¿En tu siglo o en el mío? 28 #2
57%

28 #2

Abre la puerta y baja al suelo; yo hago lo mismo. Ya es noche cerrada. La luna menguante apenas ilumina el cielo, cediéndole el protagonismo a las estrellas.

«Sí que parecen una cúpula», pienso mientras aparto unas hojas de palmera.

La playa aparece ante nuestros ojos y nos quedamos mudos. Está vacía y en silencio, pero eso no es lo importante.

—El agua brilla —susurra Arturo, maravillado.

Corremos hacia la orilla para verlo mejor. Azul turquesa, fosforescente. La palabra llega sola a mi cabeza: bioluminiscencia. Un fenómeno que me interesó en su día, en mi primer año en la carrera de Biología.

Cada ola que lame la orilla deja un rastro de luz, como si el mar respirara estrellas. Cuando Arturo da un paso y toca el agua con el pie, una nube luminosa se enciende alrededor de su tobillo.

Se le escapa una risa incrédula.

—Parece magia.

—No. Es vida —suspiro, arremangándome el vestido para meter los pies.

Arturo aprovecha que lleva puesto el bañador para quitarse la camisa y zambullirse como un delfín. Su cuerpo deja una estela de luz en el agua que me deja con la boca abierta.

—¡Ven a bañarte! —me dice cuando saca la cabeza.

Levanto mi vestido para indicarle que yo no llevo el bikini puesto. Además, el vestido es nuevo. Y caro.

«Qué más da».

Me meto en el mar sin importarme que se moje y me reúno con Arturo. Muevo la mano en el agua, maravillada con los destellos. La luz azul se refleja en su rostro, en nuestros cuerpos. Sí que parece magia.

—He temido por mi vida, pero gracias por traerme aquí —le digo.

Una ola me empuja hacia él y lo demás sale solo: rodeo su espalda con los brazos y lo estrecho contra mí.

Arturo me devuelve el abrazo con cariño, acariciándome la espalda.

Después de todo el día evitándonos, esto se siente como volver a casa.

Entierro el rostro en su pecho, y por un momento nos convertimos en los únicos habitantes del planeta. Adán y Eva en el paraíso.

Su cercanía ya no me asusta, es lo único que anhelo. Su cuerpo apretado contra mí es el mejor sitio en el que podría estar. Todo a nuestro alrededor está en calma, incluso he dejado de oír el mar.

Arturo me separa un poco y me toma del mentón para mirarme a los ojos. Mi corazón se alborota.

—No creo que seamos un error.

La forma en que me mira mientras lo dice hace que el vértigo regrese. Por suerte sigo bien aferrada a su cintura.

—Teniendo en cuenta que no deberíamos habernos conocido, como mínimo somos un accidente —respondo en voz baja.

—Las mejores cosas de la vida son accidentes.

Apoya la frente contra la mía, cierro los ojos y tomo aire con fuerza. Siento su respiración en el rostro, nuestras narices se rozan. Me sujeto más fuerte a él; estoy temblando.

—Deseo besarte, Ginebra —susurra tan cerca de mi boca que las palabras me hacen cosquillas en los labios.

Se me entrecorta la respiración.

—Sabes que no se puede.

—Lo necesito por encima de todas las cosas. Tenerte cerca y no poder probarte es lo más doloroso que me ha pasado nunca.

Ahogo un suspiro. Yo me siento igual.

—Las consecuencias podrían ser...

Interrumpo la frase a la mitad. Ni siquiera yo quiero buscar la parte lógica ahora mismo.

—¿A ti no te duele?

Cierro los ojos más fuerte.

—Sí, me duele.

—¿Me deseas tanto como yo a ti?

Mi nariz vuelve a rozar la suya en una especie de caricia.

—Te deseo y te necesito —confieso por fin.

Arturo me sujeta el rostro entre las manos. Abro los ojos y lo veo contra el cielo nocturno, mirándome como si fuera una especie de diosa. Espero que no se dé cuenta de lo mucho que tiemblo.

Cierro los ojos de nuevo y salvo los escasos centímetros que nos separan. Mis labios se encuentran con los suyos con una suavidad que me sorprende. Arturo me besa sin prisa, como si supiera que este momento es sagrado y quisiera saborear cada segundo.

Mis manos suben a su cuello y me aferro a él, anclándome a la tierra. Su boca recorre la mía con cuidado; es tan cálida y dulce como imaginaba. Encaja a la perfección con la mía, igual que encajaron nuestros cuerpos cuando nos abrazamos por primera vez en la cocina.

Nos separamos un instante, y el corazón me retumba en el pecho. Él es el primero en decir algo.

—Parece que no somos tan importantes como para romper el mundo.

—Es una buenísima noticia —suspiro, volviéndole a besar.

Dejamos de tener miedo poco a poco. Entreabro los labios y mi lengua roza la suya, conociéndola por primera vez. El beso se hace más profundo, más lleno. Entre los dos se enciende una chispa que por fin encuentra aire para arder.

Mi cuerpo se curva hacia el suyo como si llevara años buscándolo.

Arturo me estrecha contra su pecho. Sus manos me recorren la espalda, llenas de deseo.

El agua a nuestro alrededor brilla con cada movimiento, celebrando este incendio.

Ya no pienso, no analizo ni me reprimo. Solo lo beso como si fuera la primera vez que el mundo tiene sentido.

Y sí, un beso sabe mucho mejor si es prohibido.

Nos separamos para tomar aire; nuestras respiraciones se agitan al compás. No decimos nada, solo sonreímos con ingenuidad. Porque esta noche es perfecta.

Mañana descubriremos que, aunque no se acabe el mundo, todo lo demás sí que está a punto de irse al carajo.