¿En tu siglo o en el mío? 20
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Arturo

Cuando Ginebra apoya la frente en la mía sé que no voy a poder aguantarlo mucho más. Tengo las manos apoyadas en sus muslos, su piel suave y firme bajo las palmas.

Se me empieza a endurecer la verga y entro en pánico. Sujeto a Ginebra por la cintura para apartarla, pero me pierdo en el tacto de sus curvas. Rozo sin querer el borde de su seno con el pulgar y casi termino de enloquecer.

Ella se deja caer por completo sobre mí, apretándose contra mi entrepierna.

Se le escapa un jadeo, siento su respiración en el rostro.

Sus labios me acarician la mejilla; son tan suaves como el resto de su piel.

Cierro los ojos y noto cómo se acerca a mi boca.

La mente grita peligro, pero, claro, a mí me encanta el peligro.

Una parte de mí desea que se acerque más. Hasta el límite.

Pierdo el sentido cuando mueve un poco las caderas.

«No, Ginebra, no hagas eso».

Bajo las manos hasta llegar al borde del vestido, y lucho contra la tentación de tirar de él y subírselo por encima del ombligo.

«No».

Aprieto la carne blanda de sus caderas. Estamos tan cerca, tan apretados...

Ginebra ha escondido el rostro en el hueco de mi cuello, su respiración se ha vuelto pesada. Noto su lengua contra la piel caliente; me da un ligero mordisco justo donde comienza el hombro. Dejo caer el rostro hacia atrás y tomo aire con fuerza. ¿Qué clase de tortura es esta?

Sus caderas se siguen moviendo, despacio, como sabiendo que no deberían, que esto está mal. Aprieto los dientes, sufro para no perder el poco control que me queda.

—Ginebra... —murmuro con la voz ronca.

Consigo separarla de mí y la tumbo sobre los almohadones. Ahora yo estoy encima. Su pecho se expande y se contrae con rapidez, y me mira con los ojos nublados de deseo y los labios entreabiertos.

«No me mires así».

Siento el impulso de pasar la mano por debajo de su nuca y devorarle la boca.

«Ginebra está prohibida», me recuerdo. Y, para mi desgracia, eso me hace desearla aún más.

Hay cosas que puedo hacer con ella sin que nuestra saliva se junte.

Podría sacarle los ropajes y acariciar su bonito cuerpo, deslizar los dedos entre sus piernas y hacer que estalle de placer.

Juego con el tirante del vestido hasta que cae por su hombro. Tiro de él, embelesado, pero la mano de Ginebra me aferra la muñeca. Al volver a mirar su rostro ya no hay solo deseo, también miedo.

—Arturo... es que... —farfulla.

Sé lo que va a decir, quiere detener esto.

La magia se rompe un poco. Hay una muralla entre nosotros que nunca se podrá derrumbar, aunque intentemos fingir que no existe.

Es una mujer que nació cuatrocientos años después de mí, a la que me obligarán a olvidar dentro de dos semanas.

Solo estamos aquí, juntos en su morada, por un absurdo error.

En este mundo yo no debería ser más que una tumba borrada por el tiempo en mi mausoleo familiar.

Eso es lo que seré para Ginebra dentro de poco.

Me aparto de ella; la brisa nocturna parece volverse fría. Me mira confundida, abre y cierra la boca como si quisiese decir algo. ¿Igual la he leído mal? ¿No quería que me apartase?

Se incorpora y se sube el tirante del vestido. A la escasa luz puedo ver que tiene las mejillas rojas. Cierro los ojos, trago saliva y respiro hondo.

—No pretendía incomodarte, perdón —dice entonces.

Me giro hacia ella: no quiero que malinterprete mis gestos.

—No me has incomodado.

Intento tomar su mano, pero ella la aparta y se pone en pie, nerviosa.

—Buenas noches, Arturo.

Esboza una sonrisa amarga y se marcha de la terraza, dejándome solo en la noche. ¿Cómo se ha torcido todo de un momento a otro?

Me restriego el rostro con las manos. No sé si está empezando la resaca o si es otra cosa, pero me está entrando jaqueca. Miro de reojo hacia la puerta por si vuelve. Por supuesto que no lo va a hacer.

Apoyo la frente en el puño y sacudo la cabeza; ni siquiera sé cómo me siento. Dejándome llevar por un impulso agarro un cojín de colores y lo lanzo contra la baranda. Por poco se precipita a la calle.

Al rato, entro en casa. Veo la luz de la alcoba de Ginebra encendida, colándose a través de una rendija. Giro el rostro y camino directo a mi catre, esperando que el recuerdo de tenerla cerca me deje dormir.

Cuando despierto al día siguiente son casi las doce del mediodía. Me levanto del catre y salgo de la habitación con sigilo; la casa está en silencio y la puerta de Ginebra, cerrada.

Pensar en lo que sucedió anoche me hace querer cavar un hoyo y meterme dentro, pero tarde o temprano tendré que verle la cara. Me dirijo a la cocina, dispuesto a preparar algo de comida; desayunaremos juntos y conversaremos de lo que se tenga que conversar.

Zampanchina me restriega el morro en las piernas, perezosa.

Le acaricio la cabeza para saludarla y me planto frente al cristal que se calienta, intentando recordar cómo funciona.

No lo hemos gastado mucho: normalmente Ginebra habla con alguien desde el teléfono y aparece un sirviente con comida poco después.

Aprieto el cristal hasta que suena y se ilumina, y pongo una sartén encima.

Trato de recordar si iba primero el aceite y luego el huevo, o primero el huevo y luego el aceite.

En Rocahumbría nunca tuve que cocinar, siempre había un escuadrón de sirvientes encargándose de todo.

Cuando vuelva, procuraré aprender a freír cosas.

Mientras me decido por el orden, con el huevo en una mano y la aceitera en otra, empieza a salir humo de la sartén. La aparto a correprisa y me peleo con el cristal para apagarlo, hasta estar casi seguro de haberlo conseguido.

Mejor preparo un desayuno más sencillo. Lleno dos cuencos de leche y les echo por encima las bolitas crujientes de colores que compra Ginebra. Están dulces y sabrosas, como todas las comidas y bebidas de colores que he probado por aquí.

Escucho la puerta crujir y, al girarme y verla, el corazón me da un sobresalto. Lleva el cabello recogido en un moño medio deshecho, los ojos entornados por el sueño y una camiseta grande y ancha que le deja las piernas al aire.

«No le mires las piernas».

—Buenos días —bosteza.

Creo que ha sonado normal. Es menos incómodo que anoche. Supongo. Lo espero.

Cojo los tazones de leche y los pongo en la mesa, y a continuación esbozo mi mejor sonrisa de tranquilidad.

—Buenos días, Ginebra.

—Has preparado el desayuno.

—¿Es de tu agrado?

Nos sentamos a la mesa, uno frente al otro. Nos miramos a los ojos por fin.

—Son los cereales mejor elaborados que he visto nunca.

Al principio creo que se está burlando, pero luego esboza una sonrisa sin maldad. Un mechón escapa del agarre del moño y le cae por el rostro, enmarcándoselo. Siempre la veo más bonita así, cuando se acaba de despertar y todo en ella parece desordenado.

Meto la cuchara en el bol y le doy una vuelta; ella hace lo mismo. Se instaura un silencio incómodo: los dos sabemos que la charla pendiente no es sobre cereales. Pienso en cómo abordar el tema y carraspeo.

—Ginebra...

—Arturo —dice al unísono sin querer—. Perdón.

—Perdón —volvemos a decir a la vez.

Se nos escapa una risa tensa.

—Tú primero —le digo.

—No, mejor tú primero.

«Está bien». Tomo aire, reuniendo valor. Lo importante es parecer sereno.

—Respecto a anoche...

—Estábamos borrachos —me interrumpe a pesar de haberme pedido que hable yo—. Se nos fue la olla.

Me giro hacia el armario de las sartenes, confundido.

—La cabeza —rectifica—. Se nos fue la cabeza. Es todo culpa del alcohol, fue... algo casual y sin intención. En este mundo es algo habitual.

—Sí, en el mío también —suspiro—. Sé lo que son los amoríos de una noche.

—Y no tienen por qué significar algo. Ni siquiera son importantes.

—Por supuesto.

—Y lo que pasó no fue importante.

—Claro que no.

—Ni siquiera pasó nada , en realidad.

Nos volvemos a mirar a los ojos y el silencio nos envuelve durante unos segundos. Siento un vacío en el pecho.

—No se puede volver a repetir —me dice, poniéndose seria.

Asiento con la cabeza.

—Estoy de acuerdo.

Escucho algo rasgarse y me doy cuenta de que he partido una servilleta en trocitos. Ginebra baja la vista hacia los pedazos, que escondo bajo el tazón.

—Si fue solo culpa del alcohol, no volvamos a beber y listo —propongo la solución.

—¡Magnífica idea!

Vuelvo a meter la cucharada en el tazón. Me llevo el primer sorbo a la boca, pero se me ha cerrado el estómago. Ella vuelve a carraspear.

—Arturo...

—Dime, Ginebra.

—Estamos bien, ¿verdad?

Me obligo a sonreír.

—¡Claro! Todo está... igual que antes.

Ella asiente con la cabeza y se inclina sobre el tazón de cereales. Parece relajada, pero me doy cuenta de que parpadea más rápido de lo normal.

Entonces suena el timbre.

—No sé quién será un sábado, ni siquiera espero paquetes —farfulla Ginebra, levantándose—. Igual es la policía otra vez. No salgas de la cocina, ¿vale?

Sale y cierra la puerta; me quedo a solas con Zampanchina Miaumiau. La gata se sube a la mesa y, en cuanto me doy cuenta, ha metido la lengua en mi tazón de cereales.

Suspiro por lo bajo, resignado. Menos mal que se me había quitado el hambre.

Desde aquí escucho cómo Ginebra descorre los pestillos de la puerta principal.

—¡¿Ricardo?! —exclama.

Se me forma un nudo en el pecho y aprieto la cuchara en el puño sin querer.

—Necesitaba hablar contigo, Ginebra.

—¿Cómo has encontrado mi nueva dirección?

—Fui a buscarte a nuestra casa y había inquilinos nuevos. Ramona, la del tercero, me dijo que te habías mudado.

Me levanto de la mesa con sigilo; la gata sigue devorando mi desayuno. Pego la oreja a la puerta para oír mejor. El corazón me retumba en el pecho.

—Llegas tarde, ya no tengo nada que hablar contigo —dice Ginebra, y por alguna razón siento un enorme alivio.

—Por favor, cielo...

—No me llames así.