44
Ginebra
Cuando los sanitarios abren las puertas de la ambulancia y ven a Arturo, lo entiendo antes de que digan nada: es demasiado grave. Lo veo en sus caras y en la urgencia desesperada con la que lo suben a la camilla.
—Herida penetrante en abdomen inferior izquierdo. Está hipotenso y no responde a estímulos. ¡Preparad acceso!
Me apartan las manos y la angustia me comprime el pecho. No quiero que me alejen de él. Le cortan la camisa, oigo el sonido de las tijeras atravesando la tela. Su piel está mucho más pálida de lo normal.
Le ponen una mascarilla, dos vías y una bolsa de sangre.
— Shock hipovolémico.
No sé qué significa, pero sé que es muy malo.
Uno de los sanitarios nos mira raro. Solo entonces me doy cuenta de que vamos con nuestros vestidos del siglo XVI , como si fuéramos una compañía de circo.
Lo suben a la ambulancia, pero yo me aferro a la camilla.
—Voy con él —suplico con voz ahogada.
Nadie pone pegas. La ambulancia arranca, y yo me aparto para dejar a los médicos trabajar. Miro el monitor, una línea verde sube y baja. Me concentro en esa línea, aterrorizada de que se quede recta.
—Presión sistólica cayendo.
—Prepara fluidos.
—Vamos, vamos...
Quiero rogarles que tengan cuidado, que no lo traten como a un cuerpo cualquiera. Que es Arturo, mi Arturo , y ni se imaginan lo importante que es.
No me sale la voz. Solo puedo seguir mirando la línea y rezar por que siga subiendo y bajando.
«No se muere. No se muere. No se muere».
Las luces del hospital me ciegan cuando abren la ambulancia. Todo sucede demasiado rápido para que mi cabeza embotada lo asimile. Un equipo entero aparece y se lo llevan por los pasillos.
—¿Nombre del paciente?
—Arturo Mendoza —respondo, sin aliento.
Me quedo fuera del box de Urgencias, la puerta se cierra delante de mí.
Escucho voces dentro.
—Compresión ahí.
—Pierde sangre muy rápido.
Me llevo las manos a la cara y noto que estoy llorando, pero no recuerdo haber empezado.
En algún momento aparece Teresa. Apenas logro escucharla, creo entender que Paola se ha llevado a Beatriz a casa y que Isa también se ha marchado.
Un médico sale.
—¿Alguna de ustedes puede decirme si Arturo es alérgico a algún medicamento?
Me restriego la cara con las manos.
—No —susurro.
—Ahora mismo está muy inestable —continúa el médico—. Vamos a transfundirle más sangre y hacer un análisis de gravedad... si llega a tiempo.
«Si llega a tiempo».
Las palabras me explotan dentro del cráneo. Empiezo a hiperventilar, el aire no entra. Teresa dice algo, pero no la escucho.
El médico vuelve a hablar.
—Es casi imposible que pase la noche. Lo siento —suspira antes de volver al box.
«No. No. No».
Me siento de golpe en una silla. El hospital empieza a inclinarse, todo a mi alrededor se tambalea.
«Es casi imposible que pase la noche».
Esto no puede estar pasando.
—Es mi culpa —sollozo finalmente.
Teresa me pasa un brazo por los hombros y me aprieta un poco contra su cuerpo.
—Es mi culpa. Es mi culpa. Es mi culpa —empiezo a repetir.
Si no hubiera ido de vuelta a buscarlo. Si lo hubiera dejado marchar. Si no lo hubiera querido tanto.
Si él no me hubiera elegido.
Me derrumbo contra Teresa, llorando a lágrima viva. Ella me sostiene.
—No es tu culpa, Ginebra.
Lo dice para consolarme. Pues claro que lo es.
Una enfermera me da un vaso de agua y una pastilla. Me cuesta tragar casi tanto como me cuesta respirar. Solo espabilo un poco cuando alguien menciona la UCI.
Cargo el móvil, lo enciendo y dejo que sea Teresa quien llame a mi padre y le cuente lo ocurrido.
—Está viniendo —me avisa la mujer, dejando el teléfono en mi regazo con cuidado.
Asiento, sin levantar la vista. Me noto a kilómetros de mi cuerpo.
—Gracias, Teresa —susurro sin energía—. No hace falta que te quedes, ve a casa a descansar.
Ella asiente. Antes de irse, toma mi mano y da un ligero apretón.
—Nunca estuvo en mis planes utilizarte como cebo —me dice, mirándome a los ojos.
Esbozo una sonrisa triste. La creo.
Pierdo la cuenta de los días que paso dentro de la UCI.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde que trajeron a Arturo ni cuántas noches he visto apagarse las luces del pasillo mientras alguien (un médico distinto cada vez, o quizá siempre es el mismo, no lo sé) me dice con voz grave que me prepare.
Que la situación sigue siendo crítica y que cada hora es decisiva.
Siempre me dicen que no saben si verá un nuevo amanecer.
Y aun así, lo ve.
Todas las noches me dicen que no llegará a la mañana siguiente, y todas las mañanas, de alguna forma, sigue respirando. Estoy atrapada en un intervalo absurdo entre una frase y la siguiente. Entre «no va a pasar de hoy» y «sigue con nosotros».
Creo que a mi mente no se le está dando muy bien procesarlo, porque a ratos es como si me desconectase. Hay fragmentos enteros de cada día que luego no recuerdo.
No duermo, y las pocas veces que lo consigo descanso mal. A veces no recuerdo si he dormido o no.
Me huelo que los ansiolíticos que me dan continuamente colaboran mucho con esta niebla mental. Aun así, los tomo sin preguntar qué son. Confío en que alguien sabe lo que hace, porque yo ya no.
Pierdo la noción del tiempo. Sé que a veces está mi padre conmigo y otras Paola.
A veces están los dos a la vez, sentados a ambos lados de mi cuerpo.
Pero no sé decir cuándo llega uno ni cuándo se va el otro.
Aparecen y desaparecen como figuras borrosas en una habitación demasiado blanca.
Me hablan, me acercan vasos de agua y me obligan a comer algo.
Arturo sigue rodeado de máquinas y de pitidos que se me meten en la cabeza. Muchas veces me acerco al cristal y le hablo en voz baja, aunque sé que no me oye. Le cuento cosas sin importancia. Tonterías, como spoilers de las temporadas que le han faltado por ver de Juego de Tronos .
—No te pierdes tanto, la temporada ocho es una mierda.
Pero lo que de verdad quiero decirle es: no te mueras, por favor.
Beatriz no ha venido todavía. Paola me explicó el porqué anoche, mientras yo estaba un poco más lúcida y menos medicada de lo normal.
Al parecer, los primeros días Beatriz sufrió ataques de pánico y llegó a desmayarse varias veces en el apartamento de Paola.
Su cuerpo no aguantó tanto estrés. No es solo que su hermano esté al borde de la muerte, es el hecho de haber aparecido de repente en un mundo raro que no para de asustarla.
Para protegerla, Paola le contó una mentira piadosa: que Arturo está estable y que se va a salvar seguro. La pobre Beatriz se lo ha creído, y desde entonces está más calmada.
Paola la ha estado sacando de casa para distraerla. La lleva a dar paseos y a ver cosas bonitas.
—Está mucho mejor, poco a poco se va abriendo —me dijo Paola con una sonrisa.
No sé cómo sentirme al respecto. Siento que, engañándola, la está tratando como a una niña.
Tiene derecho a saber la verdad. Su hermano no está estable, ni fuera de peligro, ni está terminando de recuperarse sin riesgo.
Ojalá fuera cierto, pero no es así. Han muerto varias personas en esta misma UCI desde que llegué, y sé que en cualquier momento Arturo puede ser el siguiente.
Pero, por otro lado, entiendo que la verdad ahora mismo sería demasiado. Beatriz está sosteniéndose con alfileres, y la realidad puede tirarla al suelo otra vez.
Esta mañana, por primera vez desde que la pesadilla empezó, me dicen algo distinto: Arturo está más estable. Lo suficiente como para (por fin) entrar en el quirófano.
La frase no me tranquiliza, casi me asusta más. Mi cuerpo, sin embargo, permanece vacío. No me quedan energías para reaccionar.
Entonces, para mi sorpresa, Beatriz aparece en la UCI por primera vez. Siento un nudo en el estómago al verla; ¿por qué demonios la ha traído Paola ahora?
La chica camina despacio por el pasillo, con los tirabuzones pelirrojos bien peinados balanceándose en la espalda. Mira las máquinas y los cristales con los ojos muy abiertos. Al verme, sonríe, confiada.
Claro. Sigue creyendo la versión bonita que le ha contado Paola.
Y ahora mi amiga me ha pasado el marrón a mí, y tengo que hacer el teatro. Sonreír y decirle que todo va bien y que su hermano es fuerte.
Por dentro me arde un resentimiento pequeño y mezquino. Durante unos segundos odio a Paola por hacerme partícipe de esta mentira.
La máquina de cafés de la UCI suena como si estuviera moliendo piedras cuando pulsas el botón.
Beatriz la mira como si fuese brujería de alto nivel y luego me mira a mí.
Un par de horas con ella me han bastado para darme cuenta de que sigue ese patrón cada vez que ve algo que le resulta extraño: observa cómo reacciono yo para saber si es normal o si debería asustarse.
Pongo el vasito caliente en sus manos y ella le da un sorbo con desconfianza.
Esboza una mueca de asco.
—¿Es normal que sepa a demonio? —farfulla.
—Sí. Es el sabor estándar del café de hospital.
Beatriz da otro trago con valentía, aunque parece que se esté envenenando a propósito. Paola dice que está probando cosas nuevas cada día: la primera ducha con agua caliente del grifo, el primer ascensor, su primer táper de macarrones recalentados y, ahora, su primer expreso.
—Hoy por fin me he atrevido con un vestido corto —dice orgullosa. En un movimiento disimulado, abandona el vaso del café casi lleno en una mesa.
Bajo la vista a sus piernas. La falda le llega un palmo por debajo de las rodillas.
—Sí, es cortísimo —digo con sarcasmo, pero ella no lo pilla y sonríe con inocencia.
—Paola me ayudó a elegirlo. Fuimos a... ¿cómo se llamaba aquel lugar gigante? Había luces por todas partes, y gente.
—¿El centro comercial?
—Ese mismo. ¡Era como entrar en otro mundo! Había escaleras que se movían solas. —Hace un gesto con las manos, como si pensase que yo no lo he visto nunca y me lo necesitase ilustrar—. Son peligrosas, casi me caigo. Paola tuvo que agarrarme.
Me entra un ataque de ternura. No puedo evitar acordarme de Arturo y su primera vez en las escaleras mecánicas del IKEA.
—A Arturo también le costó un poco.
Beatriz frunce el ceño.
—Luego está ese muchacho, Rafa. No es de mi agrado. ¿A vos os agrada? Perdón —rectifica—, ¿ a ti te agrada?
Gruño una maldición por lo bajo.
—¿Qué ha hecho ese idiota esta vez?
Beatriz pone los ojos en blanco de la forma más aristocrática y elegante que he visto jamás.
—Le incordia todo lo que hago. Le incordio yo entera desde que llegué. Paola le contó que soy una vieja amiga que necesita cobijo, pero él no me acepta. Anoche dijo que soy una «friki» y que «doy cringe». Deben de ser tremendos insultos, porque Paola se puso a gritarle como loca.
Suspiro por lo bajo. Pobre Beatriz.
—Bueno, te aseguro que no es culpa tuya. Rafa tiene talento para ser un imbécil profesional.
Eso la hace reír bajito. Después, con un tono aparentemente casual, pregunta:
—¿Paola siempre ha sido tan amable y generosa?
—Sí. Es un sol.
—Y muy bella —comenta como si nada—. Su cabello es suave.
Levanto las cejas, sorprendida.
—¿Se lo has tocado?
Beatriz parpadea, poniéndose tímida de repente. Abre y cierra la boca, buscando las palabras.
—Le hice una trenza.
Bajo la vista a mi vasito de café, apretando los labios para no sonreír. Al cabo de un rato, Beatriz carraspea.
—Ginebra, ¿estás enamorada de mi hermano?
Mi corazón empieza a latir con fuerza. Vuelvo a la realidad, y mi mente fabrica la imagen del cuerpo de Arturo tendido en la camilla del quirófano. El monitor dibujando picos al ritmo de los latidos de su corazón. Siento un peso en el estómago. Nunca abrí del todo mis sentimientos con él.
—Sí —admito con un nudo en la garganta—. Si no lo estuviera no habría montado todo este embrollo, ¿verdad?
Beatriz sonríe con dulzura.
—Me alegro mucho. Desde luego, Arturo ha tenido más suerte que yo.
—¿Por qué dices eso?
—Ya me ves, una mujer casada que abandona a su marido y se convierte en una solterona. Bueno... a estas alturas, en una viuda. Nunca encontraré el amor.
Me muerdo el labio.
—¿Qué edad tienes?
—Cumplí veintiuno hace un par de semanas.
Casi me echo a reír. Ella me mira sin entender, con temor a que me esté burlando de ella.
—Beatriz, en este mundo estás en la flor de la vida. ¡Eres una chiquilla! Podrías estar en la universidad. Tienes todo por delante. Te prometo que hay muchísimo tiempo para encontrar a tu alma gemela. Aunque seas una viuda.
Sus ojos marrones se iluminan con esperanza.
—¿De verdad?
—De verdad.
Justo entonces, el médico aparece por el pasillo con cara de buenas noticias.
Las buenas noticias más esperadas de mi vida.
—Arturo ha sobrevivido a la intervención —nos dice—. Se encuentra estable.