¿En tu siglo o en el mío? 35 #2
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Durante unos segundos había olvidado que Paola sigue aquí. Va a ser un gran obstáculo. No puedo explicarle nada de lo que está pasando sin que me tome por una chiflada, y tampoco puedo librarme de ella así sin más.

—Paola, hay cosas que no te puedo contar —titubeo—. Necesito arreglar unos asuntos, y no puedes acompañarme.

Deja caer los hombros con un suspiro. Por su expresión sé que se está poniendo a la defensiva.

—No lo entiendo. ¿Qué asuntos son esos que no puedes contar a tu mejor amiga?

Echo la cabeza hacia atrás y suspiro, no hay tiempo para esto.

—Paola, por favor...

—No, es que estoy cansada de esto. Creía que después de tantos años estabas dejando de ser tan hermética. Y ahora me vienes con...

—¡Lo siento! —la interrumpo—. Lo siento por ser así. Esta vez tengo motivos, tienes que creerme.

—¿Ni siquiera puedes decirme adónde pretendes ir ahora?

Me imagino diciéndole a Paola que voy a la consulta de tarot de una bruja, y enseguida me queda claro que la verdad no es una opción.

—Paola, no. No puedo.

Unos golpes secos en la puerta nos interrumpen. Salvo los metros que me separan de la entrada en un par de zancadas y abro sin antes mirar quién es. Encontrarme con Teresa no me sorprende tanto como debería, solo me enfurece.

—Tú... —le digo con un deje amenazante.

Su rostro se descompone en cuestión de segundos.

—Ginebra, tengo que pedirte perdón. No he actuado nada bien, necesito enmendar mi error.

Eso sí que no me lo esperaba. La forma en que lo dice hace que me tema lo peor.

—¡¿Qué habéis hecho con Arturo?! Sé que Isa estuvo aquí ayer.

—Sí, vinimos a por él. Le obligamos a mandarte ese mensaje, lo llevamos al pasado y le borramos la memoria.

Necesito apoyarme en la pared. Le han borrado la memoria y lo han mandado al pasado. El mensaje... Arturo no quería abandonarme.

Antes de darme cuenta de lo que hago le arreo un bofetón a Teresa. No muy fuerte, lo justo para que se tambalee y se sorprenda. Me dirige una mirada atónita y se lleva la mano a la mejilla. Algo en su expresión me dice que sabe que se lo merece.

—Llévame ahora mismo con él —le ordeno con voz temblorosa—. ¡¿Cómo se deshace el hechizo del olvido?!

—Para eso he venido. Todavía hay luna nueva y el portal está abierto, podemos volver al pasado y... —interrumpe la oración a medias, su mirada se pierde en algún punto detrás de mí—. ¿Quién es ella?

Al girarme veo a una boquiabierta Paola, escuchándolo todo desde el final del pasillo. Mierda, mierda, mierda...

—Paola, deberías volver a casa —le digo, acercándome a ella.

—¡¿Estás de coña?!

—No era una sugerencia, era una orden. Debes volver a casa —insisto con un tono más duro. La tomo de la muñeca, pero ella se zafa.

—¡No! Quiero saber qué es todo esto —exclama—. ¡¿Quién es esta señora y de qué narices estáis hablando?!

Por un momento estoy a punto de contárselo todo aunque suene a disparate, pero me reafirmo en que no es buena idea meterla en esto.

—Me tengo que marchar y no hay tiempo para conversaciones, hablaremos cuando vuelva.

Ella yergue la espalda, decidida.

—Vayas adonde vayas, voy contigo.

Me giro hacia Teresa en un acto reflejo. La mujer me devuelve la mirada y esboza una mueca de circunstancias.

—Pensándolo bien, nos vendría de perlas un poco de ayuda extra en la misión.

Cierro los ojos y respiro profundamente. Me aterra poner en riesgo a Paola. Me giro a mirar a mi amiga y la tomo de las manos.

—Es un viaje loco y arriesgado. No quiero que vengas sin saber a lo que nos enfrentamos. ¿Estás dispuesta a poner en peligro tu vida?

Me guardo la mención al viaje en el tiempo para evitar que rompa a reír o que me lleve directa a un psiquiátrico.

—Gin, sabes que sí —responde preocupada.

Sin poderme contener le doy un abrazo. No puedo evitar emocionarme al saber que está dispuesta a ponerse en peligro solo para ayudarme.

Me separo y la tomo de los hombros.

—Pues prepárate, vamos a hacer un viaje.

Cuando llegamos al claro del limonero no son ni las once del mediodía. A plena luz parece mucho menos amenazante. Aun así no puedo evitar sentir un escalofrío al volver a ver la burbuja iridiscente en el agujero.

—¿Alguien me va a explicar ya por qué nos estamos disfrazando de princesas en medio del bosque? —pregunta Paola, poniéndose el vestido renacentista que le ha dado Teresa. Es tan alta que las mangas le quedan por medio antebrazo y la falda por encima de los tobillos.

Por suerte, el vestido que me ha tocado me viene bien.

Es mucho mejor que el marrón de terciopelo falso que llevaba en mi primera excursión.

Este está hecho de tela de seda de color turquesa, tiene mangas acampanadas con volantes y una falda abultada por el cancán.

Pese a lo bonito que es empiezo a odiarlo cuando Teresa se planta detrás de mí y tira de los cordones que lo ajustan a la cintura.

—Te prometo que lo vas a entender enseguida —le digo a mi amiga.

Teresa termina con mi vestido y se gira hacia el limonero.

—El portal no durará mucho más tiempo abierto, debemos cruzar ya.

—¿Qué portal? —pregunta Paola—. Es eso de lo que estabais hablando antes, ¿verdad?

Decido confesar la verdad por fin.

—Paola, el viaje es temporal.

—Bueno, eso ya lo suponía, no vamos a irnos para siempre.

—No —la interrumpo—. Me refiero a un viaje en el tiempo.

Se me queda mirando durante tanto rato que se vuelve incómodo.

—Es una broma.

—No lo es. Arturo no... No es mi primo. Es un caballero del Siglo de Oro.

—Don Arturo de Mendoza —puntualiza Teresa—. Primogénito del barón de Rocahumbría.

A Paola se le escapa un resoplido extraño por la nariz. Nos mira a las dos sin tomarnos en serio, como si esperara que en algún momento nos fuésemos a echar a reír. Como pasan los segundos y no sucede, ella también se pone seria. La tomo de la mano y la llevo junto al limonero.

—Enseguida verás que es cierto.

Ella me mira con preocupación.

—Ginebra, ¿de verdad crees que Arturo viene del pasado?

Lo que me temía: piensa que estoy loca.

—Vamos a saltar por ese agujero a la de tres.

Solo entonces Paola se fija en la burbuja iridiscente en la superficie del hoyo entre las raíces.

—¿Qué es eso?

Antes de que pueda detenerla se suelta de mi agarre y se agacha a tocarla. Lo último que oímos antes de que desaparezca es su grito.

—Espero que no haga estas cosas muy a menudo —refunfuña Teresa, yendo tras ella.

Sin pensármelo mucho, voy detrás.