33
Arturo
El viaje de vuelta se me hace más corto que el de ida. Seguramente es porque duermo del tirón las diez horas que dura. Despierto con el cuello agarrotado y dolor de espalda, pero mucho más activo que esta mañana. Anoche no logré conciliar el sueño hasta que ya era de día.
El aire de Madrid se siente seco y fresco; mi cuerpo ya empezaba a acostumbrarse a la humedad tropical del Nuevo Mundo. Recogemos las maletas en esa especie de serpiente corredera y salimos del... ¿cómo se llamaba?
Aeropuerto.
—Necesito pisar mi casa y dormir en mi cama —gimotea Paola, cargando el equipaje en el coche.
A mí no me apetece nada llegar a Valencia. Significa estar un paso más cerca de cruzar el portal a Rocahumbría. La estación previa.
Durante mis primeros días aquí veía la Valencia moderna como una ciudad extranjera, pero al bajar del coche me doy cuenta de que empiezo a reconocerla. La siento como mía, al igual que la Valencia antigua. Ambas se han entrelazado.
Ginebra y yo comenzamos a subir las escaleras a casa con las enormes maletas a cuestas. Nos quedamos callados por el esfuerzo; llevábamos unos diez minutos bromeando sobre el enfurruñamiento que Rafa arrastra desde que su amado equipo perdió.
—Deja, llevaré las maletas de los dos. —Trato de impresionarla al ver su cansancio.
—Puedo con la mía, no soy una doncella en apuros.
Dejo escapar el aire por la nariz, recordando lo que sucedió esta mañana en el aeropuerto.
—Cuando se te enredó esa enorme avispa tropical en el pelo sí que parecías una doncella en apuros.
Ginebra aprieta los dientes, se carga la maleta al hombro y empieza a subir las escaleras al trote. Se me escapa una exclamación de sorpresa cuando me adelanta por la derecha, y aprieto el paso para alcanzarla.
Veo el final de la escalera, pero cuando estoy a punto de coronarme como vencedor siento un calambre en el brazo. Suelto la maleta, dolorido, y Ginebra sube los últimos escalones en un par de brincos. Deja su equipaje junto a ella, orgullosa.
—¿Necesitáis ayuda de una doncella? —se mofa, tendiéndome una mano. La acepto a regañadientes.
—Ya veo que no sois una doncella, os parecéis más a Sansón —la chincho, y me llevo un puñetazo en el hombro en respuesta.
—Mi padre se ha ido hace un rato —dice mientras hace girar las llaves en la cerradura de casa—. Así que estamos solos.
Me dirige una mirada cómplice que me alborota por dentro: sé lo que eso significa.
En cuanto la puerta se cierra Ginebra se lanza a mis brazos. Sus labios hambrientos buscan los míos y yo respondo con ganas. Llevo todo el día esperando este momento, durante el trayecto en coche no paraba de imaginar el roce de su cuerpo contra el mío.
Si algo tengo claro es que no pienso desaprovechar nuestra última noche juntos.
Sus dedos me recorren la espalda por encima de la ropa y yo me sujeto fuerte a sus caderas. Entre beso y beso me empuja hacia atrás, guiándome hasta el sofá. Mis rodillas chocan contra el borde y caemos sobre los cojines. Se nos escapa una risa corta antes de volver a atraparnos la boca.
Entonces escucho un maullido y Ginebra suelta un grito.
—¡Zampanchina!
La gata le ha trepado por las pantorrillas y le ha clavado las uñas en el trasero.
Ginebra se levanta para sacársela de encima, y tengo que taparme la boca para no reír.
Zampanchina Miaumiau le responde con un bufido gruñón, y de un brinco aterriza sobre mi abdomen.
Se sienta y alza el pecho con orgullo, mirando a su dueña con cara de pocos amigos.
—Pelear contra otras hembras por un macho está pasado de moda —le dice Ginebra—, que lo sepas.
Acaricio la cabeza de la gata y ella empieza a ronronear, más mansa que un corderito. Dejo escapar una carcajada.
—Por si nuestra relación no tenía ya suficientes obstáculos, aquí tenemos uno más.
Ginebra aprovecha la interrupción para ir a por su maleta y la arrastra hasta el comedor. Apoya el codo en el asa y me mira con una media sonrisa.
—¿Te apetece que nos demos un baño juntos?
«¿Qué pregunta es esa, Ginebra?».
—Mucho.
Se ríe por lo bajo, satisfecha.
—Ve preparando la bañera. Yo deshago la maleta y ahora voy.
Obedezco encantado. El baño, al igual que el resto de la casa, huele a cerrado. Abro el grifo que tiene el punto rojo. El primer día aprendí (a base de quemarme) que es el que tira agua caliente. El vapor no tarda en empañar el cristal y las paredes.
Cuando la bañera está casi llena, echo un chorro generoso de jabón y dejo que salga espuma.
Revuelvo con la mano hasta que la superficie se cubre de burbujas.
El jabón de mi mundo no huele tan bien ni hace estas capas blancas de espuma; me pregunto cuál es el secreto.
En uno de los cajones encuentro una vela.
La enciendo y la coloco con cuidado en el borde, sintiéndome ridículamente orgulloso del resultado.
Me desnudo y me meto en el agua. El calor me relaja los músculos al instante: no era consciente de lo cansado que me ha dejado el viaje hasta este momento.
Cierro los ojos y sumerjo la cabeza en el agua.
Aguanto hasta quedarme sin aire, vuelvo a salir y me paso las manos por el pelo, ahora cubierto de espuma.
Escucho pasos. Ginebra aparece en la puerta del baño y se apoya en el marco, observando la escena. La luz de la vela le dibuja sombras en la cara.
—Vaya —sonríe—. Te lo has tomado en serio.
—¡Esto no es nada! —aprovecho la ocasión—. Suelo ser muchísimo más detallista.
Ginebra se acerca a la bañera. Se desabrocha la camisa botón a botón, sabiendo perfectamente lo que está haciendo conmigo. La observo desde el agua, recorriéndola con la mirada. El deseo crece en mi interior. «Vaya mujer».
Cuando se queda desnuda de cintura para arriba el corazón me da un vuelco. Creo que ni aunque la viera a diario durante décadas me dejaría de impresionar.
Siento una punzada de rabia cuando su móvil empieza a sonar, interrumpiendo el momento. Ginebra maldice entre dientes y se lleva la mano al bolsillo del pantalón para sacarlo.
—No sé quién es —farfulla, mirando la pantalla. Desde aquí creo distinguir un número largo. Le da al verde—. ¿Sí?
No oigo al que habla al otro lado, pero sí veo cómo los hombros de Ginebra se tensan. Mi espalda también se yergue un poco por anticipación.
—Sí, soy yo.
Me doy cuenta de que está apretando el teléfono contra la oreja con demasiada fuerza. Parpadea dos veces muy rápido, como si le costara enfocar. Algo en mi estómago se contrae.
—¿Cómo? —su voz suena más aguda de lo normal. Me inclino hacia delante y busco su mirada, pero sus ojos se han quedado fijos en algún punto de la pared.
Traga saliva y asiente despacio; un leve temblor recorre su mano libre. Algo está mal.
—Voy para allá —dice antes de cortar la llamada.
Se queda inmóvil unos segundos, con el teléfono todavía en la mano.
—Ginebra, ¿qué ocurre?
—Llamaban del hospital. Mi padre ha tenido un accidente mientras volvía a casa —farfulla.
Le tiembla un poco la voz—. Un coche lo ha embestido y se ha caído de la moto.
El golpe en la cabeza ha sido grande a pesar del casco, ha llegado inconsciente.
Tienen que hacerle pruebas para comprobar que está todo bien.
Trago saliva. El rostro de su padre viene a mi mente y se me encoge el corazón.
—Ginebra...
En un rápido movimiento recupera su ropa del suelo y se vuelve a vestir.
—¡Me voy al hospital! —exclama.
Me incorporo en la bañera, salpicando agua al suelo.
—Voy contigo.
—No, te tienes que secar y vestir —dice, recogiéndose el pelo en una coleta—. Voy a ver cómo está y, si lo dejan ingresado, vuelvo a recogerte y vamos juntos, ¿vale?
Quiero insistir, pero ella se inclina sobre la bañera y me da un beso suave en los labios a modo de despedida. Trago saliva, y antes de que pueda decir nada ella ya ha salido corriendo del baño. Escucho el tintineo de las llaves cerca de la entrada, y luego el portazo.
Tengo un peso en el estómago.
Me enjuago el jabón, salgo de la bañera y me seco el cuerpo con una toalla.
Voy a por un conjunto de ropa limpia para estar preparado por si Ginebra vuelve, y me siento en el sofá del salón a esperar.
De repente, la estancia se ha vuelto fría y hostil.
Zampanchina deja escapar un maullido lastimero, mirándome con esos ojos amarillos.
Le acaricio el lomo y ella se restriega contra mi pierna.
No conozco demasiado al padre de Ginebra, pero sí lo suficiente como para saber que no tiene nada que ver con el mío. Recuerdo cómo le alborota el pelo a su hija, le habla con cariño y la abraza. El mío nunca me ha dado un abrazo. Ni siquiera me permite dejar de tratarlo de usted.
Ginebra ha tenido mucha suerte, seguro que su padre ni siquiera la golpeaba. Pobre buen hombre... Espero que no haya sido grave y puedan hacer algo por él. Espero también que no se haya quedado lisiado. Los lisiados terminan en la calle, pidiendo limosna para subsistir.
No puedo dejar que Ginebra se vea obligada a mantenerse a sí misma y a su padre ella sola. Tengo que protegerlos. Eso significa que no puedo volver a Rocahumbría aún. Una vez que tomo la decisión sé que no hay marcha atrás: esperaré a la siguiente luna nueva.
El recuerdo de Teresa y de Isa me golpea. Isa amenaza con hacer lo imposible por devolverme a casa con los recuerdos borrados, y a Teresa le prometí que no dejaría a su hija en la estacada.
Me froto los ojos con las manos, aturullado.
La gata sigue observándome desde abajo del sofá, con las orejas gachas.
A pesar de que siento los músculos pesados, me pongo en pie y camino hacia el baño de nuevo.
Muevo la palanca que hace que el agua salga y meto el rostro bajo el chorro.
El frío en la cara termina de despejar las nubes de mi cabeza.
Encontraré la manera de enfrentarme a Isa.
No nos va a poner las cosas fáciles cuando se entere de que voy a quedarme por aquí algún tiempo más, y ni hablar de cómo se tomará mi renuncia a la poción del olvido.
Hablaré con Ginebra: entre los dos se nos ocurrirá algo.
Quizá, si consigo aumentar la oferta de oro de mi padre, se cambie de bando, aunque no sé cómo podría hacerlo.
No tengo acceso libre a todo nuestro patrimonio.
Suena el timbre de casa, y me animo al pensar que es Ginebra. Ardo en deseos de contarle que no tenemos que despedirnos, que voy a estar a su lado mientras su padre se recupera.
Pero cuando abro la puerta la que está al otro lado es Teresa. Por un instante nos miramos en silencio. La tensión enturbia el aire.
—Teresa...
—Arturo —me interrumpe con seriedad—, esta noche la luna ya permite que se reabra el portal. Te pido que me acompañes al bosque por tu propio pie y bebas la poción del olvido, tal y como me prometiste en su día.
Me aferro al marco de la puerta.
—Ya te dije que tendría que incumplir esa promesa.
—Arturo, por favor —reitera, atravesándome con la mirada—. Piensa en lo que haces.
—Ya lo he pensado.
Incapaz de continuar esta conversación trato de cerrar la puerta, pero el pie de Teresa se interpone. Me vuelvo a topar con sus ojos castaños y me doy cuenta de lo exhausta que está.
—Lo siento, he intentado evitar esto —suspira.
Frunzo el ceño, sin saber a qué se refiere. De un segundo a otro, cuatro hombretones musculosos irrumpen en el rellano y se abalanzan sobre mí.