30
Ginebra
Me despierto con una sonrisa tonta, recordando el beso de anoche. Revivo el tacto de sus labios contra los míos y escondo la cara en la almohada como una quinceañera.
Madre mía.
¿Y ahora qué?
Casi perdimos el barco de vuelta, tuvimos que regresar tan rápido que no nos dio tiempo a hablar sobre lo que había pasado. Lo que nos está pasando.
Son las siete de la mañana, pero no tengo sueño gracias al jet lag . Me levanto y reproduzco en el móvil Twenty two , de Taylor Swift. Me lavo la cara y me aplico la rutina de cremas sin sentir pereza, me lavo los dientes y me cepillo el pelo, tarareando de buen humor.
Una parte de mí sabe que, aunque nos hayamos besado, nuestros caminos siguen separados, pero entierro esa certeza bajo la capa de felicidad.
Apago la música cuando oigo que llaman a la puerta. Mi corazón se acelera pensando que es él, y corro a abrir deseando que no sea ni Paola ni el personal de limpieza. Al ver sus ojos turquesa intento no sonreír más de la cuenta, pero mis mejillas no obedecen.
—Hola —me saluda, tan contento como yo.
—Hola.
—Te he traído el desayuno.
Solo entonces me doy cuenta de que lleva una bandeja llena de tortitas con fresas y sirope.
Incapaz de seguir conteniéndome me pongo de puntillas y le planto un beso en la boca.
Lo empujo adentro de la habitación y cierro la puerta.
Deja la bandeja sobre la cama y luego nos caemos sobre el colchón, él encima de mí.
—He desacatado tus órdenes, reina autoritaria —me dice entre beso y beso.
—¿Qué has hecho esta vez? —río.
Me sujeta la cintura, levantando un poco la camiseta ancha que llevo a modo de pijama.
—He acariciado a dos coatíes y los he alimentado con tortitas.
Atrapo su labio inferior entre los dientes y doy un pequeño tirón a modo de reprimenda.
—¿Qué clase de reina autoritaria soy si nadie me obedece?
—No es culpa tuya, siempre he sido un rebelde —sonríe contra mi boca.
Nos incorporamos y Arturo acerca el plato de tortitas. Me pone una fresa en la boca. Suspiro de placer cuando el fruto me estalla en el paladar, ácido y dulce.
—Paola tenía razón, están buenísimas.
Mi mirada se encuentra con la suya y, por un momento, todo se detiene. De repente soy consciente de que estamos solos en mi habitación, en la misma cama. Mi corazón se acelera. Me pregunto cómo de lejos nos podemos permitir llegar. Creo que él está pensando lo mismo.
Arturo se inclina sobre mí y me besa. Yo apoyo las manos en su pecho y empujo hasta tumbarlo sobre las sábanas. Pego mi cuerpo al suyo. Sus manos se cuelan por debajo de la camiseta y me acarician la espalda; un escalofrío agradable me recorre la piel.
Entonces, unos golpetazos en la puerta nos sobresaltan.
—¡Ginebra, el bus sale en quince minutos! —anuncia Paola a gritos desde el pasillo—. ¡Espero que no se te haya olvidado la excursión de hoy!
Cierro los ojos con fuerza y entierro el rostro en el cuello de Arturo.
—¿Estás dormida, Ginebra?
—Noooo —respondo en voz bien alta para que me oiga. Arturo gira el rostro, creo que le he gritado en el oído—. Perdón —susurro.
—¡Despierta también a tu primo, que acabo de llamar a su cuarto y no contesta! Rafa y yo os esperamos en la entrada del resort.
Escucho sus pasos marchándose y me aparto de encima de Arturo.
—Venga, hay que prepararse —lo apremio—. Se nos ha hecho supertarde.
Él se aferra a mi camiseta, remolón.
—¿No podemos quedarnos aquí?
Tengo que luchar contra el deseo de acurrucarme entre sus brazos.
—Es una excursión demasiado cara como para perderla. Será interesante, ya lo verás.
—Tú también eres interesante.
Se me escapa una sonrisa boba mientras me pongo en pie y camino hacia el tocador para buscar una goma.
—No me cameles —le digo recogiéndome el pelo. Le miro de reojo y sonrío—. Vamos a ver un cenote.
Arturo me da un último pico y se marcha a su habitación para cambiarse de ropa. Me vuelvo a quedar a solas. Entonces el móvil empieza a sonar.
Teresa.
Intuyo que nos ha pillado en cuanto veo que es una llamada de WhatsApp en vez de una llamada normal. Ella siempre hace llamadas normales. Sabe que estamos en el extranjero.
Trago saliva antes de descolgar.
—¿Sí?
—Ginebra, no sé a qué estáis jugando —me dice con voz muy seria, sin ni siquiera saludar—, pero no tiene gracia.
—Teresa...
—Ya sé que estáis en México.
—Pero no pasa nada, volveremos justo antes de la luna nueva.
—¿Y luego, qué? ¿Crees que podréis estar juntos?
La pregunta me pesa como una losa en el estómago. Lo sabe. Teresa sabe lo nuestro.
—No sé de qué hablas.
Se hace un breve silencio. La oigo suspirar. Cuando vuelve a hablar su voz es más parecida a su tono de siempre, menos dura.
—No voy a fingir que no sé lo que sentís el uno por el otro. No finjas tú tampoco.
—Vale —susurro.
—Bien. Ahora sí que podemos empezar esta conversación.
—Nos hemos besado y no se ha acabado el mundo.
—Ya. Lo del fin del mundo era mentira —confiesa. Dejo caer los párpados—. Estaba intentando evitar lo que ha terminado sucediendo igualmente.
—Bueno, dime ya por qué me has llamado —me impaciento.
—Arturo está destinado a morir después de la luna nueva.
Ahora soy yo la que se queda en silencio. Me siento en la esquina de la cama, despacio. Siento las piernas pesadas.
—¿Por qué dices eso, Teresa? —farfullo.
—Es lo que dictan las predicciones que llevamos haciendo Isa y yo desde hace más de un mes. Tú siempre estás en medio. Es todo por ti. Tú eres la mancha en el futuro de Arturo.
Trago saliva y niego con la cabeza.
—Eso no puede ser verdad.
—Habíamos acordado no negar la realidad.
Entierro la frente en la palma de la mano, solo entonces me doy cuenta de que estoy sudando. Cierro los ojos y tomo aire; mis pulmones parecen encogerse a cada segundo.
—Debe de haber alguna manera de romper esa predicción y evitar que Arturo muera.
—La hay. Apartándote de su lado.
Parpadeo con fuerza. Las lágrimas amenazan con empañarme los ojos. Levanto la cabeza como si así pudiera contenerlas mejor.
—¿Y eso cómo lo sabes? —pregunto, pero suena más como una acusación.
—He visto cómo sería el futuro de Arturo si tú no hubieras entrado en su vida.
Estaba destinado a enamorarse de Candela, iba a ser feliz con ella.
Luego marcharía a la guerra y volvería a Valencia convertido en héroe.
Poco después surcaría de nuevo el mar, entre el fuego de cañones ingleses, y su nombre sería celebrado en las tabernas.
Se ganaría el respeto de Felipe II y de la nobleza española, incluido su propio padre.
Tendría tres hijos preciosos, heredaría el título de barón y viviría una larga vida como señor de Rocahumbría. Junto a Candela. No junto a ti.
Cada palabra que dice se me incrusta como un clavo. Ya no soy capaz de respirar sin que me duela, pero encuentro el modo de replicar.
—Él no quiere ser señor de Rocahumbría ni un héroe de guerra. No quiere esa vida.
—No la quiere porque todavía no la conoce —dice Teresa. Su voz se ha seguido suavizando—. A veces no somos la mejor opción para quienes amamos. Aceptar eso es una de las lecciones más difíciles de la vida. ¿Sabes por qué llevo dos décadas sin ver a mi hija Elvira?
—No.
—Tenía a la Inquisición a mis espaldas. Estaban capturando a compañeras, nos hallábamos en la cuerda floja.
Si el Santo Oficio iba a darnos caza, no podía poner en riesgo a mi hija manteniéndola cerca de mí.
La llevé a la ciudad y la dejé al cuidado de una familia burguesa, le enseñé a limpiar el taller, le di instrucciones sobre cómo debe comportarse una criada y la obligué a esconder la magia.
Realicé un conjuro para asegurarme de que estaría por siempre a salvo de los inquisidores, y, a cambio, renuncié a volverla a ver.
Por culpa de ese conjuro, cuando descubrí que podía venir al futuro y salvarnos a ambas, no pude traerla conmigo.
No la he vuelto a ver. ¿Crees que no ver más a mi hija era lo que yo quería, Ginebra?
—No —repito como una autómata.
—Claro que no. Me tortura cada día. Pero, en aquel momento, alejarme era la única manera de salvarla. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Siento la cabeza embotada. Son demasiadas cosas para asimilar en pocos minutos, aunque ninguna me pilla por sorpresa. Al ver que no respondo, Teresa vuelve a hablar.
—No formas parte de la vida de Arturo, ni de su gente, ni de su mundo, ni de su futuro. Aunque ahora quieras creer que sí. La gente enamorada tiende a creer cosas estúpidas.
Una lágrima solitaria me cae por la mejilla.
Intento responder, pero lo único que sale de mi garganta es un ruido ahogado.
Me quedo muda porque sé que Teresa tiene razón.
Ya he pensado en estas cosas antes, en el fondo de mi mente.
Siempre he tenido la certeza de que no somos lo mejor el uno para el otro, aunque me haya negado a aceptarlo.
Cuelgo sin despedirme, antes de que Teresa diga algo que me rompa un poco más. Me quedo inmóvil, con el teléfono en la mano. Llega un mensaje de Paola, metiéndome prisa porque están todos esperándome. Soy incapaz de reaccionar.
Arturo tiene un futuro brillante sin mí. Yo soy un ancla, un desvío. Se cruzó conmigo por error antes de participar en una justa, y no debería perderlo todo por ello. Soy un precio a pagar demasiado alto.
«Arturo está destinado a morir después de la luna nueva».
No puedo hacerle eso. No puedo permitirlo.
Me tapo la boca con la mano, y siento que voy a romperme. No quiero llorar. Me obligo a seguir conteniendo las lágrimas. He de mantener la cabeza fría, pero duele demasiado. Me duele pensar que tal vez lo más valiente que pueda hacer por él no sea amarlo, sino dejarlo ir.
Quizá amar también sea eso: reconocer que a veces no somos el hogar, sino la tormenta.