39 #2
En cualquier momento me golpeará y aprovechará para huir. Aun teniendo esa certeza, no me muevo del sitio. Ella tampoco. Solo se queda quieta, mirándome con una expresión que no logro descifrar.
—¿Por qué estáis aquí? —vuelve a preguntar, ahora en voz más baja.
Tomo aire y decido dejarme de rodeos y ser sincero por fin.
—Quiero saber quién sois y por qué no marcháis de mi cabeza.
En sus labios aparece un amago de sonrisa, pero enseguida se esfuma. Cruza los brazos tras la espalda y ladea la cabeza, con los ojos entornados.
—Creía que solo pensabais en Candela. Cuando irrumpí en vuestra habitación parecíais a punto de besarla.
Se me escapa un resoplido por la nariz. ¿De verdad está celosa o solo me lo parece?
—¿Acaso os molesta, mi señora? —le pregunto con sarcasmo.
—Puede —responde, mirándome de arriba abajo.
Doy pasos cortos a su alrededor, como si quisiera estudiarla desde todos los ángulos para ver si así la descifro.
—En ese caso os diré que a quien yo bese no es problema vuestro —le digo con tranquilidad.
Ginebra da un paso hacia mí y me toma del brazo. Se me estanca el aire en los pulmones. Siento el calor de su mano bajo la tela de mi camisa; el pulso me retumba bajo su palma.
—¿Queréis recuperar vuestros recuerdos? —pregunta.
Tardo unos segundos en responder. Me siento aturdido, como si la habitación girase despacio a mi alrededor. La cabeza me palpita con fuerza.
—Sí —respondo. Igual así desaparecen las migrañas—. ¿Cómo?
—¿Confiáis en mí?
—Claro que no —resoplo.
Se le escapa un suspiro molesto.
—Entonces nunca averiguaréis qué ha sucedido este último mes. Vos mismo.
Bajo la vista a su mano, que sigue aferrada a mi brazo. Su pulgar se mueve un poco, como si me acariciara sin darse cuenta. Se me acelera el corazón, y una punzada eléctrica me recorre el pecho.
—Está bien —murmuro—. Pongamos que os doy un voto de confianza.
Las comisuras de sus labios se levantan.
—Voy a besarte.
—¡¿Qué?! —exclamo.
No me da tiempo a añadir nada. Sus labios se encuentran con los míos y, aunque mi primer impulso es apartarme, no lo hago.
Su boca se siente familiar, como si la hubiera besado en sueños.
Dejo de pensar, incapaz de centrarme en otra cosa que no sea el roce húmedo y el aire compartido.
Su mano me suelta el brazo y sube por mi mejilla; la piel me arde en cada poro que toca.
Sin darme cuenta de lo que hago, sujeto su cintura y la acerco más.
Esto es una chifladura, ni siquiera la conozco.
Entonces, ocurre el estallido.
Es como si las puertas de mi mente se abrieran al mismo tiempo y, aun con los ojos cerrados, todo se llena de luz.
Siento presión en el pecho y un pinchazo en las sienes.
Veo imágenes, lugares, risas, noches enteras.
El mar Caribe, el brillo azul de las olas en plena noche, su boca salada por el mar y un baile en la playa.
Las estrellas y el cosmos girando sobre nosotros, su mejilla en mi hombro.
Las nutrias del zoo, conversaciones sobre el tiempo y los trilobites. Todo regresa a la vez.
Me separo bruscamente, rompiendo el beso. La espalda choca contra la pared fría de la celda cuando me tambaleo. Me cubro los ojos con las manos, aturdido, mientras el dolor de cabeza se transforma en lucidez. El vacío que sentía se llena poco a poco.
Ginebra corre hacia mí. Apoya las manos en mi pecho, sosteniéndome con delicadeza.
—Arturo... —susurra.
Levanto la vista y nuestros ojos se encuentran. Es la confirmación de que la reconozco. Creo que siempre lo he sabido. Una emoción inmensa me ahoga. Parpadeo para contener las lágrimas, pero me tiembla la mandíbula.
—Ginebra —suspiro con un hilo de voz.
Sus ojos se iluminan y esboza una enorme sonrisa que muestra todos los dientes.
Loco de alegría, la tomo por la cintura y la alzo en volandas.
Da un pequeño grito de sorpresa mientras la giro en el aire y la estrecho contra mí.
Sin necesitar decir nada nos echamos a reír y nos besamos de nuevo, más despacio, como si el mundo se hubiese detenido para nosotros.
—¿De verdad lo recuerdas todo? —pregunta contra mi boca.
—Todo —respondo sin soltarla.
Entonces, un carraspeo seco corta el aire. Primero creo que es mi hermana, cuya presencia había olvidado por un momento, pero viene de la izquierda. Ginebra y yo nos giramos a la vez.
En la celda contigua, medio oculta entre las sombras, Isa nos observa. Me sobresalto un poco al verla; no sabía que también la habían traído aquí. Está sentada en un rincón, con los ojos entrecerrados.
—Ya me ha quedado claro: mi hechizo hecho con tanto mimo se ha roto y os queréis un montón. Con flores, estrellitas y arcoíris de por medio —gruñe—. Vais a hacer que vomite.
La felicidad que sentía se convierte en fuego al recordar cómo me secuestró y me obligó a beber su maldita poción.
—Tú... —escupo, acercándome a su celda—. Tienes lo que te mereces. Espero que te lleven frente al Santo Oficio y, en el proceso, pienses en todo lo que has hecho.
Isa esboza una sonrisa venenosa que me pone la piel de gallina. No parece preocupada, y eso me enfada mucho más.
—Vas a rescatar a tu novia y a dejarme a mí aquí para que me pudra, ¿verdad?
—¿De verdad esperas piedad por nuestra parte? —bufa Ginebra—. Después de llevar un mes haciéndonos la vida imposible.
Tomo la mano de Ginebra y tiro de ella para salir de la celda, pensando en cómo burlaremos a los guardias de ahí fuera.
Le damos la espalda y echamos a andar hacia Beatriz, que me mira con cara de no entender nada.
Incluso parece un poco asustada. Voy a tener que darle muchas explicaciones.
Quizá inventar alguna historia; no sé si me creerá si le digo que he viajado al futuro.
—Ya no soy enemiga vuestra —insiste Isabel—. No voy a tener el oro de don Francisco. Sé que puedo ser una gran hija de puta, pero siempre tengo un motivo. Ahora estamos en el mismo bando.
Seguimos avanzando, sin responder y sin girarnos. Cuando estamos a punto de llegar a la puerta, su voz se vuelve a alzar.
—¡Esperad! —exclama. La falsa seguridad se quiebra por fin y sale a la luz la desesperación. Ginebra y yo nos giramos hacia ella, recelosos—. Yo tengo más maña con la magia que Teresa, tengo más poder. Me necesitáis.
—¿¿Es una hereje?? —farfulla Beatriz, temblorosa.
Empieza a santiguarse e Isa pone los ojos en blanco. Apoyo una mano en el hombro de mi hermana para tranquilizarla, aunque no sirve de mucho.
—Nos las apañaremos bien sin ti —respondo, seco.
La coraza se termina de desmoronar en el rostro de la bruja. Esboza una expresión de angustia, y de repente soy consciente de lo demacrada que está. Con el cabello revuelto y unas profundas ojeras, parece la sombra de la mujer elegante que suele ser.
Entonces se pone de rodillas, y eso termina de descolocarme.
—Por favor —ruega en voz baja, sabiendo que está acabada.
Si la dejamos aquí no sobrevivirá. Será torturada de las peores maneras posibles y, de conseguir sobrevivir a eso, será condenada a muerte.
Aun así, lucho por no ablandarme. Vuelvo a tirar de Ginebra, pero ella se queda plantada en el sitio, mirando a Isa. Tiene el ceño fruncido, y parece evaluarla con la mirada.
—¿Pondrás tu magia a nuestro servicio? —le pregunta con firmeza, e Isa se apresura a asentir con la cabeza.
—Algo me dice que lo vais a necesitar.
Intercambio una mirada con Ginebra, y ella asiente brevemente con la cabeza. Todavía tardo unos segundos antes de decidirme a caminar hasta la puerta de su celda. Meto la llave en la cerradura, pero antes de abrir desenvaino la espada.
—Que te liberemos no significa que no vayas a estar vigilada —la advierto—. Y como intentes hacernos daño...
—Arturo —me interrumpe, exhausta—, ya no sé cómo explicaros que no tengo ningún motivo para perder más tiempo haciéndoos daño.
Lo dice tan cortante y con tanta confianza que algo en mí me dice que tiene razón. Ginebra llega a mi lado con un pedazo de cuerda en la mano. Creo que es la que sujetaba la puerta del pequeño armario sobre el que estaba la jarra de agua.
—Átala corto —sisea.
Agarro a Isa de las muñecas con más fuerza de la necesaria y se las ato con la cuerda dando tirones secos, probando el nudo para que no ceda. Ella no se resiste, solo me mira con una media sonrisa agradecida.
—No te alegres todavía —digo entre dientes.
Queda la parte difícil: salir del castillo sin ser cuestionados. Los guardias han permanecido en su puesto fuera de las mazmorras, sin inmiscuirse ni venir a ver qué hago, tal y como les ordené. Pero una cosa es eso, y otra liberar a las dos prisioneras sin la autorización final de mi padre.
Si no se puede por las buenas, imagino que está a punto de armarse una trifulca.
Con una mano aferro la espada, y con la otra tiro de la cuerda de Isa para ponerla en marcha.
Beatriz está pálida y rígida, pegada al muro.
Cuando la bruja pasa por su lado, mi hermana da un respingo y se aparta como si le hubiesen quemado el trasero.
Se saca un rosario del escote y empieza a murmurar avemarías.
—Vamos, Beatriz —le digo con cariño—. Esta bruja ahora es inofensiva como un gatito.
Lejos de tranquilizarla, la paciencia de mi hermana se agota. Salta hacia delante y me clava las uñas en el antebrazo.
—Yo no sé en qué andas metido ni qué es todo esto, hermano —me dice, medio histérica—. Pero quiero que sepas que...
Antes de que termine la frase se oye un estruendo arriba. Los cuatro nos ponemos en tensión. Voces, gritos y el golpe metálico de una armadura contra la piedra.
—¡Aguanta, Ginebra, vamos a por ti! —chilla una voz femenina.
Ginebra y yo intercambiamos una mirada. Tiro de Isa y subimos a toda prisa las escaleras; Beatriz se pega a mi espalda igual que hacía cuando tenía miedo a la oscuridad.
En la antesala de las mazmorras encontramos a los dos guardias tendidos e inmóviles, respirando pero fuera de combate.
Teresa está erguida junto a la puerta, con el pecho subiendo y bajando.
El aire a su alrededor huele a hierbas quemadas y se siente denso, como si acabase de caer un relámpago.
A su lado, Paola sostiene una porra con ambas manos, jadeando.
—¿He llegado tarde a la fiesta? —dice, mirándonos con sorpresa. Ella es la que ha chillado hace un rato. Al verme junto a su amiga sonríe, triunfal—. ¿Ya te acuerdas de todo, pelirrojo?
Ginebra corre hacia ella y la toma de los hombros.
—¡Paola! ¡¿Qué haces aquí?! ¡Estás loca! Deberías haber huido, no ponerte en peligro viniendo a rescatarme. —Se gira hacia Teresa y entorna los ojos con rabia—. Y tú... eres de la misma calaña que tu amiguita.
Tiro un poco de la cuerda de Isa, manteniéndola cerca.
—¿De qué hablas? —farfulla Teresa.
—Fui el cebo perfecto para mantener a Isa bajo llave mientras llevabas a cabo tu plan, ¿verdad?
—¡Ginebra, no sé de qué me acusas! —se defiende—. ¡Desde que te apresaron los guardias he ideado sin descanso la manera de salvarte! Podría haber ido directa a por Elvira, pero estoy aquí jugándome el pellejo por ti.
El argumento desarma a Ginebra, que mira a Isa y luego a Teresa, como si no supiese a quién creer.
—Usando la Bruma de Morfeo que elaboré la pasada luna llena y escondí en la alacena de nuestra cabaña, y que tienes prohibido tocar —gruñe Isa a mi lado.
—¡¿Por qué la habéis sacado?! —exclama Teresa.
Levanto las muñecas de Isa para mostrarle las ataduras, impaciente.
—No va a hacernos nada, y no hay tiempo para discusiones. Tenemos que huir antes de que el castillo se despierte, los sirvientes madrugan.
—¿Adónde? —me pregunta Ginebra en voz baja.
Beatriz me mira con los ojos muy abiertos, esperando mi respuesta. ¿Se estará replanteando acompañarme? ¿Con brujas y todo?
—Cogeremos unos corceles y huiremos por el bosque rumbo a la ciudad. Mañana cuando falte a mi boda me buscarán por el feudo y por los pueblos aledaños, pero en Valencia no nos encontrarán. Nos alojaremos en casa de mi amigo Fernando.
—No —responde Ginebra de inmediato, con voz aguda. La miro sin entender—. Con Fernando, no.
Intercambia una rápida mirada con Teresa; la mujer frunce los labios y suspira como si ella sí lo entendiese.
—¿Por qué no, Ginebra? —le pregunto.
Titubea antes de contestar.
—La predicción dice que...
El sonido de pisadas en la planta superior me pone en alerta y pido silencio con un gesto. Es la guardia nocturna del castillo. No parece alertada: el leve rumor de sus zapatos se aleja poco a poco. Aun así, no hay tiempo que perder.
—A las cuadras, ¡rápido! —ordeno en voz baja.
Encabezo la marcha, pues sé mejor que nadie cuáles son los puntos débiles de la vigilancia.
Son muchos años escapándome a escondidas.
Solo me detengo unos segundos cuando una mano se aferra con fuerza a mi brazo.
Al girarme veo a mi hermana, con el rostro desfigurado de miedo.
Aun así consigue asentir con la cabeza, y no necesito que diga nada para saberlo: ha decidido que vendrá conmigo.
El problema es que, de repente, ni yo sé cuál es el destino final del viaje.