¿En tu siglo o en el mío? 22 #2
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—No quieres intentarlo —asume, bajando la voz.

Vuelvo a negar con la cabeza. Se me ha formado un nudo en la garganta, empiezo a ver borroso. Parpadeo para espantar las lágrimas, pero no puedo evitar que una resbale por la mejilla. Él también está llorando.

—Cariño... —gimotea. Por el tono de su voz sé que sabe que no hay nada que hacer.

Me quito el anillo con dedos temblorosos y lo dejo sobre el sofá.

—Adiós, Ricardo.

Llevo una hora llorando sin parar. He intentado pasear por los jardines de la Ciudad de las Artes y las Ciencias para que se me pase el sofoco, pero he terminado acurrucada entre las raíces de un árbol. Por suerte no hay casi nadie a mediodía, solo algunos guiris en bicicleta.

Estoy asimilando el adiós definitivo, el cierre de una etapa que hasta hoy no se había cerrado del todo. Voy a echar de menos a su familia funcional, sobre todo a su madre. Qué fácil es perder una familia cuando no es tuya de verdad.

Para mi propia sorpresa, termino llamando a Paola. Por primera vez en mi vida comparto con alguien mi dolor. Le cuento todo lo que ha pasado sin pensar en si su vida es más perfecta, o en si es humillante que Ricardo se pillase por otra, o en si parezco una tonta aquí llorando en un jardín.

Ella me escucha y deja que me desahogue. Poco a poco me voy sintiendo mejor.

—Estoy muy orgullosa de ti, Gin —me dice de repente, cuando ya he conseguido parar de llorar.

—¿Por qué? —farfullo.

—Por no pasar por esto tú sola.

Sí, me podría acostumbrar a no tragar y digerir sin ayuda todo lo malo que llega a mi vida.

Me despido y cuelgo el teléfono poco después.

Recuesto la espalda en el tronco del árbol e inspiro el aire por la nariz, despacio.

Lo suelto poco a poco y miro a mi alrededor.

Los edificios blancos y futuristas se alzan tras los árboles, con esas siluetas curvadas e imposibles que relucen bajo el sol.

El césped está salpicado de flores y zumban las abejas; hace un día precioso de primavera.

El edificio central, el Hemisféric, parece observarme con su forma de ojo.

Por dentro es un cine esférico. Unos carteles gigantes anuncian un documental sobre planetas, y observo los anillos de Saturno y la bruma brillante que es la Vía Láctea. Me gustan las estrellas.

Me llevo una mano al pecho, vuelvo a respirar. No creo que mi vida vaya mejor, pero al menos ahora estoy en paz.

Me termino de despejar en el trayecto de vuelta a casa: un subidón de adrenalina se ha apoderado de mí mientras conducía.

Ya no quiero conformarme con un amor que no me haga bailar de alegría, ni con un trabajo que no deseo, ni con una vida que no me entusiasme tanto que ni en cien años tenga ganas de morir.

Cerrar la puerta a Ricardo no es el fin del mundo, puede ser el inicio de algo mejor.

—¿Qué tal ha ido? —me pregunta Arturo en cuanto entro por la puerta.

—De maravilla —suspiro.

Camino directa al escritorio que instalé en el despacho, recojo las montañas de papel que forman los apuntes de las oposiciones y los empiezo a tirar a la basura. Arturo me observa desde la distancia, perplejo.

—¿Qué haces?

—Soy paleontóloga, no maestra —respondo, lanzando a la papelera las últimas libretas—. Quiero investigar, descubrir cosas importantes. No estudié algo que me apasiona durante siete años para dar clase a unos adolescentes.

Cuando no queda un solo papel en la mesa me invade el pánico. Por un momento estoy a punto de recuperar todos los apuntes y sacarme estas ideas locas de la cabeza a martillazos. Se me está yendo la pinza.

Agarro la papelera con ambas manos y me giro hacia Arturo.

—¿Te gusta quemar cosas? —le pregunto.

Él parpadea.

—Ginebra, ¿te encuentras bien?

—Creo que sí.

Vamos a la terraza y quemamos el contenido de la papelera lanzando una cerilla dentro.

Meses de trabajo y estudio convirtiéndose en cenizas.

Ahora sí que no hay marcha atrás. La Ginebra de dieciocho años que está en primero de carrera y aún cree en sus sueños está aplaudiendo como loca; la Ginebra de veintiséis que tiene la vida patas arriba quiere gritar y tirarse de los pelos.

Arturo y yo observamos cómo los papeles se retuercen y consumen; parecen pequeños seres sufriendo. Estamos de pie uno al lado del otro, observando el fuego con veneración, como si fuera un ritual.

—Entonces... ¿gracias a esta hoguera podrás trabajar estudiando a los dinosaurios? —farfulla, intentando comprender la situación.

—Solo si me contratan. Pero me contratarán. Va a salir bien.

Un pequeño tic se apodera de mi ojo derecho.

—Tú no sueles ser optimista —se sorprende.

—Ya. —Le doy un golpecito con el hombro—. Puede que se me haya pegado algo de ti.

Le miro de reojo y sonrío. Él intenta devolverme la sonrisa, pero se nota que algo le preocupa. Espero que no sea por lo de anoche.

—Ginebra, ¿entonces dices que las cosas con Ricardo han ido bien?

—Sí.

Se aclara la garganta.

—¿Eso significa que sigue en pie la boda?

Por fin entiendo el malentendido.

—¡No! No, no habrá boda.

Me sorprende ser capaz de decirlo con tanta tranquilidad, sobre todo después del berrinche de una hora de aceptación bajo el árbol.

Me giro para quedar frente a frente con él.

—Entonces, ¿no volveréis a estar juntos? —tantea.

—No.

Se le escapa una sonrisa como si fuese la mejor de las noticias, pero enseguida carraspea y se pone serio.

—Lo siento mucho.

Arqueo una ceja, incrédula.

—¿En serio?

—Bueno, si ese hombre no era capaz de hacerte feliz, pues me parece correcto romper el compromiso.

Es decir, sí. Pero no me alegro —se traba con las palabras, nervioso.

Aprieto los labios para no reír; no entiendo nada de lo que quiere decir—.

A lo que me refiero es que me agrada que las cosas vayan guay.

—¿Guay? —me sorprendo—. ¿Desde cuándo usas tú esa palabra?

Arturo se distiende por fin.

—Me estoy adaptando, ¡no te mofes!

Nos miramos a los ojos y siento una alegría estúpida de tenerlo aquí. No sé cuándo dejé de maldecir el momento en que me siguió por el bosque y se coló en el limonero.

La papelera ha terminado de arder, el viento ha apagado las ascuas. Agarro a Arturo de la muñeca y tiro de él.

—Hace un día demasiado bueno para quedarse en casa. Ven, quiero enseñarte un sitio —le digo.

Bajamos a la calle y lo conduzco hasta el coche, de buen humor. Nada más sentarme al volante me llega un mensaje de Teresa:

«Ginebra, ¿os viene bien que vaya a cenar esta noche?».

Me muerdo el labio, indecisa. No debería haber problema, calculo que Arturo y yo estaremos de vuelta antes de que anochezca.

«¡Claro! Te esperamos», escribo con inocencia.