¿En tu siglo o en el mío? 45 #2
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A Isa se le escapa un resoplido sarcástico.

—Mi madre se sentiría decepcionada por muchas otras cosas antes que por renunciar a la baraka —resopla, aspirando el humo—. Y mira que la baraka era importante para ella.

La miro de reojo. Observo su elegante perfil, de nariz recta, pestañas largas y labios gruesos.

Intento buscar un ápice de emoción en su mirada, pero sus ojos están huecos.

Siempre se marcha a algún lugar distante cuando habla de su madre, forzando la indiferencia.

Nunca he entendido por qué parece guardarle algo de rencor.

—Igualmente, la baraka de mi familia no está muerta —vuelve a hablar—. Recuerda a mi hermana, que se fue a Sevilla con un gitano. Seguro que tuvo varias hijas malditas, cuyas descendientes seguirán por ahí a día de hoy.

—¿Qué don tenía tu hermana? —pregunto por curiosidad.

—El peor de todos para mi gusto. Veía muertos.

Un escalofrío me recorre la columna. A mí tampoco me gustaría ser médium. Isa agita la cajetilla de tabaco bajo mis narices, invitándome. Niego con la cabeza para rechazarlo, no soporto el olor.

—Hoy me he dado cuenta de que has recorrido medio mundo, pero jamás has vuelto a tu tierra —observo.

—¿Te molesta que no haga turismo por Granada? —responde, ligeramente a la defensiva.

—Bueno, dicen que la Alhambra es bonita. Ahora se puede visitar.

—Y de paso me pongo un vestido de lunares y me subo a un tablao a bailar flamenco.

Enmudecemos cuando una moto ruidosa cruza la calle y frena en seco frente a nosotras.

—¡Eh, morenaza! —exclama el motorista, subiéndose la visera—. ¡Sube, que te llevo a dar una vuelta!

Isa pone los ojos en blanco.

—Tengo un BMW que cuesta cinco veces tu moto, pírate.

El chaval vuelve a arrancar, derrotado, y el humo del motor nos envuelve.

—Ya que te quedaste sin forma de saldar tus deudas, ¿por qué no empiezas vendiendo ese BMV? —le propongo.

—Ya lo he hecho —admite a regañadientes—. En realidad, he venido en metro.

Parece resignada. No debería alegrarme de desgracias ajenas, pero de repente me siento mejor.

—¿Y te ha dado para cubrir la deuda?

—No del todo. Terminé de pagarla con los vestidos de seda y un alijo de joyas que robé de casa de Fernando.

—¿Cuándo las robaste? —me sorprendo.

—Siempre me busco las castañas. —Me mira y suspira—. Tú no tienes deudas, pero tampoco don de adivinación. ¿A qué te vas a dedicar ahora?

—No lo sé —reconozco—. ¿Y tú?

—He perdido mi puesto en Rocahumbría tras un mes de ausencia sin justificar. Tampoco lo sé.

Volvemos a quedarnos calladas. Este es un silencio distinto, sabe a despedida.

—Sin embargo, todavía tengo algunos ahorros —añade—. Creo que podré hacer un viajecito este verano. Quizá a Granada, si tanto insistes.

—Bien.

—Lo digo por si quieres venir conmigo.

Y ahí está: el intento de recuperarme. De repente me sonríe con calidez, y por un momento vuelve a ser la misma chica amable que nos alimentó a mi hija y a mí aquel invierno y nos salvó de la miseria.

Pero yo ya no soy la misma.

No va a engancharme de nuevo.

—No —respondo sin más.

Su boca se abre de estupor. Está muy poco acostumbrada a mis negativas.

—¿Qué? —farfulla.

—Esta es la última vez que nos vemos. —Me separo de la pared, la miro por última vez y le doy la espalda—. Hasta siempre, Isa. Que te vaya bien.

De vuelta en mi consulta aparece la culpa: en el camino de vuelta me sentía ligera y despejada, ¿acaso eso significa que la muerte de Elvira me ha dejado de importar?

Todo el malestar regresa de golpe. Vuelvo a dormirme llorando. Regresan las pesadillas. Al día siguiente, sin embargo, me levanto de la cama. Abro las persianas. Dejo que siga entrando la luz.

Aunque me duele la cabeza, empiezo a limpiar.

Tiro todo a la basura: los mazos de tarot, la bola de cristal, las hierbas, los oráculos.

.. Me despido de los pedazos de una vida que ya no volverá.

Salgo a la fachada de la consulta, me encaramo a una escalera martillo en mano y arranco el cartel a golpetazos.

Consigo llegar a mediodía sin llorar y, aterrada por que el malestar regrese, decido seguir manteniéndome ocupada.

Voy a dar un paseo. He cogido dinero. A diferencia de Isa, yo no tengo deudas que pagar, pero sí bastantes billetes guardados.

Compro ropa nueva; me he tirado años reciclando los mismos cuatro conjuntos sin gracia.

Voy a hacerme las uñas, a darme un masaje facial y a la peluquería.

Incluso me invito a mí misma a comer en una de las mejores arrocerías del centro.

Intento no sentirme culpable. Al fin y al cabo, no es eso lo que mi Elvira querría.

Al volver a casa me siento casi bien. Los días se están alargando mucho, anunciando que se acerca el verano. Me pruebo el pintalabios rojo que he comprado y me miro en el espejo. Nunca me había atrevido a llevar este color.

Siempre me he sentido bastante mediocre.

Tengo la piel paliducha, pero no es un blanco angelical de mejillas rosas como el de Beatriz, sino el tipo de palidez amarillenta que te hace ver un poco enfermiza.

Ojos marrones del montón, labios finos sin gracia y rizos castaños que nunca me han gustado porque se enredan.

Pero, después de la peluquería, he de admitir que se ven bonitos.

Sí, en realidad no estoy tan mal. Este vestido corto nuevo me queda bien.

En el móvil me aparece una chica joven y preciosa anunciando que está lista para su hot girl eurosummer .

«¿Qué diantre es una hot girl eurosummer ?».

Buscando en internet, descubro que simplemente se trata de ponerte guapa y hacerte un viaje a algún lugar mediterráneo.

Quizá, ya que me he puesto guapa, podría hacerme un viaje también. Me apetece ver las islas griegas. Un crucero. ¿Se puede ser una hot girl eurosummer con cuarenta años?

Qué más dará. Claro que sí.

Voy a buscar el portátil para mirar vuelos y ofertas, pero me doy cuenta de que no he acabado todavía con la consulta: hay muchos muebles viejos que quiero tirar, pero no puedo moverlos yo sola.

Me voy a dormir, confiando en que encontraré una solución.

Por primera vez en más de dos semanas, no tengo pesadillas y me levanto descansada. Vuelvo a bajar a la consulta y me cruzo de brazos. Dios, odio ese dichoso armario.

Ya sé qué hacer.

Sin pensarlo mucho por miedo a arrepentirme, llamo a Ginebra.

—¿Sí? —pregunta su voz cansada al otro lado de la línea.

—¿Cómo ha pasado la noche Arturo?

—Bien, está un poco más estable —dice para mi alivio—. Gracias por llamar.

Tomo aire y decido hablar de carrerilla.

—También te llamaba porque hay unos muebles que quiero mover y necesito ayuda. ¿Crees que tu padre podría echarme una mano?

Los escasos segundos que tarda en responder se me hacen eternos.

—Espera, está aquí, te lo paso.

Contengo la respiración hasta escuchar su voz.

—¿Teresa? Soy Roberto. ¡Iré a ayudarte encantado! ¿Te viene bien en un rato?

—Sí —consigo pronunciar—. ¡Gracias!

Cuando cuelgo me tiembla un poco la mano por los nervios. Respiro hondo, convenciéndome de que no me he vuelto loca, y, ahora sí, saco el portátil y me pongo a buscar ese maldito crucero.

Veo imágenes de las playas, las casas blancas de Santorini y los templos de Atenas. Sonrío por primera vez en mucho tiempo. Seguro que luego me volveré a derrumbar, pero de momento siento el corazón en paz.

Quizá el universo no ha terminado de decidir qué quiere hacer conmigo.