¿En tu siglo o en el mío? 31
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Ginebra

Los días de vacaciones pasan, y Arturo y yo nos dedicamos a ignorarnos. Vamos a ver la pirámide de Kukulcán y las ruinas de Tulum, buceamos en los arrecifes de coral y vemos a las tortugas, visitamos Isla Mujeres y nos unimos a una fiesta en un barco. Siempre junto a Paola y Rafa, nunca solos.

Los únicos momentos en los que nos quedamos a solas es por las noches, antes de entrar en nuestras respectivas habitaciones.

A veces nos quedamos unos segundos de más en el pasillo, cerca del otro, en silencio.

Yo le miro de reojo y él me devuelve la mirada.

No dura mucho, enseguida uno de los dos rompe el contacto visual y abre su puerta.

Cuando Rafa anuncia que se va a jugar la final de la Copa del Rey me doy cuenta de que hemos llegado a nuestro último día en el paraíso.

Se me forma un nudo en la garganta al pensar en lo poco que falta para perder a Arturo para siempre.

Echo de menos nuestras conversaciones, momentos y bromas, pero sé que no deben volver.

Al fin y al cabo, él volverá al pasado, beberá la poción del olvido y será feliz, pero yo me quedaré aquí con un montón de recuerdos atormentándome.

Debo protegerme manteniendo esta asquerosa distancia.

—¡Van a retransmitir el partido en la pantalla del hall! —le dice Rafa a Arturo, pasándole el brazo por los hombros—. Prepara la camiseta merengue, ¿te la has traído?

Arturo me dirige una breve mirada de auxilio, y yo aprieto los labios para no burlarme de él. Luego regreso mentalmente a la distancia. Es difícil evitar pequeñas fugas.

—Ya que los chicos van a quedarse a ver el fútbol, tú y yo podríamos tener una tarde de chicas —dice Paola, cogiéndome del brazo.

Playa del Carmen bulle de ambiente a estas horas de la tarde, hay música y alboroto por todos los rincones. Mi estado de ánimo no encaja aquí.

Paola y yo terminamos en un garito con vistas a la playa. Hay un grupo de mariachis tocando para los turistas, un detalle que empeora mi humor, porque me recuerda al baile con Arturo la noche en que nos besamos.

Mi amiga se empeña en invitarme a una ronda de chupitos de tequila. Me lamo la mano, la impregno de sal, bebo el licor de un trago, chupo la sal y muerdo el limón. Es adictivo.

Veo su mirada de cautela y sé que quiere husmear en mi relación con Arturo; va a lanzar la primera preguntita en cualquier momento. Por suerte, le entra una videollamada de la guardería perruna en la que ha dejado a su perro salchicha.

—¡Mira, es Óscar! —exclama, enseñándome la pantalla.

Lo llamó así por las salchichas Óscar Mayer. Cada día a estas horas los cuidadores la llaman. No me quiero imaginar a cuánto cobran la noche.

Dejo que le hable a Óscar como si fuese un bebé durante varios minutos. Cuando por fin cuelga, vuelve a mirarme y se pone seria.

Aquí llega el momento, ya no puedo escapar.

—Bueno, hablemos de Arturo.

No puedo evitar ponerme a la defensiva.

—No hay nada de que hablar.

—¡No seas así! ¿Qué ha pasado? Estabais genial, y de repente...

—Paola —la corto—. Ya te dije que lo nuestro no podía ser.

—Nadie, aparte de vuestra familia, tiene por qué enterarse de que sois primos. ¿Por qué es tan enorme el problema?

Apoyo los codos en la barra de madera pringosa, cierro los ojos y me masajeo las sienes. Necesito que Paola entienda que es mucho más imposible de lo que cree, pero no puedo decirle la verdad. Así que, simplemente, cambio de tema.

—Yo quiero hablar de Rafa.

Ahora es ella la que se pone a la defensiva, y con razón.

Estos últimos días he visto cosas que no me han gustado nada, y he estado esperando el momento para intervenir. Me da igual si se enfada conmigo.

—¿Por qué?

—No entendí la escenita de Tulum.

La guía que nos enseñó las ruinas de Tulum hizo buenas migas con Paola, y cuando acabó la visita se quedaron hablando un buen rato. Hasta que Rafa se fijó en que llevaba una pulsera de arcoíris en la muñeca y le dio un ataque de celos. Le montó un pollo a Paola y la avergonzó delante de todos.

Desde entonces no paro de pensar en que, si hizo todo eso en público, ¿cómo serán sus arrebatos en privado?

—Sabes que no lleva bien lo de que también me gusten las chicas, pero no es como crees —trata de justificarlo, igual que siempre—. Su ex le puso los cuernos con su amiga de la infancia, y eso le afectó mucho. Es normal que esté inseguro.

—No, no es normal que te trate así ni que lo pague contigo.

Se queda callada. Sigue sin mirarme a la cara. Finalmente yergue la espalda y alza la mano hacia el camarero.

—¡Otra ronda, por favor!

Nos quedamos en silencio durante varios minutos. Luego vuelvo a intervenir.

—¿Eres feliz con él?

Ella deja que su espalda resbale un poco por el asiento.

—No sé, Ginebra.

Me entra la tristeza al darme cuenta de que mi amiga no está tan bien como yo suponía. Antaño me habría dado cuenta muchísimo antes. Estos últimos años, entre trabajos, parejas y horarios, nuestra relación ya no ocupa el mismo lugar.

Cuando íbamos al instituto, incluso en la universidad, lo sabíamos todo la una de la otra. Si a alguna le pasaba algo, la otra se enteraba casi antes de que terminara de ocurrir. Conocía todos sus problemas, sus chismes y sus ilusiones. Todo.

Ahora también, pero no tanto.

Solemos estar ocupadas y, muchas veces, hay silencios largos entre mensaje y mensaje.

Ya casi nunca nos quedamos hasta la madrugada hablando por WhatsApp.

Detalles del día a día que antes nos compartíamos al instante, ahora los dejamos pasar.

Y hoy voy y descubro que hay problemas en su relación que he visto demasiado tarde.

Echo de menos la versión de nosotras que no necesitaba buscar un espacio en la agenda para existir. En un arrebato, le tomo de la mano. Ella me mira con sorpresa, poco acostumbrada a mis muestras de cariño.

—Si no eres feliz, no te conformes —le digo—. Desperdiciar la vida es un lujo que no nos podemos permitir.

Arquea una ceja rubia.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi amiga?

Se me escapa una sonrisa sin soltar su mano.

—Eso no es una respuesta.

Paola se inclina sobre mí y me da un abrazo. Rodeo su espalda y la estrecho con fuerza, porque noto enseguida que lo necesita.

—Es difícil —es lo único que dice. Su voz se rompe un poco.

Cierro los ojos y suspiro.

—Lo sé.

Cuando volvemos al hotel está atardeciendo. Paola camina apoyada en mi hombro. Ha bebido demasiado tequila, ya no sabe caminar recta y no para de decir tonterías.

—Oh, mira su cara de perro —me dice al oído cuando vemos, a lo lejos, a Rafa y a Arturo—. Ha perdido el Real Madrid.

Me alegro un montón. Que se joda.

—Vaya, qué pena.

Ella me dirige una mirada pícara.

—Siempre me ha gustado más el Barça, pero no se lo digas.

Al acercarnos analizo la cara de Arturo para intentar adivinar cuánto ha sufrido esta tarde. Parece tener la situación bajo control.

—¡Cariño! —exclama Paola, arrastrando las palabras.

Intenta darle un abrazo a Rafa, pero él la aparta.

—Ahora no, Pao, no estoy de humor.

Ella salta como una fiera, empujada por el alcohol.

—¡Pero a ti qué coño te pasa!

Se enzarzan en una acalorada discusión. Arturo y yo intercambiamos una mirada de circunstancias y nos alejamos.

Terminamos a unos diez metros, sentados en una tumbona de la piscina.

Los gritos de Rafa y de Paola se mezclan con la animada música de los altavoces; al parecer acaba de celebrarse una boda.

Veo a los novios bailar bajo la luz del ocaso. Ella ríe y le besa porque puede, porque lo que tienen está bien, y estarán juntos hasta que se mueran o hasta que decidan divorciarse. Tienen derecho a quererse y a ser felices.

«Qué fácil parece».

Apoyo los codos en las rodillas y la barbilla en la palma de las manos. Creo que Arturo me está mirando, pero no me atrevo a devolverle la mirada.

—Mañana volvemos a España —rompe el silencio.

—Sí. Y en dos días estarás de vuelta en casa.

Tarda un poco en responder.

—Sí.

Me pregunto si, al igual que él, yo también encontraré la felicidad en mi mundo. Si algún día seré como esa novia de enfrente, bailando y riendo junto al amor de mi vida.

Siento un peso en el estómago. Imagino que se me pasará, solo necesito tiempo para olvidar este desmadre.

Me giro a mirarle por fin. Grave error. En cuanto mis ojos se encuentran con los suyos se me encoge un poco el pecho.

—¿Rafa ha estado muy pesado hoy? —le pregunto.

Está siendo la conversación más larga de los últimos días.

—He optado por ignorarle —me confiesa con una media sonrisa—. Lo he dejado frente a esa pantalla y me he ido a pasear por el hotel.

—¿Con los coatíes?

—No esta vez. He hecho un amigo inglés.

—Oh —me sorprendo—. ¿Ya no son tus enemigos?

—Este era un hombre simpático. Igual tu madre vive cerca de sus dominios, creo que era un lord. Se ha presentado como Graham Carver de California. Yo le he dicho que soy Arturo Mendoza de Rocahumbría.

Aunque lo intento no puedo reprimir una sonrisa. Él me mira y levanta las cejas.

—¿Qué?

—Bueno, creo que mi madre vive algo lejos de sus tierras. ¿Cómo os habéis entendido?

—Él aprendió nuestro idioma junto a un tal Duoliso.

—¿Duolingo? —deduzco.

—¡Sí!, ¿lo conoces?

Se me escapa la carcajada que intentaba contener. Me tapo la boca, incapaz de ponerme seria. Por eso lo estaba evitando, cuando estamos cerca es inevitable que todo fluya... bien.

—Perdón —farfullo—. Me parece genial que ya no odies a los ingleses.

Me da un golpecito en el hombro que hace saltar todas mis alarmas. Especialmente por la sensación cálida en el pecho que siento después.

—No soy el mismo que cuando llegué.

Nos miramos a los ojos otra vez y mi corazón se acelera. Miro al frente, abrumada. ¿Por qué dice esa obviedad? Claro que no es el mismo. Ni yo tampoco. Ese es el problema.

La canción que bailan los novios acaba y todos los invitados aplauden. Enseguida comienza a sonar otra serenata.

—¿Y después de hablar con Graham Carver de California has vuelto con Rafa?

—No.