29
Teresa
Primero intentamos conjurar una poción del odio para eliminar el amor de Arturo por Ginebra, pero no salió bien. Así que conjuramos algo mejor: una poción del olvido nueva, con una fórmula tan potente que el primogénito olvidará que la quiere antes de que los sentimientos interfieran con la magia.
—Te esperaré abajo, no la vuelvas a cagar —me ordena Isa cuando llegamos al portal de Ginebra.
Esta vez el plan es más completo, Isa lo ha perfeccionado durante varios días.
Hemos preparado la tarta con somníferos de farmacia, porque no nos daba tiempo a preparar otro brebaje de sumisión.
Ahora tengo la orden de subir a la casa y decirles que, como Zampanchina echó a perder la tarta anterior, les llevo un pastel de manzana para que al menos lo puedan probar.
Cuando estén dormidos deberé atarles las manos y llamar a Isa para que entre en acción.
Ha contratado a matones nuevos. Según ella, mucho más preparados que mis bielorrusos.
Subirán y cogerán a Arturo y a Ginebra para cargarlos en el coche de Isa.
Después supongo que pasará lo inevitable: Isa los llevará junto al limonero y matará a Ginebra para reabrir el portal.
Después le dará la poción a Arturo y lo mandará de vuelta a su época para siempre.
Viviré carcomida por los remordimientos hasta el día en que me muera, pero por lo menos tendré el consuelo de que mi Elvira estará bien.
Cuando llamo al timbre del piso de Ginebra siento los hombros pesados y la tarta me tiembla entre las manos.
Escucho pasos acercándose y contengo la respiración.
Suena la cerradura. La puerta se abre y casi se me cae la tarta de la sorpresa al encontrarme con un hombre de mi edad.
Zampanchina Miaumiau aparece entre sus piernas y eriza el lomo al verme.
Me dedica un bufido la mar de desagradable.
—¡Hola! ¿Quién eres? —me pregunta.
—¿Quién eres tú? —balbuceo como una tonta.
Lejos de mandarme a la mierda, él se ríe.
—Roberto Calderón. Encantado.
«Ay, Teresa, qué vergüenza».
—Perdón, creo que venía a ver a tu hija.
—¿Crees?
—No, me refiero, estoy segura de ello. Le he traído una tarta.
Quiero que la tierra me trague. El hombre sonríe y baja la vista hacia la vianda. Tiene una sonrisa muy bonita.
—¡Huele bien!
—¿Dónde están Ginebra y el chico pelirrojo?
—¿No te lo ha dicho? —se sorprende—. ¡Se han ido a México!
La tarta se me resbala de las manos y cae al suelo. Suena similar a cuando se cayó la primera, pero esta vez sí que ha sido accidental.
—¡Perdón! —exclamo.
Me agacho a recogerla con el corazón acelerado, incapaz de asimilar la noticia. ¡¿Han marchado a las Indias?!
—No te preocupes, ¡yo también soy todo un torpe! —ríe el padre de Ginebra, ayudándome a llevar todos los pedazos de vuelta a la vianda.
—¿Cuándo vuelven? —le pregunto, incapaz de disimular los nervios.
—En una semana. ¿Te encuentras bien?
Me obligo a recomponerme.
—Sí. ¡Espero que se lo estén pasando genial!
Recuerdo el interés de Ginebra por conseguirle documentos a Arturo. Yo le facilité la dirección del Escribano y avisé al falsificador de que eran de confianza. Me dejé engañar y les allané el camino.
Lo que más me preocupa es qué hará conmigo Isa cuando se entere.
—Tienes mala cara —insiste Roberto—. ¿No quieres pasar y te preparo una tila?
—No, no. Gracias —farfullo—. Siento las molestias, ya me voy. ¡Adiós!
Doy media vuelta, camino del ascensor, pero su voz me detiene.
—No me has dicho tu nombre.
Giro el rostro hacia él.
—Teresa.
Roberto sonríe y asiente.
—Adiós, Teresa.
—¡¿Que están dónde?! —ruge Isa cuando se lo cuento. Ya estamos de vuelta en mi consulta de tarot.
He omitido el detalle de que yo les conseguí el contacto con el Escribano, he dejado que piense que consiguieron a un falsificador ellos solitos.
—Mira la parte buena.
—¿Dónde ves tú la parte buena?
—En una semana, cuando vuelvan, ya habrá luna nueva —me apresuro a replicar—. Podremos reabrir el portal sin que haga falta matar.
—¿Recuerdas la profecía? Arturo está destinado a morir después de esa luna nueva. Por eso teníamos que intentar traerlo antes. Por eso había que alejarlo de Ginebra. Ginebra era el detonante de ese futuro.
Me dejo caer en una de las sillas que bordean la mesa redonda, donde hago las tiradas para mis clientas. Alargo la mano hasta alcanzar la baraja de tarot y empiezo a mezclar las cartas de forma distraída, pensando.
—Nunca hemos intentado ver cómo sería el futuro de Arturo sin Ginebra de por medio —medito.
Isa mira las cartas que tengo en la mano y termina sentándose a mi lado.
—Venga, comprobémoslo.
El tarot es distinto a la bola de cristal.
Las respuestas llegan pregunta a pregunta, se van descifrando por separado y terminan formando un mapa conjunto.
El futuro de Arturo con Ginebra de por medio era un borrón oscuro y sin sentido, pero quitando a la chica de la ecuación todo vuelve a fluir.
Su matrimonio con Candela, la guerra, su futura felicidad, su nueva familia.
—Llama a Ginebra y cuéntaselo todo —me apremia Isa.
—Creo que una llamada a México costaría mucho dinero.
—Por WhatsApp. Desde internet es gratis —me explica como si fuese una inepta que todavía no comprende el mundo moderno.
Saco mi teléfono, convenciéndome de que esto es lo mejor.
—Ginebra es sensata —dice Isa—. Después de esta llamada será ella misma quien se aparte de él.
—Si de verdad lo quiere, no me cabe duda —suspiro.
Sin pociones, sin secuestros... podemos destruir su relación usando solo la verdad. Animada por la ausencia de sangre, busco el contacto de Ginebra y le doy al botón de llamar.