¿En tu siglo o en el mío? 28
56%

28

Ginebra

Paola está muy pesada insistiendo en que me ponga guapa esta noche. Me ha llevado a las tiendecitas de la isla, donde venden ropa por precios mucho más altos de su valor real.

—Solo es una fiesta en un chiringuito de playa, ¡por Dios! —refunfuño, comprimida contra ella en uno de los probadores.

—Pero mira qué bien te queda este vestido.

—Es una estafa para turistas, no voy a pagar esta barbaridad.

—¡Mírate en el espejo!

Levanto la vista de la etiqueta y la obedezco por fin. Es un vestido de tirantes de color champán dorado, largo hasta el suelo y con una abertura en la pierna. La tela fina se me pega al cuerpo y resalta mis curvas.

Paola se quita el pasador de orquídea que lleva en el pelo y me lo pone a mí, cerca de la oreja.

—Si no te lo compras, te lo compraré yo.

Aprieto los labios, sin apartar la vista de mi reflejo. Sí que me gusta mucho.

—Tú ganas, pesada. Me lo llevo.

La playa está adornada con luces, antorchas de fuego y farolillos. Unos mariachis tocan una balada en directo, junto al chiringuito. El ambiente está animado.

Entonces veo a Arturo y se me acelera el corazón. Tomo aire y trato de mantenerme indiferente; qué rabia que mi cuerpo tenga vida propia.

—Bueno, yo voy a pasar un tiempo con Rafa —me dice Paola.

La miro como si fuera una traidora.

—¿Me vas a abandonar?

—No vas a estar mal acompañada.

Sonríe y apunta a Arturo con la barbilla. Yo la fulmino con la mirada.

—Os dejo, tortolitos —canturrea antes de pirarse.

Arturo camina hacia mí e intento que el pánico no me domine. Cruzo los brazos tras la espalda y trago saliva.

—Hola —me saluda.

—Hola.

He conseguido que no me tiemble la voz. «Bien».

El sol está a punto de esconderse, los últimos rayos se reflejan en su cabello. Acerca la mano a mi rostro, roza la orquídea con los dedos y me la recoloca. Su mirada baja por mi cuerpo durante un segundo.

—Estás preciosa —dice, tomándome desprevenida.

Se me escapa una sonrisa boba.

«¿Qué haces, Ginebra? ¡Contrólate!».

—Gracias.

—¿Me permitís una danza?

Extiende su mano para sacarme a bailar; no consigo rechazarlo.

Nuestros dedos se entrelazan y mi cabeza da vueltas.

Cuando me pasa la mano libre por la cintura y me acerca a él, mis latidos se aceleran a un ritmo bochornoso.

Bajo la vista a su pecho, incapaz de sostenerle la mirada.

No puedo controlar lo que siento cuando está cerca.

Vuelvo a mirar a Arturo, conteniendo la respiración. Él esboza una sonrisa cálida que me tranquiliza. El turquesa de sus iris refleja el fuego y se vuelve verdoso.

—¿Sabes bailar? —me pregunta.

—Practiqué hiphop de pequeña, pero no creo que sea eso lo que tienes en mente —respondo con una risa tensa.

Su mano se afianza en mi cintura y, de un momento a otro, estamos girando sobre la arena.

Los pasos de Arturo son elegantes, aprendidos en algún salón de piedra con cortinas de terciopelo.

Yo no tengo ni idea de dónde poner los pies, pero me dejo llevar y consigo fluir con él.

Puede que estemos haciendo el ridículo, bailando como cortesanos al ritmo de una balada ranchera.

Seguro que ahora mismo encajaríamos mejor en Los Bridgerton que en esta isla mexicana, pero si alguien nos mira raro no me importa.

Pego el cuerpo al suyo, su brazo me rodea la cintura y todo alrededor se desdibuja. Giramos despacio y siento que el mundo da vueltas con nosotros. Antes me costaba mirarle, pero ahora no puedo apartar la vista de sus ojos.

De repente ya no tiene sentido seguir fingiendo que lo de ayer no significa nada. No fue un error casual. Los dos lo sabemos, ¿para qué negarlo?

—Ginebra, no quiero hacer como si no me pasase nada —dice, leyéndome la mente—. Porque sí me pasa.

Mi corazón late con fuerza. Apenas escucho mi propia voz cuando respondo:

—Nos ha pasado a los dos. Debemos de estar mal de la cabeza.

Arturo me hace dar una vuelta y vuelve a sujetarme la cintura. Mi mano derecha se entrelaza con la suya de nuevo, y apoyo la izquierda sobre su pecho. Noto su pulso acelerado a través de la tela de la camisa; me alegro de no ser la única.

—¿Por eso te alejas?

—Estoy asustada, Arturo —confieso.

Me acerca más a él, hasta que el calor de nuestros cuerpos se confunde. Su mano abandona mi cintura para acariciarme la mejilla. Hemos dejado de bailar.

—No tienes por qué ser un cactus. No hace falta que saques las púas conmigo.

—Lo sé —murmuro—. Ya habías derribado esa coraza.

Esbozo una pequeña sonrisa: acabo de soltar un peso enorme. Los ojos de Arturo me miran con un brillo diferente. Ahora estoy segura de lo bien que hemos hecho en dejar de huir de esto.

Me recorre la barbilla con el pulgar y yo bajo la vista a su boca. Él también me mira los labios. Por un momento creo que va a inclinarse sobre mí, y el vértigo se apodera de mi estómago.

—¡Órale, mi gente! ¡Ya se armó la fiesta! —Se escucha por los altavoces a todo volumen.

Arturo y yo nos separamos, aturdidos. Un DJ se ha apoderado del escenario junto a su equipo electrónico, los Mariachis están terminando de recoger. Estaba tan absorbida por Arturo que ni me había dado cuenta de que la balada había terminado.

El DJ hace sonar Limbo , de Daddy Yankee, y el ambiente cambia por completo.

Los grupos de gente que había dispersados por la playa o sentados en las butacas del chiringuito se ponen en pie y se acercan a bailar.

Dos personas estiran una cuerda frente a Arturo y lo miran, sonrientes.

Él les devuelve la mirada, sin saber qué quieren.

Tras su espalda se forma una larga fila de gente animada que no entiende por qué no se mueve.

Lo ayudo a salir del paso poniéndome la primera y pasando bajo la cuerda con la espalda arqueada, para enseñarle cómo se hace. Necesito arremangarme un poco el vestido; menos mal que la tela es elástica.

—A ver qué tal se te da esto —lo provoco en voz baja al pasar por su lado.

Arturo arquea una ceja, aceptando el reto.

—Bajad la cuerda —pide, y la gente de la fila jalea.

Flexiona las rodillas y consigue pasar por debajo, echando el torso hacia atrás.

—¡Así se baila en la Corona de Aragón! —exclama.

Todos se ríen y yo me cubro la cara con la mano.

Cuando me vuelve a tocar el turno la cuerda ya está bastante baja, pero aun así pido que la bajen más. No voy a quedarme atrás.

Me doblo como una muñeca poseída y contorsiono el cuello para evitar que mi nariz roce la cuerda. La gente vuelve a aplaudir cuando lo consigo. Me giro hacia Arturo y le guiño un ojo. Él me mira con la boca abierta, quizá preguntándose cómo lo he hecho.

Fácil: este era el juego favorito de mi madre cuando se emborrachaba en las fiestas a las que me llevaba a rastras en Inglaterra. Me enseñó todos los trucos.

La cuerda baja aún más, a un nivel casi imposible, pero Arturo lo intenta igualmente. Por un momento me sorprendo creyendo que lo va a conseguir, pero pierde el equilibrio y cae de espaldas al suelo. Dejo escapar una carcajada y voy a socorrerlo.

Le tiendo la mano para ayudarle a levantarse.

—Eres toda una maestra en el baile de la cuerda, Ginebra —me felicita.

—Y tú cada vez te integras mejor en el mundo moderno.

—¡Y que lo digas! Antes he aprendido a conducir.

—¡¿Qué?! —exclamo.

—¡No es un coche como el tuyo! Es pequeño, y sin paredes.

—¿Un boogie ? —adivino, pues en esta isla hay a montones—. ¿Has alquilado un boogie ?

De repente se saca unas llaves del bolsillo del bañador.

—Sí, creo que lo han llamado así.

—¿De dónde has sacado esas llaves? —me preocupo.

—Son de Pedro, el dueño del chiringuito. Me presta su boogie esta noche.

—¡¿Por qué?!

Él sonríe con inocencia.

—Ya sabes que suelo caer en gracia a la gente.

No termino de fiarme. Aun así dejo que me tome de la mano y me lleve a un lugar apartado de la fiesta. Veo el boogie aparcado en el lateral de un camino de tierra.

Arturo abre la puerta y me invita a subir como si fuese un carruaje.

—Me encantaría llevarte a un sitio.

Arrugo las cejas.

—Prométeme que no nos vamos a meter en un lío por esto.

—¡Ginebra! ¿Cuándo te he metido yo en un lío?

—¿Continuamente desde que llegaste?

Arturo se sube de un salto en el asiento del conductor, y yo me cruzo de brazos.

—Ahora mismo pareces un poco... ¿cómo decís los modernos? —se pregunta, intentando meter las llaves en el contacto. Doy un pequeño sobresalto cuando lo consigue y se encienden los faros—. Cagueta .

—¡Yo no soy una cagueta! —me defiendo—. Solo... ¡Arg! —exclamo, sin encontrar mejores argumentos. Me subo en el asiento del copiloto y cierro la puerta—. Arranca antes de que me lo piense.

La carretera está llena de agujeros, y el boogie no tiene cinturones de seguridad. Arturo y yo rebotamos en los asientos sin parar de reír. Él aprieta el pedal con ganas, y un nuevo acelerón me lanza contra el respaldo.

—¡No le pises tanto! —chillo, pero el viento tapa mis palabras.

El boogie brinca con cada bache. Damos tumbos por los senderos como si fuéramos canicas en manos de un niño nervioso. Esto es, con diferencia, lo más peligroso que he hecho en mi vida. No sé por qué resulta tan estúpidamente divertido.

—¡Vienen curvas! —exclama Arturo, agarrándose al volante.

Intento no caerme del asiento agarrándome al respaldo. Me doy un golpe en el codo, luego en la rodilla.

Entre gritos, carcajadas y saltos llegamos al borde de una playa. Arturo frena de golpe y el boogie se queda clavado en la arena.

Me aparto el pelo alborotado de la cara; debo de tener pintas de chiflada ahora mismo. Arturo y yo dejamos caer la espalda contra los respaldos, recuperando el aliento. Nos miramos de reojo y rompemos a reír otra vez.

Le doy un puñetazo en el hombro.

—Estás como una regadera.

—Solo una loca seguiría a un loco.

Nuestras risas se apagan poco a poco mientras nos miramos, y se me escapa un pequeño suspiro. Me obligo a reaccionar antes de que sea extraño.

—Bueno, ¿para qué querías traerme aquí?

—Pedro dice que tenemos que ver Punta Mosquito de noche.