¿En tu siglo o en el mío? 22
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Ginebra

Ricardo y yo hicimos match en Tinder hace cuatro años.

En su bio explicaba que su padre es español y su madre nigeriana, así que tiene un segundo apellido raro que nadie sabe escribir ni pronunciar.

Yo también tengo un padre español y una madre extranjera, y un segundo apellido que nadie sabe escribir ni pronunciar, así que supongo que me hizo gracia.

Parecía la mejor opción para sentar cabeza después de varios desastres amorosos. No era tóxico, sabía solucionar los conflictos con inteligencia emocional, tenía una carrera de Ingeniería Aeronáutica y un trabajo estable.

Su familia era estructurada y normal. Sus padres no estaban divorciados.

Su madre era simpática y no le pedía dinero ni lo manipulaba.

Me trataba como a una hija más y me mandaba imágenes horteras de buenos días por WhatsApp, cocinaba platos africanos los domingos y nos juntábamos toda la familia en la casa de campo.

Y, para mi sorpresa, esas comidas no acababan en gritos, portazos ni reproches.

Ricardo me trataba bien. Me regalaba una rosa en San Valentín, me preguntaba qué quería por mi cumpleaños porque era incapaz de adivinarlo y repetíamos los mismos planes todos los fines de semana. Echábamos unos polvos eternos y aburridos cada noche.

No me pasaban las cosas que le pasan a la gente en las pelis de amor: no se me aceleraba el corazón cuando me decía «te quiero», no se me quedaba una sonrisa tonta al volver a casa y no me ponía a bailar canciones loca de euforia pensando en él. Pero era feliz, no me podía quejar. Estaba bien.

Supongo que mi relación no era la más estimulante del mundo, pero era la correcta. Él era el indicado. Supongo que, por eso, cuando me llevó al restaurante de nuestra primera cita y me sacó el anillo, le dije que sí.

Por lo que veo, poco después de cortar conmigo le debieron de subir el sueldo, porque el piso que se ha alquilado tiene vistas a la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Me siento extraña aquí, en su nuevo salón, sentada en su sofá. Me pregunto si habrá traído a alguien más en este tiempo separados.

Se sienta a mi lado, guardando las distancias. Estoy acostumbrada a que me dé abrazos y sea cariñoso; comportarnos como si no fuéramos pareja es extraño después de tanto tiempo juntos.

—Adelante, dime, ¿por qué vuelves ahora? —le pregunto de nuevo.

Él suspira. Tiene la mirada perdida en algún punto de la pared.

—Igual lo de la boda fue un poco precipitado.

—No sé, llevábamos cuatro años y parecías muy seguro —respondo a la defensiva.

—Me entró el vértigo.

—Y te fuiste sin más.

—Necesitaba alejarme para aclarar las ideas. He descubierto que a veces es necesario.

Se acerca a mí y me apoya una mano en la rodilla. Frunzo un poco el ceño. La cercanía me molesta, pero a la vez es tan familiar...

—¿Y qué ideas son esas?

—No te quiero perder.

Parece angustiado de verdad. Lo veo en sus ojos verdes, me suplica con la mirada.

—Si no me querías perder, ¿por qué me perdiste?

Me toma de las manos con decisión y me hace un poco de daño. Aprieta sin darse cuenta; está temblando.

—Te quiero —me dice con la voz rota—. Te amo, Ginebra. Sí, quiero seguir adelante con la boda. Te necesito para el resto de mi vida.

Verlo tan afectado me desarma un poco.

—Ricardo, es que...

Se lanza a mis brazos y me estrecha. Rodeo su espalda con algo de torpeza, sin saber qué hacer. No puedo seguir enfadada viéndolo tan mal.

—Lo siento, cariño. Perdóname. Sé que lo nuestro es fuerte. Sé que será solo un bache.

No tengo ni idea de qué decir, se me dan fatal estas cosas. Ricardo se separa de mí para sujetarme la mano derecha, me acaricia el dedo corazón con el pulgar. Me doy cuenta de que llevo puesto el anillo de compromiso; se me olvidó quitármelo tras la visita de mi madre.

—Tú lo sabes también —me dice, desesperado—. Por eso sigues llevando el anillo, ¿verdad?

—Eh... —farfullo.

Ricardo me toma de las mejillas y me besa. Le correspondo por costumbre, y mis hombros se relajan. Su boca es como un espacio seguro, tan conocida y familiar. Se separa de mí, me mira a los ojos y me acaricia el rostro con las yemas de los dedos.

—Te quiero —suspira de nuevo, volviéndose a inclinar sobre mí.

Cierro los ojos y pasa algo extraño: de repente ya no estoy besando a Ricardo, sino a Arturo.

La imagen me enciende más de lo que jamás admitiría.

Paso las manos tras su nuca para acercarlo a mí, imaginando su cabello pelirrojo bajo los dedos.

Siento sus labios, su lengua, su sabor. Lo devoro con unas ansias que no dejan de crecer, sin miedo a que se acabe el mundo.

Llevo deseando esto desde anoche en la terraza.

Apresa uno de los pechos con la mano, da un ligero apretón y se me escapa un gemido. Nos alejamos para respirar, y al abrir los ojos me topo con los iris verdes de Ricardo, no con el azul turquesa que esperaba. Veo su piel color chocolate y los rizos oscuros que tanto me gustaban.

—Ginebra... —murmura, sorprendido por mi arranque de pasión. Sonríe pensando que es por él.

Siento una punzada de culpa: la libido se ha esfumado de un segundo a otro. Ricardo me vuelve a besar. Sus ganas y las mías ya no se corresponden, pero no se da cuenta.

—¿Has seguido tomando la píldora? —me pregunta entre beso y beso. Ha empezado a desabotonarse la camisa.

Me puse el implante anticonceptivo en el brazo hace seis meses, pero al parecer se le ha olvidado.

—Ricardo, para.

Sus dedos se detienen en el tercer botón, y me mira sin entender.

—¿Está todo bien? —farfulla.

—No. —Me rasco un ojo, avergonzada. Me alejo de él y me cruzo de brazos, esquivándole la mirada—. Perdón por confundirte.

Aunque creo que la más confundida aquí soy yo.

—¿Qué ha pasado?

No me atrevo a responder, ni siquiera yo lo sé.

—Creo que te fuiste por algo más. —Vuelvo al tema importante—. ¿Qué más ocurrió antes de que te fueras, Ricardo?

Clavo la mirada en la suya. Veo cómo traga saliva; de repente está nervioso. Entorno los ojos, ansiosa por confirmar mis sospechas.

—Venga, dime la verdad —insisto—. No te abrumaste por el compromiso así porque sí.

Ricardo abre y cierra la boca, empiezo a temer lo peor. Mi corazón retumba con fuerza.

—No pasó nada, de verdad. Cuando te lo explique lo entenderás.

Dejo escapar el aire. Las súplicas, la actitud culpable...

—Hay otra —suelto de golpe.

—No te puse los cuernos, no es como te imaginas —se apresura a responder.

Cierro los ojos y respiro hondo.

—¿Cómo fue, pues?

Tarda tanto en responder que me empiezo a poner de los nervios.

—Quedé con Marcos, Raúl y Pablo, en el chalet de Pablo.

—Me acuerdo.

—Estábamos de broma, bebiendo, y nos instalamos Tinder solo para reírnos.

—¡¿Te instalaste Tinder?! —exclamo.

—Nunca antes lo había hecho, te juro que lo desinstalé cuando empezamos a salir —replica, como si eso lo volviese menos grave.

—Dime ya qué pasó, joder —me desespero.

—Me salió Lorena, la del trabajo, y Marcos me quitó el móvil y le dio un superlike para fastidiar.

Siempre he odiado a Marcos.

—¿Y luego?

—Tuve que ir a hablar con ella al día siguiente para explicarle la confusión.

—Entiendo, a ella le debías explicaciones, pero a mí no —ladro.

—Almorzamos juntos y seguimos hablando de muchas cosas —intenta proseguir.

—Te gustó.

—No desde el primer día. Seguimos almorzando juntos a partir de entonces.

Me están entrando náuseas.

—¿Y?

Sé que ahora viene lo peor cuando me coge la mano. Me suelto con un fuerte tirón.

—¿Qué pasó luego? —bramo.

Él se encoge un poco, cohibido.

—Me empecé a rallar un montón. Estaba prometido contigo y te amo con todas mis fuerzas, pero estaba empezando a sentir cosas por Lorena. Se me desbarató todo.

Asiento con la cabeza, ahora lo entiendo.

—Me dejaste para poder acostarte con ella.

Me arden los ojos. Tengo la respiración acelerada y furiosa, soy una olla a presión. Ahora comprendo a los tíos que le dan un puñetazo a la pared cuando se enfadan; yo me reventaría los nudillos ahora mismo.

—Ginebra, por Dios..., no me acosté con ella nada más dejarte.

Vuelve a hacer el amago de acercarse y me levanto del sofá.

—Pero te has acostado con ella a lo largo de estos días.

—Sí —admite por fin. Es como una patada en el esternón—. Solo para darme cuenta de lo mucho que te echo de menos y de que eres el amor de mi vida, Ginebra.

Se me escapa un bufido más propio de Zampanchina que de una chica.

—No digas memeces.

—A veces hace falta cagarla para darse cuenta de lo que de verdad importa.

—¡Esa es otra memez! Una frase de sobre de azúcar.

Ricardo toma aire con dificultad; se le han aguado los ojos.

—Las relaciones tienen baches, podemos superarlo. Iremos a terapia de pareja —propone—. Yo te quiero lo suficiente como para querer luchar hasta el final.

Mi respiración se va acompasando. Mirándolo a los ojos descubro que, aparte de rabia, no siento nada.

Me enfada que se acostase con Lorena después de dejarme porque me duele en el orgullo, nada más.

No tengo ganas de luchar por esto. Cuando me dejó y se marchó lloré cada noche esperando este momento: que me diera explicaciones y todo volviera a ser como antes.

Era lo que más quería, recuperar la seguridad de mi vida, nuestra relación estable.

Ahora algo ha cambiado. Al pensar en lo que teníamos solo me doy cuenta de que a lo nuestro le faltaba mucha sal. Igual él también lo sentía así, y por eso buscó los condimentos en otra parte.

—¿De verdad te gustaba nuestra relación? —le pregunto.

—¡Claro que sí!

O igual me equivoco: parece convencido.

—Mira, no hace falta que volvamos ya si no estás segura. Te entiendo. Sé que necesitarás tiempo —dice—. Tenemos reservado un viaje a México en unos días, creo que deberíamos ir. Intentar ver qué tal nos va, poco a poco.

Niego con la cabeza.

—No puedo ir a México contigo. Ya le he dicho a Paola que no voy a ir.

—¿Por qué? —se sorprende.

Me encojo de hombros, sin saber qué responder. No puedo contarle nada de la situación con Arturo.