¿En tu siglo o en el mío? 21
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Teresa

Dos días después sigo maldiciendo a ese par de bielorrusos. Más de diez mil euros desperdiciados en contratarlos y en comprar esa furgoneta gris, el riesgo de ser descubierta... y la paciencia de Isa agotándose.

Una parte de mí se alegra de que el plan haya fracasado, de que el corazón de Ginebra siga latiendo. La otra se angustia por Elvira. No puedo permitir que ella sufra las consecuencias.

Si hubiera salido bien, ya estaríamos de vuelta en Rocahumbría, con la memoria de Arturo borrada e Isa satisfecha con su oro. Ahora he perdido otras cuarenta y ocho horas, y me va a tocar pensar una nueva solución.

La persiana de mi gabinete de tarot sigue cerrada a cal y canto.

La poción del olvido está completamente lista, a la espera de ser utilizada.

Necesito echar un vistazo a lo que está pasando en Rocahumbría, saber por qué Isa está tan insistente.

Rebusco en mi alacena de ungüentos hasta encontrar lo que busco: la pócima de la Vislumbración Astral.

Con esto mi psique puede viajar hasta Isa y ver lo que ella está viendo a través del lazo de sangre que se creó hace veinte años, cuando conjuramos juntas el portal.

Aparto los muebles y despejo la alfombra. Me tumbo boca arriba, con los brazos y las piernas estirados, y prendo una vela azul en mi frente, justo en el entrecejo.

Las pócimas de Vislumbración Astral son muy poderosas para los novatos, pero yo soy una bruja de cuarenta y dos años que se lo puede permitir.

Engullo el brebaje. Tiene un sabor metálico muy agrio que me sacude por dentro, y contengo una arcada. Cierro los ojos, mi respiración se ralentiza. Dejo que mi alma se despegue del cuerpo con un chasquido y vaya en busca de la de Isa a través del abismo del tiempo.

Los primeros momentos siempre son confusos. Estoy dentro de Isa sin que ella lo sepa; los ojos solapados a los suyos, mi alma apretujada dentro de su cuerpo sin que lo note.

Tardo un poco en reconocer la estancia: es el interior del castillo de Rocahumbría, el pasillo que lleva al despacho del barón don Francisco. Isa está agachada en la puerta, mirando a través de la cerradura.

«Qué poco glamour », suspiro para mis adentros, imaginando su culo en pompa y su pose encorvada. Si la descubre un guardia le tocará pasar tremenda vergüenza.

Dentro del despacho veo al padre de Arturo sentado en el escritorio. Frente a él, el barón de Cabo y su hija menor, Candela de Castro.

—¿Y cuánto más debemos aguardar a don Arturo, mi señor? —pregunta el barón de Cabo, con cara de pocos amigos.

Candela está callada y con la mirada gacha, lo habitual en las doncellas. Arturo no se podrá quejar, es muy hermosa. El cabello negro y liso cae por su hombro como un río de alquitrán, enmarcando su pálido rostro. Tiene los labios redondos y rojos como una cereza, y ojos grises de luna.

—Como bien os avisé, mi hijo se encuentra desaparecido. Encontraron su caballo, una yegua y uno de los perros sabuesos en el bosque, pero ni rastro de él.

—Empezamos a temer, don Francisco, que no fuera un secuestro, sino una huida —se atreve a aventurar el barón de Cabo.

La espalda de don Francisco se yergue ante la acusación encubierta.

—¿Insinuáis que mi hijo decidió abandonar sus obligaciones como primogénito e ignorar el compromiso con su hija, señor De Castro?

El barón de Cabo se lo piensa un poco antes de responder; las relaciones diplomáticas penden de un hilo.

—Han llegado a nuestros oídos habladurías sobre la mala reputación de su hijo. Al parecer, es habitual que desaparezca del feudo sin dar explicación.

Candela alza por primera vez la vista, pero no dice nada.

—Le aseguro que esta no es una de esas... escapadas —asegura don Francisco entre dientes. A cada minuto está más tenso—. Mi hijo ha sentado cabeza, y será mi digno sucesor y el mejor de los esposos para Candela. Es un caballero de honor. Ni bien lo encontremos, se celebrará la boda.

A través de las orejas de Isa escucho unos pasos acercándose.

Mi compañera corre a esconderse tras los tapices de lana, como si fuera una cría portándose mal.

Un dúo de guardias cruza patrullando el pasillo con calma, hablando entre ellos.

Aunque deja de oírlos, Isa no sale de detrás del tapiz.

Espera a que el barón de Cabo y su hija salgan del despacho para ella colarse dentro sin avisar.

Me sorprendo de su osadía, pero al parecer don Francisco no. Se reclina en la silla de su despacho y observa a Isa con el dedo apoyado en el mentón. Es como una versión de Arturo con el pelo castaño y más mayor.

—¿Estabas espiando?

—Puede ser —reconoce Isa, bordeando el escritorio.

—Entonces no hace falta que te explique la situación. He enviado a mis mejores hombres a buscar a la tal Ginebra de la que habla vuestra profecía y no la han encontrado.

—Mucho me temo que no va a ser tarea fácil para ellos, mi señor —responde Isa, sentándose en su regazo. «¡¿Sentándose en su regazo?!»—. Le confié esa misión a Teresa, pero ha resultado ser una completa inútil. Voy a tener que ocuparme yo.

Si estuviese en mi cuerpo la cabeza me daría vueltas. ¿Cómo va a ocuparse ella, si está atrapada en el pasado hasta la próxima luna nueva? ¿Y por qué tanta cercanía con el barón?

Espera... ¿también me acaba de llamar inútil?

—Mi hijo es una desgracia, el peor primogénito que un padre pudiera tener, pero tengo que conformarme con él —dice con pesar—. Es mi único hijo varón y mi heredero, Isabel.

Pobre Arturo.

—Ten fe —suspira Isa, acariciando la tela de la gorguera de Francisco—. En cuanto se case con esa doncella engendrará nuevos herederos y, pasado el tiempo, habrá mejores opciones.

—Según vuestra profecía morirá antes de que le dé tiempo a engendrar nada.

Por su frialdad deduzco que lo que más le preocupa no es la muerte de su hijo, sino el fin de su linaje.

—Te he dicho que me voy a ocupar yo —replica Isa, pasando los brazos tras el cuello del noble—. ¿No confías en mí?

La mirada de don Francisco se oscurece. De un segundo a otro agarra el rostro de Isa y la besa en la boca con fervor; si estuviera en mi cuerpo me habría puesto a dar gritos de asombro. Empiezan a manosearse por encima de la ropa, y me queda claro que no es la primera vez.

«Ay no, no quiero ver esto».

En un giro inesperado de los acontecimientos, don Francisco sujeta a Isa por el cuello, tan fuerte que le cuesta respirar. Puedo sentir su pánico.

—Si me traes a mi hijo vivo, tu peso en oro como os prometí —le dice—. Pero si me fallas, te destruiré, Isabel. No necesitaré delatar tus herejías al Santo Oficio, lo haré con mis propias manos.

Suelta a Isa con un empujón. Ella asiente con la cabeza, sin mirarle a la cara, y termina marchándose del despacho. Se recoloca la ropa mientras camina por el pasillo; siento su corazón acelerado dentro de su cuerpo.

Entra en una habitación cercana, cierra la puerta tras de sí y toma una bocanada de aire. Se lleva una mano al pecho, tratando de calmarse. Más serena, camina por la habitación y se detiene frente a un espejo. Apoya las manos en el tocador y observa su reflejo.

A sus treinta y seis años sigue siendo tan atractiva como cuando tenía veinte.

Siempre he envidiado su belleza. Tiene unos enormes ojos oscuros, ligeramente rasgados, y gruesas pestañas.

Cejas largas y rectas, nariz delgada, piel oliva y un cabello negro tan denso y largo que cuesta creer que no lleve extensiones.

Mira fijamente al espejo y me empiezo a poner nerviosa, porque parece que esté haciendo contacto visual conmigo. Sus labios carnosos se contraen en una mueca.

—Sé que estás ahí —dice de repente, y un sentimiento aterrador se apodera de mí.

Que me haya metido en su cuerpo sin permiso no le ha gustado nada.

Isa le da la espalda al espejo y sale de la habitación. Baja las escaleras de la torre del castillo y yo termino de asimilar todo lo que he visto. Como dirían los modernos, Isa y Francisco están liados. No lo vi venir. No sé desde cuándo, y tampoco sé si lo quiero descubrir.

Está claro que Isa solo lo utiliza. Podría huir de vuelta a este mundo en la próxima luna nueva y escapar de la amenaza del barón para siempre, pero no lo va a hacer. Cuando se le mete un objetivo en la cabeza ya no hay forma humana de que alguien se lo saque: conseguirá su oro sea como sea.

Lo que no tengo idea es cómo planea ocuparse de Ginebra desde tanta distancia.

Isa sale del castillo y se pasea por las tierras del feudo. Está tramando algo, y seguro que no es bueno. Una adolescente empuja una carreta con sacos de harina hacia el interior de una cabaña de campesinos.

—Muchacha —la llama. Ella se gira y la mira, expectante. Tiene las mejillas un poco hundidas y los ojos demasiado redondos; está muy flaca—. ¿Quieres ganarte unas monedas de oro?

Extiende la mano hacia ella, mostrándole la recompensa, y yo me temo lo peor. La chiquilla asiente y se acerca a ella.

—Ven, sígueme —le pide Isa.

La otra se gira un segundo hacia su casa, dudando, pero termina obedeciendo.

«No lo hagas, Isa», quiero gritarle, pero mi único poder aquí es observar.

Vuelvo a desear no seguir viendo, esta vez por motivos diferentes. Isa conduce a la cría por el bosque y la lleva hasta la gruta secreta del limonero. Deseo con todas mis fuerzas que se eche atrás, pero sé que no lo hará. Ya está desenfundando la daga dorada del cinto.

—Señora, ¿qué queréis de mí? —pregunta la adolescente, girándose hacia Isa. Cuando ve la daga se pone a gritar.

Isa se la clava en el pecho tan rápido que ni siquiera le da tiempo a echar a correr. El ritual de después ya me lo conozco; lo realicé con ella hace veinte años.

La que fue mi fiel compañera abre el portal antes de tiempo con la sangre derramada, en plena luna menguante. Vuelvo a mi cuerpo con un chasquido y me llevo las manos al pecho. Siento la respiración agitada, el corazón me late como loco. Todos mis sentidos se alteran.

Isabel ya está aquí.