32 #2
No puedo parar de pensar en los problemas que se interponen entre nosotros.
En cómo solucionarlos, mejor dicho. No consigo dar con ningún remedio definitivo, y eso es lo que más me atormenta.
Sin embargo, conforme pasan los minutos, más claras tengo dos cosas: no voy a beber la poción del olvido.
No voy a casarme con Candela de Cabo. Aunque eso signifique cavar mi propia tumba.
Movido por una especie de urgencia, decido levantarme de la cama. Levanto la cabeza de Ginebra con cuidado y la recoloco en la almohada. Ella farfulla algo en sueños, pero no se despierta.
Encuentro mis pantalones y me los pongo. Me muevo a tientas por la habitación, sirviéndome solo de la escasa luz que entra de fuera. Por fin encuentro lo que busco: el móvil de Ginebra. Como todas las noches, está enganchado al cordón blanco llamado «cargador».
Me siento culpable por cogerle el móvil sin permiso, pero no hay otra manera. Sé que ella tiene el botón para hablar con Teresa. En mi móvil solo tengo el botón de Ginebra.
Descorro el ventanal que da al jardín, procurando ser lo más silencioso posible. En el último instante cruje un poco y Ginebra se mueve entre las sábanas. Me giro de golpe hacia la cama y suspiro de alivio al ver que sigue dormida.
La brisa fresca me golpea en la cara cuando salgo al exterior, y siento la hierba húmeda bajo los pies. El césped se extiende unos veinte metros delante de mí; luego empieza la selva. De noche se ve sombría y amenazadora.
Aun así, me interno por sus senderos y llego hasta la playa del primer día. Termino sentado en el columpio, con una mano en la cuerda y el móvil en la otra. «Venga, puedes hacerlo», me digo.
Botón de encender. Me sale un panel con números, creo que es para poner una contraseña. Se la he visto teclear muchas veces; debe de ser su fecha de nacimiento.
5599
Se desbloquea y aparece de fondo la imagen de la cantante rubia que le gusta tanto. Primera victoria. Intento buscar el dibujo verde que está en mi teléfono; por suerte es igual que en el mío. Esa especie de letra «C» estirada e inclinada.
AA Mom.
AA Papá.
AA Ricardo.
Esbozo una mueca de disgusto y sigo bajando. Enseguida descubro que la lista va por orden alfabético y voy corriendo a buscar la «T».
Teresa Clase.
Teresa Prácticas.
Teresa Rara (Bruja).
Debe de ser esta última.
Pulso el botón y cuando empiezan a sonar los pitidos de la victoria, no puedo reprimir una sonrisa de orgullo.
—¿Ginebra? —oigo la voz adormilada de Teresa—. Gracias por despertarme media hora antes que el despertador. Espera, ¡¿qué haces llamándome desde México por la línea normal?!
—Soy Arturo —carraspeo.
—¡Cuelga ahora mismo! Espera, cuelgo yo y te llamo desde WhatsApp.
Un pitido seco. Enseguida la pantalla se vuelve a iluminar. Círculo rojo y círculo verde: ¿cuál es el correcto?
Le doy al rojo porque es mi color favorito.
Cuando Teresa vuelve a llamar ya he aprendido la lección y le doy al verde.
—Arturo, ¿qué pasa?
Decido soltarlo de golpe.
—Lo siento, Teresa. Sé que te hice una promesa, pero la debo incumplir.
—¿Qué estás diciendo?
No puede disimular el pánico en su voz.
—Ni voy a olvidarme de Ginebra, ni me voy a casar con nadie.
Se forma un denso silencio después de mi confesión. Puedo oír su respiración, volviéndose más pesada a cada segundo.
—¡Arturo! ¡Me diste tu palabra!
Intenta ser amenazante, pero le puede la desesperación.
—Soy un caballero de honor y esta es la primera y última vez que la romperé. No hay negociación posible, lo...
—Cuando apenas llevabas unos días en el presente te dije que me estaba jugando mucho —me interrumpe con voz ahogada—. Lo que me juego es mi hija.
Frunzo un poco el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Cuando todavía vivía en el pasado, atravesé muchos momentos de peligro.
La Santa Inquisición estaba capturando a muchas compañeras.
Conjuré un hechizo de protección para mi hija Elvira, a cambio del sacrificio de no poder volver a verla ni estar cerca de ella nunca más.
Tenía que asegurarme de que ni la Inquisición ni nadie le haría daño nunca, todavía no sabía que se podían conjurar portales a otras épocas. Pero...
Hace una pausa. Le tiembla un poco la voz.
—¿Pero?
—Cuando tiempo después Isa y yo realizamos el ritual para venir a este mundo, mi sangre quedó unida a la suya. Eso la convierte en la única persona que puede evadir el hechizo protector de Elvira y hacerle daño.
Me mordisqueo el interior de la mejilla, comprendiéndolo.
—Y no te fías de ella.
—Isa no es buena, Arturo, y se le está yendo la cabeza. Ella es la que necesita que vuelvas al pasado, olvides a Ginebra y te cases con Candela. Me tiene amenazada.
Ha dicho las últimas frases en voz más baja, como si temiera que la oyeran. Frunzo el ceño; esto no me gusta nada.
—¿Por qué tiene tanto interés?
—Eso no importa ahora, lo que me preocupa es mi hija. Si no cumples tu promesa, Isa la pagará conmigo. Lo que significa que la pagará con mi hija, porque ella es lo único que me importa.
Cierro los ojos y respiro hondo. Me pellizco el puente de la nariz, agobiado. Los problemas se amontonan.
—Arturo, por favor...
—Te prometo que te ayudaré con lo de tu hija —respondo por fin. Otra promesa que no tengo ni idea de si podré cumplir—. Volveré al pasado dentro de dos días y la pondré bajo mi protección. No voy a dejaros en la estacada, ¿entendido?
—¿Beberás la poción y te casarás con Candela? —pregunta, esperanzada.
Siento tener que decepcionarla.
—No. Buscaré la manera de que lo tengamos todo.
Un nuevo silencio, este más hostil. Trago saliva, pero el nudo de nervios que siento en la garganta no se alivia.
—No puedes tenerlo todo. Cuando la enfades, sufrirás las consecuencias de Isa tú también. Y de la predicción. Si no apartas a Ginebra y procedes con la boda...
—Moriré, ya lo sé —resoplo.
—Puedes hacerte el escéptico si quieres, eso no lo hará menos real.
—No temo a la predicción. Ni a Isa.
—Pues deberías temer a ambas.
Suena el dichoso pitido seco. Teresa ya no está al otro lado de la línea.
Bajo el teléfono poco a poco, con la mirada perdida en el horizonte.
Volver a casa. Era lo único que quería el día en que llegué, cuando vi mi castillo convertido en un parque para viajeros y me enteré de que tendría que convivir con Ginebra.
Quería que todo volviese a la normalidad, reencontrarme con Beatriz, Fernando y Esteban.
Esbozo una sonrisa melancólica. Sí que los echo de menos. Y a mi castillo. Y a mi caballo, Feroz. Pero cuando esté allí echaré de menos a Ginebra, y la libertad, y la tranquilidad de que no haya ningún gran imperio al que defender.
Igual Teresa tiene razón y no podemos tenerlo todo esta vez.
La idea me carcome por dentro y no me deja respirar.
Aferro las cuerdas del columpio con ambas manos y me obligo a inhalar y a exhalar.
Levanto la cabeza hacia el cielo, en dirección a esas estrellas que ni son ya tan desconocidas ni están enjauladas en esferas.
Si ellas pueden ser libres, ¿por qué yo no?
Me pregunto si de verdad hay un Dios allá arriba que pueda ayudarme con esto. Antaño lo tenía muy claro, pero desde que conocí a los trilobites y vi el ancho de las galaxias empiezo a tener dudas. Si los humanos no somos el centro del universo, igual tampoco lo es nuestro Dios.
Ante la duda, uno las manos frente a mí y cierro los ojos.
—Por favor, ayúdame a que el regreso a casa salga bien —murmuro.
Aunque, por desgracia, temo que ninguna fuerza divina pueda salvarme de lo que me espera en Rocahumbría.