26 #2
—¡Estamos vivos! —exclamo con el miedo aún en el cuerpo—. Seguramente por los pelos, pero estamos vivos.
Igual se necesita un contacto más fuerte o más prolongado para causar estragos.
—Estamos vivos —repite Arturo, aliviado—. Hay que tener más cuidado, igual la segunda vez no perdona.
De repente los dos nos volvemos hacia la selva que empieza justo detrás de los jardines, mi hombro contra el suyo. Nos quedamos en silencio mirando los árboles, como embobados.
—Acabo de asimilar que hemos cruzado el océano —dice Arturo.
—Creo que yo también —farfullo.
—Somos las primeras personas de nuestro linaje en pisar esta tierra.
—Sí. Estamos viendo lo que millones de nuestros antepasados no pudieron.
—Ni siquiera sabían que esto existía.
Wow . Visto así, parece que hemos hecho algo grande.
—Ginebra, algo me dice que por ahí —señala hacia los árboles— hay aventura.
—Por ahí hay mosquitos. Y barro.
—Y quizá una playa virgen esperando que la descubramos.
—O un guía del hotel diciéndonos que no se puede pasar.
Nos miramos. No sé si es el calor, el jet lag o la emoción, pero siento una risa burbujeándome por dentro. A él le pasa lo mismo. Lo veo en sus ojos brillantes.
—Aunque supongo que podemos explorar —accedo.
Arturo me coge de la mano y, de un segundo a otro, estamos corriendo como locos, riéndonos a carcajadas. Corre demasiado rápido, sin soltarme; casi me siento volar entre las palmeras.
—¡Más despacio! —ruego, atragantándome con la risa.
Nos metemos por un sendero estrecho entre palmeras y lianas. El aire huele a hojas mojadas, a vacaciones y a libertad. Me duelen las mejillas de tanto sonreír.
De pronto la selva se abre y nos deja en mitad de un espectáculo: arena blanca, mar turquesa, nubes esponjosas. Arturo se detiene en seco, provocando que me choque contra su espalda. Me apoyo en las rodillas para recuperar el aliento.
—Es tal y como lo describía Fernando —susurra Arturo, con la respiración agitada por la carrera—. Un mar tan turquesa que duelen los ojos al verlo.
Me quito las sandalias, dejo caer la bolsa de playa junto a un tronco caído y correteo hacia el agua. Siento como si volviese a ser una niña otra vez.
Arturo me sigue y me salpica; yo chillo y le salpico de vuelta. Le lanzo agua como una salvaje: esta victoria es personal. Él intenta atraparme, pero consigo escabullirme y me río tan fuerte que me duele la tripa.
Entonces lo veo: un poco a nuestra izquierda, detrás de unas rocas, hay un columpio de madera. Cuelga de dos cuerdas gruesas atadas a una palmera torcida. Un columpio frente al mar.
—¡Mira eso! —exclamo, y salgo corriendo otra vez.
Me subo de un salto. El asiento está tibio por el sol y rugoso del salitre.
Me coloco de rodillas y me balanceo, y al poco escucho cómo Arturo se acerca.
En vez de empujarme por detrás, se coloca delante y sujeta las cuerdas.
El columpio se detiene: ahora estamos cara a cara.
El universo acaba de hacer zoom sobre nosotros dos.
Sus manos permanecen en las cuerdas, a ambos lados de mi cuerpo.
Él no dice nada, yo tampoco. Me doy cuenta de lo cerca que estamos.
No sé si sus ojos están reflejando el mar o si siempre han sido así de turquesas.
Igual solo es la forma intensa en que me mira.
¿Él es consciente de que me está mirando así?
Se me acelera el corazón. Maldito músculo estúpido que reacciona aunque yo no quiera.
—Cuando te conocí nunca habría esperado que fueses capaz de reír y correr así —rompe el silencio.
Lo agradezco, porque a mí no me salían las palabras.
—Yo tampoco lo esperaba —reconozco.
Él sonríe y juro que el mar, por un instante, se queda quieto.
Su vista se desvía hacia mis brazos.
—Te estás quemando los hombros —me dice.
Es la excusa perfecta para romper este vértigo absurdo. Bajo del columpio, evitando el contacto visual.
—Cierto, deberíamos ponernos crema.
Voy a por la bolsa y extiendo una toalla sobre la arena. Arturo coge el bote de protector solar con curiosidad.
—¿Y este ungüento evita que el sol nos queme?
—Sí, habitualmente.
Me siento en la toalla y él hace lo mismo. A mi lado.
Ya está ahí otra vez esa sensación. La sensación de que, cuando se acerca, el aire entre nosotros vibra. Y entonces me invade el deseo absurdo de reducir esa cantidad de aire hasta fundirnos en uno.
Hasta ahora no me había dado cuenta de lo difícil que es luchar contra ese deseo. Quizá casi imposible.
—¿Quieres que te ponga la crema? —pregunta Arturo.
Mi boca toma el control y responde sin la aprobación del cerebro:
—Vale.
Igual nos podemos acercar sin llegar a quemarnos. Solo un poco. Me aparto el pelo de la espalda, despacio. Él se coloca detrás de mí.
—Desabróchame los lazos del bikini —le pido—. Para poner la crema mejor.
Aunque no veo su cara, sé que titubea. Finalmente, tira del cordón que sujeta mi bikini a la espalda. Lo escucho tomar aire con fuerza. Me roza la piel mientras desata el nudo, enviando pequeñas descargas por cada poro.
—Ahora el otro lazo —le digo en voz baja.
—Ginebra...
Aunque no lo diga de forma explícita, capto la advertencia.
—¿Qué? —me hago la loca.
Incapaz de resistirse, Arturo sube las manos hacia el nudo de arriba y comienza a desatarlo. El sujetador del bikini me cae sobre los muslos, dejándome desnuda de cintura para arriba. Arturo vuelve a tomar aire; cuando lo suelta me hace cosquillas en la nuca.
«Detén esto ahora mismo, sea lo que sea —grita mi parte racional—. ¿Has perdido la cabeza?».
Pero esa voz se diluye cuando Arturo me acaricia la espalda, rozándome la piel con las yemas de los dedos. Los dos nos hemos olvidado del protector solar.
—Tienes muchos lunares —observa.
—¿Te gustan?
Contengo el aire. Su dedo se detiene sobre el lunar que tengo en el omóplato, para luego moverse hacia otro que hay en la columna.
Los recorre como si quisiese unirlos por una línea invisible.
Luego me aparta un mechón de pelo rebelde, haciéndome cosquillas.
Pega la nariz a mi nuca; siento su respiración caliente y algo se me prende dentro.
Cierro los ojos e intento disimular mi respiración acelerada.
—Me gustas entera —susurra con la voz ronca.
Mi corazón empieza a latir como loco. Antes de poder asimilar esa respuesta siento sus labios contra la piel. Se me escapa un jadeo mientras me besa el cuello; el control que creía tener se escabulle en pequeñas fugas. Igual no era posible estar cerca sin quemarnos.
Da una pequeña lamida justo detrás de la mandíbula, luego besa otra vez. Ya no intento controlar la respiración, me abandono. Echo la cabeza hacia atrás, arqueándome contra su pecho, buscando más. Su piel, salada y caliente, se pega a la mía como si también me deseara.
Arturo atrapa el lóbulo de la oreja entre los dientes y da un pequeño tirón; un latido profundo y bajo me sacude por dentro.
Su boca sigue sembrando besos húmedos a lo largo de mi cuello.
Succiona suavemente, y por un momento temo que me deje una marca que Paola pueda ver y juzgar.
No me importa, no hago nada por interrumpirlo. ¿Cómo iba a interrumpirlo ahora?
Dejo que sus brazos me rodeen y me apresen contra él.
Alcanza uno de mis pechos con la mano, y se me escapa un gemido cuando me pellizca el pezón.
Lo masajea hasta dejarlo duro y erguido; una deliciosa sensación me recorre el cuerpo y se concentra entre mis piernas.
Paso un brazo por detrás de su cuello y giro el rostro hacia él.
Por un momento nuestras bocas están peligrosamente cerca de juntarse.
«No».
Incluso ahora puedo ser capaz de respetar un límite mínimo, o eso intento creer.
Una de sus manos baja por mi vientre, quemándome la piel hasta llegar a la parte de abajo del bikini. En vez de frenarle (como debería hacer), separo las piernas, invitándole a pasar. Cuela los dedos por debajo de la tela y mi cuerpo reacciona con un pequeño espasmo.
Cierro los ojos y comienzo a gemir con cada exhalación; su boca regresa a mi cuello. El calor de su lengua contra la piel, los dedos abajo, torturándome, moviéndose cada vez más rápido. Los introduce en mi interior y gimo más fuerte. Dios, este chico me va a volver loca.
Un sonido lejano de unas personas nos pone en alerta. Él me tapa la boca.
—Arturo, hay gente por la zona... —farfullo contra la palma de su mano.
—¿Quieres que pare? —me susurra al oído.
«Desde luego, sería lo mejor», insiste la voz cansina de mi cabeza. La ignoro por completo y suelto las riendas. Niego con la cabeza, indicándole a Arturo que siga.
Y eso hace.
Me retuerzo entre sus brazos, empapándome del delirio que me provoca. Cierro los ojos y empiezo a sacudir la pelvis al ritmo de sus movimientos, ansiando más, sufriendo por no poder tener suficiente de él.
El placer me atraviesa como una descarga limpia y feroz. Todo mi cuerpo responde, temblando. El incendio se expande hasta arrasar todo a su paso. Me arqueo sin pensar, sin controlar nada. El mundo se disuelve y por un instante me olvido de quién soy y de dónde estoy. Solo hay cuerpo. Solo está él.
Mis dedos se aferran a su cuello como si me estuviera cayendo. Arturo me tapa la boca con más fuerza para evitar que grite. Es una suerte que me tenga sujeta, porque me he quedado sin fuerzas.
Entonces el fuego se apaga y solo queda la calma.
Arturo me aparta la mano de la boca, despacio.
Entierro el rostro en el hueco de su cuello; tengo la respiración acelerada y la piel húmeda.
Él también está sudando. Me acaricia el cabello, y de repente tengo la certeza de estar justo donde debería estar. Donde quiero estar.
Mis latidos comienzan a acompasarse. Escucho los suyos y me doy cuenta de que latimos a la vez. Es una casualidad tonta, pero me gusta.
Tomo aire por la nariz, distingo el olor de la sal y recuerdo que estamos en el paraíso. El calor de nuestros cuerpos contrasta con la fresca brisa del mar. Escucho las hojas de las palmeras, meciéndose por el viento. Las olas rompiendo en la orilla, alguna gaviota.
Voces. También escucho las voces mucho más cerca que antes. Están a punto de entrar en la playa.
Arturo y yo nos separamos de golpe, cazo al vuelo la parte de arriba del bikini y me la pongo en tiempo récord. Me he levantado tan rápido que me he mareado, y ahora me están empezando a zumbar los oídos.
Un grupo de italianos con pinta de estudiantes irrumpe en la playa, rompiendo la magia que habíamos creado. Apenas reparan en nosotros; se meten al agua riendo y hablando a gritos.
Arturo y yo nos miramos, y de repente me invade el pánico.
Ahora que soy capaz de apartar la avalancha de emociones me doy cuenta de la gravedad de lo que hemos hecho.
Esto es mucho, pero mucho peor que lo que pasó la noche de la discoteca.
Y esta vez ni siquiera podemos justificarlo con el alcohol.
¿Qué explicación encontraremos entonces?
Se me forma un nudo en la garganta y me odio a mí misma por no haber podido resistirme. Por querer jugar, por... por sentirme así con él. Se me ha nublado el juicio por completo, tengo que recuperar el control de inmediato.
Empiezo a ver borroso. Parpadeo para obligar a las lágrimas a volver adonde estaban.
—Ginebra, ¿estás bien? —se preocupa Arturo.
Sacudo ligeramente la cabeza.
—Esto no está bien, no deberíamos...
Soy incapaz de terminar la frase. Hago lo menos maduro que puedo hacer: escapar. Atravieso la selva que me separa del resort, muerta de miedo, como si huyendo de él pudiera huir también de lo que siento.
No me detengo hasta estar de vuelta en mi habitación. Corro todas las cortinas, jadeando, y me convierto en un ovillo en el centro de la cama. No consigo llenarme los pulmones de aire, las paredes de la habitación caen sobre mí y me mastican.
«Me gustas entera».
¡¿Por qué ha tenido que decir eso?!
Encuentro una almohada, entierro el rostro en ella y grito.