamente hermosos—
La llamada pasó al contestador automático, y ambos oyeron una voz familiar que decía:
—Hola, Reid. Soy yo, Lilac.
¡Oh, Dios!
Se apresuró a coger el teléfono, pensando que era mejor cortar la llamada, pero con las prisas pulsó sin querer el botón de responder , y los ojos del príncipe se abrieron de par en par.
—¿Reid? ¿Me oyes?
Sin dejar de embestirla, el príncipe respondió:
—Continúa.
Oh, Dios.
Soltó el escritorio y se tapó la boca rápidamente, intentando contener los gritos.
Al verlo, el príncipe sonrió con suficiencia, y los ojos de ella se abrieron alarmados.
No, no podía querer que Lilac se enterara—
—Así que estamos pensando que deberíamos trasladar el evento a...
El príncipe se retiró de repente, pero antes de que pudiera empezar a sentirse vacía, la agarró por la cintura y le dio la vuelta.
En cuanto sus pechos quedaron aplastados contra el escritorio, él volvió a hundirle la polla por detrás, y en esta posición pudo entrar hasta el fondo, hasta rozarle la punta del útero.
Con los ojos en blanco de puro placer, Fawn logró agarrarse al borde del escritorio justo cuando el príncipe empezó a bombear furiosamente las caderas contra ella, con la polla entrando y saliendo como un pistón—
Lilac seguía hablando, explicando los cambios del evento que estaban organizando junto con el consejo estudiantil.
Fawn se mordió el labio con fuerza, desesperada por guardar silencio incluso cuando el ritmo de las embestidas del príncipe se volvió áspero y salvaje, brutal hasta el punto de que dolor y placer se fundieron en uno.
El príncipe empezó a darle nalgadas mientras la embestía, y el sonido resonó con fuerza en el estudio. Fawn sacudió la cabeza frenéticamente mientras lo miraba por encima del hombro.
Al otro lado del teléfono, la voz de Lilac se interrumpió de repente, y un segundo después se oyó un murmullo débil de fondo; al parecer, Lilac había tapado el micrófono del teléfono mientras hablaba con otra persona.
Fawn intentó apartar al príncipe, desesperada por no hacer más ruido, pero él le apretó el trasero con más fuerza, estrujándole ambas nalgas antes de hundirse en ella con fuerza. Más fuerte. Una y otra vez—
Y finalmente, los dedos de él se deslizaron hacia delante y le pellizcaron el clítoris—
El orgasmo la sacudió entera, y Fawn gritó—