23
Arturo
Se llama cine, pero este es más chulo que los demás —me explica Ginebra mientras entramos al edificio redondo—. La pantalla, donde se ven las imágenes, es una esfera.
—¿Como la esfera donde reposan las estrellas?
Su sonrisa se ensancha. Desde que bajamos del coche parece ansiosa por mostrarme algo.
—Las estrellas no están en una esfera.
—¿Cómo que no? —bufo, incrédulo—. Entonces, ¿quién las sujeta? No pueden estar flotando.
—Ya lo verás.
Entramos a un habitáculo grande y redondo, donde filas de asientos se alzan a la izquierda. Ya hay otras personas sentadas por aquí y por allá. Ginebra y yo tomamos asiento; se parece a los sillones del coche.
Entonces, se apagan las luces y empieza la magia.
La cúpula sobre nosotros se ilumina y empieza a mostrar maravillas que ni siquiera me he atrevido a imaginar.
No hay orden divino ni cristal tallado por Dios, no existe estructura.
Hay fuego, remolinos, luces, sombras y pozos negros.
Hay colisiones, destellos, astros danzando alrededor de otros astros, abismos.
Otros mundos como el nuestro, otros enormes, todos distintos.
Es un caos hermoso y aterrador al mismo tiempo.
«Trece mil millones de años», menciona el narrador. ¿Cómo puede el tiempo tener tantos ceros?
Todo lo que me enseñaron, todas las verdades que daba por sentadas, se esfuman ante mis ojos y solo queda un vacío.
No somos el centro del universo. No somos nada.
Nunca ninguno de nosotros fuimos especiales.
Ni siquiera los papas, ni siquiera Felipe II con su armada.
Los astros se burlan de nuestros imperios.
Vuelvo el rostro hacia Ginebra. El cosmos se refleja en sus ojos y los hace brillar.
El narrador de la pantalla suelta una broma y ella se ríe.
Está absorta con las imágenes, pero yo lo estoy con su sonrisa, con sus ojos llenos de estrellas.
El vacío cobra un poco de sentido, deja de dar tanto miedo.
Me doy cuenta de que últimamente sonríe más que cuando llegué; ya apenas frunce el ceño.
Sus iris ruedan hacia mí y me pilla mirándola. El corazón se me acelera.
—La pantalla está delante, te lo vas a perder —me dice.
Trago saliva y miro al frente. Apenas puedo recuperar la atención. Al cabo de un rato percibo por el rabillo del ojo que ahora es ella quien me mira; al parecer también se le ha olvidado dónde está la pantalla.
Me acomodo en el sillón, arrimándome con disimulo.
Ella apoya la muñeca en el reposabrazos: nuestras manos por poco se tocan.
Parpadeo y trato de centrarme en la pantalla, pero mis esfuerzos se vuelven vanos cuando Ginebra me apoya la mejilla en el hombro.
Contengo la respiración, y un vértigo que nunca antes había sentido anida en mi estómago.
Su cabello me acaricia el mentón; es tan suave que necesito reprimir las ganas de acariciarlo.
Ginebra se acomoda con más confianza, y por un momento temo que escuche el retumbar de mi corazón.
Acerco la mano a la suya; nuestros meñiques se encuentran por fin. Cierro los ojos e inspiro su aroma: fruta de verano con algo dulce.
—¿Te gusta? —me pregunta en voz baja.
Abro los ojos y vuelvo un poco a la realidad. Por un momento no sé si se refiere al universo o a su perfume.
—¿El qué?
—¿Qué va a ser? El documental.
Señala al frente y cuando nuestros meñiques se separan, siento una punzada de desilusión.
—Es lo más fascinante y lo más horrible que he visto nunca —admito.
Vuelve a apoyar la mano en el reposabrazos, pegada a la mía. Mi corazón da un vuelco.
—¿Horrible?
Sin ser apenas consciente de lo que hago rozo sus nudillos con las yemas de los dedos. El resto de las butacas desaparecen, la gente también. Solo somos ella y yo entre las estrellas.
—Sí. Me acabas de enseñar que la vida no tiene sentido —murmuro.
Sus dedos se entrelazan con los míos, despacio. El vértigo se intensifica: voy a caer por un acantilado al más leve empujón.
—Pero eso no tiene por qué ser malo —susurra.
—¿Tú crees?
Vuelve el rostro hacia mí, y se me olvida por completo de qué estamos hablando. Sus ojos castaños, en la penumbra, parecen abismos negros como los que han aparecido en las imágenes. Bien serían capaces de absorberme, y yo me dejaría encantado.
Acaricio el dorso de su mano con el pulgar, ella entreabre la boca. Recuerdo lo suaves que se sentían sus labios sobre mi mejilla. Me pregunto cómo se sentirían sobre los míos.
Se encienden las luces y la gente aplaude. Ginebra y yo separamos nuestras manos y miramos hacia delante. El documental ha llegado a su fin. Tomo aire con disimulo y aplaudo yo también.
—Este era mi lugar favorito cuando era niña —me dice mientras caminamos en medio de un montón de cosas raras.
Me ha guiado hasta el edificio de enfrente del cine semicircular: lo llama «Museo de las Ciencias». Me detengo frente a una hélice gigante, llena de esferas de colores.
—Una cadena de ADN —me explica—. Lo llevamos dentro.
Frunzo el ceño, extrañado. Suena a disparate, como tantas otras cosas que he descubierto estos días.
—¿Venías aquí tú sola? —le pregunto.
—No, con mi padre. Gastaba lo poco que le sobraba al mes en hacerme feliz. —Esboza una pequeña sonrisa, absorta en algún recuerdo—. Fue después de que mi madre se marchara, nuestra relación mejoró. Al fin y al cabo, dejó de emplear todo su tiempo libre en discutir con ella.
Caminamos hacia un péndulo enorme. Observo el movimiento: adelante y atrás, adelante y atrás.
—¿También venías con tus amigas? —le pregunto.
Mi lugar favorito es el puerto, y siempre lo disfruto más con Fernando. Ginebra apoya los codos en la barandilla; el péndulo oscila hacia ella.
—No tenía muchos amigos —dice, bajando la voz—. Pero estaba bien con mi padre.
—Pareces tenerlo en alta estima.
—Mucho.
—¿No te da miedo ni grita? —me extraño.
—Claro que no —ríe—. Solo es papá.
Eso es casi tan desconcertante como la cadena de ADN. Ginebra se incorpora y tira de mi brazo.
—Antes he visto que hay una exposición temporal sobre mi biólogo favorito, ¡vamos a buscarla!
Resulta estar cerca del péndulo, y son un montón de lienzos erguidos formando un pasillo. Ginebra señala el retrato de un hombre.
—Se llama Charles Darwin —me dice—. En 1831 zarpó a bordo del Beagle y cambió la historia.
—Vio el mundo entero —me sorprendo al fijarme en los mapas de sus viajes. Están acompañados de dibujos a todo color.
—¡Sí! Recorrió selvas, montañas y mares embravecidos, desde las pampas argentinas hasta las islas Galápagos. Recolectó fósiles...
—¿Como los trilobites? —interrumpo sin querer.
—Trilobites y muchos otros. Vio tortugas gigantes, iguanas que nadaban como dragones y pinzones con picos distintos en cada isla.
—Acaricia con los dedos la ilustración de unas palmeras—.
Cada hallazgo era una pieza del rompecabezas que, años después, lo llevó a una idea revolucionaria: las especies no son fijas, evolucionan.
—¿Eso no contradice la Biblia? —me preocupo.
Se gira hacia mí. Veo esa chispa en sus ojos que tanto me gusta, la misma que se encendió cuando hablaba de los dinosaurios.
—Por eso es revolucionario.
Miro el retrato de Darwin con un nuevo respeto. Me gustan las personas que desafían al poder, sobre todo si es por defender algo en lo que creen. Al repasar los mapas del mundo me invade una repentina tristeza. Yo no puedo ser como él.
—¿Qué ocurre? —pregunta Ginebra.
¿Tanto se me nota?
—Nada, es que... el mundo es vasto y maravilloso —murmuro.
—¿Y?
—Estoy condenado a pasar el resto de mis días en un pedazo minúsculo de toda esta tierra.
Futuro señor de Rocahumbría. No puedo escapar de ese destino. No tengo hermanos mayores. Tampoco hermanos menores varones que pudieran ocupar mi lugar si desaparezco.
Mi mirada se detiene en unos pájaros de colores, volando libres sobre las nubes.
—Pero dijiste que subirías a un barco y zarparías a América —replica Ginebra—. ¿Por qué te rindes ahora?
Esbozo una sonrisa amarga.
—Una cosa son mis deseos y otra mi realidad.
—Igual hay una manera de mejorar tu realidad —insiste.
—Intercambiándome por Fernando, quizá —bromeo—. Podría pintarle el pelo de naranja y prestarle mis ropajes.
—¿Quién es Fernando?
Le doy la espalda a Darwin y me apoyo sobre su retrato.
—Mi amigo más querido. Viene de una familia de comerciantes. Ellos sí que son libres. Fernando no lo valora, él desearía ser noble y tener un título como yo.
—¿Viajan por el mundo? —pregunta Ginebra.
—Fernando ha visitado toda Europa y la China.
También partió hacia el Nuevo Mundo, su padre está estableciendo negocios en Cartagena de Indias y en Veracruz.
Dice que el mar allí es tan turquesa que duelen los ojos al verlo, y las costas son de color blanco.
Las palmeras lucen distintas, en vez de dátiles dan unos frutos duros y redondos.
—Cocos —adivina Ginebra.
—¡Eso! Cocos —sonrío. Se me escapa un suspiro, imaginando lugares que nunca conoceré—. Ojalá pudiera verlo.
Al girar el rostro hacia Ginebra veo que me está mirando de forma extraña. Se muerde los labios y arruga las cejas, como si sufriese algún dilema.
—¿Va todo bien?
—Eh... —farfulla. Abre y cierra la boca, como si estuviese decidiendo qué decir—. Sí. Es que... Bueno, nada.
Arqueo una ceja.
—¿Nada?
—¡O quizá no! —exclama, dejándome cada vez más confuso—. Creo que tengo una idea. Una nefasta idea.
—¿Qué idea?
Rebota ligeramente sobre las puntas de los pies; de repente parece una niña ilusionada.
—Me estoy volviendo loca. Muy loca.
—¡Dime ya qué idea es esa! —me impaciento.
Entonces niega con la cabeza.
—No, olvídalo, es una locura demasiado grande. No es propio de mí.
Me cruzo de brazos, aguantándome las ganas de reír.
—Las locuras grandes son las mejores.
—¿Tú crees? —replica, nerviosa. Cierra los ojos con fuerza y, como si le diera miedo pararse a pensarlo más, suelta de carrerilla—: Vale, dame un momento. Tengo que llamar a Ricardo.
Siento una punzada desagradable al oír ese nombre.
—¿A Ricardo?
Creía que ya lo habían hablado todo esta mañana.
—Sí, y a Paola también. ¡Ahora vuelvo!
No sé qué esperar. Ginebra se va corriendo y me deja solo entre los lienzos. Frente a mí, un armadillo parece mirarme con la misma perplejidad. Ella regresa un buen rato después, cuando se me empiezan a cargar las piernas de estar tanto rato en pie. Ahora parece todavía más atolondrada que antes.
—¡Hecho! —exclama, aunque no sé a qué se refiere—. Tenía que preguntar a Ricardo si me vendía su billete y avisar a Paola de que al final sí vamos con ella.
—¿Ir adónde? —pregunto, intentando seguir el hilo.
Ginebra toma aire y lo libera: consigue serenarse un poco. Sonríe y extiende la mano hacia mí como si quisiera sacarme a bailar.
—¿Te gustaría ver el Nuevo Mundo conmigo?