30 #2
Fingir que estoy bien mientras los cuatro nos bañamos en el cenote es una de las tareas más difíciles que he tenido en la vida. No me apetece saltar al agua desde la tirolina ni me interesa la explicación del guía sobre cómo los mayas sacrificaban aquí a los niños en la época de Arturo.
El agua se ve oscura, casi negra. Hay un abismo de sesenta metros bajo nuestros pies.
Seguro que aún hay esqueletos en el fondo, restos de esos sacrificios.
La escasa luz del sol se filtra por un agujero que se abre en la cueva, sobre mi cabeza.
Las raíces de los árboles chorrean hacia abajo como si fuesen brazos tratando de alcanzar con desespero la humedad.
Hay gente que tiene fobia a las profundidades, pero a mí me dan paz. Flotando sobre la oscuridad, apartada del grupo, es el único momento en el que consigo llenar de aire los pulmones.
Cuando Paola y Rafa se cansan de chapotear anuncian que van a subir arriba a probar los tacos de cochinita pibil del restaurante. Nado hacia la orilla con la intención de seguirlos, pero Arturo me llama.
—Ginebra, espera.
Me agarro a las escalerillas de cuerda y me volteo hacia él. Está apoyado en la roca de al lado, más cerca de mí de lo que me gustaría. Bajo la vista a su barbilla, incapaz de mirarle a los ojos.
—¿Qué te ocurre?
—Nada —farfullo, sin saber cómo ordenar todo lo que necesito decirle.
—No estás bien. Ha pasado algo.
—Tenemos que parar —suelto de golpe.
Arturo abre y cierra la boca, confuso.
—¿Qué...?
—¡Tenemos que parar! —repito, pero se me quiebra la voz—. Este juego que tenemos. No nos podemos volver a besar. No nos podemos hacer ilusiones.
Continúo esquivándole la mirada. Dejo que se acerque un poco más; me resulta inevitable desear el calor de su piel. Por mucho que ahora mismo me pese.
—No hay nada que quiera parar —responde con firmeza—. Tú tampoco quieres pararlo, ¿por qué dices esto?
—Arturo —lo interrumpo en un susurro—. ¿Qué estamos haciendo?
—Ginebra...
Me toma de la barbilla y mis ojos se reencuentran con los suyos sin querer. El corazón se me empieza a acelerar, así que me aparto con un movimiento brusco. «No».
—Me ha llamado Teresa —confieso—. Vas a ser feliz en tu matrimonio con Candela, te enamorarás de ella. También te irá bien en la guerra, vas a ser todo un héroe. Tu padre te admirará. Solo tienes que quitarme de en medio.
Arturo se agarra a la escalerilla, dejándome contra los peldaños y las cuerdas. Contengo la respiración. El agua que nos rodea es fría y calmada, pero en mi mente se ha formado un oleaje.
—No quiero ser un héroe de guerra ni tener un matrimonio dichoso con Candela. Y mi padre se puede ir a la mierda —suelta—. No quiero quitarte de en medio. Quiero intentarlo.
Mi corazón corre el riesgo de ablandarse. Lucho para que eso no suceda.
—Arturo, la profecía dice que si me eliges morirás después de la luna nueva. No hay nada que intentar.
—Ya conozco esa profecía, me lo contó Teresa —responde para mi sorpresa—. Y me da igual, no me la creo. Las brujas son dramáticas y exageradas. Debe de haber alguna manera de evitar ese final.
—Aunque se pudiera evitar...
—Isa y Teresa viven la mayor parte del tiempo aquí, ¿no?
—A ellas no les queda nada en el pasado, más que sacarle el oro a tu padre —replico—. Arturo, no vas a renunciar a tu vida por quedarte aquí conmigo.
—No tengo por qué renunciar a nada —insiste con ingenuidad—. Puedo atender a mis obligaciones como primogénito y regresar contigo todos los meses, cuando Teresa abra el portal. Me negaré a casarme. Puedo vivir entre ambos mundos.
O ha perdido la cabeza o no sabe pensar con claridad. Lo que plantea es una vida a medias, a lo único que podemos aspirar. Él se merece mucho más que eso. Los dos nos merecemos más.
—Arturo, ¿y si me contratan en el Museo de Historia Natural de Londres? ¿Cogerías un avión desde Valencia para poder verme durante uno o dos días y regresar corriendo antes de que se cierre el portal? ¿Así será lo nuestro?
Agacha un poco la cabeza, y su mirada se pierde en algún punto del agua. Quizá está valorando nuestra situación con realismo por primera vez. Sus hombros se hunden un poco.
—¿Qué propones entonces?
Aprieto la palma de la mano contra el esternón: me duele el pecho.
—Ya te lo he dicho. Parar.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Alejarte de mí durante el poco tiempo que nos queda?
Su voz ha sonado distinta, con un punto de dureza. Consigo responder sin vacilar.
—Sí.
—Dime que no sientes nada por mí.
Esa petición me desarma. No quiero tener que mentirle, pero sé que decir la verdad solo complicaría las cosas para ambos.
—No siento nada por ti.
Se me forma un nudo en la garganta nada más pronunciarlo.
—Mírame a los ojos.
Al principio no obedezco, sabiendo que si lo hago se desmontará la mentira.
Luego subo poco a poco la vista, hasta toparme con sus iris turquesa.
Se ven más oscuros que de costumbre; la falta de luz le dilata las pupilas.
Me mantengo impasible incluso cuando mi corazón se alborota.
Siento la urgencia de apartar la mirada, abrumada, pero me mantengo.
Lo peor es que, a pesar de los intentos, me juego lo que sea a que mis sentimientos siguen siendo evidentes.
—Está bien —rompe Arturo el silencio. Bordea mi cuerpo y sale del cenote, dejándome sola en el agua—. ¿Sabes qué? No te creo. Solo tienes miedo.
Un atisbo de rabia se prende en mi interior. Alzo el rostro para mirarle.
—¿Me estás llamando cobarde?
—Sí. Eres una cobarde. Sigues escondida bajo la coraza, teniendo miedo a querer.
Aferro las cuerdas de la escalera con tanta fuerza que mis nudillos se tornan blancos.
—He sido suficientemente valiente como para tomar una decisión. Algo que a ti te costaría porque eres demasiado ingenuo como para ver la realidad que te rodea y, para colmo, estás acostumbrado a tenerlo todo.
Me arrepiento nada más decirlo, pero no me retracto. Arturo tensa la mandíbula y asiente con la cabeza una sola vez.
—Está bien. Adiós, Ginebra.
La rabia se desinfla cuando me da la espalda y empieza a subir las escaleras de piedra que llevan al exterior, fuera de la cueva del cenote. Se me encoge el corazón. No lo llamo, no intento ir tras él. Me quedo en el agua un buen rato antes de decidirme a salir. He empezado a tiritar de frío.
Me dejo caer entre unas rocas; siento los miembros entumecidos.
Me abrazo a las rodillas, volviéndome una bolita, pero el frío no desaparece.
Antes de darme cuenta me deshago en sollozos: las lágrimas que llevo todo el día intentando contener brotan sin control.
Sé que lo que he hecho es lo correcto, pero no puedo sentirlo así.