¿En tu siglo o en el mío? 42
91%

42

Teresa

La Isabel a la que vi por primera vez era una adolescente de apenas dieciséis años que coincidía conmigo en el pozo cuando iba a recoger agua. Nadie en el barrio la conocía, acababa de llegar a la ciudad y estaba sola.

Todas las mujeres solas eran sospechosas, y ella no era la excepción. Sobre todo si, a pesar de llevar un crucifijo en el cuello, tenía un físico de morisca tan evidente.

Algo retorcido en mí se alegraba de que hubiese una chiquilla peor vista que yo tan cerca; así era menos fácil que la mirada acusatoria de los vecinos se posase en mí.

Hacía poco que me había deshecho del esperpento de mi marido para salvar la vida de mi hija y la mía, así que, teóricamente, yo también era una mujer sola.

—Hola, buen día —me saludó Isa en el pozo por primera vez, después de meses de mirarme en silencio.

Tenía un marcado acento del sur, e intuí que por eso nunca la había escuchado hablar en público.

No le devolví el saludo por si alguien me veía hablando con ella, y volví a casa asustada.

Al mirarla a los ojos lo había tenido claro: esa chica y yo teníamos una maldición en común.

Por mucho que la evites, la magia termina encontrándose con más magia.

Al llegar el invierno empezó el hambre. Mi hija y yo no teníamos nada que llevarnos a la boca y nadie nos iba a amparar.

La situación se volvió crítica con el paso de las semanas, y a finales de enero se nos marcaban los huesos y yo apenas tenía energía para moverme del catre.

Entonces, apareció en la puerta de mi casa una cesta llena de comida.

Supe desde el principio que había sido ella. Y, pese a que era arriesgado, al día siguiente cogí a mi hija en brazos y nos encaminamos hacia la choza del final de la calle. Isa me saludó como si fuésemos amigas y me fijé en que, dentro de casa, no llevaba puesto el crucifijo.

Donde sí había crucifijos de oro era en un baúl lleno de cálices, sortijas y otras reliquias valiosas.

—Son recuerdos que me llevé de un convento de las Alpujarras trágicamente reducido a cenizas —me explicó al ver mi cara de sorpresa. Puso los brazos en jarras y suspiró, satisfecha—. Bueno, ¿qué os apetece cenar?

Recuerdo el puchero en el fuego, lo bien que olía. Isa le puso un cuenco de sopa a mi hija en las manos, le revolvió el pelo e incluso jugó con ella hasta que se quedó dormida.

Isa nos salvó la vida.

Mi mente entra en un bloqueo extraño, atascada entre ese pensamiento, el odio que le tengo a día de hoy y el dolor de perder a Elvira. Se me vuelven a aguar los ojos, dolida por la traición. Isa llegó a ser, por muchos años, lo más parecido que tenía a una hermana. ¿Cómo ha podido hacerme esto?

Utilizar a Elvira contra mí. Mi Elvira. La misma Elvira a la que alimentó y cuidó.

Es todo demasiado confuso.

El cielo del atardecer se tiñe de dorado aunque mi interior esté a oscuras. Me apoyo en la baranda del balcón; tengo las manos heladas y los ojos hinchados de tanto llorar.

Hace dos años que mi hija está muerta. Dos años en los que no he parado de pensar en ella. El cuerpo me tiembla de frío, los hombros se me sacuden con violencia. Me muerdo el labio hasta hacerme sangre para no gritar el nombre de Elvira.

Intento rescatar un recuerdo nítido de su infancia: las trenzas torcidas, los dedos manchados de zumo de mora, su risa cuando corría por el huerto. Pero su rostro infantil se borra por los bordes. No tengo retratos de ella ni fotografías, y tantos años después la memoria emborrona su imagen.

Por Dios, no. No quiero olvidarme de su cara.

Aprieto los ojos, consumida por la rabia.

Estaba muerta e Isa lo llevaba sabiendo todos estos meses.

Dos años con la verdad escondida como un puñal en la manga.

Dos años dejándola vivir en mi imaginación.

La odio. La odio tanto que quiero regresar a la habitación y terminar de darle la paliza ya iniciada.

«¿Cuándo te has vuelto tan mala?», quiero gritarle.

Un brillo de acero al fondo del camino me devuelve al presente. Miro hacia abajo, hacia los jardines de Fernando, y se me encoge el corazón. Entorno los ojos para verlo mejor: seis hombres a caballo, con el blasón de los Mendoza grabado en los petos.

Soldados del padre de Arturo. Y al frente, guiándolos, Fernando.

El aire se me queda atrapado en la garganta. Me separo del balcón de golpe, entro en la casa y echo a correr por el pasillo.

—¡Paola! ¡Beatriz! —exclamo; sé que están cerca.

Las encuentro en el mismo saloncito en el que estaban hace un rato, charlando con demasiada calma. Beatriz ríe con la delicadeza propia de las damas y Paola gesticula con energía y mucha menos elegancia. Ambas se giran a mirarme con un sobresalto.

—¡Los soldados! —grazno—. ¡Vienen los hombres de don Francisco! ¡Y Fernando va con ellos!

Las dos se quedan heladas.

—¿Qué? —balbucea Beatriz.

—He visto el blasón de tu familia, vienen armados —añado—. ¿Dónde están Arturo y Ginebra?

Se miran entre sí, desconcertadas.

—No lo sé —responde Paola.

Sin perder un segundo, las tres echamos a correr por los pasillos, buscándolos. Abro puerta tras puerta, una tras otra, sin respirar. Hasta que por fin oigo la risa de Ginebra tras una de las habitaciones cerradas.

Empujo la puerta de golpe y los veo: desnudos y acaramelados bajo las sábanas, sonriendo como tontos y conversando en voz baja.

—¡Teresa! —exclama Ginebra al verme, cubriéndose los pechos—. ¡¿Nadie te ha enseñado a llamar a la puerta?!

Casi me quedo paralizada de la vergüenza.

—Por el amor de Dios... —murmuro, dándome la vuelta de inmediato—. ¡Vestíos! Ahora mismo —ordeno—. Los soldados del padre de Arturo están llegando. ¡Rápido!

Mi voz suena más áspera de lo que esperaba. Escucho cómo se levantan a toda prisa y se apresuran a vestirse sin perder tiempo en preguntas.

Entonces se oye el estruendo en la planta baja. El portón principal se ha abierto de golpe. Escucho a alguna sirvienta gritar y el sonido metálico de las espadas saliendo de sus vainas.

Corro hacia el vestíbulo y aguardo semioculta tras una columna. Veo a los seis soldados con las botas manchadas de polvo. Detrás de ellos, Fernando.

No parece exactamente un enemigo, su expresión es casi triste.

—Siento tener que recurrir a esto, amigo mío —dice mirando a Arturo, que acaba de bajar las escaleras junto a Ginebra—.

No van a hacerte ningún mal. Tú fuiste mi primera opción, lo sabes bien.

Tu padre ha aceptado de buen grado ser mi socio, pero a cambio necesita que vuelvas a Rocahumbría y cumplas con tu deber.

No te resistas, por favor, no quiero hacer esto difícil.

Me giro a mirar a Arturo, conteniendo la respiración.

El chico está inmóvil, el músculo de la mandíbula se le tensa poco a poco.

Parpadea con fuerza y aprecio el temblor de sus manos.

Luego empuja a Ginebra detrás de él, como si la quisiese proteger.

Despacio, lleva la mano a la empuñadura de su espada.

—No voy a rendirme sin luchar —le dice a su amigo.

Fernando aprieta los labios.

—Arturo...

—Cállate —sisea él entre dientes.

Y, con un solo movimiento, desenfunda la espada. El acero corta el aire y cierro los ojos, temiéndome el peor de los desenlaces. Escucho el grito ahogado de Beatriz. Ella y Paola están arriba de la escalinata, presenciando la escena.

El silencio que sigue es espeso. Nadie respira.

Los guardias se miran entre ellos, espadas en alto, midiendo las distancias.

Arturo mantiene la suya firme, aunque le tiemblan las manos.

Ginebra se adelanta y vuelve a colocarse a su lado, dispuesta a plantarle cara a cualquiera que se acerque.

Yo no me muevo de detrás de la columna, aferrándome al mármol con las manos sudadas.

Ya no estoy para estos trotes.

Fernando es el primero en romper la tensión. Deja caer su espada al suelo, despacio. El sonido retumba en las paredes y hace eco por el pasillo.

—No voy a luchar contigo —dice con voz cansada—. Eres mi amigo, Arturo. —Señala a los guardias con la cabeza—. Ellos tampoco van a derramar tu sangre, lo único que todos queremos es que vuelvas a casa.

Pese a su intento conciliador, ni Arturo cede ni los guardias bajan las armas. Uno de ellos avanza un paso, con la espada apuntando directamente a Arturo. Animándole a rendirse.

Y entonces ocurre lo más inesperado: Isa aparece desde el fondo del pasillo, tambaleándose, con una nueva botella de vino en la mano y las mejillas sonrojadas. No me puedo creer que haya seguido bebiendo durante todo el rato que yo he estado en el balcón llorando.

—¿Qué pasa aquí? —pregunta, como si hubiera entrado a una fiesta aburrida. Al ver a los guardias abre la boca de asombro—. La policía. ¿Quién se ha portado mal ahora?

Los guardias se miran entre ellos y alzan las cejas, incapaces de tomarla en serio. La mirada de Isa se desvía hacia un venado disecado colgado de la pared. Deja la botella en el suelo y se acerca a él con pasos perezosos.

—Sea lo que sea, juro que esta vez yo no he sido. —En un movimiento rápido aferra el hacha que le adorna la cabeza al ciervo, tira con fuerza y consigue arrancarla. La levanta y se gira hacia los guardias con una sonrisa—. ¡Siempre he querido hacer esto!

Antes de que nadie pueda procesarlo, lanza el hacha con una precisión impensable en una borracha. Impacta de lleno en la frente del primer guardia y el hombre cae hacia atrás sin emitir sonido alguno.

Yo me tapo la boca, Beatriz chilla, e incluso la propia Isa deja escapar un grito de sorpresa.

—¡Qué fuerte, no esperaba darle! —exclama, orgullosa.

«Estás completamente loca».

La calma previa a la tormenta se rompe. Los guardias rugen al unísono y la lucha estalla.

Arturo se lanza hacia dos de ellos con la espada en alto. El metal entrechoca y saltan chispas. Ginebra se hace con lo primero que encuentra: un candelabro de hierro enorme. Lo empuña como si fuese un bate de béisbol.

—¡¡Atrás!! —grita.

El guardia que se le acerca recibe un golpe directo en la sien. Se tambalea, aturdido. Isa, que ya ha recuperado su hacha, aparece a su lado y lo remata de un golpe seco.

—¿Dónde has aprendido a usar eso? —farfulla Ginebra, esquivando una estocada.

—¡Hay un local de lanzamiento de hachas en Benimaclet! —responde Isa a gritos mientras suelta otra tajada—. Siempre iba con mi ex.

La escena es tan absurda que podría reír si no creyera que todos vamos a morir hoy.

Me aferro más fuerte a la columna, temblando, y enseguida me doy cuenta de que tengo nueva compañía.

Beatriz ha bajado de las escaleras y está escondida detrás de mí.

Tiene pinta de estar a punto de desmayarse.

La oigo hiperventilar y murmurar rezos histéricos.

Desde arriba, en el piso superior, Paola aprovecha su posición elevada. Agarra un jarrón enorme de cerámica y se asoma por encima de la barandilla.

—¡¡Toma esta!! —ruge mientras lo lanza.

El jarrón se estrella en la cabeza de otro guardia. Fuera de combate. Quedan tres.

—¡Paola! —alcanzo a farfullar, impresionada.

Isa, mientras tanto, está demasiado borracha para ser invencible durante mucho rato más. Pierde el equilibrio en un mal giro y un guardia consigue quitarle el hacha y arrojarla bien lejos. Fernando entra por fin en acción.

—¡Basta ya! —ruge.

La agarra del pelo y la estampa contra el suelo. Isa gruñe, mareada, y él la reduce con un rodillazo en el estómago. Le retuerce las muñecas tras la espalda y la inmoviliza. Esta vez, mi compañera no se atreve a replicar.

Al mismo tiempo, Arturo sigue luchando contra otros dos guardias. Está cansado, se nota. Cada golpe lo da un poco más lento que el anterior. Paola, desde arriba, vuelve a colaborar:

—¡Eh, pelotudo! —grita, agarrando un taburete de roble—. ¡Regalo desde el piso superior!

Y lo lanza. El taburete cae con violencia, derribando a uno de los guardias que acorralaban a Arturo. Ahora es un combate uno a uno.

El choque de aceros retumba en mis oídos. El guardia intenta acorralarlo contra la escalera, pero Arturo consigue hacer una finta, girar la muñeca y desarmarlo con un golpe certero. El arma del guardia cae y el hombre retrocede, vencido.

Fernando, que ha observado la escena con rabia, le da un golpe a Isa para dejarla fuera de juego y la suelta en un rincón como si se tratase de un saco. La que fue mi compañera se encoge sobre sí misma, jadeando, con los labios llenos de sangre.

Esta vez, viendo que los guardias han sido derrotados, a Fernando no le queda otra que empuñar su espada.

—Yo no quería llegar a esto —dice con pesar—. Pero no me dejas otra opción, amigo.

—No soy tu amigo —escupe Arturo.

Se lanzan el uno contra el otro. Cada golpe de espada suena como un reproche. Fernando lucha con precisión, Arturo con rabia. Ninguno quiere matar al otro, pero tampoco pueden rendirse.

Beatriz busca mi mano y la aferra con fuerza a pesar de no tener ningún tipo de confianza conmigo. Tiene los dedos fríos y agarrotados. Al girarme hacia ella veo sus mejillas mojadas y su expresión de terror. No sé en qué momento ha empezado a llorar.

Ginebra observa la pelea, inmóvil. Su pecho sube y baja con violencia. Veo cómo desvía la mirada al suelo, unos metros más allá. Algo brillante ha ido a parar bajo un sillón.

El hacha de Isa.

Corre hacia ella sin pensarlo, la recoge con ambas manos y va directa hacia la espalda de Fernando.

«Niña impulsiva», es lo único que me da tiempo a pensar antes del desastre.

Fernando nota el movimiento y se gira con brusquedad. Su espada traza un arco plateado, impacta contra el hacha y se la arranca de las manos. El hombre vuelve a levantar la espada, listo para descargarla sobre ella.

—¡NO! —ruge Arturo.

Se interpone para detener a su amigo, pero ya es tarde. La espada de Fernando se hunde en su vientre. Arturo se tambalea hacia atrás y cae al suelo, sujetándose el abdomen. Sus dedos se tiñen rápidamente de rojo.

A mi lado, Beatriz comienza a chillar.