40
Arturo
Llegamos a la mansión de Fernando poco antes de que el cielo claree.
Los caballos avanzan lentos, cansados por el trayecto.
No conseguí que Feroz me obedeciese; estaba asustado por las prisas y la gente nueva, así que cogimos tres yeguas.
Me bajo primero y le tiendo la mano a Ginebra.
Siento sus dedos fríos cuando los atrapo entre los míos.
Ella me sonríe, con los ojos entornados por el cansancio.
El ama de llaves corre a avisar a Fernando.
Poco después mi amigo nos recibe en la entrada, con la camisa entreabierta y expresión de sorpresa.
Le explico la situación por encima: que me he escapado de mi propia boda y necesitamos cobijo temporal.
Él solo sacude la cabeza y se ríe, como si no pudiera esperar algo distinto de mí.
Por suerte no hace más preguntas; siempre fue el tipo de amigo que no necesita entenderlo todo para ayudarte.
También imagino que quiere volver pronto a la cama y aclarar más tarde las incógnitas.
—Mañana ven a mi despacho —me dice justo antes de despedirse—. Deseo que comamos juntos, en privado. Tengo una oferta que de seguro te interesa.
No necesita decir más para llenarme de expectativas.
—¿De qué se trata?
—He dicho que mañana, impaciente —bromea—. Déjame volver al catre; queda al menos una hora para que asome el sol.
Aunque no he pegado ojo en toda la noche, me noto despierto. Como Ginebra también se ha desvelado, decido llevarla a ver el amanecer en el puerto. Mi lugar favorito con mi persona favorita.
Las callejas empedradas se tiñen de luz anaranjada.
Caminamos uno al lado del otro, muy juntos, hasta que el mar aparece frente a nosotros.
La superficie en calma del agua se tiñe de colores rojizos y rompe contra la madera de los navíos.
La brisa húmeda nos revuelve el cabello y Ginebra se estremece de frío, frotándose los brazos.
Me quito la capa de terciopelo y se la coloco sobre los hombros con cariño.
—¿Cómo es este puerto en el futuro? —le pregunto.
Ella mira a su alrededor con las cejas arqueadas.
—Bastante diferente. Lleno de cargueros chinos, cruceros, peste a humo y algún yate.
Nos sentamos en el muelle, con las piernas colgando sobre las olas. Ginebra se acurruca contra mí y recuesta la mejilla en mi hombro. Su cabello me hace cosquillas bajo la nariz. Cierro los ojos y suspiro. Como cada vez que está cerca, mi corazón se ablanda.
—Me alegro de podértelo enseñar.
La mano de Ginebra sale de la capa y busca la mía. Nuestros dedos se entrelazan.
—Este lugar es especial para ti, ¿verdad? —pregunta, y yo asiento con la cabeza—. ¿Por qué?
—No sé explicarlo. A veces todo se tuerce, pero si me siento aquí y miro al mar se me aligera el estómago. Es tan inmenso que hace que nada parezca grave. —Hago una pausa, pensativo—. No sé si tiene sentido.
Ella esboza una media sonrisa.
—Sí, lo tiene.
Nos quedamos un rato así, mirando el horizonte. No sé si el silencio es paz o tormenta. Pese a lo que acabo de decir, esta vez el mar no ha surtido mucho efecto. Siento que algo no termina de ir bien. Algo ajeno a nosotros.
—Arturo —carraspea—. ¿Hasta qué punto confías en Fernando?
—Es mi mejor amigo. ¿Por qué lo dices?
Escucho cómo traga saliva.
—Teresa me contó por fin qué vieron en la famosa profecía. Fernando estaba frente a tu tumba, junto a tu padre, lamentándose y diciendo...
Suspende la frase en el aire, como si le diese miedo continuar.
—¿Diciendo qué?
—Que habías muerto por su culpa.
Su mano aferra la mía con más fuerza. La sensación de que algo se tuerce parece estar echando raíces en mi estómago.
—Ginebra...
—Deberíamos alejarnos de él. Solo por si acaso.
—Aún no tenemos otro sitio al que ir.
—Me da igual, dormiremos en la calle.
—¿Y si la profecía se cumple por culpa de intentar huir de ella?
Ginebra se incorpora para poder mirarme a los ojos. Tiene el ceño arrugado y una expresión de angustia.
—Tengo miedo, Arturo.
Acaricio su mejilla y suspiro, sin saber qué decir. Yo también estoy asustado. Beso su frente y la abrazo con fuerza, deseando capturar este momento en el que estamos juntos y todo va bien.
De repente siento la horrible certeza de que el tiempo volverá a separarnos.
Las paredes del despacho de Fernando están cubiertas de mapas, donde líneas azules y rojas cruzan los océanos como si fuesen las venas de un cuerpo. En el centro hay una mesa robusta con los restos del banquete que acabamos de compartir.
Nos hemos reído mucho durante la comida. Echaba de menos hablar de nuestras viejas correrías y de lo idiotas que fuimos de muchachos. Por un momento me sentí igual que antes, sin peso ni preocupaciones. También le he contado que estoy enamorado.
—Es hermosa esa muchacha, Ginebra. Formáis una buena pareja —me felicita—. ¿Dónde la conociste?
Titubeo un poco antes de responder.
—Ella no es de aquí es... de otra tierra.
—¿De dónde?
—Una villa lejana, en los Pirineos —improviso.
Los ojos verdes de Fernando se clavan en los míos.
—Y, ahora que has renunciado a ser el barón de Rocahumbría, ¿piensas seguirla a su tierra?
Tardo un poco en responder.
—¿Sabes? Creo que ya no me importa dónde nos quedemos. Si el mundo nos lo permite, solo quiero empezar de cero con ella.
La mirada de Fernando cambia y puedo apreciar un brillo sutil en ella. Sostiene una copa de vino y la hace girar lentamente. Cuando vuelve a hablar, su voz se vuelve más grave.
—Me viene de perlas que menciones este tema —dice—. Tengo algo que ofrecerte. No solo a ti, sino también a ella. Un futuro juntos.
Me echo hacia atrás, curioso.
—Suena prometedor.
Fernando deja la copa sobre la mesa y se inclina hacia mí. Un mechón rubio grisáceo le cae por la frente. Saca un gran mapa de uno de los cajones, aparta los platos de la mesa y lo despliega.
—Lo que tengo en mente es grande, Arturo. Muy grande. Pero necesito un socio. Un hombre de confianza.
—¿Un socio?
—Exactamente. Mi proyecto es un negocio legítimo, de alto rendimiento —anuncia en un tono convincente.
Escruto el mapa con la mirada: veo rutas trazadas y partes de las colonias señaladas con círculos y cruces—.
Desde que te conocí —prosigue— ansié ser como tú, tener un título.
Pero mis viajes por las Indias poco a poco me han hecho cambiar de parecer.
En el Nuevo Mundo no importa si eres un noble o un siervo. Puedes hacerte a ti mismo.
—Suena bien —admito.
—Recuérdame cómo se le llama a las Indias.
—El Nuevo Mundo.
La sonrisa de Fernando se ensancha.
—Ajá. ¿Y eso en qué nos convierte a nosotros?
—¿El Viejo Mundo? —pruebo.
—Exacto. —Apoya la mano en la parte de Europa con un golpe seco—. Y todo lo viejo se muere.
—Bueno, eso es un poco radical —respondo con la seguridad de quien ha vivido un mes en el futuro.
No me escucha. Ahora su dedo sigue las líneas dibujadas entre Sevilla y La Española.
—La prosperidad está aquí, Arturo —dice, señalando el Caribe—. Tu título nobiliario dejará de ser valioso tarde o temprano. Lo que necesitas son negocios. Todo el oro que inviertas en financiar mi proyecto será rentabilizado y multiplicado antes de que cuentes diez, te lo aseguro.
Empiezo a ver por dónde van los tiros.
—¿Quieres que sea tu mecenas?
—Necesito más capital —responde con naturalidad—. Para barcos, sobre todo. Los corsarios ingleses están más a la defensiva que nunca con sus cañonazos.
Bebe un trago de vino. Yo lo imito, esperando que siga.
—Mi padre ha comenzado a invertir en plantaciones de caña de azúcar en Santo Domingo. El negocio crece, pero yo quiero algo distinto. —Se detiene y me observa como si quisiera asegurarse de que le sigo el hilo—. Voy a explorar un nuevo nicho.
Suena interesante.
—¿Qué clase de nicho?
Su sonrisa se ensancha. Es una sonrisa de comerciante más que de amigo.
—El más rentable de todos. Mano de obra.
No entiendo.
—¿Te refieres a campesinos?
Fernando niega con la cabeza, poniéndose serio.
—Hombres africanos de la costa de Guinea, Arturo. Los portugueses ya lo hacen, y la Corona lo bendice. Compras un centenar por unos cuantos reales y los revendes en La Española por el triple.
Al principio sus palabras me atraviesan y soy incapaz de asimilarlas. Abro y cierro la boca, confundido. Debe de ser una broma.
—¿Hablas en serio? —farfullo.
—No padezcas, es un negocio limpio —responde con calma—. No hay pecado en ello, los sacerdotes los bautizan nada más llegar. Son almas salvadas, les hacemos un favor. Y nosotros ganamos oro.
Me quedo en silencio. Algo se retuerce en mi interior. De repente, tengo miedo a devolver la comida.
—Estás hablando de personas —digo al fin, con voz tensa—, no de mercancía.
—Arturo, con esa mentalidad no vamos a ninguna parte.
Al gesticular con la copa en la mano se derraman varias gotas de vino sobre el mapa, formando lo que parece una manchita de sangre en el mar Caribe. Ante mi silencio, Fernando sigue hablando.
—Emprenderemos el viaje pronto, y será solo de ida.
Echaremos raíces en La Habana. Ginebra y tú tendréis vuestra propia mansión junto al mar.
Imagina a tus niños creciendo en la playa, libres, rodeados de lujos.
Sin presión por cumplir con un título absurdo, solo viendo cómo los negocios familiares prosperan.
Aparto la vista, incapaz de seguir mirándole a los ojos. Me siento sucio, incómodo.
—No me parece ningún negocio. Solo veo cadenas —replico por fin, con voz firme.
El semblante de Fernando se enturbia. Me sostiene la mirada, con el mentón tenso.
—No esperaba que te fueses a poner sentimental.
—Ni yo que fueses capaz de dormir tranquilo sabiendo que tu fortuna se construye sobre las cabezas de otros hombres.
Por un instante recuerdo cuando éramos niños y creíamos que todo era posible, cuando soñábamos con descubrir islas y conquistar mares. Ahora descubro que lo suyo no era un juego: él de verdad quiere conquistarlo todo.
Fernando se ríe entre dientes.
—Arturo, ¿qué crees que cambiará si no lo hacemos? Si no somos tú y yo, lo harán igualmente otros españoles, y otros portugueses, franceses, ingleses... ¿No lo entiendes? Tu ética individual no cambiará la historia. Te quedarás sin tu pedazo de tarta, y el mundo seguirá igual.
—¿Para qué necesitamos tanto poder? —me pregunto por primera vez—. ¿De verdad es necesario dominar el mundo?
—Arturo...
—No. No me parece bien. Puede que tú y yo seamos solo un grano de arena, pero podemos decidir si ese grano cae en el montón bueno o en el montón malo.
Fernando deja la copa en la mesa y entrelaza las manos bajo su barbilla. Se me queda mirando en silencio, con una expresión vacía. Le he decepcionado, pero él a mí también. De repente siento que nunca lo he llegado a conocer de verdad.
—Entonces, ¿no vas a apoyarme? —pregunta despacio, como dándome la opción de rectificar.
Pero no necesito siquiera meditarlo.
—No.
Fernando frunce los labios y asiente una sola vez con la cabeza, seco. Luego esboza una sonrisa conciliadora y me da una palmada en el hombro.
—Está bien —suspira—. Vale, no pasa nada. Podemos ser amigos pese a tener visiones distintas. Ya veo que mi negocio no te interesa. Tendré que buscar otro socio, aunque me hacía ilusión que fueses tú.
Se levanta del escritorio. Yo sigo sin poder mirarle a la cara.
—¿De verdad vas a hacerlo, Fernando?
—No me vas a convencer, Arturo, al igual que yo no voy a convencerte a ti.
Tengo otro posible socio en mente; emplearé el resto del día en reunirme con él.
Podéis quedaros en mi casa el tiempo que preciséis.
—Camina hacia la puerta del despacho, la abre y se detiene en el umbral, antes de salir—. Nos vemos al caer la noche, amigo.
Me quedo a solas en el despacho, con un nudo tan pesado en el estómago que me cuesta respirar. Entierro el rostro en las manos, conteniéndome para no pegar un grito.