24 #2
Isa parece mucho menos amenazante en WhatsApp gracias a su foto de perfil veraniega.
Es un selfi retocado con un programa cutre que le ha difuminado la cara para hacerle piel de porcelana y le ha pegado pestañas falsas y colorete digital (ella cree que no se nota).
Para colmo, lleva puesto ese bikini de tigre que tanto le gusta.
—Ya está, todo controlado —dice Ginebra, regresando al salón. Me vuelvo a guardar el móvil entre los pechos—. No quiere ayuda para cocinar. Es como si intentara probarse a sí mismo su valía friendo esos nuggets —ríe.
Como ya está la mesa puesta, nos sentamos en el sofá a esperar. De repente, parece inquieta.
—Teresa... tengo dudas respecto a la magia.
Esa no me la esperaba.
—Decías que no querías saber nada más.
—Ya, bueno, estaba asustada. Pero me gustaría entenderla.
—Es una fuente de poder que se manifiesta en forma de diferentes dones y que acompaña a algunas mujeres desde los inicios de la historia —le explico—. Pasa de madres a hijas.
Ginebra está jugueteando con un mechón de su pelo.
—¿Es hereditaria?
Me acomodo en el sofá. Los hombros se me distienden, y por un momento se me olvida que tengo entre manos una horrible misión.
—Así es. Las mujeres de mi familia estamos malditas desde hace más generaciones de las que se pueda recordar —le confieso, aunque no debería.
No quiero estrechar lazos con una chica que está a punto de morir—.
Cuando vi a la pequeña Elvira encender la lumbre en medio de una rabieta, supe que ella tampoco se había librado.
Le tocó uno de los dones más difíciles de esconder: la piroquinesis.
—¿Quién es Elvira?
—Mi hija —respondo, incapaz de ocultar el dolor—. Intenté que su padre no se percatase, pero la magia siempre se descontrola en la infancia. Con el tiempo madura, asienta cabeza, se vuelve recatada, difícil de desbordar. Pero Elvira tenía cuatro años.
Ginebra se incorpora un poco.
—Y... ¿qué le pasó?
—Todo se torció durante una cena. Mi niña estaba triste porque había muerto su conejo e hizo arder el alcohol de la copa de su padre. Solo viendo cómo reaccionó adiviné sus intenciones: no iba a permitir a una bruja vivir bajo su techo, iba a delatarnos al alguacil.
—La Inquisición —murmura con temor.
—Yo sabía que no era un buen hombre incluso antes de casarme con él, al igual que sabía que una campesina feúcha como yo no podría conseguir un mejor partido. Sin embargo, nunca dejaría que mi hija cayese en manos del Santo Oficio, e hice lo que tenía que hacer.
En este punto de la historia Ginebra ha dejado de juguetear con su pelo y se ha inclinado hacia mí. Tengo toda su atención.
—¿Qué hiciste?
Lo suelto de golpe.
—Silencié al padre de Elvira con belladona, y jamás me arrepentí.
El silencio cae como una losa tras mis palabras. Ginebra abre y cierra la boca, sin saber qué decir. La he impresionado. Yo también me impresioné mucho a mí misma en su momento.
—¡Ya está la comida! —exclama Arturo con orgullo, entrando al salón. Deja sobre la mesa una fuente llena de nuggets chamuscados y un enorme bol de patatas fritas de color marrón oscuro—. Y huele que alimenta.
Me levanto del sofá, pero la mano de Ginebra me detiene.
—Fuiste muy valiente, Teresa —murmura.
Se me vuelve a retorcer el estómago al imaginarla con la daga dorada de Isabel clavada en el pecho. Le esquivo la mirada y me dedico a responder un simple:
—Gracias.
Ginebra se reúne con Arturo y observa su creación con el ceño fruncido. Él apoya una mano en la mesa, dándose un aire interesante.
—¿Qué opináis, doncella? —le pregunta con el pecho henchido de orgullo.
—Las patatas quemadas provocan cáncer.
—Espero que sea algo bueno —sonríe él.
A Ginebra se le escapa una risa y se tapa la nariz para contenerse.
—¡Adelante! Ríete de mí.
—¡No me río!
—Claro que sí.
Él le pincha con el dedo en la tripa, arrancándole una fuerte carcajada.
—¡Te prohíbo usar las cosquillas en mi contra, Arturo!
Vuelvo a fijarme en la forma en la que se miran. Sería una mema si no me percatase de la electricidad que hay entre ellos. «Mierda». La situación va de mal en peor.
—Voy a traer la tarta a la mesa —carraspeo para sacarlos de su burbuja.
Solo me atrevo a respirar cuando entro en la cocina y los pierdo de vista. Apoyo las manos en la encimera, intentando coger aire. Esto es una tragedia, Arturo debe olvidarse de Ginebra y casarse con Candela de Castro lo antes posible. Cada segundo que pasa en este mundo es un error.
La gata se ha subido a la encimera, y está sentada cerca de la tarta de manzana envenenada. Sin poderme contener, le doy un manotazo a la bandeja y la tiro al suelo. Asustada por el estruendo, la gata huye dando un brinco y se escabulle.
—¿Qué se ha caído? —pregunta Ginebra desde el salón.
Me llevo las manos al pecho, jadeando. Observo los trozos de manzana con hojaldre espachurrados contra las baldosas. ¿Qué diantres me pasa? ¿Por qué he hecho eso? Cierro los ojos y respiro hondo, no es momento de reflexionar. En cuanto me recompongo un poco, respondo:
—¡Qué mal! Tu gata ha tirado la tarta.
—Incompetente —me acusa Isa, de vuelta en mi casa. Se ha convertido en su insulto favorito—. ¡Incompetente!
—La gata tiró la tarta, ¡no es algo que pueda controlar!
—¿Y ahora qué, eh? ¿Cuándo se volverá a presentar una oportunidad tan buena?
—Pueden invitarme a cenar otro día.
—¡El portal se cierra mañana!
Cierro los ojos, dándome cuenta de lo que eso supone. Isa lo pone en palabras por mí:
—Al final sí que tendremos que usar la sangre de Ginebra para reabrirlo.
—Hay un problema añadido —me atrevo a intervenir—. Algo que puede poner un palo en la rueda a nuestro plan.
—¡¿El qué?! —se crispa.
Ha levantado tanto la voz que retrocedo un poco.
—Creo... —trago saliva, con temor a decirlo en voz alta—. Creo que se están enamorando.
El rostro de Isa se descompone. La ira abandona su cuerpo y solo queda desazón. Se sienta en mi sillón y se restriega la cara con las manos.
Por supuesto, no es que sienta pena por ellos. El amor, cuando se junta con pociones, se vuelve impredecible. A veces incluso inutiliza la magia por completo. Y eso afectaría a la poción del olvido destinada para Arturo.
—Vale —asimila Isa. Asoma los ojos por encima de los dedos—. ¿Y tú no pensaste en ningún momento que esto podría pasar? Meter a dos jovenes a convivir en la misma casa durante un mes. ¡A quién se le ocurre!
Espero a que me vuelva a llamar incompetente, pero, para mi sorpresa, no lo hace.
—Sí que valoré esa posibilidad, pero la veía improbable —reconozco—. Es decir, no parecían caerse muy bien. Además, para curarme en salud, utilicé una farsa.
—A ver, ¿qué farsa?
—Les dije que si Arturo intercambiaba fluidos con alguien del presente podría acabarse el mundo. Para evitar que se enrollaran.
A Isa se le escapa un resoplido.
—¿Y se creyeron esa estupidez?
Por un momento no tengo ni idea.
—Creo que... ¿sí?
Mi compañera vuelve a resoplar y se levanta del sillón. Va directa a mi pequeña biblioteca de brujería, y yo la sigo con pasos torpes.
—¿Qué vamos a hacer? —le pregunto, esperando instrucciones.
Al ver los libros que empieza a ojear puedo adivinarlo. Magia negra para romper el amor. Rituales para implantar desprecio, desidia, hartazgo. Odio.
Los procedimientos son macabros: coserle los ojos a una rana y lanzarla de vuelta al pantano, sacrificar a un gallo y untar los nombres de la pareja en su sangre, enterrar sus fotos en un cementerio a medianoche...
Isa ha recuperado la determinación. Se gira hacia mí y me coloca un libro entre las manos, abierto por una página concreta.
—Hay que destruir ese romance.