39
Arturo
No logro dormir.
Las horas pasan lentas y mi pecho se oprime con un vacío que no entiendo. ¿Por qué, ahora que todo va bien? Me revuelvo en el lecho, me incorporo, me tumbo otra vez. Al final me doy por vencido; no va a llegar el sueño. Mis pensamientos zumban sin parar.
No dejo de preguntarme qué es lo que de verdad quiero.
Sigo sin estar seguro de que sea Candela, por mucho que me esfuerce en acallar cualquier duda.
La boda es mañana, por el amor de Dios. Hasta hace nada creía haber aceptado el compromiso, pero algo se ha tambaleado dentro de mí.
Desde que se han llevado a esa vulgar ladrona a las mazmorras, la certidumbre con la que miraba al futuro se ha evaporado, y ni siquiera sé el motivo.
Es como si hubiese probado un sorbo de otra vida y ahora esta me supiera incompleta. Ese pensamiento absurdo no se me va de la cabeza. La intuición me grita que este no es mi destino, que aunque parezca un buen desenlace no lo es. De repente siento que hay algo más, y no saber qué es me desespera.
Igual solo sigo siendo el mismo inmaduro de siempre. Soy Arturo de Mendoza, primogénito de Rocahumbría; mañana he de convertirme en esposo, pronto en barón. ¿Por qué no puedo aceptarlo? ¿Por qué siento que camino hacia una celda invisible?
Creía haber superado el anhelo de vivir una vida que nadie ha elegido para mí.
Me levanto del lecho. Camino por la estancia oscura; la madera cruje bajo mis pies descalzos.
Me permito dejar de pensar en la libertad como un imposible.
Pongo sobre mis hombros el peso de tomar decisiones.
Se me acelera el corazón al darme cuenta de lo que estoy a punto de hacer.
Me aterra echarme atrás o pensármelo mejor, así que enciendo una vela y me siento en el escritorio.
Sabiendo que me estoy dejando arrastrar por un arrebato que mañana podría maldecir, tomo la pluma y escribo una nota para Candela.
«No puedo casarme contigo. No puedo asumir el destino que mi padre ha trazado para mí. Lo siento».
Doblo la carta, la sello y la dejo sobre la mesa para que la entreguen al alba.
Al amanecer, antes de que todo el mundo se despierte, partiré con Feroz y no volveré.
Iré a buscar a Fernando y me uniré por fin a sus viajes.
Quizá en uno de ellos halle lo que me falta para dejar de sentir este hueco en el pecho.
Sabiendo que será inútil intentar dormir en lo que queda de noche, salgo de mis aposentos y bajo las escaleras de la torre.
El aire fresco del jardín me despejará la mente.
Antes de llegar al portón, sin embargo, veo la silueta de Beatriz recortada contra las vidrieras de colores del salón.
Lleva el cabello pelirrojo suelto, desparramado por la espalda. Contrasta con el blanco del camisón.
Me acerco a ella con sigilo para darle un susto, como cuando éramos niños, pero ella se da la vuelta y me descubre. Aunque esboza una sonrisa, sus ojos están tristes y cansados.
—Veo que tampoco puedes dormir —digo apoyando los codos en el alféizar.
—No. Llevo semanas sin descansar bien.
Miro de reojo a mi hermana y me fijo en que, aparte de los ojos, también heredó el perfil de madre.
Tiene un bultito en el puente de la nariz y la punta ligeramente hacia abajo.
Conforme se hace mayor su parecido con ella se acentúa.
Recuerdo la tristeza de madre, esos días en los que no se movía del sillón de la ventana.
Al principio, por lo menos bordaba. Luego solo miraba a la nada.
Me asusta que Beatriz también vaya a parecerse a ella en eso. Trago saliva y busco la mejor manera de formular la pregunta, pero decido soltarla sin rodeos:
—¿Eres feliz?
Mi hermana suspira, acariciando con el dedo las juntas de los cristales de colores.
—No.
—¿Y te conformas con la infelicidad?
—A veces es tarde para cambiar de vida —responde—. Soy una dama casada, Arturo. ¿Qué podría hacer?
Aprieto los labios, dudando. Entonces se lo confieso.
—Esta es mi última noche como primogénito de Rocahumbría. Cuando amanezca iré en busca de Fernando. Cruzaré los mares y descubriré quién soy y qué es lo que me falta.
La espalda de mi hermana se endereza; ahora me mira con los ojos muy abiertos.
—¡¿Estás loco?! ¡Candela te estará esperando en el altar!
—Ven conmigo —la interrumpo.
Sé que es descabellado e impulsivo. Esperaba una negación inmediata, pero enmudece durante un par de segundos. ¿Acabo de ver un titubeo?
Entonces niega con la cabeza.
—No es correcto. Sería un escándalo. Estoy atada a mi deber.
Pero noto la duda en su voz y en sus ojos.
Guardamos silencio otra vez. Sin querer, la imagen de Ginebra vuelve a mi cabeza, y con ella la migraña. Cierro los ojos y me masajeo la sien. Su nombre me arde en la lengua.
—Me han dicho que han arrestado a una mujer —comenta Beatriz de repente, como si hubiese adivinado que estoy pensando en ella—. Ginebra. ¿Es la sospechosa de tu desaparición?
Me encojo de hombros.
—Sí. Ahora está en las mazmorras.
—¿Te dio alguna explicación?
Sacudo la cabeza.
—Apenas la dejé explicarse. Solo pensé en alejarla.
Siento una punzada en el estómago. Recuesto la espalda en el ventanal, pero me vuelvo a incorporar, inquieto. Me llevo una mano a la frente: el dolor de cabeza se intensifica. Es como tener una bola de pinchos dentro del cráneo.
Maldita Ginebra.
De repente sé que ya no voy a poder marcharme del castillo sin poner remedio a esto, sea lo que sea. Algo se me remueve en el pecho, como una urgencia.
—Debo verla.
—¿Ahora? —pregunta Beatriz, desconcertada.
—Sí. ¿Me acompañas?
Mi hermana abre y cierra la boca, todavía sorprendida.
—Supongo que no tengo nada mejor que hacer.
Bajamos juntos a las mazmorras, rodeados por el silencio del castillo dormido. Los guardias bostezan al vernos llegar, desconcertados.
—Quiero ver a la prisionera —ordeno con voz firme—. En privado.
Ellos me miran, indecisos, pero, aunque mi padre sea la máxima autoridad, mi apellido impone tanto como el de él. Me hacen un gesto y me dejan pasar. Beatriz me sigue de cerca, cohibida. Estoy seguro de que nunca antes había bajado aquí. Es un lugar sombrío, húmedo y cruel.
Atravesamos el pesado portón de madera, que se cierra a nuestras espaldas con un ruido fuerte.
La celda de Ginebra está al final del pasillo.
Prendo una antorcha para iluminar mejor la estancia y la veo, hecha un ovillo sobre un montón de paja.
La falda del vestido azul turquesa se amontona a su alrededor como una manta.
La luz la acaba de despertar, y veo cómo se incorpora y se frota los ojos.
Se me acelera el corazón de forma absurda, pues no hay ningún motivo para ponerme nervioso.
—¡Arturo!
Al verme se pone en pie, corre hacia la puerta de su celda y se aferra a los barrotes. Me alejo medio paso de forma instintiva.
«¿Acaso le tienes miedo?», se burla de mí mi cabeza.
Aprieto los dientes y mantengo el porte; es solo una muchacha. La alegría que había en su rostro se desinfla poco a poco.
—Genial, veo que todavía no te acuerdas de mí.
Arqueo un poco la ceja. Su falta de formalidad, lejos de ofenderme, ayuda a que me distienda.
—¿Nadie os enseñó modales, mi señora? ¿He de asumir que eso que no recuerdo es que soy vuestro mejor amigo, y por esa razón me tuteáis? —le pregunto, intentando ocultar que me divierte un poco.
Ella deja caer los párpados.
—Disculpadme, oh, noble Arturo de Mendoza —responde, y me muerdo el interior del cachete para no sonreír. El tratamiento aristocrático me parece tan absurdo como a ella—. ¿Puedo preguntar por qué habéis venido en medio de la noche a honrarme con vuestra visita?
Me giro durante medio segundo, buscando con la mirada a Beatriz. Se ha quedado unos metros más atrás, como si no quisiese molestar.
—¿Os han dado de cenar, Ginebra? —cambio de tema, porque aún no sé muy bien qué responder a esa pregunta.
—Vuestros amables guardias me han dado un delicioso panecillo de anteayer.
Debe de estar muerta de hambre. Miro a mi alrededor en busca de algo de comida, pero solo encuentro una jarra de agua, reservada para los guardias.
Me acerco para llenar un tazón y localizo el manojo de llaves de las celdas colgando de un gancho en la pared.
Lo recojo con disimulo y camino hacia la celda de Ginebra para darle agua.
Todavía no estoy seguro de si le quiero abrir.
Sus manos salen fuera de los barrotes y agarran el tazón con ansias. Seguro que tiene más sed que hambre. La observo mientras bebe, conteniendo la respiración sin darme cuenta. Ahora la distancia es mucho más corta de lo que me gustaría, pero la línea de barrotes que nos separa me da tranquilidad.
No sé si es impresión mía, pero conforme más la miro, más me duele la cabeza.
Me fijo en la curva de sus pestañas y en la expresión dulce que se le forma al agachar la mirada sobre el tazón.
Su bonito rostro no se corresponde con su personalidad mordaz.
Cuando da el último sorbo aparta el recipiente de su boca y levanta los ojos hacia mí. El corazón me da un brinco en el pecho.
—¿Era peluca? —me apresuro a preguntar para romper el silencio.
—¿Qué?
Me aclaro la garganta.
—Cuando aparecisteis en la justa no llevabais ese peinado tan espantoso.
Se le escapa una risa por la nariz mientras deja el tazón en el suelo. Parpadeo, sin saber qué es tan gracioso.
—Tened cuidado, quizá mi cabello os acabe gustando —responde.
Lo dice tan segura y con tanto desparpajo que me desarma. Le sostengo la mirada, sin saber qué responder. El fuego de la antorcha se refleja en sus pupilas y las hace brillar.
Dejándome llevar por un impulso, levanto el manojo de llaves y abro su celda. Los ojos de Ginebra se redondean por la sorpresa. Ni siquiera yo me esperaba verme de repente aquí, compartiendo espacio con ella. Sin barrotes.