24
Teresa
Veo que has decidido convertir tu espacio de trabajo en una pocilga —dice Isa en cuanto entramos en mi gabinete de tarot.
—Es que las últimas semanas han sido una pesadilla. Alguien me ha estado practicando vudú —le digo con rencor.
Ella no responde, aunque tampoco esperaba que lo hiciese. La rabia me consume por dentro.
—¡¿Por qué?! —estallo. Me levanto la camiseta y le enseño todas las marcas—. ¡¿Qué te pasa en la cabeza?! ¡No necesitamos más oro, Isabel!
Sus ojos oscuros se clavan en los míos con seriedad. Me bajo la camiseta y retrocedo medio paso.
— Yo lo necesito —dice con un tono de voz que no admite réplica. Aun así hago acopio de valor para protestar.
—Estoy segura de que tienes dinero más que de sobra.
El silencio que sigue no augura nada bueno. Isa continúa con la vista fija en mí, y percibo un destello de debilidad durante un segundo, una fuga. Su mandíbula tiembla un poco.
—Isa..., ¿en qué te has metido? —murmuro.
—Invertí todo el dinero que habíamos ganado durante estos años con el oro de don Francisco. Compré casi todas las acciones de una empresa emergente de inteligencia artificial.
Me pierdo un poco. Sé lo que es la inteligencia artificial, y lo de las acciones lo he oído por ahí, pero ni idea de para qué sirven. Isa está mucho más integrada que yo en el mundo moderno, y eso que yo me he adaptado bien. Lleva veinte años empapándose de él, estudiando, bebiéndoselo todo.
—Y... ¿qué pasó?
—La empresa quebró. Como usé apalancamiento, no solo he perdido todo mi dinero, también tengo una deuda. Van a embargarme el piso.
Asiento, intentando seguir el hilo como puedo.
—¿Entonces...?
—Si fracaso en la misión de devolver a Arturo al feudo y hacer que se case con Candela, don Francisco no me pagará mi peso en oro, así que mi vida en este mundo quedará arruinada. Y, al mismo tiempo, también se arruinará mi vida en el pasado, porque don Francisco ha prometido matarme.
Empiezo a entender la desesperación de Isa; no es mera avaricia. Sin embargo, que ella sola se haya metido en un pozo tan hondo me hace arder de indignación.
—¡¿Por qué hiciste eso, en primer lugar?!
—¿El qué?
—Lo de las... acciones. —La señalo con el dedo, furiosa—. ¡Solo querías más y más dinero! ¿Por qué?
Isa endereza la espalda. Es alta, parece mirarme desde arriba sin necesidad de alzar la cabeza. Tiene el porte de una aristócrata.
—Tú haces las cosas por tu hija, yo las hago por mí —responde con frialdad—. También es válido. A las mujeres no se nos permite hacer nada por nosotras mismas.
—¿Sabes qué mujer nunca podrá hacer nada por sí misma? La muchacha a la que has matado para venir hasta aquí —le reprocho.
—¡Ya está bien! —alza la voz—. Si quieres que el sacrificio de esa cría no sea en vano, metamos a Arturo por el portal antes de que se vuelva a cerrar.
Bueno, eso deja entrever una parte positiva.
—Entonces, si el portal ya está abierto, no hará falta matar a Ginebra.
—La mataremos igualmente —decide por ambas—. Según la profecía, ella era lo que se interponía en el futuro de Arturo. Sacándola del juego evitaremos cualquier riesgo. No me lo puedo permitir.
Levanto el mentón y decido imponerme.
—Ginebra no tiene por qué pagar por tu desesperación. Eres tú quien ha tomado malas decisiones.
Isa me da la espalda, despacio, y camina hacia el caldero donde conservo la poción del olvido.
—Elvira es muy feliz, por si te interesa saberlo —comenta con malicia.
No soporto oír el nombre de mi hija en sus labios, es un recordatorio más del poder que tiene sobre mí—.
Se casó con un buen hombre, el amor de su vida.
Sé dónde vive, la visité desde la distancia.
El conjuro que hiciste funcionó: tiene prosperidad para el resto de sus días. Aunque no pueda estar aquí contigo.
Se refiere a la decisión más difícil de mi vida: un hechizo en el que sacrifiqué el volver a estar junto a mi hija a cambio de que nadie, ni siquiera la Inquisición, pudiese hacerle daño.
Nadie excepto Isa, claro. Ningún conjuro que yo haga anulará el lazo de sangre que nos une desde que abrimos el portal hace veinte años.
Isa, la persona en quien más confiaba, quien era como una hermana, es también la única que podría dañar a Elvira.
Maldigo por millonésima vez haber separado a mi hija de mi lado años antes de descubrir que podíamos abrir un portal a otro mundo. Si lo hubiese descubierto antes, si el hechizo de protección no hubiese sido necesario, si ella pudiese estar en el presente...
—Sería una pena que esa prosperidad se viese frustrada, ¿no crees? —remata Isa la amenaza.
Aprieto los puños, reprimiendo la tentación de abalanzarme sobre ella y ceñir las manos en torno a su cuello.
—¿Por qué me haces esto?
No responde. No hace falta, yo sé el porqué: hasta ahora su vida nunca había estado tan enfangada. Fuimos compañeras en las buenas, pero no en las malas. A la hora de salvar su propio pellejo, Isabel es solo una superviviente.
Supongo que lo ha sido siempre, desde que de niña vivió cosas que jamás debería haber vivido, y vio horrores que no debería haber visto.
La observo echar ingredientes a la caldera; está preparando otra poción. Adivino lo que es sin que me lo diga: brebaje de sumisión. Cuando cocina una tarta de manzana y la condimenta con el veneno, me hago una idea de cuál es el plan.
—Ten. Es de mala educación llegar con las manos vacías a una casa ajena si te invitan a cenar —me dice, entregándome el pastel.
La casa nueva de Ginebra es pequeña, pero por lo menos es suya.
«Después de esta noche, ya no podrá disfrutarla más», pienso, y algo dentro de mí se rompe.
—¡Tarta de manzana! —exclama cuando les tiendo el pastel—. Es mi postre favorito.
Creo que no voy a ser capaz ni de probar la cena. Un gatazo blanco con manchas marrones y ojos amarillos me observa desde debajo de una silla. Eso mejora un pelín mi humor. Como buena bruja que soy, me encantan los gatos.
—Michi... —lo llamo, acercando la mano.
—No —me advierte Ginebra—. Muerde y araña.
—¡Qué exagerada! —exclama Arturo, recogiendo al animal del suelo—. No le hagas caso, Teresa. Zampanchina es la bondad hecha gata.
—No entiendo por qué a ti te quiere —bufa Ginebra, dándole un golpecito en el hombro.
Como si quisiese defender a su hombre, la gata alza la pata y trata de arañar a Ginebra.
—Igual es que tampoco le gusta tu peinado —la provoca Arturo.
—¡No seas falso! Admitiste que te gusta, ¿recuerdas?
Intercambian una miradita que hace saltar todas las alarmas dentro de mi cabeza. Arturo se ruboriza un poco.
—Bueno... puede ser.
Carraspeo y ellos se giran hacia mí como si acabasen de recordar mi presencia.
—Me alegro de que la convivencia esté yendo bien. —« Demasiado bien, me temo»—. ¿Qué hay de cena?
— Nuggets y patatas. Siento el poco glamour —dice Ginebra.
—Los voy a cocinar yo —añade Arturo, orgulloso.
Ella me mira con cara de circunstancias.
—Se ha empeñado en aprender a freír cosas.
Arturo se mete en la cocina y Ginebra y yo empezamos a preparar la mesa.
—Teresa, necesitamos ayuda —me dice mientras despliega unas servilletas—. La policía no para de venir a tocar a nuestra puerta, por lo del intento de secuestro. Es arriesgado que Arturo esté sin documentos, como lo descubran...
Uf, sí que sería un problemón. Sin embargo, por desgracia, no tiene que seguir preocupándose por eso.
—No es para tanto —trato que restarle importancia para que olvide el tema.
—Sí lo es. Como lo pillen lo llevarán al calabozo y no lo sacarán hasta identificarlo, cosa que, ¡oh, sorpresa!, no podrán. ¿Cómo planeas devolverlo a Rocahumbría si se encuentra bajo arresto?
Tiene tanta razón que me empiezo a agobiar. Reparto los tres vasos por encima del mantel, demorándome en contestar. Si esos bielorrusos hubieran hecho bien su trabajo, no tendríamos ahora el problema de la poli encima.
—Tú debes de tener documentos, e Isa también —vuelve a la carga—. Lleváis aquí mucho tiempo, ella era mi encargada. Tenéis propiedades a vuestro nombre. Debéis de tener DNI, quizá un pasaporte. No me creo que, desde que llegaste, no hayas viajado fuera de España ni una sola vez.
Me debato internamente sobre qué decirle. Decido optar por la verdad. Si todo acaba esta noche, da igual lo que le cuente. Y, si por algún motivo el plan fracasa y Arturo debe seguir aquí unos días más, sí que estaría bien curarnos en salud.
—Sí, tenemos documentos —respondo, alzando la vista hacia ella—. Falsos, por supuesto.
—¿Cómo los conseguisteis?
—Se hace llamar el Escribano, no nos fue fácil dar con él.
Ginebra sale del salón y regresa con papel y boli.
—Anótame su dirección.
Lo hago de mala gana, disimulándolo con una sonrisa.
—Es un falsificador de alto nivel. Funcionario corrupto; tiene acceso a los sistemas de registro de nacimientos.
—Entiendo.
—Puede crear una partida de nacimiento falsa para Arturo.
—¿Y también documentos oficiales? —pregunta. Termino de escribir la dirección y le tiendo el papel, ella se lo guarda en el bolsillo—. Me refiero a DNI, pasaportes... Cualquier cosa. Aunque, por supuesto, con el DNI nos bastará.
—Sí, tiene máquinas originales en su casa.
—¿De dónde las sacó? —se sorprende.
—A mí qué me cuentas —resoplo—. Apuesto a que las robó de su oficina.
—Y nunca lo pillaron.
—Ese hombre tiene maña. No es cualquier tonto. Además, es difícil que lo vieran venir.
Un estruendo como de sartenes cayendo interrumpe nuestra conversación.
—Arturo, ¿estás destrozando mi cocina? —exclama Ginebra.
—¡No! —responde desde la distancia. Al cabo de un rato, añade—: ¿Es normal que del cristal que se calienta salgan llamas?
Ginebra pega un salto y corre hacia la cocina, dejándome sola. Los pensamientos me carcomen con más fuerza. Casi brinco del susto cuando un mensaje de Isa hace que me vibre el móvil en el sujetador. Entro en el chat y veo lo que ha puesto:
«Te estoy esperando abajo, cerca del portal. ¿Ya los has envenenado?».
«Ni siquiera hemos empezado a cenar —respondo—. El postre suele ser lo último».