Enamorada de un hombre despiadado (Equivocado para ti) Tiempo Presente
29%

Tiempo Presente

ERAN CASI LAS NUEVE de la mañana cuando despertó, y esta vez el príncipe seguía a su lado en la cama, con el rostro relajado en su sueño. Sintió la tentación de tocarlo, de sentir la textura sedosa de su cabello y la dureza aterciopelada de su mejilla.

Pero no podía.

No cuando tenía que irse.

Con cuidado de no hacer ruido, Fawn salió de la cama y entró de puntillas al baño para darse una ducha rápida. Tras dejar una nota para el príncipe, pidió a uno de los guardaespaldas que la llevara de vuelta a la mansión.

Se cambió el vestido por una camisa y unos vaqueros, y condujo hasta el restaurante cercano donde solía quedar con Grant. Pero a diferencia de antes, no tuvo que esperar. Grant ya estaba allí, y la ironía no se le escapó.

¿Por qué ahora, Grant?

¿Por qué?

Él literalmente saltó de su asiento al verla y tiró un vaso de agua de la mesa, lo que hizo que Fawn jadeara. Se apresuró hacia él mientras Grant, con el rostro enrojecido, murmuraba una disculpa, y una vez que el camarero terminó de limpiar, le preguntó preocupada:

—¿Estás bien?

—L-lo siento —dijo, y agarró el ramo de la mesa para casi metérselo en la cara—. E-esto es para ti.

Fawn hizo todo lo posible por no tragarse accidentalmente algunos pétalos, lo apartó con cuidado de su rostro y logró sonreírle a Grant.

—Gracias.

Él le retiró la silla, y de nuevo su falta de coordinación causó un percance: el respaldo golpeó con fuerza contra la clienta sentada detrás de ella.

La mujer mayor le dirigió a Grant una mirada reprobatoria, y Fawn se quedó atónita al ver que Grant simplemente la aceptaba. En lugar de sentarse, le tocó el brazo y le preguntó en voz baja:

—¿Estás bien? No pareces tú mismo.

Y no lo parecía, en absoluto. Aunque ahora se veía mucho mejor, como si realmente hubiera dormido y se hubiera duchado antes de venir al restaurante, seguía estando muy lejos del Grant Bennett con el que había crecido.

Grant le sonreía como si le hubiera revelado los secretos del universo.

—Gracias por preocuparte, Fawn.

Cuando estuvieron sentados, él continuó mirándola con ojos demasiado brillantes y una sonrisa que la hacía sentir como si fuera lo único que le importaba.

Una vez, eso la habría hecho feliz.

Pero ahora simplemente la dejaba confundida, sobre todo cuando Grant se sobresaltaba con cada ruido fuerte y casi cada movimiento suyo acababa en un percance.

Durante toda la comida intentó ser paciente, con la esperanza de que él se abriera.

Pero cuando ya habían retirado los platos de postre y él todavía no había dicho nada importante, supo que tenía que tomar la iniciativa.

—¿Grant?

—¿Sí, cariño?

—¿Qué pasa?

Su sonrisa se apagó.

—¿A q-qué te refieres?

—Algo va mal, Grant —dijo ella con suavidad—, y es evidente que te preocupa.

Él negó con la cabeza.

—No sé de qué hablas...

—Por favor, no mientas.

La frustración hizo que su voz sonara un poco cortante, pero para su sorpresa, el impacto en Grant fue inmediato e increíble: todo su cuerpo se sacudió en el asiento.

—¿G-Grant?

Algo iba muy mal con él , se dio cuenta Fawn.

Comenzó a retorcerse las manos sobre la mesa.

—T-tengo algo que decirte.

Era doloroso escucharlo tartamudear, y a pesar de todo, a Fawn se le encogió el corazón.

—Está bien si no quieres...

—T-tengo que hacerlo.

Con el rostro completamente rígido y pálido, Grant le contó todo sobre su aventura con Lou. Poco de lo que le contaba era algo que ella no supiera o sospechara ya, pero aun así...

Dolía.

Cuando terminó, tenía una expresión de malestar en el rostro, y la voz le temblaba al decir:

—No quería h-hacerte daño. N-no estaba pensando. L-lo siento.

Fawn solo pudo asentir. Había pensado que una vez que Grant hiciera su confesión, tendría tantas cosas que decir, pero ahora que lo había hecho, se dio cuenta de que las palabras ya no eran necesarias. Él ya sabía cuánto la había lastimado. No había necesidad de decirlo en voz alta.

—Sé que n-no tengo derecho a pedirte esto, pero...

De repente, Grant le agarró ambas manos sobre la mesa y le apretó los dedos con fuerza entre los suyos.

—Vámonos, Fawn.

Su voz se volvió urgente.

—Vuelve conmigo y empecemos de nuevo. Volvamos a casa.

Cuando ella solo pudo mirarlo fijamente, él pareció marchitarse, y su voz sonó desesperada:

—Te amo, Fawn.

Ah. Cómo había atesorado esas palabras una vez. Pero ahora era completamente diferente.

—Lo siento —susurró ella—. Pero es demasiado tarde.

Grant palideció.

—El príncipe...

Sin previo aviso, Grant se alejó de la mesa de un salto, y por un momento ella solo pudo mirar cómo se alejaba, completamente conmocionada. Pero entonces lo vio salir corriendo del restaurante y por fin logró que sus piernas reaccionaran para correr tras él.

—¿Grant?

Salió del restaurante y al darse la vuelta encontró a Grant junto a los arbustos que bordeaban la fachada, vomitando.

—¡Dios mío, Grant! ¿Estás bien?

Se apresuró hacia él y le frotó la espalda, incapaz de entender qué estaba pasando.

Pasaron cinco minutos antes de que Grant pudiera enderezarse, y cuando ella intentó llevarlo de vuelta al restaurante, él negó con la cabeza bruscamente.

—No. N-no quiero estar rodeado de tanta gente.

Al ver cómo el auténtico terror había oscurecido su mirada mientras hablaba, Fawn solo pudo complacerlo y dijo con tono tranquilizador:

—No volveremos entonces. ¿Qué tal tu coche? ¿Te parece bien?

Cuando él asintió, Fawn lo guio hasta su coche, y Grant la siguió obedientemente, casi como un niño y no como el hombre hecho y derecho que era. Al llegar al vehículo, la preocupación de Fawn aumentó al ver que los dedos le temblaban tanto que dejó caer las llaves.

—¿Me permites? —Le quitó las llaves, abrió el coche y lo ayudó a entrar antes de rodear el vehículo para subirse al asiento del pasajero. Una vez dentro, Grant permaneció inmóvil y pálido, así que fue ella quien encendió el motor y el aire acondicionado.

Transcurrieron varios minutos antes de que Grant hablara por fin.

—Sé lo tuyo con el príncipe.

Fawn se sobresaltó.

—Grant...

Negó con la cabeza vehementemente.

—N-no quiero oír nada. M-me lo merezco —tragó saliva—. El p-príncipe dijo que n-no es nada comparado con c-cómo te traicioné, y t-tenía razón.

Incapaz de creer lo que oía, preguntó con voz entrecortada:

—¿Hablaste con el príncipe?

Grant asintió bruscamente.

—M-me dijo que t-tú nunca habrías e-estado con él si n-no me hubieras v-visto...

Fawn se mordió el labio con fuerza. Las palabras de Grant la obligaron a recordar el día en que lo había pillado engañándola. Y aunque ahora le pertenecía al príncipe...

Aún dolía.

La traición siempre dolería.

—Creo que ella te tendió una trampa —dijo con voz apagada—. La otra chica...

—L-lo hizo.

Silencio.

—T-todavía te amo. —A pesar del tartamudeo, la voz de Grant sonaba feroz, con la mirada clavada en ella.

—Grant...

— Por favor . —Grant le tomó la mano—. T-te necesito.

Y ella podía verlo, más que nunca...

Pero era demasiado tarde.

—Lo siento.

—Pero él n-no te ama.

—Grant...

Grant respiró hondo y dijo con tensión:

— Es verdad . S-sé que n-no tienes que creerme, pero n-no estoy mintiendo. M-me amenazó, Fawn. Me dijo que n-no te hiciera daño, pero t-también me dijo que n-no te contara que s-sé que v-vosotros dos sois a-amantes...

Fawn lo abofeteó, y cuando la cabeza de Grant se giró bruscamente, ella susurró temblorosa:

—Deja de mentir.

Grant tardó mucho en volver a mirarla, pero cuando lo hizo, Fawn se quedó atónita al ver las lágrimas que le corrían por el rostro.

—N-no sabes. —Una risa enloquecida se le escapó y añadió con voz ronca—: No s-sabes lo t-aterrorizado que estoy de d-decir la v-verdad. Si tan solo supieras...

—¡Entonces dímelo!

— No puedo . —Grant empezó a golpearse el pecho con el puño—. Soy diferente . T-tú lo sabes. Y-yo lo sé. T-todos lo saben. —Se le quebró la voz y las lágrimas le cayeron más rápido por las mejillas—. P-pero tenía que a-advertirte. Porque ahora sé que te amo .

Se le escapó un sollozo.

—Grant... es demasiado tarde .

Él torció los labios.

—A-aun así. N-necesitaba d-decírtelo. T-te lo debía. Y n-no quiero que s-salgas herida. —Le agarró las manos—. Así que por favor, e-escucha . Él n-no te ama. E-eres como un f-fetiche para él...

—Basta, Grant...

Le soltó las manos y la miró con ojos apagados.

—N-no estoy mintiendo. Pero l-lo siento . —Agachó la cabeza—. L-lamento tanto que h-haya llegado a esto.

Fawn solo pudo mirarlo fijamente, consciente de que tenía delante a un hombre que ya no conocía.

Porque tenía razón.

Había cambiado.

Pero... ella también.

—Si de verdad lo sientes —se oyó susurrar—, prométeme una cosa.

Grant levantó la cabeza de golpe.

—Por favor, finge que esto nunca pasó. —Le dedicó una sonrisa temblorosa ante su mirada atónita—.

Si es v-verdad, y n-no estoy diciendo que lo sea, pero si es verdad que tú eres la única razón por la que puedo estar con él ahora, entonces.

.. —Tomó aire—. ¿Puedes dejarme quedarme con él solo un poco más?

—Se le quebró la voz—. Dame la oportunidad de hacer que me ame, Grant. Te lo suplico.

EL PRÍNCIPE SE APARTÓ de las ventanas de su estudio en cuanto vio el coche de Fawn bajar por el camino de entrada. Volvió a su asiento y esperó tenso el sonido de sus pasos, pero cuando llegaron...

La sintió merodeando detrás de la puerta, que había dejado entornada, y se preguntó con amargura si era señal de culpa que no pudiera decidirse a entrar en su estudio. Aunque, bien pensado, no tenía derecho a estar furioso, ¿verdad?

¿Acaso no había sido él quien le exigió a Bennett que mantuviera su relación con Fawn?

Cuando el príncipe se cansó de esperar, tomó su copa de vino de la mesa y, con la mirada perdida en el líquido oscuro, murmuró: —Deja de espiar y entra.

Se oyó un chillido de horror, y luego ella entró de puntillas en su estudio. Él se volvió hacia ella cuando cerró la puerta, y cuando se giró para mirarlo de frente, sus miradas se encontraron.