¿En tu siglo o en el mío? 25
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Ginebra

Me siento mal por haber engañado a Teresa; al fin y al cabo, parece una buena mujer. Pero no podía contarle la verdad: que la policía no ha vuelto y que lo único que queremos es un pasaporte para ir a México. Sé que no lo aprobaría y que se enfurecerá cuando se entere.

Y con razón.

Sí que se me ha ido por completo la pinza para acceder a esto; por momentos me asusto y pienso en recular. Pero sé que no quiero.

El Escribano tiene su despacho en una barraca, cerca de la Albufera. A simple vista parece abandonada, con la fachada agrietada y las ventanas y la puerta tapiadas con tablones de madera. La entrada auténtica es una portezuela situada en la parte de atrás.

Llamo ocho veces en intervalos de cuatro y cuatro, tal y como me explicó Teresa al final de la cena, justo antes de volver a su casa. Nos dijo que avisaría al Escribano de nuestra llegada para que supiera que somos de confianza.

Cuando el hombre abre la puerta me doy cuenta de por qué nadie sospechó de él cuando desaparecieron las máquinas de su despacho: es un anciano de aspecto inofensivo, parece un profesor de universidad anticuado.

Menudo y enclenque, con unas gafas de culo de vaso que lo vuelven incluso menos amenazante.

—Teresa debió de avisarte de nuestra llegada. Somos Arturo y Ginebra —nos presento.

Se le escapa una risa seca.

—¿Como los de la leyenda de la mesa redonda?

No sé qué responder a eso. Supongo que nuestros nombres nos van a condenar una y otra vez a la misma broma.

—Claro que no —responde Arturo, entrando al trapo.

—¿Podemos pasar? Necesitamos el pasaporte, vamos con bastante prisa.

Se supone que tenemos que estar en Madrid al caer la noche, hemos quedado con Paola a las seis y Arturo todavía no puede viajar.

El Escribano nos permite el paso a su morada (o estudio, más bien) y vuelve a cerrar a cal y canto.

Le echo un ojo a lo que me rodea: estanterías que llegan al techo, archivadores, equipos electrónicos de distintas épocas.

Una lámpara industrial cuelga del techo, lanzando su luz amarilla sobre una mesa cubierta de documentos y un monitor de tubo encendido.

—Otro viajero en el tiempo, ¿eh?

—Sí —carraspea Arturo.

—Bien. Necesitaré una foto, una firma y cinco mil euros en metálico.

—Tres mil —regateo.

—Cuatro mil.

—Tres mil quinientos.

—Tres mil ochocientos.

Acepto a regañadientes. Este viaje a México me va a terminar saliendo por un ojo de la cara. Se lo debo a Arturo. Él me dio un piso, y yo lo llevaré al Nuevo Mundo.

En el altillo hay una especie de estudio de fotógrafo con un fondo blanco y una cámara profesional.

Mientras el Escribano le saca fotos a Arturo veo una estantería dedicada a documentación falsa de la Guerra Fría, y otra con manuales de identidad de países que ya no existen, como Checoslovaquia y Yugoslavia.

También tiene escáneres antiguos, una impresora de tinta profesional, una máquina de plastificar y fotos de pasaportes enmarcadas como trofeos.

—¿Qué nombre quieres que te ponga? —le pregunta el Escribano a Arturo.

—Soy Arturo de Mendoza.

—¿Segundo apellido?

—Silva.

—Serás Arturo Mendoza Silva, sin el «de» —decide el Escribano—. Suena más... mundano. ¿Cuándo naciste? ¡Espera, no hables ahora!

Arturo se queda muy quieto y el hombre saca la foto. Observa el resultado en la pantallita y asiente, conforme.

—Diez de diciembre de mil quinientos sesenta y tres —responde Arturo.

Escuchar su fecha de nacimiento me provoca una sensación desagradable. A veces se me olvida que viene de un mundo distinto al mío, y que algún día deberá regresar. Él no pertenece a este lugar.

—¿Qué edad tienes? —le pregunta El Escribano.

—Veintisiete.

El hombrecillo hace cálculos rápidos con los dedos mientras yo los hago en mi cabeza.

—Pondremos que naciste el diez de diciembre del noventa y siete.

«Ojalá fuera verdad».

Dos horas después, Arturo tiene un pasaporte falso que no se diferencia en nada a uno oficial, y yo tres mil ochocientos euros menos en la cuenta.

—Me gustan estos libritos —dice de vuelta a casa, en el coche. Ha manoseando tanto el pasaporte que me extraña que no le haya sacado brillo—. Gracias a ellos estoy aquí.

De repente recuerdo que se me cayó el pasaporte y él lo encontró.

Por eso me siguió hasta el limonero. Le miro de reojo y se me escapa una sonrisa.

Ha dicho «gracias a» no «por culpa de». Siento calor en las mejillas, espero no haberme ruborizado como una tonta.

Clavo la vista al frente y carraspeo para cambiar de tema.

—Vas a conocer a mi padre.

—¿Por qué razón?

Se me escapa una carcajada al percibir sus nervios.

—Tranquilo, no es como mi madre. Se va a quedar en casa mientras estemos en México, para cuidar de Zampanchina Miaumiau.

Cuando llegamos mi padre está ya esperándome en el portal.

—¡Nebra! —exclama al verme.

Me da uno de sus abrazos de oso; huele a café y a fritanga de bar. Acaba de terminar su turno de trabajo.

Presento a Arturo como un amigo. Todavía no le he contado nada de mi ruptura con Ricardo, pero se lo debe de oler. Arturo se queda sorprendido cuando le da un abrazo a él también, pero no parece incómodo.

Le enseño a mi padre el piso nuevo y le preparo una manzanilla con leche, como a él le gusta.

Dejo que descanse en el sofá; ha hecho horas extra y tiene sangre en los pies.

De niña a veces me enfadaba porque se iba a trabajar en vez de quedarse a jugar conmigo.

Lo culpaba por apenas estar en casa. Ahora me arrepiento.

—¿Qué tal van las oposiciones? —me pregunta, con la taza entre las manos.

Como él no es de los que juzgan, lo suelto sin tapujos.

—He renunciado.

—¡Nebra! —se sorprende.

—Voy a intentar que me contraten en el Museo de Historia Natural de Londres.

Él sonríe. Sabe que es mi sueño desde que era niña.

—Siempre supe que puedes conseguirlo. Lo que no sé es por qué dejaste tú de creerlo.

Me revuelve el pelo. Veo a Arturo tras él, que nos mira con una expresión que no sé descifrar. Algo parecido a la nostalgia.

Paola me manda un mensaje: vienen a recogernos dentro de una hora. Nos vamos a Madrid en su coche. Eso me da tiempo a terminar algo en lo que llevo días queriendo trabajar.

Dejo a Arturo y a mi padre en el salón; les he descubierto que a ambos les encanta Juego de tronos y se ponen a verlo en la tele. Me voy sola al escritorio del despacho, y desde aquí los oigo hablar sobre la serie. Incluso comparten personaje favorito.

Enciendo el ordenador y abro un documento que escribí hace mucho y que nunca mandé a ninguna parte: «Cartografía del eco fósil: Análisis microestructural de placas dérmicas en nodosaurios europeos y su posible función sensorial».

Reviso el estudio y la traducción que hice al inglés, después lo adjunto a mi currículum para mandarlo al Museo de Historia Natural de Londres. Le doy a enviar y cruzo los dedos.

Nuevo mensaje de Paola: «Casi estamos, id bajando».

Interrumpo la sesión de Juego de tronos de mi padre y de Arturo y le pido a este último que vaya bajando su maleta.

Esta mañana, antes de ir al Escribano, hemos ido a comprar ropa de playa para ambos y hemos hecho el equipaje.

Le enseño a mi padre dónde está la comida de Zampanchina y le doy indicaciones de cuándo darle los premios y dónde colocar por la noche el arenero.

—Nebra... —me dice cuando nos quedamos a solas.

Sé lo que me intenta decir, lo percibo en la incomodidad de su rostro.

—Sí, Ricardo y yo lo hemos dejado —respondo.

Él asiente. Imagino que su mente es un caos ahora mismo, con alarmas rojas sonando y manuales de cómo tratar a una hija con el corazón roto.

—Y... ¿estás bien? —pregunta con torpeza.

Le paso un brazo por los hombros.

—Sí, papá —río—. Estoy de maravilla.

El alivio es notable.

—Y Arturo es... ¿tu nuevo chico?

Me pongo seria de repente.

—No.

Él alza las manos.

—Vale, vale. —Me da un golpecito cómplice en el hombro—. Pero que sepas que me cae bien el chaval, ¿eh?

—Papá, no te hagas ilusiones.

Recojo mi maleta y le doy la espalda.

—¿Por qué?

—Porque nunca, jamás, vamos a ser nada.

Nos quedamos en silencio; tengo un nudo incómodo en el estómago. Finalmente, mi padre se acerca y me da un beso en la sien.

—Si tú estás feliz, yo estoy feliz —me dice—. Buen viaje, Nebra.

Paola no deja de parlotear durante las tres horas de trayecto hasta Madrid; incluso cuando me duermo contra la ventanilla la sigo oyendo en sueños.

Los viajes la estresan. Rafa no vuelve a abrir mucho la boca después del saludo, solo para quejarse de que tiene hambre.

Lo único que me gusta de él es que resulta fácil olvidarme de su presencia.

Cuando llegamos al aeropuerto de Barajas los nervios me vienen de golpe.

Imagino el escenario en el que el pasaporte de Arturo no está tan bien hecho como nos han prometido y nos detienen en la aduana.

Si nos detuviesen en la aduana de México sería mucho peor: hace tiempo vi las cárceles que tienen en el programa «Cárceles del mundo» y daban mucho miedo. No creo que sobreviviésemos allí.

Me pego a Arturo en todo momento mientras pasamos el control, diciéndole en voz baja qué tiene que hacer. Lo hace sorprendentemente bien y no se busca ningún lío.

Primera prueba superada.

Dejo que Paola tome el mando y nos guíe a todos hasta nuestra terminal, ya que es la experta en aeropuertos internacionales. Yo solo conozco el pequeño y confiable aeropuerto de Manises; aquí me siento diminuta y perdida. No paro de limpiarme el sudor de las manos en los pantalones.

Una vez en la puerta de embarque se me escapa un suspiro de alivio. Ya es noche cerrada y el avión sale en cuatro horas, lo que nos deja algo de tiempo para descansar en las sillas de plástico.

—Acompáñame a por una botella de agua —me dice Paola de repente, separándome del grupo.

Frunzo el ceño, dejándome guiar hasta el quiosco.

—A ver, qué quieres preguntarme —suspiro.

—¿Qué tal avanzan las cosas con tu primo?

Se me sube el bochorno a la cabeza.

—¿De qué cosas hablas? ¡No hay nada que avanzar!

—Venga, que sí —resopla ella, agarrando un botellín de agua absurdamente caro—. ¿Habéis follado ya?

—¡Paola! —exclamo, furiosa—. ¡Es mi primo!

—O sea, que sí —sonríe triunfal al ver mi reacción alterada—. ¿Fue al volver de la discoteca? ¡Seguro! Con lo acaramelados que estabais.

—Ves cosas donde no las hay —gruño.

Revivo la noche de la discoteca, en mi terraza, yo encima de él. Después de aquello acabé tan acalorada que apenas pude dormir. Sacudo la cabeza y me obligo a enfriar la mente.

—Gin, ya sé que es raro estar liada con tu primo, pero no te voy a juzgar —insiste Paola, cargando con papas, galletitas y chuches.

Cada cosa es más cara que la anterior, pero lo mete al minicarrito sin molestarse en comprobar los precios—.

La verdad es que te veo superbién últimamente, y eso es lo que me importa.

—¡Hola! —exclama Arturo a nuestras espaldas, asustándonos—. ¿De qué habláis?

—¡De lo caro que es todo en los aeropuertos! Qué cara tan dura —improviso trabándome varias veces.

—Y yo voy a pagar y a volver con Rafa, ¡nos vemos allí, chicos! —exclama Paola, dejándonos a solas.

Me rasco la nuca, avergonzada, pensando que quizá Arturo ha oído algo de la conversación. Enseguida me queda claro que no.

—Ginebra —susurra Arturo—, tengo muchas dudas que no podía decir con tus amigos delante porque intuyo que sonarán raras, como lo de Argentina y el Imperio español.

—Dime —respondo en voz baja.

Se inclina hacia mí, acorralándome sin querer contra la estantería de la tienda. Alzo la vista hacia él, abrumada por la cercanía.

—¿Por qué estamos en Madrid?

—Para poder ir a México —farfullo.

—¡Pero Madrid no tiene mar! Ni puerto.

Me tapo la boca con la mano, dándome cuenta del malentendido.

—Ay, Arturo, ¿cómo te piensas que vamos a ir a América?

Él saca el pasaporte de la mochila y me enseña una de las páginas vacías, en la que hay dibujada una flota española de su época. Tres barcos que imagino que representan la Pinta, la Niña y la Santa María.

—En uno de estos, pero mucho más moderno y veloz.

Me escabullo a la izquierda y me separo de él, dejando que el aire corra entre los dos. Lo cojo de la muñeca, y él me mira con sorpresa.

—Ven, anda —sonrío.

Lo llevo hacia los amplios ventanales, donde a pesar de la penumbra se aprecian las siluetas de los aviones.

—¿Vamos a subirnos en esas cosas? —se extraña Arturo. Luego se fija en las ruedecillas de abajo—. No sé cómo van a surcar el océano con eso.

—¿Recuerdas los pájaros de hierro que has visto en el cielo durante estas semanas? —Arturo se gira hacia mí con las cejas levantadas, atando cabos. Mi sonrisa se ensancha—. Se llaman aviones y son esas cosas . Vamos a volar.