37 #2
Me pincha en el ombligo al decir esto último, pero se pone seria cuando le dirijo una mirada severa.
—Paola, no estamos jugando a Regreso al futuro .
Frunce los labios y asiente con la cabeza.
—Ya, perdón. ¡Es que esto es lo más increíble que me ha pasado en la vida!
Antes de salir por la puerta Teresa me agarra del codo y gruñe en mi oído:
—Contrólala.
En mi primer viaje estaba todo abarrotado de nobles y decorado para la boda, incluyendo una arena improvisada para la justa.
Ahora, apenas reconozco el feudo en su estado natural.
Aunque, si me fijo bien, puedo orientarme: ese campo de lechugas es donde a día de hoy está la tienda de recuerdos; y ahí, en el jardín, los paneles con imágenes e información histórica.
Cerca del portón era donde empezaba mi jornada: el punto de encuentro para las visitas guiadas. Había un poste con un banderín.
Un par de sirvientas pasa cerca de nosotras, cotorreando sobre los preparativos de una boda. Se me encoge el estómago al imaginar a Arturo en el altar junto a Candela. Aprieto el paso sin darme cuenta; hay que detener esto como sea.
A juzgar por la luz, deben de ser las tres de la tarde, y todos se han retirado a dormir la siesta. El castillo descansa como un gigante satisfecho tras el banquete. Excepto el servicio y los dos guardias de la puerta de entrada.
Nos agachamos tras los rosales del jardín, y se me clavan algunas ramitas en las palmas de las manos. Observamos a los dos guardias apostados junto al portón. Llevan alabardas y tienen pinta de estar deseando una siesta; el de la derecha acaba de bostezar.
—Necesitamos que se alejen del portón —murmura Teresa, apartando una rama.
—Podemos fingir que somos invitadas a la boda —propone Paola en voz baja—. No creo que conozcan la cara de todos.
No es mala idea.
—Tiene sentido —asiento—. Entre séquitos, conocidos y familiares lejanos, cualquiera puede colar.
Teresa nos observa, pensando.
—Yo fingiré una caída en la parte trasera de los jardines. Y tú —le dice a Paola—, correrás hacia ellos diciendo que tu señora se ha hecho daño. Que sois parte del séquito de Candela y que habéis llegado esta mañana. Recuerda hablar de forma pomposa y no la cagues.
Paola abre y cierra la boca, nerviosa.
—Está bien.
Tamborileo los dedos sobre las rodillas, sin apartar la vista de los guardias.
—En cuanto se aparten del portón, entro yo. Teresa, ¿dónde están los aposentos de Arturo?
—En lo alto de la torre del ala izquierda. La puerta suele estar entornada durante el día.
Antes de que pueda contestar, desaparece entre los setos. Un segundo después escuchamos un alarido desgarrador.
—¡Aaah! ¡Socorro!
Paola me mira, sabiendo que es su turno.
—Corre —la apremio.
Y sale disparada hacia el portón.
—¡Ayuda! —grita, agitando los brazos. Le queda demasiado teatral, pero las damas de esta época eran dramáticas. Ruego para mis adentros que cuele—. ¡Mi señora se ha caído! ¡Somos del séquito de doña Candela!
Los guardias se tensan de inmediato.
—¿Qué séquito? —pregunta uno.
—Llegamos esta mañana desde Valencia —improvisa Paola—. Mi señora Leonor ha resbalado en el jardín. Creo que se ha torcido el tobillo.
Uno de los hombres frunce el ceño.
—No se nos ha notificado ninguna llegada.
—¡Porque veníamos con retraso! —replica ella, ofendida—. ¿De verdad vais a dejar que una invitada de la futura baronesa se quede tendida en la hierba con el tobillo torcido? ¡Doña Candela quedará muy disgustada!
Los guardias intercambian una mirada incómoda. Ninguno quiere cargar con la culpa de que una invitada sufra un percance antes de la boda.
—Vamos —gruñe el que iba a quedarse.
Echan a andar tras Paola hacia los jardines y el portón queda libre. Cierro los ojos un segundo, lleno mis pulmones de aire y me mentalizo.
Ahora o nunca.
Salgo de detrás de los rosales y corro tan rápido como puedo. La grava cruje bajo mis botas y me parece el sonido más escandaloso del mundo. Cruzo el umbral del castillo sin mirar atrás y me pego a la pared interior, intentando recuperar la respiración.
El patio está casi vacío. Un par de criados cruzan con cestos, ajenos a mi presencia. Bajo la cabeza y camino rápido; mi corazón late tan fuerte que temo que alguien pueda oírlo.
La torre del ala izquierda se encuentra al fondo. Avanzo hasta su base y empujo la puerta. Cede con un chirrido. Dentro, una escalera de caracol asciende en espiral. Por aquí solo subí una vez, cuando me mandaron a llevarle un recado a una segurata a la que no le funcionaba el walkie.
Echo a correr escaleras arriba. Si me descubren aquí dentro no tendré excusa.
Me recojo los bajos del vestido y subo los escalones de dos en dos, con el corazón tan acelerado que parece querer escapárseme del pecho.
Cada peldaño me acerca más a él. A su voz, a sus ojos.
Aunque me haya olvidado, yo estoy aquí para recordárselo todo.
Al girar la última curva me detengo en seco. La puerta de sus aposentos está entornada unos centímetros. Lo suficiente como para acercarme y poder ver lo que pasa dentro.
Se me corta la respiración.
Arturo está de pie junto a la ventana. Frente a él hay una chica de cabellos negros y piel pálida.
¿¿Candela??
Sus cuerpos no se tocan, pero la mano de ella descansa sobre el pecho de él, justo sobre el corazón. La intimidad del gesto me golpea como un latigazo.
Él deja que se acerque y... ¡¿Acaba de pasar la mano por su cintura?!
Es como si me arrancaran algo de dentro. Me arde la piel del rostro, y de repente me cuesta respirar. Me apoyo en la puerta sin querer y esta emite un crujido y se abre un poco más.
Arturo gira la cabeza y me ve; Candela también. Ambos se sobresaltan como si hubiesen sido sorprendidos haciendo algo malo. Ella es la primera en reaccionar: agacha la cabeza, con las mejillas rojas, y abandona corriendo la habitación. Contengo el aire mientras pasa por mi lado, incapaz de mirarla.
Tampoco puedo mirar a Arturo.
—¿Quién sois vos y qué hacéis en mis aposentos? —me interroga—. ¿Quién os ha dejado subir?
Aprieto los labios y trago saliva. Comprimo las manos en dos puños para disimular el temblor.
—¡Responded!
Alzo lentamente la vista hacia él. Ver su expresión distante me termina de romper.
La voz se ha ido de mi garganta. Lo único que logro hacer es quedarme plantada como una idiota.
Quiero preguntarle si iba a besarla, pero sé que eso terminaría de arruinar todo.
Al fin y al cabo, solo soy una desconocida que se ha colado en su habitación.
Sus ojos se redondean un poco, y por un momento siento algo de esperanza al ver que me mira con otra expresión.
—¡Sois la intrusa de la justa! Ginebra.
Suelto el aire de golpe.
—¡Sí! ¿Me recuerdas?
Pero entonces Arturo se lleva una mano al cinto y extrae la espada para apuntarme con ella. Retrocedo un par de pasos, asustada por el giro de los acontecimientos.
—Claro que os recuerdo. Sois la principal sospechosa de mi desaparición. Todos mis guardias os están buscando.
Es más de lo que puedo soportar. Doy media vuelta y desando el camino, bajando las escaleras con la misma prisa con la que las subí. Para cuando llego a la planta baja, lo veo todo borroso y me da vueltas la cabeza.
—¡Prendedla! —exclama Arturo a mis espaldas, y a su voz le sigue el estruendo metálico de las armaduras.
Un par de guardias me cierran el paso, y un tercero me apresa desde atrás. En un momento tengo los brazos amarrados tras la espalda. Me retuerzo y arreo pisotones de forma irracional, hasta que los guardias de delante apuntan a mi cuello con sus ballestas. Dejo de sacudirme, jadeando.
Aprieto los dientes al ver la silueta de Arturo acercándose, con la capa de terciopelo cayendo hasta el suelo desde su espalda y la espada enfundada de nuevo. No puedo creer que este vaya a ser el final de nuestra historia.
—Es la sospechosa de la que os hablé —les dice a sus guardias.
Aprieto los dientes, rabiosa. Las ganas de llorar que sentía se esfuman de un momento a otro. Sé que no debería enfadarme con él, que le han borrado la memoria y que esta es la reacción más lógica, pero aun así no puedo controlarlo.
—¡Déjame al menos hablar contigo!
Recibo un fuerte tirón de brazos por parte del guardia que me sujeta.
—¡Muestre respeto! —exclama—. No puede tutear a don Arturo de Mendoza.
Arturo alza una mano para indicarle que lo deje estar. Me doy cuenta de que le cuesta sostenerme la mirada.
—Habéis irrumpido en mis aposentos cual vulgar ladrona —me acusa—. No tengo costumbre de conversar con quienes osan entrar en castillos ajenos, con vete a saber qué oscura intención.
—¿Por qué no podéis mirarme a los ojos, don Arturo de Mendoza? —le pregunto.
Por fin levanta la vista y sus ojos azules se topan con los míos. Son apenas unos segundos, pero el tiempo se detiene. Veo cómo frunce ligeramente el ceño y entreabre los labios. «Recuérdame», grito por dentro.
—¡Ya está bien! —vuelve a intervenir el guardia—. Llevaremos a la sospechosa a las mazmorras de inmediato, mi señor.
Arturo parpadea con fuerza y aparta la mirada de mí. Su nuez sube y baja al tragar saliva.
—Por supuesto. Muchas gracias, Sánchez.
Y así, mi última esperanza se desmorona.