¿En tu siglo o en el mío? 32
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Arturo

Necesito a Ginebra con tanta intensidad que me obligo a dominar mis impulsos. Tenerla entre mis brazos es como ofrecerle un banquete a un muerto de hambre, y no quiero engullirla con desespero. Quiero degustarla bocado a bocado.

Disminuyo la velocidad del beso y acaricio su espalda por encima de la ropa. Bajo por la cadera y vuelvo a subir por la cintura, sintiendo cada curva.

—Te necesito —suspiro.

—Esta noche soy tuya.

Esas palabras me encienden tanto que tengo que contenerme para no desgarrarle el vestido.

El beso se hace más profundo, hasta que el autocontrol no basta.

La deseo demasiado. La tomo de los hombros y la giro para colocarla de cara a la puerta.

Su respiración tiembla, y la mía también.

Le aparto el cabello de la nuca y bajo la cremallera de su vestido, despacio, disfrutando del sonido metálico y de la piel que queda expuesta ante mi mirada.

Adoro cada uno de sus lunares.

La tela cae al suelo y me quedo quieto un segundo, contemplándola. Luego, con manos temblorosas de deseo, le quito la ropa interior. Ella se vuelve hacia mí, completamente desnuda.

«Dios santo».

No hay belleza en la tierra ni en los cielos que pueda compararse con ella; ni mil pociones del olvido borrarán esta imagen de mi memoria. Siento una punzada en la entrepierna, tan dura y urgente que duele.

Ginebra sonríe, sabiendo el efecto que tiene sobre mí.

Acerca sus manos a mi cadera, deshace el cinturón y me baja los pantalones sin apartar los ojos de los míos.

Cuando sus dedos se enredan en la tela de mis calzoncillos y tira de ellos, mi erección queda libre, rígida y palpitante entre nosotros. Su aliento se entrecorta.

Por un momento ninguno de los dos se mueve. Siento el aire cargado de deseo entre nosotros, denso y electrizado.

Incapaz de contenerme más, me agacho. Le beso los hombros, el pecho, los pezones y cada rincón de la piel. Sigo bajando, dejando un rastro de besos por su vientre hasta arrodillarme frente a ella. Desde ahí abajo solo puedo pensar que nunca he pertenecido tanto a nadie como a Ginebra.

Hundo el rostro entre sus muslos, mis labios rozan su sexo. Inhalo su aroma y mi lengua la prueba con una desesperación que no puedo disimular. Ginebra gime y me agarra del pelo. Si me dejara me perdería aquí toda la noche, arrancándole sonidos que solo yo pueda escuchar.

Me aferro a sus caderas para que no se mueva.

Sus dedos se enredan un poco más en mi cabello, tirando de él.

Abro su postura, la sostengo mientras mi lengua sigue trabajando con dedicación.

La escucho gemir de nuevo, más fuerte. Se sujeta a mi cabeza como si quisiera acercarme más, como si no fuera suficiente.

Y yo le doy más. Bebo de ella como un hombre sediento; cada gemido es un premio y cada espasmo un regalo.

Ginebra tiembla. Sus caderas buscan más presión, más contacto. La siento al borde. Tiene las manos crispadas y la respiración entrecortada, el cuerpo arqueado hacia mí. Me consume.

La quiero toda.

Me pongo en pie sin soltarla. Sus ojos me buscan, encendidos. La levanto del suelo tomándola de los muslos y la presiono contra la puerta. Ella rodea mi cintura con las piernas, acoplándose a mí.

La penetro en una larga embestida, profundo, y su grito se ahoga contra mi boca cuando vuelvo a besarla.

El choque de nuestros cuerpos contra la puerta resuena en la habitación, pero nada existe fuera de esta.

Me pierdo en su calor, en sus uñas clavándose en mis hombros, en su respiración acelerada mezclándose con la mía.

La tomo con una pasión que roza la locura, como si quisiera fundirme dentro de ella.

Ginebra se agarra a mí y sus gemidos me arrancan de raíz cualquier resto de control.

La siento temblar, estremecerse. Me vuelvo más salvaje, mordiendo suavemente su cuello, besándola, devorándola como si fuera lo único que me mantiene vivo.

No sé cuánto tiempo pasa. No quiero que acabe nunca. Sin dejar de besarla, me separo lo suficiente para alzarla en brazos.

La llevo a la cama como si fuera lo más valioso que he sostenido jamás. La deposito en el colchón y la observo un segundo, con el corazón golpeando fuerte contra mi pecho. Me encanta verla así, con el pelo revuelto, los labios entreabiertos y las mejillas encendidas. No hay nada más hermoso.

Deshecha y perfecta al mismo tiempo.

Me coloco de rodillas frente a ella y la tomo por los muslos, separándolos con suavidad para encajarme entre ellos.

Entro en ella de nuevo, lento esta vez, hundiéndome hasta el fondo.

Su espalda se arquea y sus dedos se aferran a las sábanas.

Empiezo a moverme, ella gime sin pudor. Mientras la embisto, bajo una mano y la toco, acariciándola justo donde sé que la enloquezco.

Su reacción es inmediata: gime más alto y sus caderas buscan las mías con desesperación. Sus ojos se cierran y su boca se abre hasta formar una «o». Está tan cerca que puedo sentirlo.

—Mírame, Ginebra —le pido con la voz ronca, y ella obedece.

En cuanto nuestros ojos se encuentran se quiebra.

La siento estremecerse, su cuerpo se contrae alrededor de mí.

El éxtasis la sacude con fuerza mientras grita y solloza, perdida en el placer.

No puedo dejar de mirarla. Ginebra arquea la espalda y yo le paso un brazo por detrás para acercarla a mí y ahogar sus gemidos con un beso.

Justo cuando siento que yo también voy a perderme una idea me devuelve a la tierra. Salgo de ella de golpe, jadeando.

—¿Qué pasa?

—No... no puedo —digo, casi sin aliento—. No quiero dejarte encinta, Ginebra.

—Arturo, tranquilo. No voy a quedarme embarazada.

—Eso no puedes saberlo.

—Confía en mí.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Abro y cierro la boca, sin saber qué rebatir a eso. Finalmente decido confiar en ella. Ginebra me toma por los hombros y se coloca encima de mí con la seguridad de una reina. Mi reina .

Me guía de nuevo dentro de su calor y un gemido salvaje escapa de mi garganta.

Ginebra empieza a moverse, lento, torturándome.

Luego aumenta el ritmo sin piedad, con sus manos aferradas a mi pecho.

La observo mientras cabalga sobre mí: el pelo le cae en ondas desordenadas, húmedo del sudor, enredándose sobre su pecho.

No existe fuerza divina que pueda apartar mis ojos de ella.

—Dios... Ginebra... —mi voz es apenas un gruñido.

Ya no puedo contenerme. Todo mi cuerpo se tensa, el clímax me golpea con una fuerza devastadora. Me agarro a sus caderas, aferrándome a ella como si me fuera a caer. Me entierro hondo una última vez, hasta quedarme sin aliento.

Ginebra se deja caer sobre mi pecho y el mundo deja poco a poco de girar. Los dos jadeamos, recubiertos de sudor. La rodeo con los brazos y la beso en la frente. No quiero volver a soltarla jamás.

Ginebra alza el rostro hacia mí, frota la nariz contra la mía y sonríe. Luego me da un beso corto cargado de ternura, haciendo que mi corazón lata más fuerte. Cuando nuestras miradas se encuentran sé que sobran las palabras.

Ginebra deja escapar una risa que me hace sonreír de vuelta. Toma mi mano y la lleva hacia la cara interna de su brazo, instándome a palpar algo. Tiene un bulto duro bajo la piel.

—¿Qué es eso? —me asusto—. ¿Te duele?

Me han hablado de gente a la que le empezaron a salir bultos raros y acabaron muertos. Ginebra vuelve a reír, despreocupada.

—Es un implante anticonceptivo.

No tengo ni idea de qué me habla.

—¿No es peligroso?

—Te lo pone un médico.

—¿Y te abrieron la carne? —farfullo, horrorizado.

—¡No es tan terrible como te lo estás imaginando! Y no me duele. Sirve para no quedarme embarazada.

Parpadeo, cada vez más confundido. ¿Le metieron un bulto bajo la piel y ya no puede quedarse encinta? ¿Cómo puede ser? ¡Si los bebés ni siquiera se gestan en el brazo!

—¿Y si algún día deseas tener hijos? —le pregunto.

—Me lo quitarán y los tendré.

Al cabo de un rato desisto de intentar entenderlo.

—Olvidaba que estoy con una mujer tan moderna —suspiro.

—Y yo que estoy con una antigualla —bromea.

Se me escapa un resoplido indignado por la nariz.

Le pongo la mano en el rostro y le doy un sacudón de broma; ella se ríe.

Luego se acurruca en mi pecho: su piel suave sigue ardiendo contra la mía.

Acaricio con los dedos su espalda desnuda y noto cómo se le eriza la piel.

Tomo aire y lo suelto despacio, llenándome de paz.

Solo quiero quedarme aquí quieto, con ella entre mis brazos.

Giro el rostro hacia el enorme ventanal que hay junto a la cama, y mi vista busca el cielo nocturno.

Apenas soy capaz de distinguir la luna, lo único que queda de ella es una línea fina.

Trago saliva, y la paz se rompe al darme cuenta de lo inevitable: mañana estaremos de vuelta en España, y pasado mañana yo estaré en Rocahumbría. El mundo volverá a separarnos.

—Ginebra... —susurro, y odio que su nombre sepa a despedida.

—Hum —responde sin abrir los ojos, como si ese sonido bastara para decirme que no quiere hablar de lo inevitable.

—Si el tiempo me perteneciera —la beso en la frente, en los párpados cerrados, en los labios suaves— no permitiría que nos arrebatara nada.

Ella levanta la mirada por fin. Tiene los ojos brillantes; de repente parece estar a punto de llorar. Intenta disimularlo con una sonrisa triste. Al ver que no sabe qué decir la beso de nuevo. Y, por dentro, me rompo.

No consigo dormir. El reloj pasa de las doce y mis ojos siguen abiertos, mirando el techo. Tengo la mejilla de Ginebra sobre el hombro y su brazo rodeándome la cintura. Sentir su respiración lenta en la piel es lo único que me calma. Me alegro de que ella sí haya conseguido conciliar el sueño.