¿En tu siglo o en el mío? 31 #2
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Le miro de reojo, y la expresión traviesa que encuentro no augura nada bueno.

—¿Qué has hecho, Arturo?

—Me he hecho un tatuaje —suelta de golpe.

—¡¿Qué?!

—Los hacían gratis en una zona del resort —se excusa, como si eso lo justificase—. Solo tenían un diseño, pero quería llevarme algo de aquí para cuando no lo recuerde.

Se levanta el borde de la camiseta. En la cadera derecha tiene una línea negra que hace la forma de una ola. Sí, un tatuaje simple ideado para turistas. Sé que para Arturo significa más que para la mayoría de la gente en este hotel.

—Te queda bien —admito.

—Me han dicho que solo dura unos meses.

Con razón no está rojo por los bordes ni se lo han tapado con un plástico. Sin pensar en lo que hago, alargo la mano y rozo el dibujo con las yemas de los dedos. Es apenas un roce, pero de pronto siento que es demasiado.

Retiro la mano como si me hubiera quemado.

—¿Y si alguien del pasado te lo ve?

—Nadie lo va a ver —sonríe, quitándole importancia—. No es como que en el siglo XVI tuviésemos costumbre de ir todos juntos a la playa en bañador.

Una fuerte incomodidad comienza a crecer en mi interior al darme cuenta de un detalle:

—Bueno, tu futura esposa sí lo verá.

Intentaba decirlo con indiferencia, como una broma, pero ha sonado bastante molesto. Arturo parpadea ante mis palabras, sin saber qué decir.

Nos quedamos en silencio. Una parte de mí quiere sostenerle la mirada, pero no puedo. Me siento demasiado expuesta.

Me levanto de la hamaca de forma un poco brusca.

—Me voy a la habitación.

Echo a andar sin girarme, con el corazón retumbando entre las costillas.

—Ginebra... —me llama para que no me aleje.

Pero lo hago, y él no viene tras de mí.

Las imágenes me golpean sin piedad: él sonriéndole a Candela, ella rozando ese tatuaje igual que lo hice yo hace unos segundos. Como si tuviera derecho a hacerlo. Aprieto los puños mientras avanzo por los senderos iluminados del resort, con la arena pegándose a mis sandalias.

—¡Gin! —Paola me sale al paso, tambaleándose. Rafa está tras ella, creo que ya han hecho las paces—. Como es nuestra última noche se me ha ocurrido que cenemos los cuatro juntos en el restaurante del marisco.

Solo de imaginármelo se me revuelven las tripas, y no es porque no me guste el pescado. Llevo cinco días fingiendo que está todo bien, y no aguanto ni un segundo más.

—Tengo la tripa fatal, no voy a cenar.

—¡Pero es una cena de despedida! —protesta Paola.

Me giro hacia Rafa, sin molestarme en ser simpática con él esta vez.

—Cuida de ella, está borracha —le ordeno. Luego vuelvo a mirar a mi amiga—. Cuando volvamos a Valencia iremos a cenar juntas a ese sitio de ramen que tanto nos gusta, ¿vale?

Me alejo de ellos sin aceptar réplicas. Sorteo a varias parejas de turistas enamorados, niños y familias felices.

Todo el mundo está contento en este resort mientras yo me sumo en los celos.

No quiero admitirlo, pero ahí están, creciendo, ocupando todo el espacio de mi mente.

Voy tan distraída que me choco contra un crío que juega al pilla pilla y casi lo tiro al suelo.

Por suerte, él se recompone sin siquiera mirarme y sigue corriendo y gritando como loco.

Me obligo a respirar hondo y a pensar con claridad. Teresa fue muy concreta en su predicción: mi caballero va a ser feliz con Candela. ¿Y no acabo de decirle a Paola que de eso trata la vida, de ser feliz? Si Arturo va a encontrar la felicidad debería alegrarme por él.

Pero la idea de dejarlo ir me asfixia.

Niego con la cabeza, centrándome en poner un pie delante del otro y no atropellar a ningún niño más.

Egoísta, eso es lo que soy. Debería querer lo mejor para él, aunque no me incluya.

Y, sin embargo, cuanto más me lo repito, más duele.

Y más fuerte crece dentro de mí una voz testaruda y cruel que no quiere compartirlo.

Me detengo frente a la puerta de mi habitación y apoyo la frente contra la madera. Me siento culpable por desear que nadie más lo toque, que nadie más lo bese. Quiero que su pelo rebelde, esos iris turquesa y su mirada sean solo míos.

Saco la llave de la habitación, una tarjeta de plástico cuadrada, y la paso por el escáner.

Una vez dentro me derrumbo sobre la cama, tumbada bocabajo y con el rostro oculto entre almohadones.

Tengo la respiración acelerada y no consigo calmarla.

No puedo dejar de imaginar la boda de Arturo y de Candela. O, muchísimo peor: la noche de bodas.

Recuerdo que la tele del hotel tiene Netflix, así que me levanto para buscar el mando. Debería poner algo sangriento y cero romántico para distraerme del amor. Vikingos bastará.

Cuando estoy a punto de darle al botón de encender llaman a la puerta. Dejo el mando en la mesita y voy a abrir, resoplando. A veces Paola puede ser la mar de insistente.

Sin embargo, quien está al otro lado no es ella, sino Arturo. Mi corazón se vuelve a acelerar.

—¿Qué haces? —le espeto.

Él se cuela dentro sin esperar permiso, cierra la puerta y apoya la espalda en la pared. Mis ojos se abren de par en par ante esta osadía.

—¿La verdad? No lo sé —responde.

Me dedica una sonrisa nerviosa, y por un momento nos miramos sin decir nada. Trago saliva, intentando acallar el retumbar en mi pecho.

—¿Soy mala persona por no querer que seas feliz con Candela? —suelto sin poderme controlar.

Cierro la boca con fuerza, pero ya es tarde. Arturo mira al suelo y resopla por la nariz.

—¿Soy yo mala persona por alegrarme de que todo acabara mal con Ricardo?

La confesión me pilla desprevenida. Es algo que ya intuí al ver su reacción cuando le conté que Ricardo y yo no volveríamos a estar juntos, pero nunca esperé que me lo fuera a confesar a bocajarro.

Bueno, yo le acabo de decir que no quiero que sea feliz con Candela. Vamos empate.

Alza la vista hacia mí y esta vez sí que le sostengo la mirada. Las paredes que nos rodean parecen ceñirse sobre nosotros, la distancia que nos separa se acorta pese a que no nos hayamos movido. Entreabro los labios para tomar una bocanada de aire.

—Arturo, no deberías estar aquí —consigo decir con esfuerzo.

Porque, si hay algo que deseo con todas mis fuerzas ahora mismo, es que se quede . Él no deja de mirarme a los ojos; de repente parece estar retándome.

—Si quieres que me vaya, dímelo.

Aprieto los labios. Sé que debo ordenárselo, pero mi boca no obedece.

—Dímelo y me iré, Ginebra.

Lo fulmino con la mirada al ver una chispa en sus pupilas. Aprieto los puños con rabia y me acerco un paso a él, retándole de vuelta. Entorno los ojos.

—A veces te odio —siseo.

Arturo me mira con tanta intensidad que me atraviesa de lado a lado. De pronto se acaba la distancia, sus manos me atrapan por la cintura y me empujan contra la puerta. Mi espalda choca con la madera y, antes de que pueda respirar, su boca está sobre la mía.

El beso me arrasa, no hay espacio para pensar. Solo el calor de sus labios hambrientos, reclamando los míos como si todo el tiempo que hemos pasado reprimiéndonos explotara de golpe.

Gimo contra su boca y me aferro a su camiseta, tirando de ella mientras su cuerpo se pega al mío, duro y cálido.

Aprieta más mi cintura, como si temiera que me fuera a esfumar, pero soy yo quien lo acerca todavía más.

Su lengua se enreda con la mía y el mundo entero se disuelve.

Me he perdido en una marea de deseo que ya no sé cómo detener.

Lo aparto lo suficiente como para arrancarle la camiseta y dejarla caer al suelo. Su mirada se clava en mí, salvaje, y antes de que pueda decir nada vuelve a atraparme contra la pared. El beso se vuelve más feroz, más desesperado; ninguno de los dos está dispuesto a parar.

Ya no hay pasado ni futuro. Solo nosotros aquí y ahora. Esta noche nadie nos la va a arrebatar.