46 #2
Paseamos fuera del parque, por las inmediaciones de la sierra. Hay un pequeño valle que se ha llenado de flores con la primavera.
Nos tumbamos sobre la hierba. Me acomodo apoyando la cabeza en su pecho y él cruza los brazos detrás de la nuca, mirando el cielo. Sin saber muy bien cómo, empezamos a buscar formas en las nubes.
—No tienes nada de imaginación —bufa al cabo de un rato.
—Pues no, no es mi fuerte —río.
—Esa es un dragón cabalgado por un galgo en una ladera en llamas —explica, señalando muy convencido.
—A mí me parece un arbusto.
—¡Todas las nubes te parecen arbustos!
—Pero este es un arbusto con flores —trato de arreglarlo.
Él señala otra.
—Al dragón y al galgo los persigue una mariposa monarca. Mira, esa curva son las alas. ¿De verdad no lo ves?
Me incorporo un poco y apoyo las manos en su pecho, tapándole la vista del cielo.
—¡No, pesado! No veo nada.
Un mechón me cae sobre los ojos, y él me lo aparta con una caricia lenta. Me mira con tanta ternura que algo en mi interior se derrite.
—¿En qué piensas? —pregunto, riéndome sin saber por qué.
Arturo parpadea.
—En que te quiero —responde.
De repente se me llena de mariposas el estómago. Contengo la respiración, temblando.
—Yo también te quiero —susurro.
Él me rodea el cuello con un brazo y me acerca a su rostro. Cuando sus labios rozan los míos, un calor suave me recorre. Me besa despacio, su respiración se mezcla con la mía y noto el toque de su nariz en la mejilla. Mis músculos se relajan; con él me siento en casa.
Sus manos me acarician la espalda sin prisa, siguiendo la forma de los omóplatos. Me acerco más y siento cómo el nudo de angustia que he tenido en el pecho tantos días se disuelve y solo queda descanso.
Me pregunto si él lo está sintiendo igual.
Si, a pesar de nuestras familias rotas, cree haber encontrado conmigo un nuevo hogar.
Bueno, conmigo y con su hermana. Y con Zampanchina Miaumiau, y con Paola, y con mi padre, y con Teresa, incluso con Óscar el perro.
Sé que juntos podemos ser una familia bonita.
Arturo profundiza un poco el beso, como si tuviera miedo de perderme otra vez. Sí, creo que se siente como yo.
Me separo la primera, aunque me cueste. Le rozo la nariz con la mía, y él suspira. Tenemos que volver ya a Valencia si no queremos llegar tarde a la cena con Paola y con Beatriz.
Meto el coche en uno de los parkings caros del centro después de cuarenta minutos de dar vueltas buscando sitio. Como no todo podía ser bonito, nada más bajar del coche me llega una mala noticia en forma de correo electrónico.
Es del Museo de Historia Natural de Londres.
Ya han leído mi último estudio, Cartografía del eco fósil: Análisis microestructural de placas dérmicas en nodosaurios europeos y su posible función sensorial . Y han ojeado mi currículum.
No me necesitan de momento.
Por supuesto, no me lo han dicho así. Han sido correctos, amables e insoportablemente condescendientes. Pero el mensaje es ese.
Mi ánimo se desmorona. Camino junto a Arturo por las calles elegantes del centro, con los hombros caídos. Intento ocultarlo, pero tengo un poco de ganas de llorar.
—¿Y ahora qué? —exclamo, frustrada—. Abandoné las oposiciones para perseguir este sueño, y se me ha cerrado la puerta en la cara.
Igual fui demasiado impulsiva. Igual debería aceptar que casi nadie consigue un puesto ahí. Centrarme un poco y volver a ser realista, darle una oportunidad al trabajo de maestra. ¿Por qué me cuesta tanto conformarme como hacen todos los demás?
—Pero, ¿se ha cerrado para siempre? —pregunta Arturo—. ¿De verdad ya no tienes ninguna oportunidad?
—Eh... Tendría que hacer un estudio nuevo. Uno mejor, algo que no puedan rechazar.
—¡Pues tendrás que ponerte a ello! —exclama.
Me pasa un brazo por los hombros mientras caminamos. Le miro de reojo y suspiro, sintiéndome mejor.
—¿Crees que si me empeño lo conseguiré?
—Y si tampoco lo consigues a la próxima, probarás suerte una tercera. Y una cuarta, y una quinta; ¡las veces que haga falta! Porque es tu sueño, ¿verdad?
Esbozo una pequeña sonrisa, recuperando la motivación.
—Sí.
—Entonces no hay límite de intentos.
Paseamos calle arriba por la calle de San Vicente, de camino al restaurante. Arturo frena en seco en la entrada de uno de los teatros y señala por encima de mi hombro.
—¡Mira! Somos nosotros.
Me giro y veo un cartel luminoso que cubre la fachada: A RTURO Y G INEbrA: A MOR EN C AMELOT. E L MUSICAL.
Suelto una risa incrédula.
—No recuerdo cómo acaba la historia —dice él.
—Acaba mal —respondo, encogiéndome de hombros—. He visto muchas versiones, pero todas terminan fatal.
Nos quedamos un momento mirando el rótulo, sin hablar.
—Qué suerte que no seamos ni ese Arturo ni esa Ginebra, ¿eh? —añado.
Él se vuelve hacia mí y esboza una sonrisa.
—Sí. Por imposible que parezca, nuestra historia sí termina bien.
Seguimos andando. Una pareja pasa por delante de nosotros, cogidos de la mano. Arturo se acerca a mí, titubeando un poco. Me roza los dedos y yo se los entrelazo sin pensarlo. Él da un pequeño respingo de sorpresa, y cuando le miro veo sus ojos brillantes.
Aprieta mi mano con confianza y sonríe; yo también.
Por primera vez puedo imaginarme en serio lo que somos: una pareja. Sin tragedias en el horizonte, sin despedidas, sin fecha de regreso, sin pociones para olvidar y sin bodas con terceros.
Solo él y yo.
Una pareja que pasea de la mano por Valencia porque puede.
FIN