¿En tu siglo o en el mío? 20 #2
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20 #2

Acerco la mano al pomo de la puerta y la abro con cuidado: consigo que no suene. Me pego al marco. Al final del pasillo hay un espejo. Por el reflejo veo a Ginebra de espaldas y puedo poner cara a su prometido por fin.

Tiene la piel morena y la cabeza llena de rizos oscuros y apretados. Admito a regañadientes que es atractivo, pero al menos no es demasiado alto. Tampoco tiene el cuerpo fuerte. Fijándome un poco mejor, tiene el tabique nasal ligeramente torcido.

Sé que los defectos que pueda sacarle dan igual. Sea como sea, Ginebra lo amaba. Lo más seguro es que todavía le ame, no ha podido olvidarse tan rápido de él.

—Déjame pasar, por favor.

—Es mejor que no. Deberías irte —responde ella, y yo asiento con la cabeza al aire como para reforzar sus palabras.

—¿Estás con otro? Ramona me dijo que estabas con un pelirrojo.

Contengo la respiración.

—Si así fuera, ya no es de tu incumbencia.

—Ginebra...

Veo cómo la toma de las manos y arrugo la nariz.

«Suéltala», quiero decirle.

Espero a que Ginebra lo aparte con un empujón, pero no lo hace. ¿Por qué no lo hace?

—Me has hecho mucho daño, Ricardo —responde con la voz quebrada.

Él cierra los ojos y suspira. Parece a punto de llorar.

—Lo sé. Joder, lo sé.

Se acerca más a ella y la abraza. Ginebra se lo piensa un poco, pero al final lo estrecha de vuelta. No me gusta nada cómo está avanzando esta conversación.

—Merecía una explicación —solloza.

Estoy respirando con más fuerza de la necesaria. Cuando me doy cuenta, intento controlarlo.

—Claro que la merecías, Gin. Mereces todo lo bueno de la vida, y no siempre te lo he sabido dar.

«Vergüenza debería darte», le vuelvo a decir con la mente.

Ginebra rompe el abrazo, pero no de manera tan brusca como me gustaría.

—¿Por qué vuelves ahora? —le pregunta.

—Para darte las explicaciones que te mereces. No te pido que vuelvas conmigo si ya no me quieres, pero al menos déjame explicarme.

La espalda de Ginebra sube y baja. Niego ligeramente con la cabeza, con la vista fija en ella.

—Está bien —responde. Ricardo hace el ademán de entrar en casa, pero ella lo detiene—. Aquí no.

—¿Dónde, pues?

—En cualquier otro lugar.

—Ven a mi casa.

Ella asiente. Aprieto la mandíbula, pero me obligo a dejar de hacer fuerza cuando me rechina una muela.

—De acuerdo. Espera fuera a que me cambie.

Cierra la puerta de casa y el rostro de Ricardo por fin desaparece de mi vista. Ginebra corre hacia su habitación. Yo voy tras ella y la espero en el pasillo. Cuando sale lleva un vestido corto amarillo y el cabello suelto y cepillado. Tiene los ojos un poco rojos y la respiración acelerada.

—Ginebra... —farfullo como un tonto. En realidad, no sé qué decir—. ¿De verdad quieres hablar con él?

—Necesito respuestas, Arturo —responde con tristeza, colgándose al hombro el morral granate nuevo. Me apoya una mano en el brazo; su tacto se siente como una pequeña descarga—. Volveré pronto, ¿vale?

Rompo el contacto visual y asiento con la cabeza.

—Vale.

No añado nada más y dejo que se vaya.

Cada minuto que pasa se vuelve una eternidad.

He regresado a la cocina para poder observar el reloj que hay junto a la ventana, estoy sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared.

No puedo detener el traqueteo ansioso de la rodilla; si Beatriz estuviera aquí al lado la estaría poniendo de los nervios.

Zampanchina viene a hacerme compañía, se sienta frente a mí y me observa con sus redondos ojos amarillos.

—Es que ese hombre no me agrada para Ginebra —le confieso. Ella maúlla—. A ti tampoco, ¿verdad?

Dejo escapar el aire en un resoplido. Mi rodilla se sacude más rápido.

—A juzgar por lo bronceado que está, debe de pasar los días enteros trabajando al sol.

¿Así cómo tendrá tiempo para estar con ella?

¿Cómo podrán salir a pasear y a divertirse?

—argumento para que no parezca una rabieta.

No lo es, lo puedo demostrar—. Debe de ser un campesino; seguro que su jornal ni siquiera alcanza para mantenerla.

Ginebra tendrá que ponerse a trabajar el campo también, sufriendo los abusos de algún señor. Nadie quiere esa vida, Zampanchina.

Sus ojos de ámbar parpadean, fijos en mí. Casi parece prestar atención de verdad.

—Además, quebrantó su compromiso, la dejó en vergüenza. ¿Quién te dice que no volverá a abandonarla? Me inquieto por Ginebra porque es mi amiga. Si su prometido fuese digno de confianza, me parecería de lo más bien.

Zampanchina agacha una oreja como si lo pusiera en duda.

—Ricardo tiene cara de simple —añado—. Es un pobre hombrecillo sin brío ni sustancia. Ni siquiera sé cómo se las apaña para arar la tierra con esos brazos flacuchos. Si finalmente se casan, no va a ser capaz ni de cargarla en brazos en su noche de bodas.

Cierro los ojos con fuerza al pensar en la noche de bodas. Mi corazón vuelve a acelerarse del modo más desagradable. Zampanchina camina hacia mí y me restriega el lomo, como para consolarme.

—Estoy bien —gruño.

Desde luego que debería estar bien. Las decisiones que Ginebra tome en su vida no me incumben en absoluto. Si ella piensa que Ricardo es lo mejor, así será.

Tic, tac. El tiempo sigue pasando. Ginebra me dijo que aquí la gente no espera a la boda para tener intimidad. Me pregunto qué estarán haciendo en casa de Ricardo.

Me paso las manos por la cabeza, se me enganchan en el pelo sin querer y me hago daño. Me pongo en pie, resoplando; me empieza a faltar el aire. Empiezo a dar paseos cortos por la casa, sin ningún rumbo, intentando no imaginar, no pensar.

El recuerdo de sus labios contra mi mejilla me atormenta. A Ricardo sí que lo puede besar. No soporto la idea de que lo bese. No quiero que termine con él lo que empezó anoche conmigo.

Acabo saliendo a la terraza, totalmente desquiciado. Para colmo, hace calor; el ambiente no cesa en su intento de asfixiarme. Apoyo los codos en la barandilla y tomo una fuerte bocanada de aire.

Es imposible seguir fingiendo que no me importa.