34
Arturo
Consigo cerrar la puerta en las narices del primer hombre, pero el segundo une sus fuerzas y consigue entrar en la morada.
Le golpeo en la nariz y me lo saco de encima con un empujón, pero los otros tres me tiran al suelo.
Me sacudo con violencia. Consigo zafarme y propinarle un puñetazo a uno de ellos, pero me vuelven a atrapar.
El más grandote me arrea una patada en el esternón que me vacía de aire los pulmones.
Me encojo sobre mí mismo, jadeando. Un segundo golpe, esta vez en las costillas, y otro más en la boca.
Saboreo la sangre y sé que me han partido el labio.
Los matones me sujetan los brazos tras la espalda con fuerza.
Me resisto hasta sentir que están a punto de dislocárseme los hombros.
Una voz de mujer se alza por encima del resto.
—Os dije que lo quería ileso.
Al levantar la cabeza veo por fin a Isa: lleva el cabello recogido en una coleta tensa, dejando a la vista unos pendientes plateados de media luna.
Lleva una falda ajustada y zapatos acabados en punta, y me está mirando con una expresión de triunfo.
Se acuclilla frente a mí y les lanza una cuerda a los matones.
Ellos empiezan a atarme mientras me retuerzo.
—Qué cansada estoy de tener que hacer las cosas por las malas —me dice con un suspiro.
Escucho el golpe de la puerta cerrándose y solo puedo desear que Ginebra tarde en volver.
Solo así se librará de esto, sea lo que sea.
Veo a Teresa junto a la entrada, mirando al suelo con una expresión culpable.
A su lado está el cuarto hombretón, el único al que no tengo encima, esperando para recibir órdenes.
Isa me sujeta la barbilla entre los dedos y me ladea el rostro; yo la fulmino con la mirada.
—Eres tan apuesto como tu padre, has sacado sus ojos —me dice—. Puedo entender a Ginebra.
—¡Diles que me suelten! —rujo.
—No voy a hacer eso.
Tenso la mandíbula y me sacudo más fuerte; sus hombres aprietan las cuerdas hasta hacerme daño.
—¡¿Qué quieres de mí?!
—Que vuelvas a tu hogar y dejes de merodear por un mundo al que no perteneces. Es noche de luna nueva.
Como no tengo ningún modo de defenderme, le escupo a la cara la sangre que se me ha acumulado en la boca. Isa esboza una mueca de asco mientras se la limpia.
—Si no colaboras será peor para todos, pero sobre todo para ella —me dice sin perder los nervios—. Ya has visto lo que le hemos hecho a su padre.
Se me enerva la sangre al oír esa confesión. Retuerzo los brazos a pesar de las ataduras, y por el escozor deduzco que las cuerdas me han hecho herida.
—Puta hechicera de mala entraña —la insulto.
La sonrisa que esboza no hace más que avivar el fuego de mi rabia.
—Otra cosa no, pero gracias a tu papá Teresa tiene dinero —me informa.
Mi mirada se cruza con la de Teresa durante apenas un segundo, y ella vuelve a bajar la vista al suelo—.
Igual que puedo contratar a alguien para que embista la moto del padre de Ginebra, puedo hacer que tu novia tenga un accidente muy feo cuando vuelva a casa.
Aprieto tanto los dientes que me cruje una muela.
Si pudiera, me abalanzaría sobre ella sin pensar en las consecuencias.
Las cuerdas me muerden la piel con cada intento de liberarme, recordándome lo inútil que es resistirme en este momento.
Tener a esta arpía justo delante y no poder hacer nada.
.. La impotencia me está devastando por dentro.
—Como sufra el más mínimo daño...
—Eso depende de ti, no de mí. Despídete de ella y vivirá. Sigue negándote y te juro que morirá.
Las palabras se clavan en mi pecho. No hay atisbo de farol en su voz. La angustia me llena el pecho, vuelve a faltarme el aire otra vez. No puedo permitir que a Ginebra le pase nada, aunque eso signifique obedecer a Isa.
—¿De qué manera quieres que me despida?
Me repito que será solo temporal, que encontraré la forma de darle la vuelta a esta situación y volver con ella para explicárselo todo. Las brujas no se saldrán con la suya.
—Teresa, tu móvil —le pide a su compañera.
Ella se lo da con manos tensas, evitando mirarme.
—Cobarde —la acuso. No se atreve a responder.
—Vas a grabar un audio de WhatsApp. Estás con Teresa en el claro del limonero, ¿estamos? —me dice Isa, acercándome el teléfono a la boca—. Sobre todo, vas a sonar muy tranquilo.
Un bufido arisco interrumpe sus planes. Zampanchina Miaumiau emerge de debajo de una silla y sale disparada hacia Isa.
Le clava las uñas en el rostro, sin parar de bufar, mientras la mujer chilla.
Finalmente consigue agarrarla por las costillas y despegársela de la cabeza.
Lanza al animal con rabia, y su cuerpecito peludo se estampa contra la pared.
—¡Zampanchina! —exclamo.
La gata deja escapar un maullido lastimero y sale corriendo. A través de una rendija puedo ver cómo se esconde bajo el sofá. Impaciente, Isa me vuelve a acercar el teléfono.
—Acabemos ya con esto, joder —sisea. Tiene varios arañazos en el pómulo y otro en la barbilla que está empezando a sangrar—. Habla ahora.
Necesito tragar saliva y respirar hondo, de lo contrario mi voz saldrá entrecortada. Digo lo que Isa quiere que diga, con el corazón en un puño pero la voz tranquila. Lo que sea para satisfacer a la bruja y que la deje tranquila. Ni ella ni su padre merecen pagar las consecuencias de nada.
Consigo terminar de despedirme sin que se me corte la voz. Isa manda el mensaje y la impotencia me ahoga. Ojalá nunca lo escuche.
—Has hecho lo correcto. Dejaré que Ginebra viva, aunque no vaya a ser contigo.
—No te vas a salir con la tuya —siseo entre dientes.
—Siempre consigo lo que necesito, Arturo. Y quiero que sepas que no tengo nada personal contra vosotros. Solo habéis tenido la mala suerte de estar en medio —se gira hacia el cuarto hombre, el que parece esperar órdenes—. Ya podemos proceder con el cloroformo.
Apenas tengo tiempo para preguntarme qué diantres es eso cuando su esbirro saca un trapo de su mochila, se planta junto a mí y me lo aprieta contra la nariz. En cuestión de segundos todo se disuelve y caigo en un sueño.
Un olor ácido me sacude ligeramente. Limones. Entreabro los párpados con pesadez; tengo la cabeza tan embotada que no consigo hilar dos pensamientos coherentes. Llegan las voces de Isa y Teresa a mis oídos como lejanas y distorsionadas.
—No voy a ir contigo, apáñate tú. Son tus asuntos, no los míos —creo que dice Teresa.
—No seas idiota, a ti también te prometió tu peso en oro.
—No quiero ese oro, Isabel, puedes quedártelo todo. Lo único que te exigiré es que dejes a mi hija tranquila.
Vuelvo a cerrar los ojos, todo me da vueltas. Creo que tengo la mejilla contra la tierra. Me duelen los brazos, los siento agarrotados y apretados tras la espalda. No los puedo mover. La cuerda me araña las muñecas.
—Tú misma. Tu parte del oro a cambio de la tranquilidad de Elvira, pues. Saca la poción del olvido.
«Poción del olvido». Una parte de mi cerebro se espabila al oír eso, aunque mi cuerpo no consigue responder.
«No, no, no».
Escucho pasos acercándose. Consigo entreabrir los ojos de nuevo, pero la imagen es borrosa y no para de girar.
Creo que estoy en el claro del limonero; la noche se alza sobre mí.
Mis párpados vuelven a caer como una persiana.
Isa me entreabre la boca, y siento el vidrio del frasco entre los dientes.
Por dentro grito y me retuerzo, pero mi cuerpo permanece inerte. ¡¿Qué me han hecho?!
El sabor amargo me llena la boca. Empiezo a toser, pero Isa me tapa la nariz. El líquido cae sin remedio por mi garganta y vuelvo a perder el conocimiento.
Despierto con la luz del sol en la cara. Siento como si tuviera un duende dentro de la cabeza pegándome martillazos. Me llevo las manos a la cara y me restriego los ojos, farfullando una maldición por lo bajo. Todo el cuerpo me duele.
—Gran quebranto de seso...
Escucho el crepitar de una fogata. Me incorporo un poco y miro a mi alrededor. Estoy en una cabaña. Veo a una mujer arrodillada en la lumbre; una cabellera negra y espesa le cae por la espalda en una trenza apretada. Está cocinando algo; un delicioso olor llega a mis narinas.
—¡Por fin despierto, mi señor! —exclama girándose hacia mí—. Mirad, os he preparado unos huevos de oca para desayunar.
Termino de incorporarme sobre el lecho de paja. Llevo puestos unos ropajes campesinos.
—¿Quién sois vos? Y... ¿dónde estoy? —Las preguntas se me acumulan—. ¿Dónde está mi ropa?
—Disculpad, soy Isabel Galindo —sonríe la mujer con una leve inclinación de cabeza. Tiene un par de arañazos en la cara, como si se hubiera caído en unas zarzas—. Os halláis en mi morada. Hace unas horas os encontré tirado en el bosque.
Juraría que estaba persiguiendo a dos sospechosas por el bosque, justo después de ganar en la justa, pero me siento confundido. Dios santo, ¿tanto me sobrepasé con el vino durante el banquete?
Me pongo en pie de golpe.
—¡La boda de Beatriz! ¿Ya ha terminado?
El mareo me desestabiliza, e Isabel me pasa un brazo bajo los hombros para sostenerme.
—Mi señor, la boda de vuestra hermana fue el mes pasado.
—¡¿Qué?!
Vuelvo a mirar mis ropajes de campesino y la confusión aumenta.
—Lleváis treinta días desaparecido, me temo.
No puede ser cierto. ¿Un mes desaparecido?
—Imposible.
—Unos bandoleros debieron de secuestrarlo para robar su espada y su armadura. Pero seguro que les dan caza pronto. En cuanto vos recuperéis la memoria y podáis identificarlos.
Cierro los ojos y me pellizco el puente de la nariz, preguntándome si seguiré soñando. Isabel me sostiene con más fuerza y me empuja un poco para que camine.
—Os acompañaré al castillo. Seguro que ardéis en deseos de volver a casa, don Arturo.