27
Arturo
Ginebra me esquiva la mirada durante el desayuno, confirmando que nuestra situación se ha tornado incómoda. Está delante de mí, escuchando el parloteo de Paola con una bandeja en la mano. El concepto de este restaurante se llama «buf libre», o algo así.
Ginebra se detiene para ponerse un bol de fruta cortada en la bandeja y su pelo se agita cerca de mi rostro. Huele a lavanda. ¿Se ha echado un ungüento nuevo? Me mira de reojo durante un segundo, y yo giro el rostro hacia la ventana. El corazón me empieza a latir más fuerte.
He soñado toda la noche con ella. Sueños tan indecentes que nunca los relataré en voz alta. Eso tampoco ayuda a poder mirarla a la cara.
Cuando Ginebra vuelve a inclinarse sobre la comida distingo un pequeño hematoma en su cuello. Estoy seguro de que es obra mía. Paola se aleja porque Rafa la está llamando desde otra parte del restaurante, así que aprovecho para acercarme a ella.
Le aparto el pelo del cuello para ver mejor el morado. Ginebra me sujeta la muñeca y me dirige una mirada de advertencia.
—¿Te hice daño? —le pregunto por si acaso.
Deja caer los párpados como si acabase de decir algo tonto.
—¿Tenía pinta de estar sufriendo?
«Desde luego que no».
Por un momento vuelvo a sentirla pegada a mí, gimiendo entre mis brazos. Alejo la imagen antes de que mi cuerpo responda; no quiero recordar lo de ayer con tanta gente alrededor.
Le sostengo la mirada como si fuese una especie de reto. Distingo una chispa en sus pupilas, y me pregunto si ha revivido el momento ella también. Soy el primero en romper el contacto visual: ya no puedo mirarla a los ojos sin desear quitarle la ropa.
—¡Gin! ¡Tortitas con fresas en almíbar y sirope!
Paola ha vuelto con Rafa y un plato con una especie de tortillas finas.
—¿Has venido a México para comer fresas como las que crecen en España? —replica Ginebra.
Su amiga le pone el plato en la bandeja.
—Tú pruébalas y ya me lo agradecerás.
Rafa y Paola vuelven a la mesa con sus bandejas cargadas de comida, y Ginebra y yo nos volvemos a quedar apartados.
Trago saliva, sin saber qué hacer. Quiero arreglar las cosas, pero no sé cómo.
Ayer dimos un paso demasiado grande, sé que nada puede volver a ser como antes. Todo cambiará a mejor o a peor.
Siento una punzada en el pecho. No quiero que se aleje de mí, ni que vuelva a levantar las murallas que parecía haber derribado conmigo.
—Ginebra —carraspeo.
Me acerco un paso a ella, pero me detengo al ver que sus hombros se tensan.
—No fue tu culpa, Arturo —se adelanta como si le diese miedo dejarme hablar—. Fue mía, ¿vale? Yo empecé.
Me fijo en que aferra la bandeja con tanta fuerza que sus dedos se ven blancos.
—Así que, lo siento —añade.
Me da la espalda y se dirige a la mesa donde nos esperan Paola y Rafa. Tal y como temía, ha levantado murallas tan altas como las Torres de Quart y las de Serrano puestas unas encima de las otras.
La observo alejarse, mientras intento no fijarme en cómo se le balancea el pelo sobre la cintura. Cierro los ojos para dejar de verla y se me escapa un suspiro.
¡Qué tortura de mujer!
Nos vamos a una travesía con un grupo grande de viajeros.
En la entrada del hotel aparcó un autobús, que es como un coche pero alargado y gigante, con una fila de parejas de asientos a cada lado.
Era mi intención sentarme junto a Ginebra para intentar solucionar las cosas durante el trayecto, pero Paola lo fastidió todo:
—Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas —nos dijo justo antes de subir al autobús, sin soltar el brazo de Ginebra. Luego miró a Rafa—. ¡Así podéis conoceros mejor!
Ahora ellas están en la fila de atrás, hablando y riendo, y yo estoy en un aprieto: Rafa no para de hablarme de cosas raras. Champions, Mundial de Clubes, Real Madrid...
—Disfruto muchísimo con el Mundial de Clubes —le dije cuando el autobús arrancó, para que me dejara tranquilo—. ¡Larga vida al Real Madrid!
Fue un grave error por mi parte. Desde entonces lleva media hora hablándome del tema.
Busco el móvil con disimulo e intento salir del paso pidiéndole a Chat que me informe sobre fútbol, pero creo que este calor no le sienta bien.
Desde que bajamos del avión cada vez que le hablo responde: «¡Vaya! Parece que no tienes conexión».
¿Qué me intenta decir con eso? Entre él y Rafa me voy a volver majara.
—Todavía no supero nuestra victoria de la Eurocopa, está a punto de cumplirse un año.
Asiento con la cabeza. ¿Eso era lo de juntarnos a cantar una canción o la amistad entre reinos para evitar más guerras?
—Fue maravilloso, Rafa.
—No me podía tomar en serio a Mbappé con esa máscara, parecía una tortuga ninja.
¿Una tortuga qué? Válgame Cristo.
—Esa es mi especie de tortuga favorita.
Poco después el autobús se detiene y bajamos a tierra. «Por fin». Echo un vistazo alrededor: estamos en un embarcadero.
Localizo a Ginebra y la aparto de Paola en cuanto puedo.
—¡No me vuelvas a dejar solo con ese tío! —le suplico en voz baja.
—¿Acabas de decir «tío»? —se sorprende.
—Sí, es una palabra pegadiza y los modernos no paráis de utilizarla.
Ginebra echa un vistazo hacia Rafa y Paola para comprobar que están lejos y se inclina hacia mí, riendo.
—A ti también te parece insoportable, ¿verdad?
—Tremendo cansino.
Nos miramos con la complicidad que genera saber que nos desagrada la misma persona.
Será nuestro secreto. Luego recuerdo que estábamos tensos y que durante el desayuno apenas nos hemos mirado a la cara, y por su expresión deduzco que le ha pasado lo mismo.
Me apresuro a volver a hablar para evitar que la incomodidad regrese.
—¿Qué lugar es este? ¿Vamos a realizar una travesía en navío? ¿Veremos el mar? ¿La selva? —me atropello con las palabras.
Tomo aire con disimulo para serenarme. Si me pongo a parlotear cual cotorra solo lo voy a empeorar.
—Vamos a una isla llamada Holbox —me explica Ginebra—. Regresaremos al hotel a medianoche.
—Ey, tío —la voz de Rafa nos interrumpe. Me giro hacia él, molesto—. Acabo de comprobar los horarios. La final de la Copa del Rey se juega el último día que estamos aquí, a las tres de la tarde. Tenemos que buscar una buena pantalla en el hotel.
—Igual no pasa nada si nos lo perdemos.
—¡¿Estás de coña?!
Paola aparece detrás de él y nos cambia de tema. Entre ella y su amado, pierdo la oportunidad de seguir hablando a solas con Ginebra. Es un patrón que se sigue repitiendo en el navío, incluso al llegar a la isla. Somos un grupo de cuatro; no hay cabida para una conversación pendiente.
Tengo el cuerpo revuelto. Intento deleitarme con las casas de colores, con el sol y con el mar en calma.
Con los aromas nuevos. Un anciano arranca notas musicales a un instrumento extraño, bajo una palmera.
Los niños corren descalzos y chapotean en el agua, mientras los peces huyen nadando entre sus pies.
Ni con toda esta belleza consigo serenarme: mi cabeza no para de dar vueltas alrededor de Ginebra.
Decido separarme del grupo (de ella) a ver si así consigo respirar. Termino en un lugar llamado «el Chiringuito de la Playa»: tiene ese nombre grabado en una viga de madera en la parte superior de la cabaña.
—¿Qué quiere tomar? —me pregunta un sirviente tras el mostrador.
Comprimo en el puño los billetes coloridos que me ha dado Ginebra. Al principio no quería aceptarle el dinero, pero ella me ha dicho que en realidad es mío porque viene de la armadura. No son euros; estos se llaman pesos y parecen aún más complicados.
—Un buen vino tinto de uva Boval.
—No tenemos de eso, lo siento. ¿Quiere usted probar el mezcal?
Pone frente a mí una botella de vidrio llena de un licor incoloro.
—Se os ha colado un gusano dentro —le informo al ver el culo de la botella.
—Es intencional.
—¿Sabe bien?
—Está chido, sí.
Me encojo de hombros; no soy remilgado.
—Sírveme un vaso, por favor.
Me siento en el taburete y apoyo los codos en la barra pegajosa. Bebo el licor en un par de tragos y le doy vueltas al vaso vacío con el dedo. Miro hacia la playa de reojo, y veo a Ginebra leyendo al sol en una hamaca. El recuerdo de la piel suave de su cuello bajo mis labios me asalta sin permiso.
Entierro el rostro en las manos y me restriego los ojos.
Entiendo por qué dijo que no estuvo bien.
De verdad que no lo está. Ella tiene su vida aquí, yo tengo mi vida allá.
Cualquier acercamiento es inútil porque a nuestros destinos los separan cuatrocientos años de distancia.
Me van a obligar a olvidarla. Me casaré con Candela de Castro.
Alzo el vaso hacia el sirviente.
—¿Me sirves otra?
Por todas esas cosas está mal. Son argumentos de sobra. Sin embargo, por mucho que intente entrar en razón, no consigo convencerme. Sé que lo volvería a hacer mil veces más.
El sirviente me rellena el vaso y lo vacío del tirón. Me arde el pecho. Vuelvo a mirar de reojo hacia la hamaca, pero aparto la vista casi con rabia. Igual sí que fue malo seguirla hasta su mundo. Tenerla tan cerca pero a la vez inaccesible es un maldito castigo.
Cierro los párpados y veo de nuevo sus ojos marrones iluminados por las estrellas, su mano entrelazada con la mía. Por un momento siento que la odio por hacerme tan dichoso.
—Hola.
Abro los ojos y me encuentro con Paola. Se sienta a mi lado en la barra. Compruebo de un rápido vistazo que ni Rafa ni Ginebra estén cerca: él se ha metido en el mar y ella sigue leyendo en la hamaca.
—Hola —farfullo.
—¿Estás bien?
—Sí, ¿por qué no habría de estarlo?
—Estás emborrachándote a solas con... —Paola toma la botella y la acerca a su rostro para examinarla—. Mezcal y gusanos.
No sé cómo rebatir eso.
—Ya, bueno. Se me pasará.
—Sé que es por Ginebra.
Me da un vuelco el corazón, pero lo disimulo la mar de bien.
—¿Te ha contado algo?
Se le escapa un resoplido sarcástico.
—¡¿Contarme?! Gin casi nunca cuenta nada. Pero no hace falta, ¿sabes? Se ve a kilómetros. Aunque hoy os habéis despertado superraros. ¿Qué pasó entre vosotros ayer?
Miro para otro lado, nervioso.
—Nada digno de mención.
—Ya... bueno, ché, voy a hacer como que me lo creo. A lo que voy, es que estoy segura de que le gustas.
Mi corazón se alborota un poco. Me giro hacia ella con más interés del que pretendía mostrar.
—¿Te refieres a que siente algo por mí? —me aseguro, porque el vocabulario moderno es engañoso.
—Pondría la mano en el fuego. Verás, ella siempre ha sido... seria, y... fría. Pero desde que está contigo algo ha cambiado. Nunca la había visto tan feliz.
Las nubes de mi mente se disipan un poco. No sé si de verdad yo he tenido ese efecto en ella, pero me place pensar que es así. Clavo la mirada en el vaso y evito mirar a Paola.
—¿Tú sientes algo por Ginebra? —me pregunta.
Mis latidos se aceleran. «¿Qué siento por Ginebra?». Un vértigo tan intenso que solo con tenerla cerca siento que me voy a caer, pero aun así ardo en deseos de caer con ella.
Nunca nadie me ha permitido vivir el amor.
Cuando tenía diecisiete años mi padre me llevó a un burdel para «hacerme espabilar».
Como el crío inocente que era me enamoraré perdidamente de Juana, la prostituta, y le dije a padre que me quería casar con ella.
Él se burló de mí y me dijo que, llegado el momento, me acordaría un matrimonio con una buena dama.
Asumí temprano que nunca me casaría por amor. No fue ningún drama, ya que mis padres tampoco se amaban, ni siquiera intercambiaban más de dos palabras seguidas. En mi casa no había amor de ningún tipo; Beatriz y yo nos dábamos afecto familiar el uno al otro y sobrevivíamos.
Puede que ya no quiera sobrevivir con migajas. Creo que la vida es apasionada, y los humanos estamos hechos para amar. No veo por qué tendría que perderme eso.
Por Ginebra siento algo más fuerte que la tontería adolescente que tuve con Juana. Sé que, si me atrevo a imaginar una vida con ella, ya no querré otra cosa.
Paola vuelve a hablar.
—No hace falta que respondas, es obvio lo que sientes.
«Ay no, ay no, ay no...».
Esta es otra de esas veces en las que me estoy metiendo en la boca del lobo.
—Lo nuestro no es posible —le confieso, aunque lo digo más para mí que para ella.
—Ya, debe de ser complicado siendo primos. Pero yo os apoyo.
Suspiro por lo bajo. «Si tú supieras, Paola...».
—Hoy se ha distanciado de mí.
—Y puede volver a acercarse. Es mi amiga, la conozco. Déjame ayudarte a conquistarla.
Y ahora es el momento en el que salto a las fauces del lobo.
—¿Qué propones, Paola?
El sirviente se inclina sobre la barra, sobresaltándonos.
—Esta noche montaremos una pachanga aquí, en la playa —me dice en tono cómplice.
Al parecer ha estado gozando con nuestra conversación—.
Puedes aprovechar para ganarte a esa morra, sácala a bailar.
Una fiesta es el momento ideal para arreglar las cosas —exclama Paola.
Luego se rasca el mentón—. Pero no sé, creo que necesitas algo más. Ginebra es dura de roer.
—Y que lo digas —resoplo.
De golpe recuerdo una conversación que tuve con ella, en el Bioparc. Había parejas de amantes por todos lados, y ella me descubrió el concepto de las citas.
—Necesitamos una cita —decido.
Paola parece casi más entusiasmada que yo.
—Una cita en una isla preciosa, a la luz de la luna: ¡me encanta el concepto! Yo no me separaré de Rafa en toda la noche, Ginebra será toda tuya —dice guiñándome un ojo.
Vuelvo a sentir el vértigo al imaginarme a solas con Ginebra. «Otra vez». La voz racional de mi conciencia me vuelve a preguntar si de verdad acercarme más a ella es buena idea, pero no puedo hacerle caso.
No ahora.