43
Ginebra
Veo a Arturo caer de rodillas. Al principio no entiendo qué ha pasado, solo veo su expresión contraída. Justo después la sangre empieza a oscurecerle la camisa y a abrirse camino entre sus dedos. Mucha sangre. Demasiada.
—A-Arturo... —la voz se me quiebra.
Me tiro al suelo, a su lado. Él se sujeta la tripa, jadeando de dolor y apretando los dientes. Cuando retiro sus manos para ver la herida, los dedos me tiemblan con violencia.
—No, no, no... —balbuceo.
El cierra los ojos y ahoga un grito de dolor, encorvándose. Detrás de nosotros oigo un chillido desgarrador.
Beatriz.
Paola y Teresa la sujetan a duras penas. La chica está totalmente enloquecida, intentando lanzarse hacia nosotros mientras grita el nombre de su hermano.
La sangre no deja de salir y el pánico me bloquea. Presiono la herida y rompo a llorar, jadeando. Fernando está a mi lado, en una versión muy diferente a la del combate. Se ha quedado blanco como la cera. Mira su espada, manchada de rojo, y vuelve a enfundarla con manos temblorosas.
—Arturo... —musita con la voz rota—. Arturo, por Dios...
Se arrodilla al otro lado. Sus manos tiemblan al tocarle la cara.
Después me aparta y desgarra la camisa de su amigo con un tirón desesperado, dejando la herida al aire.
La espada le ha entrado por el lado izquierdo del bajo vientre, demasiado cerca de todo lo importante.
El color de la sangre, la cantidad... Dios. Dios.
Arturo intenta mirarme, pero se le cierran los ojos. A mi alrededor, la escena se vuelve borrosa. Oigo un golpe; creo que un guardia vuelve en sí, intenta levantarse y recoger su arma. Fernando reacciona antes que yo.
—¡Atrás! —grita, y el guardia retrocede—. ¡Atrás, he dicho!
En un rincón, Isa se levanta a trompicones. Se apoya en la pared y observa el panorama, boquiabierta. Vuelvo a presionar la herida de Arturo, parpadeando para espantar la visión borrosa. Mis manos están empapadas, no puedo presionar bien. No sé si estoy haciendo algo o solo empeorándolo.
De repente una certeza cae sobre mí: si no lo llevo al presente ahora mismo, se muere. Al tiempo que llego a esa conclusión, Fernando se levanta de golpe.
—¡Sirvientes! —vocifera—. ¡Preparen mi carruaje! ¡Debemos llevarlo al médico, ahora!
La tensión se transforma en movimiento por fin.
Teresa coge una manta, Paola ayuda a sostener la cabeza de Arturo, y Fernando y yo lo alzamos entre los dos, aunque mis piernas flaquean y casi tropiezo.
El pasillo, las escaleras de la entrada, el jardín.
.. todo pasa demasiado rápido. Por momentos casi me convenzo de que todo esto es una pesadilla.
El aire frío del exterior me ayuda a despejar la mente. Localizo a Isa con la mirada y, mientras meten a Arturo en el carruaje, la agarro con fuerza del brazo.
—Isa —susurro, sacudiéndola—. Espabila. El limonero.
Ella asiente con la cabeza, sin mirarme a la cara. Maldigo entre dientes cada trago de vino que ha bebido y la empujo hacia el carruaje.
Arturo ya está dentro. Me coloco a su lado, recostándolo sobre los muslos y poniendo su mano y la mía sobre la herida.
—Aguanta —le suplico con la voz rota. Varias lágrimas escapan de mis ojos y caen sobre él—. Por favor, tienes que ser fuerte.
Él me mira, con el rostro contraído de dolor y los ojos azules nublados. Sostengo su mano libre con fuerza, él entrelaza los dedos con los míos.
Paola y Beatriz se sientan enfrente; los sollozos de su hermana llenan el carruaje.
—¡Isa! —Vuelvo a llamar a la bruja a gritos, sin darme cuenta de que la tengo al lado—. Haz algo de magia, lo que sea, para que aguante hasta la sierra. Es un trayecto demasiado largo.
—No tengo el don de sanación, Ginebra —dice para mi desgracia, y la angustia me encoge el corazón un poco más—. Pero puedo quizá intentar hacer una chapuza.
—¡Hazlo! —exclamo.
Ella asiente y aparta mis manos del vientre ensangrentado para poner las suyas. Veo cómo cierra los ojos y se concentra, y los labios de Arturo se contraen en una mueca. No logro diferenciar si es de dolor o de alivio.
—¿Este hechizo no requiere de sacrificios? —pregunto.
Niega con la cabeza.
—Es magia blanca. Y, como imaginarás, no es mi especialidad.
Aparta las manos del abdomen de Arturo; no sabría decir si hay algún cambio.
—¿Qué le has hecho? —me impaciento.
—Se supone que he ralentizado un poco el avance de la hemorragia, pero no sé si funcionará —titubea, arrastrando un poco las palabras. Maldita borracha—. Espero que dé para, al menos, aguantar hasta el limonero.
Entonces, Fernando aparece en la portezuela y pone un pie dentro. Actúo con rapidez, sin pensar demasiado. Le quito la espada del cinturón con un movimiento torpe pero rápido, y apunto a su pecho. Pesa más de lo que esperaba, pero consigo sostenerla con firmeza.
No voy a dejar que nos siga.
—Retrocede —le ordeno, con voz segura y autoritaria pese a mis nervios.
Fernando se congela. Alza las manos, mirando el filo de su propia espada.
—Ginebra, ¿qué vais a hacer con Arturo?
Aprieto más la empuñadura.
—Salvarlo.
Teresa e Isa trepan al asiento del conductor y toman las riendas.
El carruaje arranca, pero no suelto la espada hasta que Fernando desaparece de mi vista.
Escucho el chasquido de las riendas y el carruaje pega un tirón que casi me lanza contra la pared.
Isa se aferra a Teresa para no caer, pero ella se la sacude de encima.
—¡Arre!, ¡arre! —exclama, y la velocidad aumenta.
Paola asoma la cabeza por la ventana lateral.
—¡¿Sabes llevar un carruaje?! —le grita a Teresa.
—¡Más o menos! —responde ella, con un tono de voz que no convence a nadie—. ¡Arre!
Los caballos se encabritan y salimos disparadas.
La carroza se precipita por las calles estrechas de Valencia como si fuera una bola de cañón.
La última uña de sol desaparece por el horizonte y las antorchas parpadean en las esquinas de las calles.
La ciudad parece un laberinto de sombras y faroles.
El traqueteo me golpea las costillas mientras intento mantener a Arturo estable; su cuerpo parece aflojarse entre mis brazos.
Por la ventana veo casas de piedra inclinándose hacia nosotros, cajas, carros y gente saltando a un lado a nuestro paso para no ser atropellados.
El carruaje gira demasiado rápido, chirría, se ladea, casi vuelca.
Paola y Beatriz empiezan a dar grititos al unísono con cada sobresalto.
Me llega el olor a estiércol, a suciedad y a humo de leña.
Al cabo de un rato pasamos frente a la catedral.
La reconozco por la torre, el famoso Miguelete, al que tantas veces he subido con mi padre.
Arturo exhala un gemido débil. Cada bache le sacude el abdomen. Presiono más la mano contra la herida, rezando por que el hechizo de Isa esté funcionando.
—¡Teresa, intenta calmar a los caballos! —grito como una histérica. Aunque, por otro lado, también necesitamos llegar rápido.
—¡Te juro que lo intento!
Vuelvo a bajar la vista hacia Arturo, le aparto de la frente el cabello húmedo de sudor.
—Resiste —susurro—. Por favor, Arturo, mírame...
Sus párpados tiemblan. Me mira solo un instante, pero es suficiente para que se me rompa el pecho. A la escasa luz que entra de fuera aprecio que se le están poniendo los labios pálidos. También tiene las manos frías. Sus dedos, todavía entrelazados con los míos, casi no aprietan.
—No te duermas —le suplico con la voz rota—. Quédate conmigo. Ya casi estamos...
Pero no es cierto. Sé que falta un buen trecho. Sé que cada minuto cuenta. Sé que se está yendo.
La ciudad se convierte en campo abierto.
Lo que en mi mundo es área metropolitana y polígonos industriales, aquí es bosque.
El camino hacia la Sierra Calderona es abrupto y lleno de piedras.
El carro rebota y chirría. Cada sacudida le arranca otro gemido a Arturo, hasta que se queda en silencio.
Cuando intento despertarlo solo me responde el movimiento pasivo de su cabeza. El pánico crece en mi estómago.
—No, no... —Mis manos tiemblan—. Arturo. Arturo, por favor...
La sangre humedece la manta; ha manchado mis piernas y el banco. No sé cómo sigue vivo. ¿Es gracias al hechizo de Isa? ¿Cuánto más aguantará?
—Recemos por que no haya bandoleros en estos caminos —farfulla Beatriz, y la maldigo en mi cabeza por sembrarme un nuevo miedo.
Une las manos frente a ella y me doy cuenta de que lo de rezar era literal. Paola le apoya una mano en el hombro para darle fuerzas y me dirige una mirada entristecida. Me pregunto por qué parece más triste que asustada. ¿Acaso está dando la vida de Arturo por perdida?
Me doy cuenta de que hemos llegado a la sierra cuando los senderos se empinan. Al cabo de un rato, el carro se detiene bruscamente.
Las brujas se bajan de un salto, y confirmo que Isa ya está casi sobria. Paola y yo sostenemos a Arturo para bajarlo del carruaje. Beatriz también quiere ayudar, pero está temblando tanto que casi se cae.
Movemos a Arturo con cuidado por el sendero, bajo la roca estrecha, hasta el claro del limonero. La humedad de la montaña parece más intensa aquí. El limonero se recorta contra el cielo, retorcido e imponente.
Beatriz parpadea, confusa, saliendo del letargo en el que estaba y dándose cuenta (un poco tarde) de que no hemos ido a la consulta de ningún médico.
—¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué estamos en el bosque? —mira alrededor, asustada—. ¡Estamos cerca de Rocahumbría! ¡¿Qué demonios estamos haciendo?!
No tenemos tiempo para explicárselo.
Isa y Teresa se miran con decisión. Tienen la cara llena del polvo que han levantado los caballos durante el camino. Se colocan frente al limonero, juntan las manos y empiezan a murmurar.
La magia despierta. Es un ritual distinto al que presencié la primera vez, más agresivo. No se cortan la mano con la daga dorada de Isa, ni hay sangre, ni murmuran las mismas cosas.
Una luz tenue empieza a escapar de sus palmas. No sé interpretar nada de lo que sucede, pero siento que cada palabra que pronuncian les arranca un fragmento del alma. La luz les recorre los brazos, el cuello y el pecho, como venas incandescentes. Es macabro y fascinante al mismo tiempo.
Beatriz retrocede, horrorizada.
—¿Qué están haciendo? ¡¿Qué es eso?! —nos grita a Paola y a mí, con un deje acusatorio—. ¡Decidme qué pasa!
Tengo tanto miedo que no sé ni cómo empezar a responderle. Estoy arrodillada en el suelo, con Arturo en el regazo. Le sujeto la cara. Le palpo el cuello buscando el pulso, suspiro por lo bajo al sentir todavía un latido leve.
Mis lágrimas caen sobre sus mejillas de nuevo, y por un momento parece que quien llora es él.
El suelo vibra y el aire se carga de electricidad. Un olor químico empieza a extenderse por el claro. ¿La magia de Isa y de Teresa ya ha escapado del todo de sus cuerpos? ¿Está ahora flotando a nuestro alrededor?
Beatriz me agarra de los hombros y me sacude, obligándome a reaccionar.
—¡¡Contestadme!! —brama—. ¡¿Qué estamos haciendo aquí mientras mi hermano se muere?! ¡¿Qué les pasa a ellas?! ¡¿Por qué brillan?! ¡¿Qué está pasando?!
Estallo.
—¡Lo vamos a llevar al único lugar en el que puede salvarse! —le grito casi sin voz.
Beatriz me mira con la mandíbula desencajada.
—¿Dónde? ¿Qué sitio es ese?
Paola la coge del brazo con suavidad.
—Bea, escúchame —murmura—. Vamos a hacer todo lo posible por salvarlo. Pero adonde vamos... —se detiene, buscando las palabras—. No podrá volver.
Beatriz niega con la cabeza, llorando.
—¡No vais a llevarlo a ningún sitio sin mí! ¡No voy a quedarme aquí sin saber si mi hermano está vivo o muerto!
—Si vienes, tú tampoco podrás volver —le advierte Paola.
—¡Tanto me da! No pienso dejarlo. Es la única persona que me importa.
El limonero empieza a crujir. Los limones estallan como pequeñas bombas amarillas, lanzando gotas y olor ácido al aire. Las ramas se doblan hacia atrás como si algo enorme quisiera salir desde dentro. Isa y Teresa brillan con tanta fuerza que casi no puedo verles la cara.
Un chasquido atraviesa el claro. El portal está abierto.
La corteza del árbol se agrieta alrededor del agujero, la tierra vibra. Chispas azules saltan como fuego.
—¡Entrad ya! —grita Teresa, con la voz distorsionada por la magia—. ¡No sabemos cuánto aguantará antes de romperse para siempre!
Actúo con velocidad. Isa y Teresa cargan a Arturo por un lado; yo por el otro.
Me aterra darme cuenta de que mi caballero es solo un peso muerto en nuestros brazos.
Su cabeza se ladea. Pasamos por la abertura de luz.
Siento que la piel me arde y que el aire cambia de densidad.
Las otras veces que he cruzado el portal se sentían diferente.
Paola y Beatriz nos siguen de cerca, cogidas de la mano.
El portal nos escupe en el otro lado del tiempo. El claro es el mismo, pero a la vez no. Noche distinta, cielo un poco anaranjado.
Me arrodillo junto a Arturo y me inclino sobre él. Le cojo la mano otra vez: sus dedos están inertes como los de un muñeco. No consigo encontrar el pulso y me rompo en sollozos. Llevo una oreja a su pecho, pero Isa me empuja.
—¡Venga, no perdamos más tiempo! Aparqué el coche muy cerca.
Me pongo en pie, trastabillando. Ni ella ni Teresa brillan ya.
El portal escupe una última llamarada de luz y se apaga.
El limonero empieza a estallar en pedazos, llenando el claro de astillas, chisporroteos y olor a humo.
Se encoge sobre sí mismo con un sonido horrible, como huesos rompiéndose, y termina colapsando en un montón de fragmentos negros.
El portal está muerto para siempre. Solo espero que no haya sido en vano.