36
Arturo
Estáis desentrenado, mi señor —me provoca Esteban, arreándome otro intento de espadazo.
Consigo frenar el golpe.
—No tengo idea de qué habré hecho durante este mes, pero dudo que haya practicado esgrima —me defiendo.
Con un golpe de espada engancho la suya y la lanzo lejos, dejándole desarmado. Subo la punta hasta su barbilla y esbozo una gran sonrisa.
—No estoy tan desentrenado, todavía no me podéis ganar.
Esteban alza las manos en señal de derrota.
—Está bien, pongamos fin al entrenamiento por hoy.
Lo agradezco, tengo la camisa empapada en sudor. Nos sentamos a la sombra de uno de los pinos del patio y nos quitamos los jubones acolchados.
—¿Qué semblante mostró don Francisco a vuestro regreso? —me pregunta Esteban.
—Mejor del que cabría esperar.
Padre está tan serio y frío como de costumbre, pero no ha encolerizado.
Supongo que encontrarme sin memoria y sin mi armadura, malherido e inconsciente en el bosque, me resta bastante responsabilidad.
Todo apunta a un robo que terminó en secuestro; los guardias están peinando la zona para encontrar a los bandoleros.
Por suerte, salvo un par de magulladuras, estoy ileso.
Pero cuando intento recordar me duele la cabeza.
—Estoy seguro de que fue cosa de esa muchacha extraña y vulgar que se coló en la boda —dice Esteban mientras le saca brillo a su espada—. La que insultó a doña Maribel.
De ella sí me acuerdo, aunque algo borroso. Era bella y descarada. Mi padre me había anunciado mi propio compromiso y quería probar suerte a ver si conseguía tener una última aventura antes de sentar la cabeza.
Desde luego no lo conseguí; era arisca como un gato.
Ah, pero me anudó una cinta violeta en la lanza.
—Después de la justa la vi yéndose con una mujer y la situación me pareció sospechosa —comento—. Lo último que me viene a la memoria es estar siguiéndolas por el bosque.
Ese es el punto en el que más me duele la cabeza y donde las imágenes en mi mente se emborronan. ¿Quizá me envenenaron? ¿Los bandoleros las usaron como cebo?
Unos sirvientes nos acercan paños húmedos y un barreño de agua para asearnos. Otro trae una bandeja con pan recién hecho, albaricoques y queso. Apenas he podido degustar el primer bocado cuando aparece frente a nosotros el mayordomo mayor.
—Siento interrumpir, mi señor —carraspea—. Vuestro padre desea reunirse con vos en el salón principal de inmediato.
Me pongo en pie y me despido de Esteban con una inclinación de cabeza. Intento que no me flaqueen las piernas mientras sigo al mayordomo, recordándome que soy un hombre adulto sin miedo a su propio padre.
En cuanto llego al salón me huelo la encerrona. Padre no está solo, a su lado se encuentran el barón de Cabo y una joven dama: Candela. La sorpresa me deja inmóvil durante unos instantes, hasta que recuerdo mis modales y me acerco a saludar a don Antonio y a besar la mano de su hija.
—Arturo, don Antonio y doña Candela llegaron a Rocahumbría hace algo más de una semana para aguardar tu regreso —me informa padre.
—Es un placer volver a veros —les digo.
Ella alza la mirada con timidez.
—El placer es nuestro, mi señor.
—Lamento mucho mi ausencia.
—No es culpa vuestra.
De repente todos nos quedamos callados.
—Hijo, ¿por qué no le muestras a tu prometida nuestros maravillosos jardines? —carraspea padre—. Al fin y al cabo, este va a ser su hogar.
Le dedico a Candela una sonrisa cortés.
—Será un placer.
Paseamos bajo los arcos de piedra del jardín principal, envueltos en el silencio y con su mano aferrada a mi brazo. Detrás de nosotros camina la dama de compañía de Candela, discreta pero sin quitarnos el ojo de encima.
Al fin me decido a romper el hielo.
—Decidme, ¿vuestro padre os avisó antes de comprometeros conmigo?
—No, mi señor —responde—. La noticia me llegó en forma de mandato.
Se me escapa una risa incómoda.
—Tampoco el mío me dio opción. Parece que en algo somos iguales.
Avanzamos entre rosales, limoneros y naranjos que perfuman el aire con un dulzor fresco. Más allá, un sauce llorón deja caer sus ramas sobre el riachuelo.
—Dentro de lo que cabe esperar en un matrimonio impuesto, espero ser al menos una buena opción —añado.
Sus labios se curvan en una sonrisa.
—Os diré la verdad, mi señor: sentí alivio cuando escuché vuestro nombre. Podría haber sido peor.
—Me alegra oír eso.
Junto a uno de los rosales unos jardineros trabajan en la poda. Les pido prestado un cuchillo y corto una rosa blanca para Candela. Ella la sujeta con cuidado y sus ojos grises, claros como el agua, se iluminan. Tiene las pestañas gruesas y tan negras como su cabello.
—Decidme, ¿no os parece extraño que dos que van a ser marido y mujer apenas se conozcan? —pregunto, deteniéndome frente a ella.
—Extraño y triste. Mas si queréis saber de mí, os diré que mi mayor deleite son los caballos veloces.
Alzo las cejas, sorprendido. Eso es más típico de hombres.
—¿Caballos? Pensé que me diríais bordar, tañer el arpa o algún otro pasatiempo más... reposado.
Se le escapa una pequeña risa.
—¿Os decepciono entonces?
—Al contrario —replico—. Me agradan las cosas inesperadas.
Candela apoya la espalda en una de las columnas de piedra y me mira a los ojos por primera vez. Puedo notar cómo poco a poco se despoja de la timidez que la frenaba.
—¿Y vos, mi futuro esposo? —pregunta haciendo rodar la rosa entre los dedos—. ¿Escondéis sorpresas semejantes?
Sonrío con ironía.
—Sí, aunque temo que la principal será descubrir cuán caótico puedo llegar a ser.
Su sonrisa se ensancha, y entonces lo veo: un lunar pequeño bajo su labio inferior.
De repente la visión se superpone con la de otro rostro con lunares.
La muchacha de la justa. La vulgar, sospechosa y forastera muchacha de la justa.
Un dolor punzante me atraviesa la sien. Cierro los ojos con fuerza; espero que no vuelva la migraña.
Cuando los vuelvo a abrir Candela frunce el ceño, inquieta.
—¿Os he incomodado? ¿O no os halláis bien?
Sacudo la cabeza, obligándome a espabilar. Me esfuerzo por apartar esa imagen obstinada, no deseo turbar a Candela.
Le ofrezco el brazo con renovada cortesía.
—Estoy bien. Venid, quiero presentaros a Feroz, mi corcel.
Ella acepta y seguimos nuestro paseo hacia los establos. En mi mente la sombra de la muchacha de la justa se disuelve con esfuerzo. Feroz relincha al verme y yo le acaricio la crin. El mozo de cuadra me acerca una cesta de manzanas y yo le doy una a mi corcel.
—¿Me has echado de menos, amigo? —le pregunto en voz baja.
Candela parece encantada.
—¡Es hermoso! ¿Puedo acariciarlo?
—Por descontado.
Me aparto para dejarle espacio libre a Candela, que empieza a dar palmaditas amistosas en la mejilla del animal. Hasta que una voz familiar nos interrumpe.
—¡Hermano!
Al volverme y verla no doy crédito.
—¡Beatriz!
Mi hermana corre hacia mí sin importarle lo impropio del gesto para una dama casada, con sus trenzas pelirrojas ondeándole a la espalda. Se me echa encima, saltando a mis brazos, y yo la estrecho con fuerza. De un segundo a otro siento un nudo en la garganta.
—Acabo de enterarme de tu regreso —jadea Beatriz—. ¡Por fin puedo respirar tranquila!
Cierro los ojos y la estrecho con más fuerza. Necesitaba este abrazo. Ella se separa en cuanto se percata de que no estamos solos. Sus mejillas enrojecen al ver a Candela, erguida y callada junto a Feroz. Beatriz se acomoda el cabello y yergue la espalda.
—Perdonad mis modales —balbucea.
Hace una reverencia y saluda a mi prometida, que responde con cortesía.
—Entiendo que es un momento familiar. Os dejaré conversar.
La veo retirarse con su dama de compañía y siento un pequeño alivio. A solas con Beatriz me permito respirar hondo. Nos dejamos caer sobre las pilas de heno como cuando éramos pequeños, lejos de oídos y ojos indiscretos.
Beatriz saca el tema de mi desaparición, y yo comienzo a estar cansado. Supongo que soy la comidilla de todo el feudo.
—¿Cómo es que has vuelto a casa? —Cambio de tema al cabo de un rato—. ¿Y tu marido?
Ella suspira con resignación.
—No le ha importado. Es más, creo que hasta se ha alegrado de dejarme venir unos días —bufa—. Me ignora, Arturo. Apenas me dirige la palabra.
Me muerdo el labio. No sé si enfadarme con Diego Benavente o sentir lástima por Beatriz. Él no parecía ese tipo de hombre; mi hermana merece algo mejor.
—Padre también ignoró a madre hasta que murió —continúa hablando—. Yo creí que mi matrimonio sería distinto, como en las novelas de amor que leía. Ya no creo en esas historias. El amor no existe, al igual que no hay dragones custodiando los castillos.
Me duele escucharla, pero aún más verla resignada.
—Yo sí creo en el amor, Beatriz.
—Bueno, de cualquier manera, ya es tarde para mí. Estoy casada.
Le tomo la mano, pero ella la retira suavemente.
—No quiero tu compasión, hermano. Hay algo bueno en todo esto: ya no viviré bajo el techo de padre, y mi esposo me deja sola en el castillo. —En sus labios empieza a asomarse una sonrisa—. Tendré libertad. Podré hacer lo que me plazca, cuando me plazca. Quizá halle la felicidad por mí misma.
Me quedo mirándola, sorprendido por su entereza.
Vaya, sí que ha dejado de ser la niña que era.
Quizá está destinada a algo mejor que ser la mera esposa de Diego Benavente.
Abro la boca para responder, pero la imagen vuelve a parpadear en mi mente.
La muchacha de la justa. Sin querer, un nombre escapa de mis labios:
—Ginebra.
—¿Qué?
Parpadeo, avergonzado. ¿A qué a venido eso?
Pero entonces lo recuerdo: ¡ese era su nombre! Pero ¿cómo es que lo sé? Ella no me lo quiso decir en ningún momento. Me masajeo las sienes, el dolor de cabeza vuelve a martillearme.
—¡Arturo! —se preocupa Beatriz—. ¿Quién es Ginebra?
—Era... una muchacha que apareció en tu boda —farfullo—. La vi antes de la justa, me entregó su favor anudando una cinta violeta en mi lanza. Luego huyó por el bosque con otra mujer sospechosa, y no recuerdo nada más.