¿En tu siglo o en el mío? 35
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Ginebra

Pon el intermitente, imbécil! —grito mientras hago sonar el claxon.

Tras meterse en mi carril y obligarme a dar un frenazo, el conductor de delante me saca el dedo del medio por la ventanilla. Dejo escapar una exclamación indignada y vuelvo a pitar con más rabia que antes.

—¡Capullo! —exclamo devolviéndole el gesto para que me vea por el retrovisor.

Aprieto con fuerza el volante y me obligo a respirar hondo para tranquilizarme.

Desde que dejé a mi padre en casa de mi tía quiero incendiarlo todo.

Entre que lo han atendido, le han hecho pruebas, han decidido que, pese al golpe, está todo en orden y le han dado alta, ya son las dos de la mañana.

Yo llevo con ganas de gritar desde las doce. Desde que he escuchado el audio.

Para cuando llego a casa, lo he escuchado tres veces más. Cierro la puerta de un portazo y me quedo quieta en el recibidor, con el móvil ardiendo en la mano. Le vuelvo a dar al play como una idiota, como si en alguna de las repeticiones fuese a decir algo diferente.

«Siento tener que despedirme así, Ginebra. Teresa va a abrir el portal esta noche y debo regresar. Ojalá lo nuestro pudiera ser posible. Te agradeceré siempre todo lo que me diste».

Aprieto los dientes; siento más rabia que otra cosa. ¡¿No tiene nada más que decir?! ¡¿Se va así, sin más?! Ni un titubeo. Ni rastro del hombre que hace unas horas me miraba como si yo fuera lo único que existiera.

Rebobino y vuelvo a escucharlo. Intento encontrar una señal, algo que me diga que no habla en serio, o incluso que le han obligado a decirlo, pero no vacila en ningún momento.

Igual es otra de sus bromas.

—¿¿Arturo?? —lo llamo en voz demasiado alta para las horas que son.

Silencio absoluto. Se me escapa una carcajada demente, porque de lo contrario me pondré a llorar. Me dejo caer en el sofá con un golpe seco. Entierro la cara en las manos y noto cómo me arde la piel. Quiero gritar.

«Si el tiempo me perteneciera, no dejaría que nos arrebatase nada», me dijo anoche. Y hoy...

—Soy idiota —escupo entre dientes—. Maldita idiota.

No vi venir que Ricardo se enamorara de su compañera y me dejase, ni tampoco que para Arturo lo nuestro iba a ser un juego para un rato. Y eso que juré no volver a creer en el amor. Qué rápido volvió a vencerme la ingenuidad.

¿Cómo he podido creer que lo nuestro era especial?

¿Que lo nuestro era, siquiera, posible? Ahora sé que él lo tuvo claro desde el principio.

Igual tenía los pies más en la tierra que yo, para mi sorpresa.

Nunca dudó de que volvería a casa. Y yo como una tonta creyendo.

.. ¿creyendo qué? ¿Que desafiaría a todo y a todos y se quedaría aquí conmigo?

Se me escapa un resoplido amargo por la nariz.

Me levanto del sofá, desquiciada, y me pongo a caminar de un lado al otro del salón como una fiera acorralada.

Aprieto el móvil en el puño hasta sentir que se va a partir.

Lo levanto, a punto de estrellarlo contra la pared, pero no lo hago.

En vez de eso vuelvo a darle al maldito play .

Suelto un rugido de rabia; no me importa que los vecinos se asusten. Parte de mí quiere odiarlo, quiere gritar que nunca me quiso, que fui solo un capricho más de un noble mimado. Luego recuerdo sus besos, sus manos acariciando mi cuerpo, su mirada dulce. No, basta. Eso duele todavía más.

Un sollozo se me escapa de los labios. Apoyo la espalda contra la pared y cierro los ojos, tratando de contener el derrumbe. No puedo. El peso de todo me supera.

Dejo que mi espalda resbale poco a poco hasta que termino sentada en el suelo, con las rodillas dobladas y el rostro escondido entre las manos.

La idea de que le han obligado a decirlo vuelve a arder en mi pecho, pero enseguida me obligo a enterrarla.

Pues claro que no. Ya perdí el tiempo intentando justificar la marcha de Ricardo y buscando teorías que me alejasen de la realidad.

Ricardo se fue y Arturo también. Punto.

El silencio de la casa me oprime, solo se escucha mi respiración entrecortada. Entonces, un maullido.

Al alzar la vista me encuentro a mi gata, con sus ojos amarillos reluciendo un poco en la penumbra. Me seco las mejillas y me sorbo la nariz, mirándola. Se ha acercado a mí más de lo habitual. Vuelve a maullar, como si quisiera decirme algo.

—Se ha ido —le digo con aspereza—. No va a volver.

Entonces Zampanchina hace algo que no ha hecho nunca: rompe del todo la distancia y me acaricia la pierna con la cabeza.

Me tiembla el labio. Un gesto tan tonto hace que me termine de romper.

Me dejo caer de lado hasta que mi mejilla choca con el suelo frío.

Las lágrimas me empapan la cara, me tiembla todo el cuerpo.

Zampanchina se tumba junto a mi ombligo y se enrosca como si fuese mi guardiana.

Tras dudar un poco, le acaricio la cabeza.

La adopté pese a saber que era la gata más arisca de la camada. Mejor dicho, la adopté por eso . Quizá fue por la misma razón por la que me gustan los cactus.

Lloro hasta quedarme sin aire, sollozando por lo que pudo haber sido y el mundo no nos dejó.

La casa está vacía, yo estoy vacía. Me pregunto si seré capaz de odiar a Arturo por esto, pero desgraciadamente no.

Así es como las cosas estaban destinadas a terminar.

Él ha hecho lo más lógico que podía hacer.

La culpable soy yo por hacerme ilusiones aun sabiendo que era imposible.

Me doy cuenta de que si Arturo ha vuelto al pasado y ha rehecho su vida allí, ahora mismo está muerto. Aceptar que hace unas horas estaba entre sus brazos y que ahora es un puñado de huesos es demasiado doloroso, así que aprieto los ojos con fuerza y me abrazo a mí misma.

¿Cómo podría haber sabido hace un mes que todo acabaría así?

Me despierto con el timbre de la puerta. Me duele la cabeza, los hombros y la cadera; he dormido en el suelo. Me incorporo de forma brusca, imaginando a Arturo al otro lado. Sé que es muy poco probable, pero aun así voy corriendo a abrir. Mi ilusión se desinfla al ver a Paola.

—Ah, hola —saludo frotándome un ojo.

—¡Cuánto entusiasmo!

—Perdón, es que...

Dejo la frase en el aire, no tengo energías para hablar.

—Gin, ¿estás bien?

Me aparto de la puerta para invitarla a pasar.

—Sí, ¿por qué lo dices? —mascullo.

Ella entra al salón, observándolo todo. Cierto, la casa es tan nueva que todavía no la ha visto. Justo antes de México acordamos que teníamos una pijamada pendiente.

—Estuviste rara durante casi todo el viaje a México. Bonito sofá. —Se sienta entre los cojines y me mira—. ¿Dónde está Arturo?

Trago saliva. En mi garganta se forma un nudo que no augura nada bueno. Abro la boca, buscando las palabras o alguna excusa, pero cuando voy a hablar lo único que sale de mi boca es un sollozo.

—Oh, Gin —suspira Paola, levantándose.

En cuanto me abraza rompo a llorar desconsoladamente. Me aferro a ella mientras siento que mis rodillas pierden fuerza. Nos sentamos en el sofá sin romper el abrazo. Le empapo la camiseta de lágrimas y una parte de mí se muere de vergüenza, pero no podría controlar este dolor ni aunque quisiera.

—Ya está —murmura mientras me acaricia la espalda—. Puedes llorar todo lo que quieras, ¿vale?

—No, solo debería sentir rabia —lloriqueo. Paola me abraza más fuerte.

—No es algo que puedas elegir.

Cierro los ojos con fuerza y respiro por la nariz para serenarme, pero no rompo el abrazo con Paola.

—Nunca más me volveré a enamorar. Y esta vez es en serio.

—¡No puedes decir eso! Taylor no encontró a Travis a la primera, ¿recuerdas?

No respondo. Paola se separa y mira a su alrededor de nuevo.

—¿Dónde está la cocina? Voy a prepararte una tila.

—Segunda puerta en el pasillo —respondo secándome las lágrimas.

Me quedo a solas mientras escucho a mi amiga abrir y cerrar armarios. Zampanchina se sube al sofá y me dirige una mala mirada. Supongo que la tregua de anoche ha terminado. Me incorporo un poco al ver que le está dando vueltas a algo entre los dientes.

—¿Qué llevas ahí, Zamp?

Al acercar la mano a su hocico abre la boca para intentar morderme y se le cae al sofá. Es un pendiente plateado y no es mío; yo solo llevo cosas doradas.

—Pero qué... —farfullo dándole vueltas entre los dedos.

¿De quién es esto y cómo ha llegado aquí?

Paola vuelve al salón con una taza humeante en las manos.

—¿Qué es eso?

—Zampanchina llevaba en la boca un pendiente que no es mío.

Ella pone cara de estar uniendo puntos.

—Ay no, ¡mierda! —Deja la taza en la mesa y se sienta junto a mí—. ¡Es un cabrón! ¿¿En tu propia casa?? No te merecías eso, ¿me oyes?

—No, no es lo que estás pensando —resoplo—. Arturo no ha podido tener una aventura con otra.

—Eh...

El pendiente es una luna creciente con una piedrecita enganchada en la punta.

De repente llega un flashback a mi cabeza del día en el que me contrataron como guía turística en Rocahumbría.

Isa me estaba haciendo la entrevista y me había pedido que hablase en inglés para comprobar mi nivel nativo.

Llevaba una coleta alta y pendientes en forma de luna en las orejas, me fijé en ellos mientras hablábamos.

—Este pendiente es de mi encargada.

El rostro de Paola se vuelve blanco.

—Joder...

—¡No es lo que piensas! —repito, y ella pone cara de circunstancias.

Me levanto bruscamente del sofá, con la mano en el mentón. Isa vino a casa mientras yo estaba en el hospital con mi padre, justo cuando Arturo se fue. Pero, ¿Isa no se había quedado en el pasado? ¿No se supone que en el presente solo estaba Teresa?

Aquí hay mentiras de por medio.

Aprieto los puños, tratando de recodar la calle en la que está la consulta de tarot de Teresa. Camino a paso airado hacia el zapatero y me calzo las primeras sandalias que encuentro.

—¿Adónde vas, Ginebra?