38
Ginebra
Las mazmorras de Rocahumbría están impregnadas de una humedad rancia y apestosa.
El fardo de paja que alguien tuvo la consideración de dejar a modo de colchón cruje bajo mi peso cuando me hago un ovillo sobre él.
Me froto los brazos y aprieto la mandíbula, intentando detener el castañeo de los dientes.
El aire aquí abajo es frío y pesado. Las paredes rezuman agua, formando pequeños riachuelos que se escurren entre las piedras.
Hay una antorcha fuera de la celda que parece burlarse de mí.
Si tan solo estuviera más cerca para poder calentarme las manos. ..
Me obligué a erguirme frente a los guardias; no les di ni un gesto de debilidad cuando me lanzaron aquí dentro. Me sentí fuerte, pero ahora que estoy sola y no hay nadie frente a quien fingir valentía, el miedo me estalla en el pecho y gana la batalla.
Escondo el rostro en las rodillas, temblando con violencia. Mis jadeos histéricos rebotan contra las piedras y los barrotes de la celda. No quiero morir aquí.
Me pongo en pie y comienzo a palpar las paredes, buscando alguna roca que esté medio suelta.
Luego me aferro a los barrotes e intento moverlos del sitio tirando con todas mis fuerzas, pero solo consigo sentirme humillada.
Miro hacia el techo, buscando algún punto débil.
Arriba solo hay más piedra, y está tan alto que ni subiéndome al fardo de paja podría acercarme siquiera.
Dejo escapar un rugido furioso y me derrumbo en el suelo, de rodillas. La falda azul turquesa del vestido se arremolina a mi alrededor como una nube de seda.
Hurgo en mi escote y saco el teléfono móvil. Entro en la mensajería y busco el contacto de mi padre aun sabiendo que estoy sin cobertura. ¿Ni siquiera me voy a poder despedir? ¿Voy a desaparecer para siempre sin darle una explicación?
En su foto de perfil está conmigo. Es un selfi cutre que se empeñó en hacer cuando me llevó a una exposición de dinosaurios en Barcelona.
—Papá, los selfis son horribles, y encima tienes el objetivo sucio —le dije.
Pero él me pasó un brazo bajo el cuello e hizo la foto igual. A pesar de mis quejas la subió a Facebook y se la puso de perfil. Ahora me alegro. Quizá esta sea la última vez que pueda vernos a los dos juntos y felices.
Busco también la foto de perfil de mi madre y siento un peso en el estómago. Al final, mi madre y yo moriremos siendo casi desconocidas la una para la otra.
Aparece el aviso de batería baja, y durante medio segundo siento el impulso de ir a por mi cargador y buscar un enchufe. Suspiro por lo bajo. Entonces escucho el eco sordo de unas pisadas por el pasillo y me vuelvo a esconder el móvil en el pecho con un sobresalto.
El portón de las mazmorras se abre con violencia, y la luz anaranjada de las antorchas del pasillo se filtra hacia dentro. Alzo la cabeza con el corazón en un puño. Los guardias arrastran a otra prisionera.
Isa.
Observo con los ojos como platos cómo la lanzan a la celda contigua a la mía y vuelven a cerrar los pesados barrotes de hierro.
Los soldados salen de las mazmorras y nos dejan solas en la penumbra. Estoy frente a frente con Isa, separadas por una línea de barrotes fríos y grises. El silencio se vuelve incómodo. Nos medimos con la mirada como dos animales encerrados que no saben si morderse o ignorarse.
La versión de Isa que tengo delante dista mucho de la mujer que conocí en el presente: su cabello negro, siempre estirado en una coleta impecable, cae ahora enredado alrededor de su rostro.
Es por lo menos ocho años menor que Teresa; no debe de tener más de treinta y seis, y sigue siendo muy atractiva.
Sin el maquillaje impecable y la ropa cotidiana que llevaba cuando era mi encargada, parece menos humana, más inquietante. Sus ojos son pozos oscuros. Al mirarlos todo en mí grita que salga corriendo de aquí.
Sus labios se retuercen en una sonrisa.
—Qué mal nos ha salido la jugada a las dos, ¿eh?
—Cállate.
—Tu suegro prometió que me mataría con sus propias manos si no me encargaba de ti. Parece que al final no se ha atrevido y me ha lanzado a sus perros. Qué típico de los hombres, ¿verdad? Presumir de agallas que no tienen.
—No debería haber venido —admito con un dolor en el pecho—. Al parecer las cosas aquí ya estaban bastante bien encauzadas.
Siento un nudo en la garganta al recordar la mano de Candela en el pecho de Arturo.
La indiferencia de él al hablarme. Me apuntó con la espada como si de verdad pensase que soy una ladrona.
Y aún peor es saber que permití que Paola viniera conmigo a esta misión estúpida.
Menos mal que se quedó en el jardín con Teresa.
—Ahora todo está del revés y he puesto a mi amiga en peligro —suspiro.
—No deberías haber dado por hecho que yo era la mala y que Teresa era de fiar. Has venido al pasado con ella, ¿verdad?
Levanto los ojos hacia Isa, y de repente mi corazón bombea más fuerte.
Recuerdo el plan de Teresa: quiere aprender a reabrir el portal fuera de ciclo consumiendo todos sus poderes y vetando a Isa y a ella de reabrirlo.
Quiere mandar a su hija al presente. Y, mientras trabaja en su plan, le vendría de perlas tener a Isa quietecita y bajo llave.
—¿Teresa sabía que el padre de Arturo te encerraría aquí si yo aparecía vivita y coleando por su castillo?
La sonrisa lobuna de Isa se ensancha.
—Ya vas uniendo los puntos.
Teresa me ha usado de cebo. No quería ayudar. No le importamos ni Arturo ni yo. Soy una parte más de su plan para salvar a Elvira.
Aprieto los dientes.
—Teresa... —siseo.
—Nunca te fíes de una bruja, ni aunque parezca buena.
—¡¿Cómo se atreve?!
Apoyo la espalda en los barrotes con un estruendo metálico y estiro las piernas frente a mí. Se me está acalambrando la cadera. Isa y yo nos volvemos a quedar calladas, sin apartar los ojos la una de la otra.
—El intento de secuestro de esos matones bielorrusos fue cosa vuestra, ¿verdad? —la acuso.
Sus ojos se entrecierran, divertidos.
—No me atribuyas las chapuzas de otra, Ginebra. Si yo hubiera tenido algo que ver con eso habría salido bien.
—¿Fue solo cosa de Teresa?
Ella asiente.
—¿Qué os he hecho para que la hayáis tomado así conmigo?
—Teresa solo cumplía mis órdenes, no la culpes.
Un estremecimiento me recorre la espalda. No soy capaz de responder, solo de dirigirle una mirada cargada de desdén. Maldita psicópata. Me remuevo, incómoda.
—¿Qué nos van a hacer aquí? —opto por cambiar de tema.
—Lo que se les antoje. Torturarnos. Usarnos de escarmiento. Tal vez matarnos. O, lo que es peor, acusarnos de herejes y llevarnos frente al tribunal de la Santa Inquisición. Quizá hasta empiezo a parecerte bondadosa.
La respiración se me corta, pero me controlo para no mostrarme ante Isa como una niña asustada. Le sostengo la mirada sin pestañear, con el mentón erguido.
—¿Alguna vez sufriste los horrores de la Inquisición? —le pregunto.
Durante un instante creo que no responderá. Luego su labio tiembla de manera casi imperceptible.
—No en mis carnes —dice—. Pero vi lo que hicieron con mi madre. Creo que eso fue peor.
El aire en la celda se enfría un poco más. Por primera vez creo atisbar una grieta en sus ojos oscuros. Un destello de dolor que desaparece al instante, tragado por la coraza que vuelve a levantar.
—¿Por qué capturaron a tu madre?
No me debería inmiscuir, y por un momento creo que pasará de contestarme. Pero lo hace. ¿Acaso tenemos algo mejor que hacer aquí dentro aparte de hablar?
—Mi madre era morisca —dice—. Cristiana de puertas afuera, musulmana en casa. Fingir para no morir. Yo crecí siendo la conversa del barrio. Mi padre había muerto, y mi hermana mayor se enamoró y escapó con un gitano a Sevilla. Solo quedábamos mi madre y yo.
—¿La persiguieron por bruja o por morisca? —pregunto con curiosidad.
—Por ambas. Ya sabes que la magia pasa de madres a hijas.
Mi madre lo llamaba baraka : un don de Allah para sostenernos.
Para mí solo era otra cosa más que ocultar al pueblo, al que le importaba demasiado que no fuéramos «limpias».
Décadas después expulsarían a todos los conversos de la península, pero entonces todavía se conformaban con martirizarnos.
Fue una vecina la que nos tendió la trampa.
Fiesta del barrio, cerdo asado. Nos miraban esperando que fallásemos.
Mi madre no probó bocado. Pese a ser una niña sabía que estaba cometiendo una estupidez, así que intenté salvarnos a las dos cogiendo un trozo de cerdo.
Pero ella me apartó la mano. Delante de todos.
Lo dice con rabia, como si tantos años después siguiera sin entenderlo.
—¿Y eso bastó para que os persiguieran?
—Bastó para que la vecina nos denunciara.
Esa misma noche vinieron de visita los del Santo Oficio.
No el inquisidor bien reputado, sino los de abajo, con licor en las venas.
Entran, registran, rompen. Se les fue la mano con mi madre.
No tomaron declaración ni dejaron acta. Yo tenía ocho años y tuve que ver cómo le hacían las cosas más deleznables.
Escapé en medio del caos y corrí cuanto pude. Dejé atrás mi casa hecha astillas.
Se hace un silencio breve. Se me hiela el estómago al imaginar la escena.
Los ojos de Isa están vacíos, sin reflejar ni un ápice de la angustia que debió de sentir en ese momento.
Lo narra como si le hubiese sucedido a otra.
O como si se obligara a recordarlo como una película, y no como su realidad.
—¿Cómo te las apañaste sola, siendo una niña?