¿En tu siglo o en el mío? 26
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Ginebra

Casi había olvidado lo mucho que me asusta volar. Arturo debería estar más nervioso que yo, pero parece muy tranquilo escribiéndose con ChatGPT sobre Dios sabe qué.

—Ya está, hay que ponerlo en modo avión —le digo, quitándole el móvil.

Estamos sentados juntos, una fila por detrás de Paola y Rafa. Le he dejado la ventanilla: total, seguro que le hace mucha más ilusión que a mí.

—¿Ya vamos a despegar?

—Sí, ¿cómo conoces el término? —me sorprendo.

—Ahora soy tan experto en aviones como Chat.

—Qué bien —farfullo.

Las azafatas empiezan a soltar el rollo de siempre. Cuando enseñan las máscaras de oxígeno, Arturo me dice al oído:

—Chat dijo que, si salen, es porque el avión ha perdido presión y ya no hay oxígeno suficiente. Y que solo pueden dar unos quince minutos de aire.

Esbozo una tensa sonrisa.

—Qué dato tan interesante, Arturo.

Todos los pasajeros se empiezan a abrochar el cinturón; nosotros hacemos lo mismo. Los motores del avión están calentándose con un rugido, y empezamos a movernos por la pista.

—El ochenta por ciento de los accidentes sucede al despegar y al aterrizar.

—¿Ah, sí? —respondo con la mandíbula tensa.

—¡Tranquila! Chat dice que es superpoco probable y que no nos preocupemos.

—Chat siempre dice lo que queremos oír —gruño.

—En realidad, no. Le pregunté si alguna vez se ha caído un avión del cielo y me habló del Air France 447 —me informa sin rastro de miedo.

Pronuncia «Air France» tal y como se escribe, pero como si tuviera acento en las dos «a»—.

Fue en un viaje entre Europa y América, como este en el que estamos.

El avión se estrelló en el Atlántico tras casi cuatro minutos de caída libre.

—Vaya —farfullo, secándome el sudor de la frente.

—Encima, el Atlántico es un océano muy peligroso. ¿Sabes lo que son las olas monstruo?

—¡No quiero saberlo! —exploto. Arturo me mira con sorpresa. Carraspeo, intentando ocultar los nervios—. Hay temas de conversación más interesantes, ¿no crees?

Él alza las cejas, comprendiendo.

—¡Temes al avión!

—Bueno, tanto como temer... —carraspeo—. Eso es una exageración.

El avión se coloca en la pista de despegue, y los motores se agitan y rugen de forma mucho más ruidosa. Incapaz de mantener las formas, me tapo la cara con las manos y empiezo a temblar.

Joder, qué vergüenza.

—¿Ginebra?

—No me mires —siseo, intentando sonar amenazante.

Pero él me aparta las manos del rostro con cuidado.

—Ey, escucha. Seguro que la tripulación del Air France no llevaba el cinturón abrochado. Nosotros sí. ¿Ves? —Roza con los dedos la hebilla de mi cinturón de seguridad, que reposa justo debajo del ombligo—. No va a pasar nada.

Su ingenuo intento por tranquilizarme me arranca una sonrisa. Desde luego que no es tan experto en aviones como cree.

—Cierto. Nada puede pasarnos si llevamos el cinturón.

Tras dudar un poco, Arturo extiende la mano hacia mí.

—¿Quieres coger mi mano durante el despegue?

Se me acelera el corazón, pero esta vez no es por miedo. Recuerdo cómo nuestros dedos se entrelazaron mientras veíamos el documental de las estrellas, las cosquillas que sentí en el estómago. Volver a sentirme así me aterra mucho más que el despegue.

—No... no hace falta, gracias —balbuceo—. Estoy mejor de lo que parece.

Entonces el avión coge carrerilla. Se me pega la espalda al asiento con el impulso del acelerón, ahogo un grito y cierro los ojos. Agarro la mano de Arturo sin pensarlo y aprieto hasta que le crujen los huesos.

El avión da pequeños saltitos sobre la pista, como un polluelo aprendiendo a volar. Luego despega del todo y nos elevamos hacia el cielo nocturno.

Aflojo el agarre poco a poco, sin soltarme de su mano todavía.

Me atrevo a abrir los ojos. Arturo ha pegado la nariz al cristal.

Por el hueco que no alcanza a tapar con la cabeza veo las carreteras, los edificios y los campos volviéndose más y más diminutos.

La civilización se convierte en miles de puntitos y cúmulos de luz, como un cielo estrellado pegado a la tierra.

—¿Así es como los pájaros ven Valencia? —murmura Arturo, fascinado.

—Supongo. ¿No te asusta que estemos tan alto?

—Me da paz —sonríe—. Qué pequeño es todo desde aquí arriba.

Sí, es otra manera de verlo. Arturo vuelve el rostro hacia mí, dejando a un lado las vistas. Levanta nuestras manos entrelazadas y se echa a reír.

—¡Tienes mucha fuerza para ser una doncella! Por un momento creí que ibas a romperme la muñeca.

Me río yo también; el pánico de antes comienza a diluirse. Entonces veo uno de los ojos azules de Paola entre los dos asientos de delante: la muy cotilla nos está espiando. Esboza una sonrisilla maliciosa y se gira. Yo suelto la mano de Arturo.

El miedo no regresa hasta un buen rato después, cuando veo que estamos sobrevolando Portugal. Pronto dejaremos el continente atrás y solo quedará... kilómetros y kilómetros de agua. Cierro los ojos y opto por dormir hasta que todo haya pasado, obligándome a no pensar en lo enorme que es el océano.

Durante las siguientes diez horas, sueño con las olas monstruo.

Contuve la respiración cada segundo que duró la comprobación del pasaporte de Arturo en el control de aduanas de Cancún. Finalmente, la mujer estampó el sello de México con fuerza entre sus páginas y garabateó una firma muy fea.

Segunda prueba superada con éxito. No puedo creer que ya solo nos quede disfrutar de las vacaciones.

—Es como si el sol me diera mordiscos para arrancarme la piel a tiras —se lamenta Arturo mientras entramos en el resort.

Apenas llevamos diez minutos al sol, pero ya se le está poniendo la cara roja. Paola se embadurna protector solar por los brazos y cuando acaba nos pasa el tubo.

—De nada —canturrea.

Cuando llegamos a la recepción del hotel me doy cuenta de que Arturo y yo tenemos asignada una habitación doble con cama de matrimonio.

«Ah, no, ni hablar».

—Quiero dos habitaciones individuales —le pido a la recepcionista.

—Eso tendrá un recargo de cuarenta y cinco mil pesos, señorita.

No quiero ni calcular cuánto es esa cantidad en euros. Saco la tarjeta, de mal humor.

—Lo sé.

Paola y Rafa están bostezando. A diferencia de nosotros, ellos no han dormido nada durante el viaje y es la una de la mañana en España. Aun así parecen querer aprovechar la tarde.

—Nos cambiamos y quedamos en la piscina en media hora —propone Paola.

Le entrego a Arturo su llave.

—Tú estás en la cuatrocientos diez y yo en la cuatrocientos once —le digo.

Cerca, casi juntos, pero no revueltos.

Los efectos del jet lag aparecen mientras me pongo el bikini amarillo nuevo. Me pesan un poco los párpados a pesar de haber dormido.

Alguien llama a la puerta-ventanal que da a la terraza.

—¿Ginebra? —escucho la voz de Arturo—. ¿Ya estás lista?

Veo su silueta a través de la cortina blanca.

—¡Casi! —exclamo.

—He encontrado un coco y un amigo.

Me anudo un pareo rosa a la cintura, descorro la cortina y abro el ventanal para salir a su encuentro. Arturo lleva un coco en la mano con una pajita y una flor falsa de decoración.

—Los cocos los dan en una especie de cabaña, cerca de.

.. —pierde el hilo de la frase al verme.

Su mirada baja a mis caderas y sube poco a poco por la cintura.

Se detiene en mis pechos durante varios segundos, hasta que parpadea y vuelve a mirarme a los ojos—.

De una enorme poza de agua a la que llaman alberca.

Dejo caer los párpados y pongo los brazos en jarras.

—Y espero que el amigo no sea un animal.

Esboza una expresión culpable que no augura nada bueno. Se agacha tras la valla que separa mi terraza de la de su habitación y, con el brazo con el que no sujeta el coco, levanta a un coatí.

—¡Arturo, suelta eso!

—Es una ricura —replica—. Se deja tocar y alimentar.

—¡Suéltalo antes de que te muerda! Es un bicho salvaje.

—No sabe de lo que habla, Rayitas —le dice al animal, acunándolo.

El coatí se empieza a revolver, y él lo baja al suelo junto con el coco. Rayitas sale corriendo.

—Pasa a lavarte las manos ahora mismo —le digo a Arturo, señalando el interior de mi habitación.

—Eres tremenda exagerada.

—No, tú eres tremendo inconsciente. No quiero que al volver esparzas una enfermedad caribeña por la Europa feudal.

«Aunque igual la inconsciente eres tú, por haberlo traído al Caribe en primer lugar».

Dejo que Arturo se lave las manos en mi baño. Cuando termina y sale caigo en la cuenta de que estamos los dos a solas en la misma habitación. Es justo lo que no quería que pasase. He pagado mucho dinero para evitar esta situación.

—Vamos afuera, ¿vale? —farfullo, nerviosa.

Una vez en la terraza le mando un mensaje a Paola. Pasan los minutos y no contesta. Le mando otro mensaje a Rafa, a regañadientes. Nada.

Han sucumbido al jet lag y se han dormido.

A Arturo no le ha afectado el cambio horario, aunque con la energía que tiene me habría sorprendido lo contrario. Y yo me he espabilado bastante con el susto del coatí.

Arturo recoge su coco del suelo y le da un sorbo a la pajita. Contrae el rostro y empieza a toser.

—¡Qué repugnancia! —exclama.

Se lo quito de las manos para comprobar si está exagerando. Me meto la pajita en la boca y le doy un buen sorbo; está muy rico. Arturo pega un manotazo al coco y este se me cae al suelo.

—¡Eh! —protesto, pero entonces me doy cuenta.

Me llevo una mano a los labios y miro a Arturo con los ojos muy abiertos: él parece tan asustado como yo. Acabamos de beber de la misma pajita.

No nos atrevemos a pronunciar una palabra, casi ni a respirar. Como si el mínimo movimiento fuese a desencadenar la catástrofe. Imagino algo así como el cielo resquebrajándose y nuestros cuerpos desintegrándose en partículas.

—¡Buenas tardes! —exclama un jardinero, haciéndonos brincar del susto.

Giramos el rostro hacia él, que parece extrañado de nuestra reacción.

—¡Buenas tardes! —respondo en cuanto me recompongo.

Vuelvo a mirar Arturo; soltamos el aire a la vez. Esperamos un par de minutos más por si acaso. No sucede nada.