¿En tu siglo o en el mío? 41 #2
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41 #2

Paola y una sirvienta llegan corriendo, alertadas por los gritos, y entre las tres conseguimos separarlas.

Isa se incorpora con la espalda pegada a la pared, jadeando.

Se lleva las manos al cuello, justo donde Teresa había empezado a estrangularla, y observa a la mujer con los ojos abiertos de terror.

Teresa, por su parte, se rompe y vuelve a ser la de siempre.

Deja escapar un sollozo ahogado y se deshace en llanto.

Le da la espalda a Isa y se derrumba en el sillón de la esquina, encogiéndose sobre sí misma.

Esto no va a acabar bien.

—Ginebra... —me dice Paola en voz baja—. Creo que tienes algo que hacer.

Cierro los ojos y respiro hondo. No puedo alargarlo más.

He caminado arriba y abajo por el pasillo vacío como un león enjaulado, pensando en cómo se lo voy a plantear. El sonido ahogado de los sollozos de Teresa en el piso superior me impide concentrarme y me forma un nudo en el estómago.

—No quiero que te sientas obligado a nada, pero quizá podríamos valorar la posibilidad de vivir juntos en el futuro —susurro para mí, ensayando—. En el futuro tangible, me refiero. En la Valencia de dentro de cuatro siglos.

Me detengo y apoyo la frente contra la pared, suspirando. Qué desastre. Tomo aire, vuelvo a caminar y lo intento de nuevo:

—A ver, la casa es más tuya que mía; se pagó con tu armadura.

Solo un necio desaprovecharía un inmueble en el 2025.

Tú no lo entiendes, pero yo sí, hazme caso.

Ni te imaginas lo cara que está la vivienda.

—Llego al final del pasillo, doy la vuelta y me dirijo de nuevo hacia el inicio—.

Además, Zampanchina Miaumiau te ha cogido mucho cariño.

Y a mi padre también le gustas. Aunque eso no tiene tanto mérito, a él le cae bien todo el mundo.

Me vuelvo a detener y cierro los ojos con fuerza al darme cuenta de lo frío que suena todo. ¿Por qué es tan difícil expresar lo que de verdad siento?

—Es por mí —murmuro al aire por fin—. Porque me importas. Quiero estar contigo. Creo que para siempre. No soporto la idea de volver a esa casa y sentirla vacía sin ti. Yo... Yo te...

Las palabras me escuecen en la boca. Doy una patada al suelo y dejo escapar un resoplido de rabia. A veces me odio.

Dándome por vencida, voy directa a la habitación que Fernando nos ha prestado a Arturo y a mí y giro el pomo. Planeo tumbarme en la cama y esperar sola y aburrida hasta que vuelva de la reunión con su amigo. Y luego improvisaré, porque a la vista está que preparar discursos románticos no es lo mío.

Empujo la puerta con desgana y me quedo clavada en el umbral. Arturo está sentado en el borde del colchón, con la vista fija en el suelo, los codos en las rodillas y las manos entrelazadas. No sé cuándo ha vuelto ni por qué se ha encerrado aquí.

—¿Arturo? —farfullo, cerrando tras de mí.

Al alzar la vista y verme, la expresión de su cara se destensa. Intenta sonreír, pero le sale triste.

—Hola, Ginebra. ¿Qué han sido esos gritos de arriba?

Suspiro, sin saber por dónde empezar.

—Isa ha hecho una de las suyas contra Teresa —resumo.

Arturo asiente con más indiferencia de la que cabría esperar, como si Isa fuera el menor de sus problemas. Ha pasado algo. Voy junto a él y me siento a su lado. El colchón cede y nuestros hombros se rozan.

—¿Está todo bien? —me preocupo.

Traga saliva, pero no responde. Me toma una mano y la aprieta fuerte, como si necesitase anclarse a algo.

—Al final sí que había razones para desconfiar de Fernando —murmura al fin—. Deberíamos marcharnos de aquí lo antes posible.

Aferro su mano de vuelta, acariciándole el dorso.

—Arturo, ¿qué ha pasado?

Abre la boca, pero vuelve a cerrarla. La voz se le quiebra antes siquiera de empezar a hablar. En lugar de explicarse se gira hacia mí y busca mi mirada.

—Quiero ir contigo al futuro —dice sin titubeos—. Y quedarnos a vivir allí.

El corazón me da un brinco en el pecho.

—¿Vivir los dos en mi siglo? —repito, para asegurarme de que he oído bien—. ¿Eso es lo que has dicho?

Por fin se dibuja una sonrisa en los labios de Arturo. Sostiene mis dos manos y asiente con la cabeza.

—Sí, eso he dicho.

—¿Estás seguro?

Cuando vuelve a asentir me entran ganas de reír y de llorar a la vez. Me lanzo a su cuello y lo abrazo con tanta fuerza que casi lo derribo sobre la cama. Escondo el rostro en su hombro, vibrando de emoción. No puedo creer que haya sido tan fácil.

—¿Y no echarás de menos esto? —pregunto contra su camisa—. Tu mundo.

Se separa lo justo para cogerme por los hombros. El calor de sus manos traspasa la tela del vestido.

—Mi mundo está podrido, Ginebra. Hoy lo he visto claro. —suspira—. En el tuyo todo está... arreglado. Hay justicia, libertad, no hay guerras, ni hambre, ni pestes, ni pobreza.

Siento una punzada de angustia. Quisiera regalarle esa fantasía, pero no sería honesto.

—Arturo, mi mundo no es perfecto ni de lejos.

Has vivido un mes en mi Valencia y una semana en un resort caribeño de cinco estrellas.

Eso no es «el mundo». Las generaciones después de la tuya siguieron metiendo la pata.

Mucho. A veces incluso creo que nos extinguiremos antes de que pueda llegar a vieja —trato de bromear—.

Si vienes, quiero que vengas sabiendo eso: no es un lugar perfecto.

Me acaricia la mejilla con las yemas de los dedos.

—Si estoy contigo me da igual que el mundo se destruya.

Se me aflojan las rodillas aunque esté sentada. El pecho me arde de emoción y se me empaña la vista. Antes de que se dé cuenta de que estoy a punto de llorar, cierro los ojos y lo beso.

Le sujeto la nuca y él me rodea la cintura, acercándome hasta borrar cualquier distancia.

Siento el calor de su aliento, la ligera aspereza de su barba y el peso de su mano abriéndose en mi espalda.

Le respondo despacio, saboreando el instante.

Cuando su lengua roza la mía, un calambre dulce me recorre desde la garganta hasta el estómago.

Él suspira contra mi boca y el sonido me enciende.

El beso se vuelve más hondo. Mis dedos se pierden en su pelo, y de repente no existe nada fuera del borde del colchón.

Cuando nos separamos seguimos tan cerca que compartimos el mismo aire. Apoyo la frente en la suya y cierro los ojos.

—Entonces ven —digo jadeando—. Con todo lo bueno y con todo lo malo. Ven.

Su boca vuelve a buscar la mía, arrancándome un pequeño gemido.

El beso se intensifica y disuelve todos los miedos que llevan acechándome durante días.

Arturo me da la vuelta, despacio, y sus manos recorren mi espalda y desatan los lazos del corsé uno a uno.

Siento su aliento sobre mi hombro; el roce de sus labios deja un rastro de fuego que me eriza de arriba abajo.

El vestido se desliza por mi cuerpo hasta acabar en el suelo hecho un remolino.

Arturo observa mi desnudez con veneración, los ojos nublados de deseo.

Desliza las manos por mis caderas y vuelve a acercarme a él.

Le beso más despacio esta vez, dejándome guiar por el ritmo de su respiración.

Mis manos se enredan en la tela de su camisa, y voy deshaciéndome de su ropa hasta que nada se interpone entre nosotros.

Caemos sobre el colchón, desnudos, envueltos en la luz tenue de los candelabros.

La cama cruje bajo el peso compartido. Nos abrazamos sin prisa, su piel contra la mía, su calor, el temblor de nuestros cuerpos encontrándose.

Arturo se coloca encima, apresándome contra las sábanas.

Acaricio su espalda, beso sus mejillas, cierro los ojos y aspiro su olor.

Gimo cuando entra en mí y me arqueo para recibirlo.

Rodeo sus caderas con las piernas mientras me embiste y siento cómo nos fundimos en uno.

Es un sentimiento tan intenso que duele, pero al mismo tiempo me genera una calma inexplicable.

El silencio se llena del sonido de su respiración mezclándose con la mía, de gemidos y del repiqueteo de la cama contra la pared.

Siento el pulso en su cuello, el roce de su pecho contra el mío.

El mundo se va deshaciendo alrededor, quedando solo nosotros dos.

Una isla pequeña y cálida en medio del caos.

Nos miramos a los ojos y el tiempo deja de correr. Me aferro a sus mejillas y me pregunto si él se siente igual, como si el pecho le fuera a estallar. Esto es mucho más mágico que el maldito limonero que provocó que nuestros caminos se cruzaran.

Rodamos por el colchón, y de repente yo estoy arriba.

Arturo me pasa los brazos tras la espalda y me estrecha contra él, pegando cada centímetro de mi cuerpo al suyo.

Su boca absorbe mis sollozos de placer, me besa los labios, las mejillas, los párpados cerrados.

Siento el impulso de decirle que le quiero; crece hasta convertirse en una necesidad, pero me asusto y las palabras no me salen.

Seguimos moviéndonos, tan entregados el uno al otro que no nos damos cuenta de que fuera las cosas se tuercen. Quizá, si hubiésemos prestado atención, habríamos escuchado el retumbar de las pisadas acercándose a la casa. Y nos habría dado tiempo a huir.