46
Ginebra
Arturo despierta del coma un mediodía soleado de principios de mayo. Al verme ladea la cabeza y tarda unos segundos en reconocerme.
—Ginebra... —farfulla.
Un sollozo de alivio escapa de mi garganta. Me planto al lado de la camilla, buscando sus manos.
—Sí, soy yo. Estoy aquí —susurro.
Palpo su cara como si necesitase asegurarme de que es real, de que me está hablando otra vez. Han sido tantas noches creyendo que nunca volvería a ver sus iris turquesa...
Las lágrimas se derraman de mis ojos, no las puedo controlar. Entierro el rostro en su cuello, ahogando el llanto allí. Arturo mueve el brazo con esfuerzo y me acaricia la espalda; yo sollozo más fuerte.
—No vuelvas a asustarme así nunca más —gimoteo—. Te lo prohíbo.
Me separo por miedo a hacerle daño. Él sonríe.
—¿Es una orden de mi reina autoritaria? —intenta bromear, con la voz afónica.
Se me escapa un ruido que está a medio camino entre una risa y un hipido.
—Una orden inquebrantable.
Acerca la mano a mi rostro y me limpia una lágrima con el pulgar. Yo cierro los ojos y me concentro en el tacto de su piel, en la paz que siento por fin.
—¿Dónde estamos? —me pregunta, confundido.
Mira a su alrededor, intentando mover la cabeza.
—En un hospital moderno.
Beatriz se asoma tras de mí.
—¡Hermano! —exclama con la voz rota de emoción.
La sorpresa termina de sacar a Arturo del letargo.
—¡Beatriz! ¡¿Qué haces tú aquí?!
Ella sonríe, nerviosa.
—Adaptándome. O bueno, intentándolo. Esto sí que es el Nuevo Mundo, ¿eh? —bromea.
Arturo mira a su alrededor.
—¿Y el portal?
—Destruido para siempre —respondo.
Él asiente con la cabeza, asimilándolo. Vuelve a mirar a su hermana y ella le coge la mano libre. Por primera vez en dos semanas, siento que todo va a salir bien.
Arturo sale de la UCI y continúa recuperándose en la segunda planta del hospital.
Paso los días enteros con él. Ayudo a las enfermeras a cambiarle las vendas y le regaño cuando se mueve de más.
Llevo un alijo de juegos de mesa y jugamos cada tarde a la oca y al parchís; quien gana se queda con el postre del otro.
Y, por la noche, leemos un libro juntos.
En la lectura no somos muy compatibles: él siempre termina la página antes que yo.
—¡Pareces un caracol! —se impacienta.
Así que empezamos a leer cada uno su propio libro. Él se termina Los juegos del hambre en tres días, cuando yo aún no voy ni por la mitad de El cuento de la criada .
También hacemos pulseras. Al principio es frustrante, pues Arturo no tiene paciencia y parece pretender que se confeccionen solas.
Las cuentas le parecen demasiado pequeñas, y con las prisas no suele atinar a meterlas por el hilo.
Pero le pone empeño, tomándolo como reto personal.
Yo le regalo una friendship bracelet con mi nombre, y él me hace una con el suyo.
Puede parecer una chorrada, pero pienso conservarla hasta que me haga vieja y las letras de las cuentas se borren.
Hacemos muchos planes de futuro. Lugares a los que queremos viajar, animales que (si Zampanchina nos lo permite) queremos adoptar, y cosas que él quiere aprender. Ah, el futuro... Eso que no esperábamos tener.
Cuando la mejora es evidente, comienzo a dar paseos con él. Primero por los pasillos, despacio, con su brazo siempre sujeto a mis hombros. Luego nos empiezan a dejar salir al jardín a tomar el sol.
A estas alturas, sigue aprendiendo cosas nuevas:
—¿Por qué el sol parece pegar más fuerte aquí que en mi época? ¡Jesús! No parece que estemos en mayo.
—Se llama cambio climático, Arturo.
Los médicos me recomiendan en más de una ocasión que me vaya a descansar a casa, pero no me apetece. Estoy tan feliz de tenerlo vivo y a mi lado que no me importa dormir en un sillón reclinable.
Recibimos visitas de Beatriz y de Paola, sin Rafa. Y también aparecen de vez en cuando Teresa y mi padre. Me empiezo a oler algo raro cuando, de repente, los veo llegar juntos y luego mencionan que van a ir a La Tagliatella a cenar.
Arturo y yo intercambiamos una larga mirada mientras Teresa y mi padre abandonan la habitación entre risillas cómplices. Sus ojos se redondean, los míos también. Creo que estamos entendiéndonos bastante bien sin palabras.
—¿Van a ir a cenar solos, sin estar casados y sin la supervisión de una carabina? —se escandaliza Beatriz.
Arturo y yo soltamos una sonora carcajada. Él me da un golpecito en el hombro.
—¿Qué te parecería tener a una bruja como madrastra? —pregunta con sorna.
Parpadeo al darme cuenta de lo que el acercamiento de Teresa con mi padre implica.
—Eh... —farfullo—. ¿Qué suegra prefieres, a una bruja o a mi madre?
Arturo se tapa los ojos con la mano y sigue riendo entre dientes, como si le diese miedo responder. Luego ahoga una exclamación de dolor y se sujeta el vientre.
—No te rías tanto —dice una enfermera entrando a la habitación.
Al día siguiente le quitan los puntos y poco después le dan el alta.
Arturo se apoya en mí mientras salimos del hospital; a pesar de tantos paseos, sigue acostumbrándose a volver a caminar.
Paola viene a recogernos en coche. Beatriz ocupa el asiento del copiloto y Arturo y yo nos colocamos atrás.
Sobra un asiento, pero Rafa sigue sin venir.
En su lugar está Óscar, el perro salchicha de Paola, sujeto con la correa.
Empieza a ser extraño. Aunque siempre haya sido imbécil, antes sí solía hacer acto de presencia. De hecho, se nos acoplaba más a menudo de lo que me gustaría.
—Ginebra, querida amiga, no sé si lo recuerdas, pero en México me prometiste que iríamos a cenar a nuestro sitio de ramen.
Honestamente, no lo recuerdo. Aun así, me apetece mucho.
—¡Claro! ¿Qué tal esta noche, para celebrar la recuperación de Arturo? —propongo, acariciando la cabeza de Óscar. Él me da un lametón.
—¿Qué es un ramen? —preguntan Arturo y Beatriz a la vez.
Paola y yo intercambiamos una mirada cómplice por el retrovisor. ¿Será muy grande el choque cultural si los ponemos a comer algas?
—Ya están mayorcitos, es hora de que empiecen a comer de todo. Bienvenidos a la globalización —decide Paola, leyéndome la mente—. Ginebra, llama para reservar.
Saco el teléfono y busco el número, pero me detengo antes de llamar.
—¿Pido mesa para cuatro o para cinco? —Miro la nuca de Paola, pensando en Rafa.
—Para cuatro —responde sin titubeos, y yo asiento con la cabeza, cada vez más confundida.
Al colgar busco la mirada de Paola por el espejo retrovisor y levanto las cejas, preguntando sin palabras. Ella se hace la loca y sigue conduciendo, pero cuando paramos en un semáforo anuncia:
—Ya no estoy con Rafa.
Todos en el coche ahogamos un grito, incluida Beatriz, por lo que deduzco que Paola ha cortado con él esta mañana, mientras ella estaba en el hospital conmigo.
Quizá no es lo correcto, pero no puedo ocultar una enorme sonrisa.
—¡Joder, por fin! —exclamo. Luego carraspeo y me modero—. Quiero decir, ¿cómo te encuentras, Paola?
Casi suspiro de alivio cuando la veo sonreír.
—¿La verdad? ¡Como si me hubiese quitado un peso de encima!
Arranco a aplaudir con ganas; esta es la mejor noticia que me podrían dar después de la recuperación de Arturo. A mi lado Arturo me sigue los aplausos, dirigiéndome una mirada cómplice de reojo. Óscar ladra, uniéndose a la fiesta.
—Entonces, ¿ya podemos hablar abiertamente de lo mal que nos cae a todos? —río.
Paola deja escapar una sonora carcajada.
—Ginebra, siempre he sabido que lo odias, no sabes disimular.
En el asiento del copiloto, Beatriz nos observa sin entender.
—Paola se ha convertido en una solterona como yo y... ¿lo debemos celebrar? —farfulla.
Mi amiga sujeta el volante con una mano y le apoya la otra en el hombro.
—Bea, piensa en Rafa y en tu... exmarido —suspira—. ¿De verdad crees que tenemos motivos para lamentarnos?
Una pequeña sonrisa aparece en el rostro de Beatriz.
El médico le ha recomendado reposo a Arturo, pero él no puede mantener el culo quieto ahora que por fin es libre. Nos despedimos de Paola y de Beatriz y, cuando nos quedamos él y yo a solas, me pide que vayamos a Rocahumbría. Una vez allí, buscamos la capilla del castillo.
Es un pequeño edificio alejado en la parte de atrás, más allá de los jardines, y también ha sido restaurado. Ahí es donde, para nuestra sorpresa, nos encontramos su tumba.
A RTURO DE M ENDOZA 10 de diciembre de 1562 - 5 de mayo de 1590
—Debe de ser la tumba que vieron Isa y Teresa —murmuro—. Según ellas, tu padre estaba aquí junto a Fernando. Tu amigo te había traído flores y lloraba echándose la culpa de tu muerte.
Arturo está muy serio, observando la piedra con ojos vacíos.
—Me dieron por muerto. Nadie se habría salvado de una herida así en mi época.
Espero a que diga algo más, pero se queda callado. Apoyo la mejilla en su hombro y suspiro, dejándole espacio. La lápida está desgastada por el tiempo; el nombre de Arturo y las fechas son apenas visibles.
—Ojalá poder saber qué fue de Fernando —dice al cabo de un rato—. Si finalmente cumplió sus propósitos y echó raíces en La Habana. ¿Sus descendientes estarán allí a día de hoy?
Abro y cierro la boca, sin saber cómo formular mi pregunta.
—¿Habrías sido capaz de perdonar su traición?
—No —responde de inmediato, con una seguridad muy firme—. No, jamás.
Intuyo que hubo un problema entre ellos en el despacho de Fernando, aquel día que comieron juntos. Arturo no me ha dicho nada y yo no le voy a presionar; me lo contará cuando esté listo.
La tumba del padre de Arturo está cerca. La fecha de muerte de don Francisco fue en 1602. Ningún heredero nuevo. Con sus dos hijos en el presente, la profecía de Isa y de Teresa se ha cumplido: el linaje de los Mendoza de Rocahumbría tuvo su final.
Siento cómo el cuerpo de Arturo se endereza junto al mío, recuperando fuerzas. Me mira y esboza una ligera sonrisa: vuelve a ser el de siempre. Le ofrezco mi brazo para que se apoye al andar y salimos de la capilla.