¿En tu siglo o en el mío? 38 #2
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—Aprendí rápido. Dormí a la sombra de iglesias, escuché misas enteras hasta saberme el padrenuestro sin titubeos.

Cuando pude, me planté en un convento y supliqué cobijo.

Dos monjas me miraron como si fuera una sospecha con piernas.

Una murmuró: «Es morenita, y mira qué ojos tan grandes y negros».

La otra decidió pasar por alto mi aspecto impuro cuando me oyó rezar a las mil maravillas, como una cristiana de verdad. Me dejaron quedarme.

—¿Y entonces?

Aprieto los labios para contener mi interés; Isa sigue siendo mi enemiga. Cuando responde empieza a cambiar el tono. El orgullo se enciende en ella, como si puliera una medalla.

—Tuve por fin lo que siempre quise: pertenecer.

Nadie me escupía la palabra «conversa» ni me señalaban en la calle.

Pero descubrir que puedes encajar no calma el hambre, te la abre.

Empecé a oír historias de mujeres poderosas perseguidas por la Inquisición, hogueras en el norte, brujas que no se inclinaban ante nadie.

Entendí que mi sitio no estaba arrodillada ante ningún dios, sino entre las que aprenden a no volver a tener miedo.

—¿Así que buscaste poder? —me adelanto.

Durante medio segundo puedo ver una grieta. Es diminuta, pero ahí está: el labio inferior le tiembla una milésima y los ojos se le empañan por menos de un segundo. Cuando habla su voz se rasga un poco.

—Busqué no volver a ser la niña que ve morir a su madre y no puede hacer nada.

Conseguí un libro prohibido, decidida a pactar con las fuerzas oscuras a las que los cristianos llaman diablo.

Invertí el crucifijo de mi habitación, dibujé símbolos y recité nombres que la Iglesia teme.

Una noche una vieja monja me sorprendió en ello y corrió a llamar a los guardias.

La seguí, y ella tropezó en las escaleras.

—Hace una pequeña pausa, y yo arqueo la ceja—.

Vale, sí, yo la ayudé a caer más rápido. No iba a dejar que me entregara.

—¿Mataste a una anciana? —pregunto, seca.

—Sobreviví —replica sin parpadear—. Prendí fuego al convento aprovechando que era medianoche y todos dormían.

No había modo mejor de borrar mis huellas.

Me fui a una lejana ciudad de la costa, Valencia.

Cambié de nombre por segunda vez. Isabel.

Como la reina católica que fundó el imperio que me despreciaba. Una broma privada.

Sonríe un poco. Su ironía me parecería graciosa si no me acabase de confesar unos cuantos asesinatos.

—No eres admirable —le suelto a bocajarro—. Solo eres otra persona más sedienta de poder. El mundo ya está lleno de gente como tú.

—Lo sé. Viajando en el tiempo me di cuenta de que el poder cambia de manos y de forma: de nobles y reyes a empresarios; de tierras a billetes, a acciones, a divisas. Belleza, atención, likes . Y aunque todo el mundo lo quiere, pocos lo alcanzan.

Decido hurgar en la herida.

—Qué pena que hayas acabado en esta celda. Has terminado en el grupo de los que se quedaron con las ganas.

Isa alza la mirada hacia mí y esboza una sonrisa torcida.

—¿Por qué asumes que este es el final de mi historia?

Nos quedamos calladas. En la antorcha de la pared una chispa se desprende y muere sobre la piedra húmeda. Isa vuelve a mirar al suelo, como si hubiera hablado demasiado. Me abrazo a las rodillas, muerta de frío. Yo también me niego a que este sea mi final.

Me sobresalto al oír de nuevo las pisadas de los guardias acercándose a las mazmorras. Me pongo en pie para que no me vean acurrucada en el suelo al entrar. Isa se acerca a mí hasta que solo nos separa la línea de barrotes, cuela la mano entre estos y aferra con fuerza mi muñeca.

—No te achantes —murmura entre dientes—. No les des el gusto a esos cabronazos.

Le dirijo una mirada; no sé por quién me toma.

—No pensaba dárselo.

El portón de la celda se abre con un chirrido. Entra un hombre uniformado y demasiado serio, apoya la punta del estoque en el suelo y nos mira sin compasión.

—El alguacil —me informa Isa en voz baja.

Su mano me sigue sujetando con fuerza. Se le han quedado los dedos fríos.

—Por orden de Su Señoría —dice el alguacil—, quedáis remitidas al Santo Oficio de la Corona.

Mi corazón late con fuerza. «Santo Oficio». Lo estudié en historia cuando estaba en el instituto, lo leí en novelas y lo vi en películas. Ahora lo voy a sufrir en mis carnes. El hombre continúa hablando, pero de repente me cuesta escuchar.

—Se os acusa de practicar ritos y sortilegios contrarios a la fe cristiana y de haber causado perjuicio al orden público del Señorío.

En virtud de la jurisdicción que mantiene don Francisco sobre estas tierras y por la comunicación establecida con el comisario inquisitorial, se ha dictado la remisión para que el tribunal del Santo Oficio proceda a la calificación de la causa.

Por el rabillo del ojo veo a Isa erguida, con una expresión de hierro, y me pregunto si por dentro está temblando tanto como yo.

—¿Cuándo vendrán? —pregunta con voz firme. Sus dedos me empiezan a hacer daño en la muñeca.

—Mañana, tras el enlace de don Arturo con Candela de Castro —responde el alguacil—. Don Francisco ha pedido que la remisión se tramite con prontitud.

Antes de que pueda decir algo más empiezo a imaginar una plaza con antorchas, público, un relator leyendo cargos y una hoguera como resolución final.

Trago saliva con fuerza. Vuelvo a mirar a Isa: sigo sin ver miedo en su rostro.

Parece evaluar la situación como quien contempla piezas que aún puede mover.

El alguacil da por terminado el anuncio, gira sobre sus talones y sale.

El portón se cierra con el mismo chirrido con que se abrió.

Apoyo la espalda contra la pared, me suelto del agarre de Isa y me paso las manos por el pelo.

La posibilidad de que todo salga bien se esfuma cada vez más rápido.

Mañana habrá una boda feliz y luego mi vida entera se irá al traste.

El pesimismo me puede, y dejo de pensar que haya alguna manera de que todo esto pueda acabar bien.

«Arturo, por favor —ruego para mis adentros—. Eres mi última esperanza».