37
Ginebra
En cuanto nos escupe en el claro, el portal se cierra con un chasquido. Las ramas del limonero vuelven a quedarse huecas, como si nunca hubiesen albergado magia. Noto el aire distinto, más frío, cargado con un olor a tierra húmeda. Creo que ayer llovió en esta parte del tiempo.
—¿Qué ha sido eso? —farfulla Paola con los ojos abiertos como platos—. ¡¿Os acabo de ver salir de un árbol?!
Teresa me dirige una mirada de circunstancias. Tomo aire y me mentalizo; allá voy:
—Paola, acabamos de viajar en el tiempo.
—¡¿Qué?!
—Es lo que trataba de decirte antes, pero sabía que no me creerías sin verlo.
Ella niega con la cabeza una y otra vez.
—¡Creo que has perdido la cabeza, Ginebra! —Se gira hacia Teresa y añade—: ¿Y tú desde hace cuánto eres su amiga?
La bruja se queda callada.
—Lo que acaba de pasar es que hemos atravesado un portal —le digo a Paola, despacio—. Y sé que suena muy loco, yo tampoco lo creí al principio, pero...
Ella da un par de pasos hacia atrás y, sin previo aviso, echa a correr. Teresa y yo la vemos gatear bajo la grieta que lleva al exterior del claro. Mi compañera habla por fin:
—Mierda.
—¡Paola! —grito, lanzándome tras ella.
Teresa y yo la seguimos, atravesando la gruta tan rápido como podemos. Fuera, la luz del sol nos golpea de nuevo el rostro. El monte se abre como un balcón natural. Suspiro al ver a Paola unos metros más allá, quieta, mirando el paisaje.
A sus pies, algo lejos, se extiende el feudo de Rocahumbría, rodeado de murallas. El humo se eleva de las chimeneas, y gente con sayos y faldas pesadas cruzan la plaza, con burros tirando de las carretas. Mi amiga se gira hacia mí, temblando.
—Te voy a matar —me dice—. ¡¿Así que es cierto?! ¡¿Te has callado esto todo este tiempo?!
—Paola...
—Es una broma, ¿verdad? ¡Dime que es una broma! —Se atropella con las palabras—. ¡¿Dónde me habéis traído?! ¡Un puto limonero me ha tragado y ahora estoy en un episodio de Juego de tronos !
Trato de acercarme, pero retrocede como un animal acorralado. Me pregunto si he hecho mal callándomelo. Hace un mes que en mi vida hay magia, un caballero y sucesos surrealistas y, como siempre, lo he gestionado todo sola.
—Si te lo hubiera contado no me habrías creído.
Ella titubea.
—Puede ser —admite.
Avanzo despacio, con las palmas abiertas. Al fin consigo sujetarla por los brazos.
—Paola, mírame. Te lo voy a explicar, ¿vale? Pero primero tienes que tranquilizarte.
Ella me mira con recelo y, finalmente, asiente con la cabeza. Detrás de mí Teresa se cruza de brazos y suspira.
—Lo mejor será hablar en un sitio seguro. Vamos a mi cabaña.
La cabaña de Teresa y de Isa sigue tan desastrosa y llena de polvo como la última vez que estuve aquí.
Hay brasas en la lumbre, lo que nos indica que Isa llegó aquí antes que nosotras, seguramente con Arturo.
Se me encoge el corazón al imaginármelo sin recuerdos y desorientado, a merced de las mentiras de esa mala bruja.
Paola está mucho más serena. Conforme he hablado con ella ha ido distendiéndose, y el escepticismo inicial ha desaparecido.
—Primero pensé que estabas liada con tu primo, lo cual ya es raro —me dice—. Pero resulta que es un pibe del medievo, lo que es todavía peor. ¡¿Qué cojones, Ginebra?!
—En realidad no estamos en el medievo —puntualizo—, sino en el Renacimiento.
—¡Ah! ¡Eso lo hace mucho más normal!
Detrás de nosotras Teresa no para de remover viejos libros de las estanterías. Creo que tiene un plan y que necesita algo de aquí. Espero que lo encuentre, porque con el portal cerrado tendremos que esperar un mes entero en el Siglo de Oro para poder volver a casa.
Paola se deja caer sobre una banqueta desvencijada, tosiendo dramáticamente por el polvo.
—Vale, recapitulemos. Una bruja nos ha mandado al Renacimiento. Arturo es un caballero de novela histórica. Y tú estás coladita por él.
Me encojo de hombros, incómoda.
—Tampoco diría que estoy coladita .
—¿Ah, no?
Empiezan a arderme las mejillas.
—Digamos que Arturo me importa. Sí, vale, estoy coladita —admito. Sería más fácil de reconocer si no me mirase con esa cara de pilla—. ¿Podemos hablar de algo que no sean mis sentimientos?
Paola esboza una sonrisa tan grande que se le ven todos los dientes. Es la confirmación de que ya no está muerta de miedo ni teme por su vida. También me alivia ver que no está tan furiosa conmigo como parecía.
—¡Quiero saber cómo funciona ese portal! ¿Era una burbuja? Parecía una burbuja.
—Dejad de gritar —nos regaña Teresa, con las narices metidas en un libro. Sacude la cabeza, lo lanza a un rincón y saca uno nuevo de la estantería.
—Intento entenderlo —prosigue Paola en voz un poco más baja—. A ver, si el tiempo es una línea recta y de repente ¡pum!, se abre un portal... ¿eso significa que estamos en un universo paralelo o es el mismo universo, pero retrocedido como en una cinta VHS?
—No lo sé, Paola, nunca me lo enseñaron en la universidad. Pero tengo alguna teoría.
—¡Cuenta!
Me rasco el mentón, pensando.
—A ver, si el tiempo es una sola línea, significa que todo lo que está pasando es lo que tenía que pasar: Arturo y yo conociéndonos, él olvidándome y volviendo a Rocahumbría. Pero yo creo que hay más de una línea, y podemos elegir con nuestras acciones por cuál nos vamos.
—La bola y las cartas siempre ofrecen varias opciones cuando les consultamos el futuro —interviene Teresa—. Así que sí, yo también me inclino a pensar que siempre hay al menos dos líneas.
Me acerco a ella, esperanzada.
—Entonces debe de haber un futuro en el que Arturo y yo podamos estar juntos.
Ella sigue enfrascada en sus libros, sin mirarme.
—Nosotras solo vimos dos opciones muy claras: Candela y la vida feliz, o tú y su muerte.
—Todavía no me has dicho cómo estás tan segura de esa muerte —replico a la defensiva.
—Tanto Isa como yo vimos su tumba en la capilla de Rocahumbría. La fecha grabada en la piedra era el 30 de abril de 1590. Es decir, en dos días.
Trago saliva.
—Y... ¿qué aparecía en la visión?
—Don Francisco estaba erguido frente a la tumba de su primogénito. A su lado, Fernando, el amigo de Arturo, llorando y diciendo que había muerto por su culpa. Ponía un enorme ramo junto al ataúd.
—¿Y por qué soy yo la culpable, si Fernando decía que el causante fue él?
—Porque al preguntar a la bola el motivo de ese destino siempre nos enseñaba tu cara, Ginebra. Arturo y tú huíais a caballo por el bosque.
—¡Pero eso nunca ha pasado!
Teresa cierra de golpe el libro que ojeaba y me mira por fin.
—Igual está a punto de pasar. Al fin y al cabo, si estamos aquí es porque hemos elegido esa línea temporal, ¿no?
De repente me siento muy culpable. Comprimo ambas manos sobre el vientre y agacho la mirada. Me pregunto si arriesgarme a acabar en ese futuro es lo que debería estar haciendo si Arturo me importase tanto.
—Bruja de mal agüero —resopla Paola—. Seguro que hay una tercera línea que la bola no te ha enseñado. Sé que mi amiga y Arturo pueden ser felices, aunque tú no lo hayas visto.
Le dirijo una mirada agradecida.
—Puede ser —suspira Teresa, metiendo el último libro en un morral y cargándoselo al hombro—. También es lo que estamos intentando.
—¿Por qué de repente estás en mi bando? —la interrogo con suspicacia.
—Sé que Isa no se detendrá. Cuando consiga el oro y salde todas sus deudas querrá más y más. Y mientras pueda hacer daño a mi hija siempre me va a tener a su merced. No quiero pasar el resto de mi vida sucumbiendo a sus chantajes.
Entiendo. Así que no ha vuelto al pasado para ayudarnos a Arturo y a mí, sino para ayudar a su hija y ayudarse a sí misma. Como no podía hacerlo sola, me ha enganchado como ayudante a cambio de echarme una mano en mi causa. Ahora todo cuadra más.
—¿Qué plan tienes? —le pregunto.
Ella da unos golpecitos en el morral donde lleva el libro.
—Sé que hay maneras de cerrar un portal para siempre e impedir que quienes lo crearon puedan reabrirlo.
Está narrado en este tomo prohibido; es un hechizo complejo que tampoco tuvimos nunca en nuestros planes utilizar.
Puedo reabrir el portal fuera del ciclo de luna nueva a cambio de consumir todos mis poderes para siempre.
Entraréis Arturo, Paola, tú... y mi hija Elvira.
—¿Y tú?
—No puedo estar cerca de Elvira, forma parte de mi sacrificio por el hechizo de protección. Tendré que quedarme aquí.
Frunzo los labios, entendiendo.
—Con Isa. Atrapadas en el pasado para siempre.
Teresa asiente con tristeza.
—Es la única manera de garantizar que mi hija estará a salvo de esa mujer.
—Pero igual Arturo no quiere despedirse de su mundo —farfullo—. Si viene conmigo cuando reabras el portal ya no podrá volver.
Teresa esboza una mueca, impaciente.
—Bueno, imagino que ese asunto es algo que hablarás con él.
Traducción: «No es mi problema, apañaos entre vosotros».
—Lo hablaré cuando descubramos cómo restaurarle la memoria, imagino —respondo de mal humor.
—El amor desestabiliza cualquier poción. Isa y yo necesitamos crear una poción del olvido más fuerte para que funcionara, pero si sus sentimientos por ti son lo suficientemente grandes, deberían seguir quedando grietas.
Eso me llena de alivio.
—Entonces, ¿solo con verme se romperá el hechizo?
—Tampoco creas que es tan fácil. Intenta tener algún acercamiento. Bésale.
Paola asiente desde el diván.
—Lo del beso siempre funciona en las películas.
—Tiene una base real: la saliva es más poderosa de lo que creéis.
—¿Cómo voy a ir y besarle si no sabe quién soy? —gruño.
Teresa se cuelga el morral al hombro.
—Bueno, nadie dijo que fuera a ser una misión fácil.
Al intuir que nos vamos a poner en marcha, Paola se levanta de un brinco. ¿Es cosa mía o parece ansiosa por ver el feudo? No sé si es que todavía no se lo termina de creer.
—Oye, ¿y en otro momento vamos a ir a visitar también otras épocas? En plan, ¿eso se puede? —pregunta sin poder disimular la emoción en la voz—. Podemos anotar los números de la lotería.