36 #2
Beatriz frunce el ceño.
—Y tú desapareciste.
Me froto los ojos, ahora el dolor parece atravesarlos.
—No lo sé. Pero cuando su imagen acude a mi mente me entra migraña. Como ahora mismo.
—¿Le has contado esto a los guardias?
—Sí, sí. Las están buscando.
Ella posa una mano en mi hombro.
—No le des más vueltas. Si esa Ginebra resulta estar relacionada con tu desaparición y el robo de la armadura la encontrarán los guardias.
Nos quedamos en silencio durante unos segundos, y el dolor de cabeza empieza a atenuarse. Beatriz se aclara la garganta y me mira de reojo.
—Bueno, ¿y qué te parece Candela?
Respiro hondo, intentando disipar el malestar.
—Parece dulce, franca, incluso interesante. Quizá casarme con ella no sea el infierno que temía ni mi peor destino —respondo con sinceridad—. Sí, esperaba algo mucho peor.
Pero creo que no estoy tan tranquilo como debería.
Beatriz, padre y yo comemos junto a Candela y don Antonio en la mesa absurdamente larga del salón. Conversamos de banalidades para llenar el silencio y los sirvientes traen codornices bañadas en miel, anguilas con all i pebre y gallinas rellenas de pan, huevos y almendra.
No puedo apartar los ojos de Candela. Da bocados pequeños, asiente con cortesía y evita hablar a no ser que sea para darnos la razón. Educan a todas las damas igual y terminan pareciendo salidas de un mismo patrón.
Me ha gustado conversar con ella en el jardín, en ese breve momento en el que se ha despojado de los protocolos y ha sido ella misma.
Quiero conocer más.
—Los preparativos ya están en marcha —parlotea padre—. Creo que al atardecer sería un buen momento, empieza a hacer buena temperatura.
Están hablando de la boda; han anunciado que será mañana. Es como si padre tuviera miedo de que vaya a volver a esfumarme o de que me niegue en redondo a casarme, y de ese modo no podamos cobrar la dote de Candela. Nunca lo había visto tan impaciente con nada.
Vuelvo a mirar a mi prometida. Empiezo a detectar pequeñas fugas en su comportamiento impecable: un ligerísimo arqueamiento de cejas, un parpadeo más fuerte de lo normal, una casi imperceptible mordida de labio. De repente nuestras miradas se cruzan y se le escapa una sonrisa.
Al terminar la comida todos se retiran a descansar, y yo me dirijo también a mis aposentos.
Mi estancia ocupa la torre oriental. La habitación principal tiene una cama amplia con dosel, tapices que narran gestas pasadas y un arcón robusto junto al ventanal.
A su lado cuelga una pintura que me traje de Madrid cuando era niño.
Un artista callejero retrató la Plaza Mayor, abarrotada de comerciantes, pícaros y caballos.
Fue mi primer viaje fuera de Valencia, y cuando observo el cuadro aún puedo escuchar los pregones y sentir la polvareda de aquel día.
Me siento en el borde de la cama y me obligo a repasar los últimos acontecimientos que recuerdo para empezar a reconstruir los hechos de estos treinta días.
Competí en la justa contra el hermano de Diego Benavente.
Gané.
Me giré a buscar entre el público a la doncella a la que quería impresionar: Ginebra.
Ella se estaba marchando con otra mujer, llevaban mucha prisa.
Las seguí, y a ella se le cayó un pequeño cuaderno rojo. No recuerdo qué ponía en dicho cuaderno, pero fue lo que me hizo sospechar.
Luego, unos criados me avisaron de que las dos damas habían robado un caballo de mi establo.
Las seguí por el bosque, y...
¿Y luego qué?
La bruma vuelve a acumularse y a dar vueltas en mi cabeza.
Siempre es en ese maldito punto. Me concentro con todas mis fuerzas, pero solo consigo que me vuelva la migraña.
Esta vez el dolor es tan agudo que me mareo.
La comida se me agita en el estómago, necesito cerrar los ojos con fuerza y llevar una mano al vientre hasta que las náuseas remiten.
Me pongo en pie, tambaleándome, y alcanzo un jarro de agua para echármelo por la cara.
El frescor me ayuda un poco a recobrarme.
Alcanzo una toalla para secar la humedad y respiro hondo: el dolor de cabeza empieza a remitir. Por un momento me convenzo de que moriré sin saber qué diantres ha pasado en este puñetero mes, y lanzo la toalla al suelo con rabia.
Entonces llaman a la puerta. Cuando abro me quedo de piedra. Es Candela, y está sola.
—¿Qué hacéis aquí? —susurro, sobresaltado—. Si alguien os ve en mis aposentos sin vuestra dama será un escándalo.
Candela no muestra vergüenza.
—Le he dicho a mi dama de compañía que deseaba rezar en la capilla en privado.
—Pero habéis preferido venir a verme.
Ella esboza una sonrisa llena de picardía. Aprieto los labios para no echarme a reír; jamás habría visto a Candela capaz de hacer algo así. Una rebelde que sabe guardar demasiado bien las apariencias. Tiene a todo el mundo engañado.
—Es que antes vuestra hermana nos interrumpió en los establos, y querría seguir conociendo al hombre con el que mañana habré de casarme.
Miro hacia el pasillo, temiendo que alguien la descubra. Ella bordea mi cuerpo y se cuela en mis aposentos, arrancándome una exclamación de asombro.
—Sois un poco descarada, ¿no creéis? —pregunto sin poder disimular lo mucho que me divierte.
—A veces las normas de decoro rozan lo absurdo. Mañana seremos marido y mujer. ¿Qué mal hay en conversar un rato sin testigos?
No sé qué responder. Cierro la puerta con cautela. Candela pasea la vista por mis aposentos hasta detenerse en la pintura de Madrid.
—¿Os gusta viajar, mi señor?
—Más que nada en este mundo, pero por desgracia apenas lo he hecho.
—Yo he tenido la fortuna de ver Nápoles, Flandes y París, con las torres de Notre Dame alzándose sobre el Sena —me dice.
—Deben de ser lugares fascinantes.
—Lo son. Pero al final, Europa entera se parece demasiado a sí misma. Por eso ansío ir más allá del continente.
Alzo las cejas con interés; no sabía que pudiéramos tener tanto en común.
—¿A algún lugar en concreto?
—Quisiera ver las pirámides de Egipto, y el desierto. No consigo visualizar esas enormes dunas de arena de las que hablan. —Clava la mirada en mí, y apenas queda rastro de la timidez que mostraba al principio—. ¿Y vos, mi señor? ¿A qué tierras viajaríais?
—A las Américas. Fernando, mi mejor amigo, estuvo en las colonias haciendo negocios con su padre. Dice que el agua del Caribe es tan turquesa que deslumbra la vista.
La imagen de un mar nocturno con millones de destellos azules iluminando las olas golpea mi mente durante apenas un segundo. Parpadeo, desconcertado. ¿Qué ha sido eso?
Candela vuelve el rostro hacia mí, y sus labios dibujan una expresión coqueta.
—¿Es de un turquesa tan bello como el de vuestros ojos?
El cumplido me deja sin palabras. La osadía me sorprende, sobre todo viniendo de una dama, pero no me desagrada. Avanzo un poco hacia ella.
—No sabía que os hubierais fijado tanto en mis ojos, mi señora.
Ella me apoya la mano en el pecho, mirándome con una mezcla de timidez y atrevimiento.
—Me fijé en ellos desde mucho antes de que me anunciaran nuestro compromiso —murmura—. En vuestra ceremonia de nombramiento como caballero. Cuando me saludasteis por primera vez.
No puedo evitar ponerme nervioso, está demasiado cerca. Todo esto está escandalosamente prohibido.
—Candela... —trato de advertirla.
No entiendo por qué no me dejo llevar y ya. Es lo que habría hecho en cualquier otro momento. ¿Qué más da esperar a mañana? Candela tiene razón: algunos protocolos son demasiado exagerados.
No, no es por el deber. Hay algo dentro de mí que me frena, pero no sé qué es.
Candela no se retira, al contrario: da un paso más y acorta la distancia. El perfume de rosas que lleva impregnado en la piel hace que mi cabeza vuelva a dar vueltas. Baja la vista a mi boca y entreabre los labios. Es muy hermosa. Solo un necio se resistiría a ella.
Candela alza el rostro y acerca un poco más los labios a los míos. Me quedo inmóvil, conteniendo el aliento. Sin saber si debo retroceder o inclinarme hacia ella.