¿En tu siglo o en el mío? 41
88%

41

Ginebra

Una de las sirvientas de Fernando me preparó un baño caliente cuando volvimos del mercado y horas después sigo oliendo a rosas. El perfume de los aceites se me ha pegado a la piel como si mi cuerpo hubiese absorbido un pedazo de primavera. Me recojo el pelo con una cinta y bajo a la planta baja.

Arturo sigue reunido con Fernando en su despacho, pero Paola, Beatriz, Isa, Teresa y yo tenemos reservado un saloncito para comer.

Alrededor de la mesa hay pan tierno, queso fresco, carne y frutas de temporada: fresas, ciruelas y albaricoques.

En los ventanales, los rayos de sol del mediodía dibujan un mosaico de luces doradas sobre el suelo.

Al principio la conversación fluye con torpeza, como cuando todas las personas de un grupo están al tanto de un secreto menos una. Y esa persona ignorante es Beatriz.

—Tenéis un acento que no conozco —le dice a Paola—. ¿De dónde sois?

—Soy de Arg... —Paola se detiene a tiempo y permanece con la boca abierta, vacilante, mirándome de reojo como si quisiese pedir ayuda.

—¿Arg?

—¡Argel! —salgo del paso—. Paola es de Argel.

A Beatriz le cambia la cara, y entonces recuerdo que no hay una buena relación con el norte de África.

—Bueno, solo nací allí por error. En un viaje —se excusa mi amiga.

—Ah —asiente Beatriz, algo confundida—. ¿Vuestros padres son comerciantes?

—Sí, algo así. Manejan sus negocios.

Sonrío por lo bajo porque no es mentira; los padres de Paola tienen una empresa.

Beatriz se remueve en el asiento y dirige a Isa una mirada tensa. No le quita el ojo de encima, creo que piensa que le lanzará una maldición en cuanto deje de vigilarla. Se lleva las manos al escote con disimulo, buscando su rosario.

—Ave María purísima... —empieza a rezar en voz baja.

Isa la observa con deleite, empinando el vaso de vino con ganas. Cuando Beatriz levanta la vista, sus miradas se cruzan. La bruja inclina el cuerpo hacia delante y exclama:

—¡Bú!

El grito de Beatriz retumba en el salón. Se levanta de un salto, roja de humillación, y sale corriendo del salón recogiéndose las faldas.

Nos quedamos mirándola desaparecer por la puerta. Paola suspira, Teresa se cruza de brazos y yo me limito a mirar a Isa.

—¿Deberíamos preocuparnos por la cristianita? —pregunta, volviéndose a reclinar.

—A mí me preocupas mucho más tú —respondo, seca.

Isa juguetea con el borde de la copa antes de hablar.

—Creo que ahora que Beatriz no está deberíamos hablar de cómo solucionar nuestra creciente lista de problemas.

De repente todas me miran a mí, y aunque sé la razón, pregunto:

—¿Qué?

—¿Qué vais a hacer Arturo y tú? —pregunta Paola, con un deje nervioso en la voz—. Volveréis al presente con nosotras, ¿verdad?

Siento un nudo en el estómago; la pregunta me quita el hambre.

Quería hablar de ello con él esta mañana, en el puerto, pero no he sido capaz.

Me aterra su respuesta, que quiera quedarse aquí.

Tampoco podría pedirle que abandonase todo por mí.

Y no quiero tener que darme cuenta de que nuestras vidas no son compatibles.

Paola levanta las cejas, esperando una respuesta. Por suerte, Isa carraspea y se mete en la conversación.

—Asumo que tenéis un plan del cual yo no estoy al tanto.

—Sí, tenía un plan —le desvela Teresa para mi sorpresa, sosteniéndole la mirada—. Iba a reabrir el portal sin sacrificios y a mandar a mi hija al presente, a cambio de consumir mis poderes y quedarnos tú y yo encerradas en este mundo para siempre.

—Vaya plan de mierda —responde Isa sin inmutarse.

—Es la única manera de que mi hija esté a salvo de tus chantajes.

Se hace un silencio incómodo en la mesa. Isa le esquiva la mirada a Teresa. Fija la vista en la copa de vino y la vacía en un par de tragos. Luego se llena otra.

—Teresa... Creo que es momento de que hablemos de tu hija.

De pronto siento que Paola y yo sobramos, pero mi cuerpo no se mueve de la silla.

—¿Qué pasa con Elvira? —le espeta Teresa.

Isa se remueve, incómoda. Finalmente toma aire, alza la vista hacia ella y lo suelta a bocajarro:

—Tu hija lleva varios años muerta.

Un escalofrío me recorre la columna.

—¡Mentirosa! —sisea Teresa.

—Falleció una mañana de noviembre. Tu hechizo la protegía de la gente, pero no de las enfermedades. Viruela. —Isa baja la vista de nuevo—. Lo siento.

Por un momento parece sentirlo de verdad. Me sobresalto cuando la silla de Teresa cae al suelo; se ha puesto en pie con tanta rabia que está fuera de sí.

—¡¿Por qué mientes?! —berrea.

—Puedes preguntarle a cualquier espejo por Elvira y observar tú misma que digo la verdad. El hechizo de protección por el que renunciaste a verla se ha roto.

Teresa sacude la cabeza y abandona el comedor dando largas zancadas, convertida en una nube de tormenta. Paola, Isa y yo nos quedamos a solas. Miro fijamente a la bruja.

—¿Es cierto? —le pregunto, en tono de reproche.

Isa esboza una expresión ácida.

—Bueno, la he mandado a comprobarlo, ¿no?

El tenso silencio nos vuelve a envolver. Al cabo de unos instantes Isa se levanta, agarra lo que queda de la botella de vino y se marcha del salón.

Paola se pone en pie.

—Vamos tras ella, no es de fiar —cuchichea.

Le apoyo una mano en el hombro, deteniéndola.

—Espera. Me toca a mí.

Isa no está maquinando ningún plan malvado ni conjurando maldiciones; está emborrachándose a solas en el cuarto de invitados que comparte con Teresa. Así, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el lateral de la cama, no parece ni la mitad de peligrosa de lo que en realidad es.

Al verme en la puerta pone los ojos en blanco y vuelve a empinar la botella.

—¿Qué te pasa ahora? —gruñe de mala gana.

Camino hacia ella, me recojo los bajos del vestido y me siento a su lado.

—¿Cuántos años lleva muerta Elvira? —le pregunto con dureza.

—Dos.

—¿Y se lo has ocultado a Teresa solo para seguir teniendo algo con lo que chantajearla?

Isa se encoge de hombros.

—Dicho así suena fatal.

—Claro que suena fatal. Eres una capulla de mierda.

—¿Aún te sorprendes?

Sacudo la cabeza en señal de desaprobación. Nos quedamos calladas. Isa le da un sorbo largo al vino y yo me paso las manos por la cara, agotada.

—Tampoco es que me sienta bien con ello —dice finalmente, arrastrando las palabras.

La miro de reojo.

—No te entiendo. Tuviste una mierda de vida y, de repente, te llovió del cielo la oportunidad de empezar de cero.

Podrías haberte olvidado del oro de don Francisco y haberte quedado en el futuro.

Haber sido una buena amiga para Teresa, viajar, encontrar un hobby , estudiar una carrera, tener una mascota, una pareja, una familia.

.. —enumero—. Seguro que hasta tenías un buen sueldo cuando eras mi encargada.

Pero por alguna razón decidiste acumular dinero y poder, jugando con tu propia suerte hasta que todo te ha explotado en la cara.

Pudiste haber sido feliz, y te has autodestruido.

—Ginebra, no seas necia.

—No soy necia.

—¡Yo no puedo ser feliz!

Parpadeo, sorprendida por la declaración. Isa gira el rostro con fuerza, su pecho se agita. Veo cómo se lleva una mano a la boca con disimulo, rompiéndose en pedacitos.

—¡Vete de aquí! —me grita.

—¡No! —La agarro del brazo y la obligo a mirarme.

Tiene los ojos rojos—. Me dan igual tus dilemas de mala persona, he venido porque visteis la tumba de Arturo; se supone que morirá hoy, y no quiero que la predicción se cumpla.

Íbamos a volver con Teresa, pero no creo que ahora mismo esté en sus cabales.

Tenemos que volver hoy, igual solo así podemos evitar su destino.

—Ginebra, por Dios, respira —refunfuña, soltándose de un tirón—. Reabriré el portal yo, deja de chillarme.

Eso no me lo esperaba.

—¿En serio? —farfullo como una tonta. Ella asiente una vez con la cabeza, sin mirarme—. ¿Planeas sacrificar a alguien?

—Me inclinaba por el plan de Teresa.

—El plan de Teresa incluía dejarte en el pasado.

—Evidentemente, eso no sucederá. Reabriremos el portal fuera del ciclo a cambio de consumir nuestros poderes, y luego el portal quedará roto y sellado para siempre. Y nosotras en el futuro. Como debe ser.

—¿Por qué se romperá?

—Somos sus creadoras. Si perdemos nuestra magia también se destruirá todo lo que hemos creado con brujería.

—Pero yo creía que el portal solo se podía abrir fuera de ciclo con un sacrificio.

—¿Consumir toda nuestra magia te parece poco sacrificio? Los sacrificios de sangre son los más sencillos, pero no los únicos válidos.

Frunzo el ceño y analizo su rostro con la mirada, tratando de localizar alguna intención oculta.

—¿Por qué estás dispuesta a sacrificar tus propios poderes?

La bruja no responde, se queda mirando a la pared con una mirada vacía. Levanta la botella de nuevo y se seca la boca con la manga del vestido. Me mira de reojo y arruga la nariz al ver que la estoy mirando.

—¿Tienes algún problema?

Antes de que pueda responder, la puerta se abre de golpe y porrazo. Una Teresa fuera de sí irrumpe en la habitación y se abalanza sobre Isa. Me pongo en pie y me tambaleo hacia atrás, asustada. Imagino que ha seguido la sugerencia de Isa y ha confirmado la muerte de Elvira en un espejo.

—¡Eres una hija de puta! —grita, agarrándola del cuello del vestido y lanzándola contra el suelo.

La botella se resbala de la mano de Isa y revienta contra las baldosas, manchándolas de un rojo negruzco e impregnando el aire de un olor dulzón.

Teresa agarra el cabello negro de su compañera y le golpea la cabeza contra el suelo—.

¡¿Cómo te atreves?! ¡¿Cómo te atreves, cómo te atreves, cómo te atreves.

..?! —empieza a repetir una y otra vez, entre golpe y golpe.

Isa intenta defenderse agarrándole las muñecas, pero va borracha.

—¡Teresa, para! —exclamo, sujetándola de la cintura—. ¡La vas a matar!