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Teresa
La consulta de tarot apesta a cerrado, pero no abro las persianas ni las ventanas. Necesito oscuridad.
Lloro a Elvira hasta quedarme sin lágrimas y provocarme un dolor de cabeza insoportable. Las pocas veces que consigo conciliar el sueño me despierto empapada en sudor, con la imagen borrosa de Elvira aferrándose a mí, pidiéndome ayuda.
Sé que murió de viruela, pero en cada pesadilla veo una versión distinta de su muerte: a veces está sola, otras se cae por un acantilado rocoso, otras me llama por mi nombre mientras yo no llego a tiempo.
Tengo la boca tan seca que la lengua me raspa, pero ni eso me recuerda que tengo que beber agua. Me encojo en el mismo sillón día tras día, abrazándome a mí misma mientras todo mi mundo se derrumba.
Cuando no pienso en Elvira, pienso en Isa.
Si hubiera sabido antes que estaba muerta, si Isa no me lo hubiera ocultado durante dos años... Quizá habría empezado a rehacer mi vida.
O habría dejado de sobrevivir para siempre.
Paso días así, envuelta en oscuridad silenciosa. El día catorce encuentro algo de fuerza y abro las persianas. Después, las ventanas.
La luz me deslumbra, debo de haberme convertido en una especie de vampiro.
Ver la consulta es desmoralizador. Está hecha un desastre: velas caídas, tazas secas, mantas arrugadas, polvo en los muebles. Un caos por ordenar, como un espejo de mí misma.
Me doy cuenta entonces de que ya no soy una bruja.
Tenía la mente ocupada en otras cosas como para pararme a pensar en ello.
Soy una humana completamente normal. Sin poderes anclados a la tierra transmitidos de generación en generación.
He roto el legado de todas mis antepasadas, soy el punto y final.
Es triste, pero también liberador.
Ser mundana.
Por fin.
No habrá más intuiciones, ni cartas del tarot, ni portales a otro mundo, ni sacrificios, ni podré conjurar hechizos, ni elaborar pociones.
Voy a tener que pensar en un nuevo oficio; mi consulta de tarot se me ha quedado grande. Solo de pensarlo se me vuelve a caer el mundo encima. Todavía no me veo con fuerzas para redescubrir nada. Pero quién sabe, quizá mañana, o pasado, o el mes que viene, sí.
Es extraño, pero me da un poquito de esperanza.
Decido dejar la limpieza para después. Cojo el móvil y llamo a Ginebra.
—Sigue vivo, lo operaron hace una semana —me dice—. Todavía lo mantienen en coma inducido.
Me ducho, me visto y voy hacia el hospital.
Ginebra está sentada en una silla del pasillo de la UCI.
Bajo sus ojos han aparecido unos profundos círculos violetas, pero parece más entera que hace dos semanas.
Beatriz está a su lado. Debe de seguir en proceso de acostumbrarse al cambio de época, porque mira a su alrededor con una expresión tensa.
Lleva un vestido azul que le cubre hasta debajo de las rodillas, el rosario habitual colgando del cuello y los tirabuzones bien acomodados tras la espalda.
Parece una testigo de Jehová que va a invitarme a leer la Biblia en cualquier momento.
O una esposa tradicional de esas que no paran de salirme últimamente en TikTok.
Después de saludar, me acerco al cristal de la UCI.
Arturo está tumbado, conectado a mil máquinas. Tubos, vías, sondas. Está más pálido de lo normal, sus mejillas han perdido el color. Me duele verlo así.
Ginebra se levanta y se me acerca.
—La operación ha ido mucho mejor de lo esperado —explica en voz baja—, pero aún no saben si tendrá secuelas. Está estable dentro de la gravedad.
No sé qué decirle que pueda consolarla, así que solo asiento con la cabeza.
—¿Cómo ha llevado Beatriz todo esto?
—Bien, supongo. La hemos tenido que engañar un poco —suspira en voz baja—. Los primeros días le costó mucho, pero se va acostumbrando. Por lo menos, a diferencia de su hermano, no se mete en líos.
—¿Dónde se está hospedando?
—Paola la ha acogido en su apartamento.
Mi atención se desvía al ver una silueta conocida desde la ventana del pasillo.
Isa.
Está justo enfrente, en la calle que hace esquina con el hospital. Lleva una minifalda de tubo y el cabello recogido en una coleta negra impecable que le cae por el hombro. La veo fumar un cigarrillo con una calma impropia de alguien que ha causado tanto daño.
El sentimiento de odio regresa a mi estómago, pero esta vez un poco distinto. Ya no me hace arder de rabia, es más bien un odio frío. Si es que eso tiene sentido.
—Voy un momento afuera —le digo a Ginebra.
Me aparto del cristal y me alejo a paso rápido, pensando en todo lo que voy a decirle. Tuerzo la esquina del pasillo y, con las prisas, choco contra alguien.
Alguien cuyo café termina derramado sobre su camisa.
—¡Ay, Dios! ¡Lo siento muchísimo! —exclamo.
Cuando levanto la vista me encuentro con Roberto Calderón, el padre de Ginebra. Trago saliva.
—Mierda, eres tú. ¡Hola! —farfullo como una tonta.
La mancha de café se extiende por su pecho. En vez de molestarse, empieza a reír.
—Dicho así, no sé si te alegras o no de verme.
—¡No, claro que me alegro! —exclamo—. Me refería a que me sabe fatal tirarte el café a ti en concreto. Voy a buscar un paño.
«Eso, Teresa, cállate».
Voy corriendo al baño más cercano, con las mejillas rojas. La primera vez que lo vi le tiré una tarta a los pies, y ahora esto. Debe de pensar que soy patosa y rara. Sobre todo rara.
Lo único que encuentro es papel duro para secar manos. Lo empapo de agua y regreso con Roberto. Trato de arreglar un poco la mancha de café, pero solo consigo expandirla y llenarla de minitrocitos de celulosa.
—No pasa nada, la taparé con la chaqueta —sonríe, apartándome la mano con suavidad.
—Perdón —repito.
—Siempre es un placer tener café en la camisa si me lo derramas tú —bromea—. No te preocupes, Teresa.
¡Se acuerda de mi nombre!
Nadie suele acordarse de mi nombre.
—Bueno, yo... tengo que irme ya —farfullo, recordando la figura de Isa en la esquina del hospital.
—¡Espera! ¿Vas a hacer algo esta tarde?
Me giro de nuevo hacia él, pensativa.
—Sí, debería limpiar y hacer una pequeña reforma en mi negocio.
—¿Tienes un negocio?
—Lo tenía, más bien. Voy a tener que buscar uno nuevo. Era una consulta de tarot en El Carmen, Los Arcanos de Teresa. Pero creo que el tarot ya no es lo mío.
Roberto alza las cejas, sorprendido.
—Vaya. Pues suerte encontrando un nicho nuevo. Y con la limpieza.
Una vez que estoy en el ascensor, casi en la planta baja, me pregunto por qué quería saber mis planes de esta tarde.
Mierda.
¿¿Igual intentaba pedirme una cita??
Abro la boca de estupor, dándome cuenta de que he sido más torpe con mi respuesta que derramándole el café. Levanto la mano hacia los botones del ascensor, dudosa. Me planteo subir de nuevo, pero decido dejarlo estar.
Es cierto que necesito limpiar.
Había muchas cosas que quería decirle a Isa, pero conforme me acerco a ella pierden fuerza. De repente ya no tengo ganas de gritarle ni de maldecirla hasta quedarme afónica. Cuando me planto junto a ella me mira de reojo, se quita los AirPods y pausa la canción que estaba escuchando.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto, brusca.
—Iba a entrar a preguntar por el chico cuando me acabase el piti, pero ya voy por el cuarto.
Bajo la vista hacia sus dedos, donde reposa un cigarrillo a medio consumir.
—Se supone que habías dejado de fumar.
—Ya.
Le da una buena calada, lo lanza al suelo y lo pisa con la punta de su tacón. Nos quedamos calladas, sin mirarnos. Aprieto la mandíbula, pensando de nuevo en Elvira.
—Te quería pedir perdón —dice Isa por fin, con la cabeza gacha.
Levanto las cejas, sorprendida.
—Tú nunca has pedido perdón a nadie.
—Exacto. Tómatelo como prueba de mi sinceridad.
Apoyo la espalda en la fachada del edificio, mi hombro cerca del suyo.
—No te perdono.
Ella asiente con la cabeza.
—Comprensible.
Nos quedamos calladas, pero no es incómodo. Después de tantos años con ella el silencio se vuelve natural.
—Estaba pensando en cuando llegamos aquí —dice por fin.
—¿Ah, sí?
—Qué bien nos lo pasábamos.
—Tú te lo pasabas mejor que yo.
—Sí, lo sé.
Esboza un amago de sonrisa. Saca la cajetilla de cigarros del bolso y se enciende uno nuevo. Lleva las uñas color burdeos, a juego con el pintalabios.
—¿Te acuerdas de cuando pensé que si me teñía el pelo de rubio me parecería a Britney Spears, y terminé con aspecto de pollo enfermo? —rememora.
Aprieto los labios para no reír; no quiero más momentos de complicidad con ella.
—¿Cómo olvidarlo, si fui yo la que te lo volvió a teñir de negro? —suspiro.
—¿Y recuerdas la vez que nos subimos a un bus y terminamos en Benidorm?
Cierro los ojos un momento. Cielo santo, qué bochorno.
—¡Cállate!
—Unos ingleses nos dieron whisky y lo bebimos creyendo que era solo un zumo de sabor fuerte —ríe.
—Y había un toro mecánico...
—¡Te divertiste un montón, quita esa cara de vergüenza!
—Solo subí porque tú subiste primero.
Nos volvemos a quedar calladas. Me esfuerzo por mantenerme seria, no quiero conversar con ella sobre nuestras anécdotas.
Este es un patrón que Isa ya ha repetido otras veces: se porta mal y, cuando me enfado y trato de alejarme o poner límites, ella vuelve a ser buena, y cercana, y recuerda buenos tiempos, y actúa como si no hubiese pasado nada.
Hasta que termino convenciéndome de que no era para tanto, la perdono y regreso a su lado.
—Esa noche fue la primera vez que lo sentí —dice Isa, también se ha puesto seria.
—¿El qué?
—Que me había partido en dos personas. La Isabel del pasado y la Isa del presente. Y cada vez me gustaba menos la Isabel original, hasta que se convirtió en una desconocida. ¿A ti no te pasó eso?
—No.
He respondido seca y tajante. Isa le da una calada al cigarrillo, sin mirarme.
—Al principio no entendía por qué aceptaste renunciar a la magia, con lo mucho que te gusta el poder —comento, pensativa—. Luego me di cuenta de que era lo último que te quedaba de tus raíces.
—Así es. Adiós a la baraka familiar.
—¿Crees que tu madre se sentiría decepcionada si te pudiese ver?